jueves, 25 de mayo de 2017

Relatos. El dolor ignorado





El dolor ignorado


HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA


La mayor preocupación de los padres de Míriam aquella mañana era que no olvidara su crema solar. Lo que no sabían, cuando la niña cruzaba, feliz, el umbral de la puerta para ir a la playa, es que iba a ser la última vez que la vieran con vida. Málaga, 14 de julio de 2003.

No son pocas voces —aunque, incomprensiblemente, tampoco son muchas— las que reclaman a los responsables sanitarios un servicio hospitalario crucial: el soporte psicológico ininterrumpido, sistemático y urgente a todas las víctimas supervivientes de todas las desgracias graves, así como a sus allegados. Ininterrumpido, sistemático, urgente, para todos y en todos los casos dramáticos. Que son diarios y frecuentes.


La población está familiarizada, sobre todo a través de la televisión e Internet, con la presencia de psicólogos cuando se producen múltiples víctimas, como en los grandes accidentes (ferroviarios, aéreos, tráfico, incendios) y atentados terroristas. Muchos de ellos acuden voluntariamente y otros son proporcionados por las instituciones públicas y diversas ONG.
En algunos de estos casos se puede constatar un despliegue espectacular en cuanto al elevado número de profesionales presentes. Este hecho puede estar justificado por la magnitud y por otras penosas peculiaridades de este tipo de sucesos; no cabe duda que para los familiares, al dolor producido por la catástrofe misma, se suman circunstancias como la de no encontrar los cuerpos en los primeros momentos o las dificultades para identificar a las víctimas. Pero no es conveniente olvidar que la alarma social, las responsabilidades que se puedan depurar en el origen del suceso y la movilización de los cargos políticos pueden contribuir a que se extreme el celo de cara a la galería.

La atención mediática es intensa, masiva y duradera, porque este tipo de hecatombes interesan a la audiencia general. No faltan entrevistas a los propios psicólogos que están sobre el terreno, incluso debates divulgativos sobre el papel que estos profesionales desempeñan en estos casos.





Fernando no tuvo esa ayuda profesional aquella maldita madrugada cuando a través del auricular una voz monótona le comunicaba que su hijo estaba en urgencias. Desaliñado, estupefacto y asustado, tuvo que esperar lo suyo hasta que el médico pudo salir para informarle. Su chico estaba más cerca de la orilla negra que del mundo de los vivos. Al caer con la moto, no solo se partió la cabeza y unos pocos huesos; tuvo la mala suerte de rodar hasta una acequia cercana y sus pulmones se inundaron. En coma y casi ahogado, lo pudieron llevar a tiempo al hospital. El chaval puede hoy contar lo poco que recuerda.
Las tilas y los valiums que le llevaban las enfermeras, algunas palabras de ánimo —formuladas con una mal disimulada poca convicción—, y los frecuentes partes de un médico que no podía dedicarle más de diez minutos en cada ocasión, fueron todo el soporte psicológico que tuvo ese pobre hombre en la noche más amarga de su vida.


Poco más tuvo la joven Inmaculada mientras intentaban reanimar a su marido de una parada cardiaca, víctima de un infarto. A su bebé —el primero del joven matrimonio— le fabricaron un globo con un guante quirúrgico. Solo la simpatía forzada del personal mitigó a duras penas el trance de enviudar en menos de una hora. Si algún día hubiera descarrilado el cercanías que les llevaba todos los sábados a comer pescaíto a La Carihuela, podría haber gozado de los cuidados de un par de psicólogos.


No es cuestión de insistir con más relatos porque son infinitos. Ni todas las víctimas de todas las catástrofes juntas se acercan a lo que pasa todos los días, muchas veces, a cualquier hora y en muchos hospitales. Es allí donde la soledad y el pavor, bañadas de un sudor frío y viscoso, solo encuentran un poco de consuelo en la compasión de la gente de buena voluntad. La de unos trabajadores quemados y maltratados por esta nuestra Junta.

Y con la que está rondando, no parece el momento más oportuno para que los próceres de la Patria se percaten de tamaña ignominia y legislen la obligatoriedad de una asistencia psicológica de guardia, 24 horas al día, los 365 días del año. El único problema es que hay que pagar a esos profesionales, porque según el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), perteneciente al Ministerio de Empleo y Seguridad Social, el pasado mes de abril se contabilizaron más de 13.200 psicólogos titulados en paro, de los que, por cierto, el 82% son psicólogas, lo que de carambola les otorgaría una oportunidad única de mitigar esa desigualdad de género que cacarean todos los días desde sus cómodos sillones para después pasársela por las zonas más abyectas de sus economías corporales.


El dueño de un chiringuito está observando a distancia un extraño comportamiento de Míriam; parece no atinar a colocar bien la toalla sobre la arena, se echa las manos a la cabeza y vomita un par de veces. Antes de poder acercarse para preguntarle, la joven cae fulminada, sin conciencia. El 061 la atiende e ingresa en urgencias en coma profundo y con signos premonitorios de muerte cerebral, según el facultativo. Una hemorragia cerebral la está matando. Ni la ventilación mecánica ni todas las medidas que toman para salvarle la vida están dando resultado. Tampoco tiene opción quirúrgica. Parece sentenciada a la pena máxima.

Los padres, avisados por los vecinos de los apartamentos en los que veranean todos los años, huyendo del asfalto madrileño, no tardan en llegar. A pesar de una educación exquisita y de un buen nivel cultural, les cuesta mantener el tipo. No es para menos porque el médico porta las peores noticias y cero de esperanza. No se equivoca. El matrimonio se muestra abatido pero ambos agradecen el trato que están recibiendo; solo demandan una cosa: necesitan la asistencia de un profesional de la psicología que les facilite el mal trámite. Los médicos de urgencias le explican —impotentes— que no existe esa figura ni pueden hacer nada al respecto, aun entendiendo la conveniencia y la legitimidad de la petición.

En la mañana siguiente, las pruebas clínicas y el electroencefalograma plano de la joven Míriam ya no dejan espacio para el milagro. Muerte cerebral confirmada y certificada. Es el momento para el coordinador de Trasplantes, que solicita la donación a los padres. Si necesitaban un psicólogo antes de esto, ahora no ven la manera de tomar una decisión tan dolorosa sin alguien que les atienda psicológicamente. No va a poder ser.

Dicen que el que tiene padrino se bautiza, y la política de trasplantes tiene tantos, que termina apareciendo una psicóloga. ¡Alehop! Con su intervención, allana el camino y los padres acceden finalmente. Míriam fallece pero da la vida a otros.


Estos son los hechos, a pecho descubierto. Hay luces, sí, pero también alguna sombra que el lector ya habrá detectado. Varios siglos antes de la era cristiana, Mencio, un brillante pensador y filósofo chino afirmó: «El hombre tiene mil planes para sí mismo. El azar, sólo uno para cada uno». Pues bien, el azar ha sacado de una de las miles de carpetas amarillas de un ordenador, la carta de agradecimiento que algo más de un mes después de la muerte de la hija enviaron sus padres. El lector podrá extraer sus propias conclusiones al analizarla, ya que es compartida en este blog, claro está, con las lógicas precauciones referentes a la privacidad.

Carta de agradecimiento y ruego de asistencia psicológica en el futuro


Sin ocultar su enorme gratitud, vuelven a insistir con su escrito en que para otras familias sería muy buena la ayuda de un psicólogo y que ésta fuera «ofrecida directamente por el hospital sin necesidad de esperar a la solicitud de la donación de órganos».


Han pasado 14 años y el dolor sigue ignorado.




lunes, 22 de mayo de 2017

Opinión. Primarias en el Psoe



La rebelión de los avales


HÉCTOR MUÑOZ.   MÁLAGA

Le han fallado más de 15.000 militantes. Y más de 1000 avalistas. La derrota de Susana Díaz en las primarias del Psoe ha conseguido borrar su triunfal sonrisa. Lo de «dientes, dientes», que proclamaba otra famosa trianera, no le ha servido en esta ocasión.


Susana Díaz y Pedro Sánchez tras los resultados de las primarias.                           Fuente: www.abc.es


Contra pronóstico, Pedro Sánchez ha barrido a Díaz y a López. Se pueden hacer cien lecturas de estos resultados, pero no desde una óptica electoral —ni nacional, ni autonómica ni local ni europea— como están pretendiendo muchos medios y analistas. Por dos razones muy simples: el censo de estas primarias supone el 0,4% de la población de España; y está constituido por casi 188.000 militantes del Psoe, es decir, personas que tienen un carné político, más allá del grado de compromiso, expectativas y honestidad de cada uno, valores que no se computan en una papeleta de voto.

Son las segundas primarias que gana Sánchez, de forma consecutiva, en menos de tres años. En 2014 derrotó con holgura a Madina y a Pérez Tapias, un tipo, este último, muy interesante, no solo por su solvencia intelectual y académica, también por su actitud crítica contra el Gobierno de Rajoy y frente al aparato socialista que facilita el rodillo conservador. Nada de esto interesó a los militantes y salió el candidato avalado por los barones, incluida la baronesa Díaz: Pedro Sánchez, posiblemente uno de los políticos de mayor estatura y menor talla de estadista en la reciente historia de España. Los tres candidatos consiguieron muchos más votos que los avales con los que se presentaban. Lo normal.

Entre aquellas fechas y las elecciones del pasado domingo, el Psoe ha perdido más de 10.000 militantes. En febrero de 2016, casi el 52% de los que no habían roto el carné votó en una consulta exprés —diseñada con dudoso rigor democrático—; cerca del 80% lo hizo a favor del pacto con C’s; unos acuerdos muertos intraútero y una militancia desorientada que se tragó el sapo de que la culpa era de Podemos por no querer cohabitar con la nueva derecha de color naranja. Las bases psoecialistas estaban tan hipnotizadas esos días que hubieran visto con normalidad a Sánchez Gordillo tomando el té afablemente con la duquesa de Alba.

A partir de este momento, con un Pedro Sánchez dando palos de ciego, vapuleado y ridiculizado en el Parlamento, Susana Díaz comienza a urdir su estrategia, apoyada por lo más rancio del partido y por una banda de pelotas que tenía muy clara la yegua ganadora. Objetivos: derrocar a Sánchez en la reunión del Comité Federal de octubre, colocar una Gestora dócil y llevarse de calle las primarias del pasado domingo. Los dos primeros salen a la perfección. Pero más de la mitad de los militantes, con un histórico 79% de participación, sale rana, rana, rana.

Que nadie se engañe: el Psoe está roto, posiblemente hoy más que nunca: hay dos mitades, entendiendo la candidatura de Patxi López como comparsa de la de Díaz, o mejor dicho —permítase la metáfora—, interpretando el concurso del exlendakari como el de un noble mamporrero. El acierto de los militantes, esta vez, solo ha consistido en elegir al menos malo para las políticas sociales que se esperan del partido que aún se llama socialista y obrero. Aunque no sea —ni se vislumbren expectativas al respecto— ni una cosa ni la otra. Particularmente en Andalucía, por más que aquella alardee de ello.

A Susana le han fallado 15.000 militantes. Pero sobre todo, le han fallado sus avalistas. ¿Cómo se entiende esto? ¿Cómo es posible que la hayan votado mil militantes menos que los que la avalaron? Para el que conoce el modus operandi del Gobierno psoecialista andaluz, de sus cargos, sus delegados, sus gerentes y sus mandos intermedios, no hay ningún misterio. Se llama coacción de guante fino: no necesitan colocar una daga en el cuello de nadie, solo recordar a más de uno y de una, lo que tienen y lo que pueden no tener.

No es comparable a la intensa corrupción y expolio que la sociedad española está sufriendo con el PP. No lo es, no. Pero sin serlo, es. EREs aparte. En esta ocasión los avalistas se han refugiado en el voto secreto para contribuir, junto a otros miles de militantes, a dar un baño de humildad a una dirigente política de bajo perfil, soberbia e intrigante. La propaganda de los dientes no le ha servido para nada; le ha fallado con quien menos lo esperaba.

La rebelión de los avales ha conseguido borrar su sonrisa. Por fin.


Fuentes:









jueves, 5 de enero de 2017

Opinión. El derrumbe de la sanidad pública


Conjurados para burlar

Los responsables políticos se empeñan en negar la crítica situación de la asistencia sanitaria pública en Málaga.

HÉCTOR MUÑOZ. Málaga

Es lo más parecido al fraudulento juego del trile. Esconden la bolita para que nadie la encuentre. Y así, la casa siempre gana. Esta es la conclusión a la que se llega tras conocerse el análisis de la delegada de Salud de la Junta de Andalucía sobre el estado actual de la sanidad en Málaga, según se desprende del contenido de un reciente informe oficial remitido a una asociación ciudadana.

Más de 250 camas fueron cerradas en la capital de Málaga durante las navidades del 2015, entre el Hospital Clínico y los cuatro pabellones del Regional Carlos Haya. Este dato pudo conocerse a través de un documento interno —'Plan Navidad Año 2015'—, con membrete de la Consejería de Salud. Todos los profesionales de estos hospitales saben que este año ha ocurrido lo mismo. Pero esta vez sin un papel que pueda filtrarse de nuevo. «Dígame caballero: ¿dónde está la bolita?».

Según varios testimonios del personal de enfermería de la UCI del Carlos Haya, durante estas entrañables fiestas cierran todo un módulo de dicho servicio; el motivo oficial atiende a la imperiosa necesidad de realizar algunas reformas menores. Sin embargo, el verano pasado se dedicaron a destripar el Servicio de Urgencias —para hacer una chapuza de cara a la galería, dicho sea de paso— y no se interrumpió la asistencia. «Apueste, señora, y dígame: ¿dónde está la bolita?».


Ana Isabel González de la Torre es la delegada territorial de Igualdad, Salud y Políticas Sociales de la Junta de Andalucía en Málaga, desde que en mayo del pasado año su antecesora en el cargo ascendiera hasta terminar siendo diputada por el PSOE en el Congreso de los Diputados. González de la Torre, de 40 años, trabajó como enfermera en el Hospital Costa del Sol —empresa pública— desde 1999 a 2015, año en que salió en excedencia para emprender su carrera política en las filas del PSOE: concejala del Ayuntamiento de Marbella, directora del Distrito sanitario Marbella-Este, Diputación Provincial… Una meteórica carrera en muy poco lapso de tiempo.
Ana Isabel González de la Torre                                                                La Opinión de Málaga

Dice la delegada que ahora trabaja para que «la asistencia sanitaria en Málaga siga siendo eficiente»; afirma rotundamente que en los hospitales «no se cierran camas en ningún periodo del año». Estas declaraciones forman parte de un informe, firmado por ella y enviado a la Plataforma por la Calidad de la Sanidad Malagueña (Placasama), cuyo contenido aparece publicado en la web de esta asociación ciudadana.

La prensa malagueña se hace eco, en estos días de mazapanes y viejas tradiciones, del caos en el que la pésima gestión política —pésima por política, no tanto por incompetencia, que también— ha sumido el bien público más preciado. La Opinión de Málaga, por poner un ejemplo, informaba ayer del colapso de las urgencias en el Hospital Carlos Haya; citando fuentes sindicales y de trabajadores del centro, cifra en 170 el número de camas cerradas y describe escenas de otros mundos, de otros tiempos, por la falta de profesionales que no son sustituidos en sus vacaciones de Navidad: demoras de diez horas, enfermos graves en camillas sin los cuidados pertinentes, o menos graves que tienen que cambiarse de ropa en presencia de otros…

Impasible, la Dirección responde que todo se debe a las fechas. Lo de siempre: el frío, la gripe, «ninguna incidencia que resaltar» y «la atención está garantizada». Mas, ¡oh, sorpresa!, este año hay novedades: según el diario citado, los responsables aseguran que la ocupación del hospital no es completa sino solo del 82%; casi les falta añadir que el que no ingresa es porque no quiere. Los trileros mueven los vasitos tan distraídamente que cuesta seguirlos: «Dígame, bella señorita: ¿dónde está la bolita?».

Según Placasama, los recortes de la Consejería de Salud en materia de contratación están afectando gravemente la asistencia médica en urgencias. Esta plataforma ciudadana maneja datos que hablan por sí solos: los puestos de facultativos sin cubrir, en estas fechas, llegan a ser hasta el 41% del total. Eso es mucho, no hay duda, pero González de la Torre declara que está contemplada la contratación necesaria para suplir las vacaciones navideñas del personal. Aquí, en este juego semántico, radica la cuestión: qué se entiende por contemplar y cuánto es lo necesario. «¡Acérquese, joven! Mire lo fácil que es ganar aquí: ¿dónde está la bolita?».

De otro lado, no parece que el equipo que asiste a la delegada ande muy afinado últimamente, por lo que se deduce del informe enviado a Placasama. Recomendarle que cite un estudio mundial —sí, sí, mundial— para justificar su política de ocupación hospitalaria y deslumbrar al personal, no es una gran idea. Entre otras muchas razones porque no se lo traga nadie. Asegurarle que hay un circuito especial para la atención de enfermos inmunodeprimidos, cuando —según la asociación— todo eso se reduce a proporcionarles una mascarilla, es un desatino, por no decir una barbaridad.

Una buena mesa de trile no solo depende de la habilidad del trilero moviendo los vasos y escondiendo la bola; se necesitan dos buenos 'ganchos' —que simulan ganar fácilmente grandes fajos de billetes—, y varios 'aguadores' confundidos entre la muchedumbre para dar el aviso cuando el timo es descubierto y, sobre todo, con el tiempo suficiente para poner pies en Polvorosa.

De esta manera, y de forma muy similar al proceso de gestión política, solo se consigue un trabajo profesional, bien hecho, cuando los miembros del equipo están concienzudamente coordinados, organizados y… conjurados para burlar.





martes, 27 de diciembre de 2016

Reportaje. Poder y censura



REPORTAJE
Cuando al poder no le gusta lo que escriben de él
El caso de El Mundo Cantabria

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

La publicidad del poder engorda pero también mata. Esto es, en parte, lo que le ocurrió al diario El Mundo Cantabria. Los avatares de esta ya desaparecida cabecera vienen a demostrar la importancia que tiene la publicidad institucional en la cuenta de resultados de cualquier periódico; pero sobre todo, vienen a recordar el riesgo que entraña dicha dependencia económica, que no es otro que el de dejar una puerta abierta a los poderes políticos, siempre ávidos de influir a su favor en la opinión pública a través de los medios de comunicación. Y cuando no lo consiguen por las buenas, siempre pueden presionarlos con cortarles la publicidad oficial. Esto no es nada nuevo en la historia del Periodismo: se llama censura económica, una sutil forma de trabar la libertad de prensa, como ya hizo el establishment británico en el siglo XVIII poniendo impuestos al papel para doblegar el naciente poder de la prensa diaria, lo que le costó el cierre, entre otros muchos, al mítico The Spectator.

Nace el 27 de febrero de 2008 y el 3 de marzo de 2016, sale a la venta el último ejemplar de la edición regional de El Mundo en Cantabria. En el camino se habían quedado ocho años de trabajo, durante los cuales el diario había conseguido hacerse un hueco en la audiencia cántabra. El hecho de ser la única cabecera nacional —una de las 'grandes'— con una edición específica para Cantabria, hizo pensar que pudiera enriquecer durante mucho tiempo el panorama informativo de la región, a pesar de los continuos ajustes de plantilla y de paginación a los que se vio sometida la publicación en esos ocho años. Con el cierre, también se tuvieron que ir los últimos 15 profesionales que quedaban, de los más de 30 que comenzaron en 2008.



El periódico surge de un acuerdo entre Unidad Editorial, editora de El Mundo a nivel nacional, y la sociedad 'Prensa y Medios de Cantabria' (PMC), creada por los hermanos Macho, propietarios de la constructora ECC Viviendas, una empresa familiar.

Según la web 'populartvcantabria.com', El Mundo Cantabria estuvo siempre “próximo” al Partido Popular. Esta misma fuente afirmó en su día que los hermanos Macho mantenían “fuertes vinculaciones con el PP”, y que fue el mismísimo Pedro J. Ramírez —por entonces director de El Mundo— el que los convenció para que abrieran una franquicia de su diario en Cantabria.

En mayo de 2009, en una entrevista concedida a alumnos de la universidad privada CESINE, de Santander, el entonces director de El Mundo Cantabria, Félix Villalba, respondía así a la pregunta sobre cuáles eran las bases del éxito de su diario: “La prensa cántabra estaba algo adormecida. El hecho de que aparezca un nuevo diario con una línea informativa fuerte, como es la de nuestra matriz, basada en la investigación, y que se publiquen noticias que hasta entonces no salían a la luz, fueron claves para el desarrollo del diario. Otro punto fuerte es el no tener miedo a posicionarse y a realizar críticas, un gran atractivo para los lectores cántabros”. Eran los mejores momentos del periódico. La euforia de Villalba tornaríase en desazón varios años después.

En un reciente reportaje publicado en el portal web 'Cantabria Negocios', y elaborado por Jesús García-Bermejo —director de la emisora de radio Arco FM Cantabria—, la presidenta de la Asociación de la Prensa de Cantabria (APC), Dolores Gallardo, analiza la situación general de la profesión en dicha Comunidad: “Los bajos salarios y el importante paro existente son los mayores problemas a los que se enfrenta el sector a día de hoy, lo que no quiere decir que sean los únicos”. De acuerdo a las cifras que se manejan desde la organización, las remuneraciones han caído entre un 18 y un 20% desde que comenzase la crisis, siendo 113 los profesionales que se encontraban sin empleo a finales de 2014. “El cierre de El Mundo Cantabria ha sido un palo muy duro para todos, pero lo más preocupante es que no creo que vaya a ser el último”, adelanta Gallardo. La presidenta de la APC atribuye el cierre de la cabecera a la caída general de la inversión publicitaria, estimando dicho descenso entre un 20 y un 30% desde que comenzó la crisis.

Según el reportaje citado, la publicación vivió sus mejores momentos entre su salida a los kioscos en 2008, y el año 2010. El proyecto estaba cubierto desde el punto de vista económico por parte de la sociedad editora, PMC. Fue en este periodo cuando contó con hasta 18 periodistas en la redacción, además de fotógrafos, colaboradores, comerciales y personal de administración.

Todo ello permitió al diario regional alcanzar su récord absoluto de páginas, 56, las cuales se incluían en la parte central del periódico nacional. “Por aquel entonces, el mínimo eran 32 páginas, aunque los fines de semana lo habitual era que, con los suplementos, nos fuésemos hasta las 40 ó 48 —recuerda Félix Villalba, ya exdirector de la publicación—. A pesar de que en algún ejercicio llegamos a cubrir gastos, desde febrero de 2011 —momento en el que se cortó la financiación— hubo que empezar a hacer ajustes tanto en plantilla como en paginación”.

Tras el ERE de 2012, El Mundo Cantabria fue adelgazando hasta las 16 páginas para recortar gastos, ya que el acuerdo alcanzado en su día establecía que hasta ese número, los costes de impresión corrían por cuenta de Unidad Editorial. A cambio, todo lo obtenido por la venta de periódicos iba a parar a la editora nacional, por lo que los únicos ingresos con los que se contaba, más allá de las inyecciones puntuales del grupo inversor, eran los procedentes de la publicidad. Ya en la última etapa, y tras un nuevo ERE —esta vez de extinción—, el diario se redujo a una pequeña separata de apenas 8 páginas. Con 15 personas en plantilla, la publicación carecía de los medios necesarios para mucho más. La cabecera estaba herida de muerte.

“Hemos aguantado 8 años, bastante más que otras iniciativas similares, y creo que hicimos muchas cosas bien, aunque probablemente también alguna mal. Lo complicado era hacernos con un hueco entre los lectores cántabros, y lo conseguimos. Incluso hubo una época en la que éramos nosotros los que marcábamos la agenda informativa. Sin embargo, la caída publicitaria producida por la crisis, determinadas sentencias judiciales que no nos beneficiaron y la mala suerte en momentos puntuales, nos acabaron por condenar”, lamenta Félix Villalba.

Un asunto que pudo suponer otro  hándicap para El Mundo Cantabria fue la falta de un soporte digital que acompañase a la publicación en papel. Según García-Bermejo, la versión digital del diario estaba contemplada en el propio proyecto, pero no salió adelante por la delicada situación económica que atravesaba entonces Unidad Editorial, con importantes recortes en todas las inversiones previstas por el grupo: “Y lo cierto es que, en un entorno cada vez más tecnológico, potenciar un medio de comunicación sin una página web ni presencia en las redes sociales se antoja complicado”.

Crisis financiera global, crisis de la prensa de papel, problemas judiciales, ausencia de un soporte digital…

Han pasado más de nueve meses desde que El Mundo Cantabria dejó de llegar cada mañana a los kioscos de Santander, de Torrelavega y de los otros 100 municipios de la Comunidad Autónoma. Con esta perspectiva temporal, puede ser interesante conocer de primera mano el relato de dos periodistas que vivieron y protagonizaron —desde diferentes roles profesionales— la historia del periódico: Félix Villalba y Aser Falagán.

Félix Villalba fue el director de El Mundo Cantabria a lo largo de sus ocho años de existencia; Aser Falagán era uno de los redactores del diario. Un buen día salieron de la redacción de la calle Carlos Haya, cerca del Barrio Pesquero de Santander, para seguir haciendo periodismo: Félix en El Mundo-Diario de Valladolid y Aser en El Diario Montañés. Ambos han accedido a dar una entrevista para este reportaje.



Para llegar a Aser, ha sido necesaria la mediación de otro periodista, un compañero del Montañés, José Ahumada. En una breve charla, José esboza algunos aspectos que, en su opinión, rodearon el nacimiento y el cierre de El Mundo Cantabria: “En teoría se suponía que era, simplemente, llegar a un número de ejemplares vendidos y, bueno, pues al final, con la caída de ventas de periódicos, no pudo ser. Pero la cosa fue un poco más liosa: sobre todo, fue como una operación para ayudar a ganar las elecciones autonómicas [de 2011] al PP. El Mundo Cantabria apoyaba a muerte al Partido Popular y estaba todo el rato intentando sacar escándalos a los del Gobierno [de Revilla], y bueno, pues alguno sí que le salió. Luego ya, una vez cumplido… El dinero para abrir el periódico lo pusieron unos constructores de aquí… Ya sabes, esos tinglaos que hay en todas partes. Yo lo sé un poco por encima, pero Aser te podrá contar más”.

Tras las elecciones autonómicas de 2007 Miguel Ángel Revilla pudo ser investido como presidente, gracias al pacto entre su partido (PRC, Partido Regionalista de Cantabria) y el PSOE, conformándose un gobierno de coalición entre ambas formaciones políticas. Menos de un año después, salía a la luz El Mundo Cantabria. En los siguientes comicios, los de 2011, ganó el PP con mayoría absoluta, y su candidato, Juan Ignacio Diego Palacios fue investido presidente de Cantabria. Tras las últimas elecciones en 2015, vuelve a haber un gobierno de coalición PRC-PSOE presidido por Revilla. En las tres ocasiones, el PP fue el partido más votado.  
El arranque
Los comienzos eran prometedores. Félix Villalba había sido jefe de sección de economía en El Diario Montañés. De éste salieron inicialmente él, y el que sería primer subdirector de la nueva cabecera, Alfonso Ruiz, junto a otros periodistas del Montañés.
“Hubo gran expectación cuando se supo que iba a salir El Mundo en Cantabria”, recuerda Villalba. En su opinión, hasta ese momento existía cierto monopolio informativo en la región: “Yo creo que esas expectativas eran fruto de la necesidad de nuevos enfoques en el periodismo y de que se abriera un poco el pluralismo”.

El Mundo Cantabria rompe en cierta forma los esquemas previos, con dos periódicos que dominaban el panorama en Cantabria. Félix cuenta como fueron los primeros años: “La cosa fue muy bien. Desde el día que salimos, pasamos a ser el segundo periódico en ventas en Cantabria, por detrás de El Diario Montañés y adelantando a Alerta, que pasaba al tercer lugar”.

Aser Falagán explica el sistema por el que se forma el diario: “Es la misma técnica que usaba Unedisa en toda España para abrir ediciones y captar mercado local; era como una franquicia, es decir, una empresa local llega a un acuerdo con Unedisa y se crea una sociedad, en la que es mayoritaria la empresa local, aunque Unedisa tiene una participación accionarial que le permite usar el franquiciado. Se montó una redacción en Santander con una serie de periodistas, comerciales, etcétera. El diario se distribuía como era habitual, con la diferencia que se incluía un encarte de la edición; el encarte nació con 32 páginas que subían a 40 y 48 cuando era necesario”.

¿Cómo se financiaba el periódico? Para Falagán, “a efectos de diario local funcionaba como un gratuito, es decir, la financiación de la empresa local era a través de la publicidad propia, porque los ingresos por venta y por los anuncios de la edición nacional, eran para Unedisa, para El Mundo nacional. A cambio, éste ofrecía la marca, su canal de distribución, el encarte del diario, e imprimía 16 páginas en su rotativa sin pagar; a partir de ahí, el resto eran de pago”.

Al igual que Villalba, Aser recuerda aquellos inicios arrolladores: “El periódico se comienza a gestar en 2007 y sale en 2008. Abre con una plantilla muy amplia, con mucha gente, y se monta una redacción bastante fuerte; esto es así porque detrás hay una constructora, que además, está vinculada al PP. Llegó a haber 18 redactores y 30 personas en plantilla. Durante dos o tres años fue un buen producto informativo, alcanzando a tener hasta 52 páginas en momentos puntuales o en algún día excepcional, aunque lo normal eran 32 y algunas veces 40 o 48. En 2009, el diario estaba en su mejor momento con unas ventas que iban moderadamente bien”.

El 6 de marzo de 2008, con nueve números publicados, se presentó en sociedad El Mundo Cantabria. El acto —al que asistieron el presidente del Gobierno de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, el alcalde de Santander, Íñigo de la Serna, y el entonces director de El Mundo, Pedro J. Ramírez— se celebró en el Palacio de Exposiciones y Congresos de Santander. Félix Villalba habla del evento, “que reunió a 2.000 personas que fueron a escuchar a Pedro J.”, y evoca las palabras de este: “No importa ser el segundo periódico en ventas; lo importante es ser el primero en influencia”.
Y así fue, para el exdirector: “En muchos momentos conseguimos eso, es decir, marcábamos la agenda informativa y la agenda política. Lo hacíamos con exclusivas de temas que no salían por la situación en la que estaba la información en Cantabria, y que nosotros sacamos a la luz; hubo incluso polémicas, porque éramos críticos con la acción de gobierno, como debe ser la función del periódico. Allí no estaban acostumbrados e incluso se produjeron situaciones extrañas: nos mencionaban en el Parlamento y algunos nos recriminaban desde allí, cosa que era un poco llamativa”.

Publicidad institucional
La publicidad institucional supone una importante fuente de ingresos para muchos medios de comunicación. Para el periodismo, esta dependencia es siempre un arma de doble filo. Villalba se queja del trato recibido en este sentido por el Gobierno de Cantabria, que en aquellos tiempos estaba formado por la coalición PRC-PSOE, bajo la presidencia de Miguel Ángel Revilla: “Uno de los precios que tuvimos que pagar por la independencia informativa fue el bloqueo institucional por parte del Gobierno de Cantabria; nos vetaron en el reparto de la publicidad institucional y nos cortaron ese grifo, que es una parte importante del montante publicitario, y sobre todo en comunidades pequeñas, como Cantabria, donde el peso de la administración, en todos los ámbitos, es muy relevante.

La llegada del PP en 2011 suponía la posibilidad de recuperar la publicidad institucional: “Nos daba la esperanza de que se eliminaba ese veto institucional que teníamos; pero era una falsa esperanza, no porque continuaran vetándonos, sino porque llegó la austeridad y el recorte radical de gastos de la administración, que afectó mucho a la inversión pública del Gobierno regional; tuvimos algo más de publicidad institucional, pero no compensaba económicamente el retroceso de la publicidad privada que se estaba produciendo en aquellos momentos”.

Aser Falagán coincide plenamente con su exjefe en este punto: “Con el Gobierno anterior, el de Revilla, cero, boicot publicitario absoluto; un 'apagón publicitario' del Gobierno de Cantabria, que en otras cabeceras sí metía publicidad institucional pero en El Mundo no”. Ésta es, según él, la causa del comienzo del declive. A partir de ahí comienzan muchos de los problemas: “Cuando llega el Gobierno del PP en 2011, sí mete publicidad institucional, pero ya no era lo de antes; había poca, pero era poca para todo el mundo porque no había disponibilidad económica y todos los gastos estaban muy fiscalizados por los recortes. Había sido un periódico muy a la sombra del PP, que apoyó mucho al PP durante su Gobierno, y esperaba que le dieran más de lo que le tocaba; le dieron lo que le correspondía, pero no más. Con la llegada, nuevamente, de Revilla en 2015, también hubo publicidad institucional, la que le correspondía, pero ahí ya la situación financiera de la empresa era muy mala”.
Declive
A pesar de este hándicap, Félix Villalba afirma que solamente con publicidad privada tuvieron un tiempo en los que iban muy bien: “El primer año magnífico, el segundo estuvimos bastante bien, estables y consolidados como referencia informativa en muchos momentos. Aquello se mantuvo funcionando bien en ventas, aunque luego, cuando la crisis se hizo más patente, tuvimos un pequeño retroceso, pero menor que la media. Quizá empezamos demasiado fuerte en estructura, en gastos, pero bueno, no había problema porque había una empresa [la constructora] que marchaba bien y que tenía fondos para tapar cualquier agujero que tuviéramos”.

Como ya se ha comentado, los accionistas principales de El Mundo Cantabria eran unos empresarios locales, vinculados a la construcción y la hostelería, que habían emprendido un proceso de diversificación en los buenos tiempos. Pero la burbuja inmobiliaria comenzaba a deshincharse, y la crisis financiera avanzaba como un tornado, destruyendo empleo y arrasando numerosos negocios y empresas.

“A partir de ahí, se notó el descenso de la inversión publicitaria por parte de las empresas —continúa Villalba—, y empezamos a experimentar una bajada de los ingresos, en línea con todos los medios. De todas formas, nosotros seguimos, pero llegó un momento en que la crisis del sector inmobiliario afectó a la empresa, con lo cual el periódico ya no podía contar con alguien que aportara financiación cuando era necesario”.

El exdirector hace autocrítica, reconociendo que, al tener detrás una empresa fuerte que les respaldaba, les faltó un poco de previsión: “Si hubiéramos sido más previsores, con lo que ganábamos en aquel momento, nos podíamos haber mantenido perfectamente”.



¿Con qué idea los constructores hicieron esta inversión? “Sinceramente, no lo sé —responde Aser Falagán—. Eso habría que preguntárselo a ellos; por un lado pienso que querían diversificar el negocio y ganar dinero, influencia y poder, además de conseguir obra para su constructora. Y si podían echar un cable al PP, al que eran muy próximos, pues mejor que mejor. Yo creo que el plan de negocio preveía entrar en beneficios el tercer año, pero se vino abajo el mercado periodístico y, sobre todo, el inmobiliario, lo que nos afectó especialmente, ya que el diario tenía detrás una constructora que era la que, llegado el caso, podría haber inyectado liquidez para intentar hacerlo rentable con un horizonte más largo o, cuando menos, para mantenerlo artificialmente. Pero esto tampoco se pudo dar porque la empresa que sostenía el periódico en los primeros años, acaba desapareciendo, de hecho”.
Para Falagán este fue el problema de partida. La crisis del papel hizo el resto: “Sí, es cierto que estalla la crisis y se reproduce el modelo de otros muchos periódicos que fueron cerrando en toda España, con la diferencia que éste nunca obtuvo beneficios”.
El final
 “¿Y qué hizo el periódico? —se pregunta Aser—: apostar por pérdida de calidad, reducir plantilla, reducir todo. En la última época salía con solo 8 páginas. Entra en un bucle que cada vez es peor, la dirección lo hace fatal y el producto va cayendo hasta que empieza a entrar en descomposición, a partir de 2012. Hay gente a la que despiden, gente que decide irse, incluso sin indemnización, porque ya no aguantan más allí, hasta que cierra en marzo de 2016”. “Son 8 años. Yo lo he vivido, no te hablo de oídas”, concluye el periodista.

Félix Villalba explica así la debacle: “Nosotros seguimos cayendo en ingresos de publicidad privada, igual que el resto, y llegó un momento en el que, junto con otras circunstancias del periódico (algunas deudas que se produjeron), la situación empezó ya a ser insostenible. A finales de 2015 ya se veía que la cosa iba mal. También había deudas que tenían con nosotros; sufrimos un enorme retraso en los pagos de la Administración regional, que nos debía mucho dinero. Aquello ya no se pudo sostener, y en enero de este año se tomó la decisión de hacer un cierre lo más ordenado posible; se empezó a negociar un ERE de extinción de contratos y, finalmente, el 3 de marzo salió el último número a la calle. La empresa que sostenía la cabecera terminó en un proceso concursal que no sé cómo habrá terminado”.

En lo laboral, tampoco fue un proceso fácil. Los empresarios habían creado una segunda empresa que venía a complicar aún más el asunto, añadiendo una evidente confusión patrimonial. Los tribunales determinaron que ambas eran el mismo grupo y, por tanto, solidarias en los compromisos contraídos.

“Para poder cobrar las indemnizaciones —explica Félix— hubo que interponer una denuncia, a la que nos adherimos todos los trabajadores. Esa denuncia iba contra las dos empresas, la editora, PMC, y Gestora de Medios S. L., que era la que gestionaba la publicidad. A día de hoy, todavía no hemos cobrado del FOGASA (Fondo de Garantía Salarial), por la lentitud con la que trabaja esta administración”.
A modo de conclusión
La irrupción de El Mundo Cantabria en 2008 revolucionó, de alguna manera, el hábitat informativo, con un periodismo más de investigación y denuncia, si bien es cierto que con una orientación ideológica demasiado marcada. El caso de este diario, ya desaparecido, es paradigmático de la tormenta que ha asolado a la prensa de papel desde el estallido de la crisis financiera, no solo en España, sino en todo el mundo. Ahora bien, el destino final de El Mundo Cantabria estuvo marcado por dos elementos distintivos: la publicidad institucional y el perfil de los empresarios que se hicieron cargo de la publicación.

Los acontecimientos de sus primeros años —los mejores— vienen a constatar la importancia que tiene la publicidad institucional en la cuenta de resultados de cualquier diario; pero sobre todo, vienen a recordar el riesgo que entraña dicha dependencia económica, que no es otro que el de dejar una puerta abierta a los poderes políticos, siempre ávidos de influir a su favor en la opinión pública, a través de los medios de comunicación. Y cuando no lo consiguen con un medio determinado, siempre pueden presionarlo con la publicidad oficial. Esto no es nada nuevo en la historia del Periodismo: se llama censura económica y El Mundo Cantabria la padeció en su momento.

El hecho de que la empresa matriz del periódico fuera una constructora, empeoró la situación económica del mismo porque, junto a la crisis financiera, el desplome inmobiliario en España fue brutal. Quizá ello pueda invitar a reflexionar sobre qué clase de empresas y empresarios son los más idóneos para gestionar un medio de comunicación.





lunes, 26 de diciembre de 2016

Análisis. La UE y Ucrania.



Las dos miradas de Ucrania

Kiev se convierte en rehén de la Unión Europea y de Rusia, enfrentadas por la hegemonía del Este de Europa en una reedición de la Guerra Fría del siglo XX


HÉCTOR MUÑOZ.  Málaga

La historia reciente de la vieja Ucrania está vestida de rojo. Roja soviética durante siete décadas. Roja de sangre en una guerra civil desatada en 2014 tras los sucesos del Euromaidán. Con la anhelada independencia de 1991 llega una clase política corrupta y empecinada en mirar solo hacia el lado de sus intereses. Ucrania, la fértil Tierra de la Frontera, está atrapada entre una Rusia ambiciosa y una Unión Europea temerosa. Víctima de sus dirigentes y del juego geoestratégico de las potencias extranjeras, el pueblo ucraniano ve cómo se quiebra su aspiración de bienestar dentro de la nueva familia europea sin tener que romper los lazos con la madre Rusia; sin perder la libertad de poder mantener, altivo, las dos miradas de Ucrania.


Puedes ver la presentación completa:






Un cuarto de siglo lleva la Unión Europea (UE) intentando conseguir un buen trato con Kiev. El anhelado Acuerdo de Asociación con Ucrania (AAU), firmado el 27 de junio de 2014, entró en vigor el pasado 1 de enero, pero de forma incompleta y provisional. ¿Por qué? En el afán por disputarle a Putin el socio ucraniano y conseguir un acuerdo, la UE ha mirado hacia otro lado ante las continuas violaciones de los valores democráticos por la clase política ucraniana. Solo desde la óptica de una política exterior centrada en la lucha hegemónica, es factible entender por qué se firma un tratado en plena guerra fratricida en el este de Ucrania, o cómo es posible que el AAU se ponga en marcha sin haber sido ratificado por los 28 países de la Unión.



El 6 de abril de 2016 se celebró en los Países Bajos el referéndum consultivo sobre el AAU. La consulta consistió en responder 'a favor' o 'en contra' a la pregunta: “¿Está usted a favor o en contra del Acta de Aprobación del Tratado de Asociación entre la Unión Europea y Ucrania?”. La participación fue del 32,2%, por lo que se le otorgó validez al superar el mínimo requerido del 30%. Con un 61,1% de votos en contra, el AAU fue rechazado por el electorado holandés. Según The Guardian, el primer ministro holandés, Mark Rutte, ha reconocido que, aunque la consulta no era vinculante, tras los resultados del referéndum es políticamente imposible que su gobierno tome una decisión tan impopular como ratificar el Tratado en la forma actual.



El último episodio de este nuevo problema en la historia del AAU ha tenido lugar durante la cumbre que celebraron en Bruselas, el pasado 15 de diciembre, los jefes de Estado y de Gobierno de los países de la UE. Según El País, ante el riesgo de tomar una decisión favorable a los intereses de Rusia, el primer ministro holandés, Mark Rutte, ha pactado con sus socios de gobierno introducir una modificación en el Acuerdo, que permitirá al Gobierno holandés ratificarlo pese a que sus ciudadanos lo rechazaron en referéndum. El añadido al texto original especificaría que el AAU no implica perspectivas de adhesión, que los ciudadanos ucranianos no tendrán derecho a residir en territorio comunitario, y que la UE no dará asistencia militar a Ucrania.



La Tierra de la Frontera
En el idioma eslavo, el término 'Ucrania' significa Tierra de la Frontera. En su flanco occidental, limita con cuatro países de la UE: Polonia, Eslovaquia, Hungría y Rumanía. Al este tiene casi 2000 kilómetros de frontera con Rusia; este dato es de especial relevancia, ya que el hecho de que Rusia sea el país con el que mantiene la mayor extensión fronteriza condiciona las políticas geoestratégicas de las potencias occidentales, particularmente EE. UU. y la UE.


La península de Crimea, situada al sur del país, domina el Mar Negro desde el norte, en una posición privilegiada desde el punto de vista geoestratégico. Este hecho es la fuente de las disputas que, históricamente, han mantenido diferentes países e imperios por dominarla. Para Rusia, siempre fue de vital importancia por ser su única salida europea al Mar Mediterráneo; actualmente, tras la anexión de 2014, Rusia administra y gobierna la península. Este estatus no es reconocido por Ucrania ni por gran parte de la comunidad internacional, que lo considera ilegal. La ciudad más importante es Sebastopol, un enclave portuario en el que se sitúa la base naval que aloja la Flota del Mar Negro de la Armada Rusa.


El Granero de la URSS
Sus grandes cultivos de cereales alimentaron a la Unión Soviética desde que en 1922 Ucrania pasara a ser una de sus repúblicas, de ahí que fuera conocida como el Granero de la URSS. Hay dos hechos históricos sin los cuales no es posible comprender la evolución actual del conflicto ucraniano: las nefastas políticas de Stalin para la población en los años 30, y la poca resistencia ofrecida a la invasión nazi en 1941.
Bajo el yugo estalinista, la URSS experimenta un importante desarrollo de la industria pesada a partir de 1930, sobre todo en las ricas tierras en minerales del este, población que se ve privilegiada por esta circunstancia. Muy al contrario, el aparato político soviético culpa a los agricultores ucranianos del sur y el oeste del país de poner en riesgo el cumplimiento de los objetivos de la industrialización, acusándolos de acaparar los cereales; se inician las requisas de cosechas, la expropiación de las tierras y las colectivizaciones forzosas de los cultivos. La resistencia de los campesinos es reprimida brutalmente con ejecuciones, encarcelamientos, torturas y deportaciones en masa. Todo esto, más las importantes inversiones que se dedican a la industria, a costa de la asistencia social, origina una crisis humanitaria que acaba con la vida de cinco millones de ucranianos durante el invierno de 1932-1933, en lo que se conoció popularmente como el Holodomor, 'la Gran Hambruna', un auténtico genocidio de proporciones gigantescas.


Ucrania fue uno de los territorios que menos resistencia ofreció al avance de las tropas alemanas durante la II Guerra Mundial, a pesar de ser también uno de los que más sufrió los horrores de la misma. En junio de 1941 Hitler la invade por el oeste. Los grupos nacionalistas ucranianos apoyan la invasión y muchos de ellos se unen a los alemanes en su lucha contra el comunismo soviético. El pueblo los recibe con ilusión, como la salvación a la dura represión soviética. Se respira un antibolchevismo notable, sobre todo en Kiev y en las regiones más occidentales de Ucrania, donde muchos ciudadanos salen a la calle a darles la bienvenida, creyendo que les librarán de la opresión estalinista. La eficaz propaganda de la radio nazi les ha hecho creer que Hitler restablecerá un estado ucraniano independiente, pero pronto se percatan de que entre sus planes no está la liberación: comienzan las deportaciones masivas y las matanzas indiscriminadas, sobre todo de judíos, que en ese momento suponen el 20% de la población. Solo en dos días, más de 33.000 son asesinados.
En 1943, tras la derrota alemana en Stalingrado, comienza la recuperación soviética de los territorios ocupados, entre ellos la península de Crimea, poblada principalmente por tártaros, un grupo étnico de origen mongol. Según Goncharova, Montaner y Ryzhykov (2014), en 1944 Stalin deporta a 160.000 tártaros de Crimea —mayoritariamente a Uzbekistán—, acusados de colaboracionismo con el ejército nazi, aunque los datos del Instituto de Historia de Rusia revelan que solo 20.000 de ellos habían vestido el uniforme alemán. Muchas comarcas quedan desiertas y son repobladas con campesinos rusos, a los que se les conceden numerosos incentivos. La población rusa pasa a ser el principal componente demográfico. Este es el origen del fuerte sentimiento prorruso que impera en Crimea y que finalmente llevará a aceptar masivamente su anexión en 2014.
La barbarie de unos y de otros, y las afinidades de partes de la población hacia los distintos opresores, dejan huella en la memoria histórica del pueblo ucraniano, como en la de cualquier otro pueblo masacrado. Sin embargo, a pesar de ello, cuando en 1991 Ucrania consigue su independencia y se disuelve la URSS, la inmensa mayoría de sus ciudadanos quiere pasar página y mirar con esperanza hacia un futuro próspero y amistoso con el mundo occidental y con la nueva Rusia, con la que mantiene fuertes lazos históricos y económicos. Pero todos los actores políticos implicados en este proceso, los de dentro y los de fuera, se empeñarán en reabrir las viejas heridas y mantenerlas sangrantes para colmar sus propios intereses.


Hacia la Independencia, pasando por Chernóbil
La década de los 80 del siglo XX es la del reverdecimiento de una de las corrientes más duras del capitalismo: el neoliberalismo. Con Margaret Thatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en los Estados Unidos, erigidos en iconos del poder económico, comercial y financiero, Occidente emprende un viraje destinado a revertir los logros sociales conseguidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, con políticas privatizadoras y desreguladoras de los mercados. En la URSS, con una ineficiente organización socialista que no sabe adaptarse a la creciente y pujante globalización del mercado mundial, la economía se resiente estrepitosamente.
Ucrania no escapa a esta crisis, que se ve reflejada en un acontecimiento que marcará el futuro de la Unión Soviética: en la noche del 24 al 25 de abril de 1986 se produce el accidente más grave de la historia de la energía nuclear, al explotar el reactor número cuatro de la central nuclear de Chernóbil, en el norte de Ucrania, cerca de la frontera con Bielorrusia y a unos 150 kilómetros de la capital, Kiev. Aunque el accidente se ha debido a un claro error humano, hay tres factores sociales y políticos de la URSS que juegan una baza primordial en ese momento: la falta de una cultura política de seguridad nuclear, la ausencia de una estructura democrática que provea a la sociedad del control sobre dicha actividad, y la inexistencia de un órgano regulador, con autoridad propia e independencia, que lleve a cabo la inspección y evaluación de las instalaciones nucleares. Según National Geograhic, la lluvia radiactiva fue hasta 400 veces superior a la radiactividad liberada por las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki al final de la Segunda Guerra Mundial. Además de la tragedia humana y las ingentes pérdidas económicas que supone, Chernóbil genera una crisis política internacional que acelerará la desintegración de un anquilosado aparato soviético.



Desde 1989, un movimiento de nacionalistas románticos, liderado por intelectuales procedentes del ámbito de las humanidades, va cobrando relevancia y visibilidad. En julio de 1990, aprovechando la creciente debilidad estructural de la URSS, la República Soviética de Ucrania comienza a dar sus primeros pasos hacia la independencia. La Rada Suprema —el parlamento aún soviético de Ucrania— aprueba la Declaración de Soberanía Estatal, estableciendo los principios generales para una futura independencia. El 24 de agosto de 1991, unos días después del intento de golpe de Estado en Moscú contra el presidente Mijaíl Gorbachov, la Rada promulga en Kiev la Declaración de Independencia. Aún no tiene carácter efectivo pero se anuncian un referéndum y unas elecciones presidenciales con las que concluirá el proceso.
El 1 de diciembre de 1991 se celebran, en el mismo día, el referéndum por la independencia y las primeras elecciones presidenciales libres desde 1918. El 92% de los ciudadanos deja clara su voluntad de ser una nación independiente, y el 61,59% vota a un antiguo miembro del Politburó soviético, Leonid Kravchuk, como primer presidente de la nueva República de Ucrania. Estas dos circunstancias, aparentemente contradictorias, demuestran claramente que una mayoría de ucranianos tiene la aspiración de acercarse a Occidente, muy especialmente a la UE, sin renunciar a la amistad con Rusia. A finales de mes, Rusia anuncia su separación de la URSS. Gorbachov dimite y entrega el Kremlin a Yeltsin. El Soviet Supremo queda disuelto. Oficialmente la URSS ya es historia.




La sociedad ucraniana postsoviética
Según E. J. Rodríguez, periodista especializado en asuntos internacionales y redactor jefe de la revista Jot Down,  tras la independencia una mayoría de ciudadanos aspiraba a un futuro de modernización y progreso, sin tener en cuenta ni su origen étnico ni la lengua materna. Los ucranianos entendían muy bien que su bienestar depende de la amistad a dos bandas con Rusia y con Occidente. Por un lado Rusia es muy importante para Ucrania porque es su principal proveedor de gas y el primer cliente de su producción industrial. Al mismo tiempo, Ucrania es clave para Rusia ya que por su territorio pasan los gaseoductos que permiten a los rusos exportar combustible al resto de Europa. Por otro lado, la UE es vista como un socio deseable, un importante mercado al que abrirse, una fuente de inversiones y un referente para la democratización y normalización política del país.
De una forma esquemática, las dos regiones de Ucrania, diferenciadas étnica, cultural y lingüísticamente, son la del oeste-centro y la del este-sur: la primera es principalmente rural, su población es étnica y lingüísticamente ucraniana, con orientación prooccidental; en el este y el sur de Ucrania, con mayor proporción de rusos y rusoparlantes (obviamente de orientación prorrusa), tienen más peso la minería y la industria en general, y los niveles de renta son mayores. Un territorio clave es la península de Crimea, tanto por su mayoría de población rusa (60%), como por su importancia estratégica, ya comentada. Francisco J. Ruiz González, analista y experto en seguridad internacional y estudios estratégicos, afirma que, independientemente de los factores que hayan podido contribuir a la radicalización de las diferencias, el resultado es que la división que sufre Ucrania representa su principal debilidad geopolítica y la mayor amenaza a su futuro como Estado.



Para E. J. Rodríguez, las diferencias son evidentes pero no determinaron por sí mismas —al menos en un principio— la fractura social que se ha producido. La corrupción política, con el consiguiente hundimiento de la economía —y una caída de la renta per cápita hasta ser tres o cuatro veces menor que la de sus vecinos rusos—, provocó que en los territorios del sur y del este de Ucrania muchos ciudadanos empezaran a ver la posible reintegración en Rusia como una posibilidad de optar a un mayor nivel de vida. El sesgo en el tratamiento mediático del conflicto y la intervención de actores externos también han jugado un papel polarizador de las diferencias preexistentes. Así pues, la crisis ucraniana no es un suceso mágico generado de la noche a la mañana, sino que ha sido un proceso de cocción lenta. ¿Por qué un país que tenía el deseo compartido de conseguir un mayor bienestar ha terminado dividido, con facciones radicales violentamente enfrentadas, y sumido en una guerra civil? Una gran mayoría de ucranianos ha visto cómo se han esfumado esos sueños, y ahora están atrapados en un país balcanizado y de incierto futuro.


Una clase política corrupta y represora
El conflicto ucraniano está determinado por una clase dirigente corrupta más sensible a los intereses propios y de diferentes actores externos, que a los de los ciudadanos. La corrupción generalizada, la escasa preparación, la cada vez más acusada radicalización en torno a cuestiones políticas y económicas —que, en muchos casos, son la fachada de sus intereses personales—, y una pobre cultura democrática, son otros atributos generales que definen a los dirigentes de Ucrania desde su independencia. Con estos mimbres, el destino del país no podía ser otro que el del un Estado fallido, tras su hundimiento económico y el caos institucional.


Tras la independencia, comienzan las luchas de poder entre la élite intelectual nacionalista y los herederos del antiguo aparato estatal burocrático del Partido Comunista, tanto en las instituciones estatales como en las locales. Ni unos ni otros tienen la experiencia ni los conocimientos necesarios para dirigir un país con una economía de transición hacia una de mercado. Las privatizaciones masivas e irregulares de empresas estatales de la extinta URSS, se convierten en una inagotable fuente de negocios ilícitos para el enriquecimiento de ciertos grupos cercanos al poder y dentro de él: la oligarquía ucraniana. La especulación con los bienes materiales, los concursos públicos amañados, las comisiones ilegales para conseguir licencias, permisos, tránsito de mercancías en las aduanas, o créditos bancarios en las mejores condiciones, son una práctica corriente dentro de un ambiente gansteril de grupos mafiosos organizados y conectados con estructuras estatales, como policía, fiscalía y hacienda. De esta manera, entre 1996 y 2000, aparecen ricos empresarios que eran funcionarios del estado en excedencia o, lo que es peor, en ejercicio, y cuyas fortunas ascienden a cientos de millones de dólares.
A la larga, ningún partido político resulta totalmente inmune al influjo de los lobbies oligárquicos y plutocráticos. En las más altas instancias del Estado no ocurre nada diferente: por ejemplo, Yanukóvich procede del ámbito de los funcionarios locales apoyados por los cabecillas del crimen organizado; Timoshenko surge directamente de este último y, tanto en los negocios como en la política, es la mano derecha del también exprimer ministro, Pavlo Lazarenko, rico empresario que, según  datos de la ONU, ha llegado a malversar  200  millones de dólares. El caso de Yulia Timoshenko es particularmente llamativo: adorada en la Revolución Naranja, fiel aliada de los países occidentales, particularmente de la Unión Europea, la exprimera ministra se enriqueció en el ocaso del régimen soviético al fundar una cadena de vídeos en 1989; después se pasó al sector de la energía hasta presidir una gran compañía. Mientras, su marido se convierte en uno de los mayores oligarcas ucranianos con la exportación de minerales, aprovechando la privatización de los activos estatales de Ucrania.
Prácticamente todos los gobiernos han intentado callar las voces disidentes con la represión política y los ataques a la libertad de expresión, no solo mediante disposiciones legales fabricadas ad hoc, sino también por medios ilegales. La Berkut, la temida policía antidisturbios, reprimía con brutalidad las muchas manifestaciones populares de protesta. Las detenciones masivas y los encarcelamientos arbitrarios, sin ninguna garantía jurídica, fueron habituales. Los manifestantes han denunciado muchas veces que entre sus filas había infiltrados policiales que se encargaban de provocar la carga de los antidisturbios.



La censura y los ataques a periodistas han sido otro instrumento de control por parte del Estado ucraniano. En septiembre de 2000 desaparece sin dejar rastro el periodista Georgiy Gongadze, muy crítico con el presidente Kuchma. Su cadáver, decapitado y desfigurado para intentar impedir su identificación, aparece casi dos meses más tarde a 70 kilómetros de Kiev. Poco después estalla el 'escándalo del cassette', cuando son publicadas unas grabaciones en las que Kuchma comenta lo molesto que le resultaba Gongadze y la “necesidad de callarlo”. En julio de 2001, muere el periodista Ígor Alexandrov tras recibir una paliza a manos de unos desconocidos armados con bates de béisbol; investigaba la corrupción gubernamental y la actividad de las mafias empresariales y políticas que asolaban el país. En enero de 2002, Tatyana Goriachova, editora del periódico opositor Berdyansk Delovoy, es atacada por unos desconocidos que le arrojan ácido en el rostro.



El papel de los medios hegemónicos
Los medios convencionales hegemónicos occidentales —y algunos rusos a los que se tiene acceso por Internet— han abordado la cuestión ucraniana con poco afán de neutralidad. Salvo algunas excepciones, suelen ofrecer versiones simplistas de los hechos, sin análisis en profundidad, practicando un maniqueísmo informativo, según el cual el asunto se dirime entre buenos y malos. Dependiendo de la tendencia política o las simpatías de cada cual, sitúan las culpas en un bando o en otro, adoptando partido en cada caso; es una información parcial y tendenciosa, a la que le faltan antecedentes y contexto, y le sobra un sensacionalismo que ha llegado a crear un ambiente de estado prebélico a gran escala mundial.
La forma en la que estos medios están abordando la crisis política ucraniana es el resultado de la tendencia al relámpago informativo, en el que el destello del flash deslumbra y dificulta mirar en profundidad. El discurso mediático sobre la fractura interna que dividiría a Ucrania en dos mitades —la occidental, campesina y europeísta, y la oriental, industrial y rusófila—, y que sería la causa de todos sus males, ha contribuido en gran medida a ensanchar la brecha.


Ucrania: rehén de las potencias extranjeras
Ni Rusia, ni la Unión Europea, ni algunos de sus Estados Miembros cuando han actuado de forma independiente —principalmente Alemania, Polonia y Francia—, ni los Estados Unidos, están libres de alguna responsabilidad en que Ucrania haya ido encaminándose al desastre. Cada agente que ha intervenido en la cuestión, bien por acción, bien por omisión o bien por turbias complicidades, lo ha hecho en base a sus propios intereses geoestratégicos, económicos, políticos o ideológicos, casi siempre contrapuestos a los de los ciudadanos ucranianos.
Rusia aplica una política sutil, con una combinación de recursos de poder duro y de poder blando. Por una parte, actúa contundentemente en apoyo de la población prorrusa del este y del sur de Ucrania, con la anexión de Crimea como un hecho ya consolidado. Por otro lado, abre las puertas de par en par para una eventual integración de Ucrania en el espacio postsoviético, poniendo de relieve los beneficios que representaría para la economía ucraniana la entrada en la futura Unión Euroasiática.
Rusia es el principal importador de materiales producidos por la industria pesada ucraniana. Si Ucrania levantase sus barreras comerciales con la UE, Rusia se vería obligada a proteger su economía de la entrada masiva de productos europeos en su mercado. La producción industrial de Ucrania perdería su mercado principal, lo que no se vería compensado por un aumento de las exportaciones agrícolas a la UE, dado el proteccionismo de la Política Agraria Común (PAC). Este es uno de los grandes escollos de cualquier acuerdo comercial entre la UE y Ucrania.
Frente a las nulas garantías por parte de la UE del respaldo económico necesario para adaptar la economía ucraniana a los estándares europeos, Moscú ofreció claras ventajas a Kiev con la firma de los acuerdos por los que se concedía un crédito de 15.000 millones de dólares, sin condicionarlo a recortes sociales, y una considerable bajada en el precio del gas.
El elemento central de las presiones ejercidas por las potencias occidentales, es la contención y el control de la hegemonía rusa en la zona. Uno de los objetivos inmediatos es reforzar el ala oriental de la OTAN, convirtiendo a Ucrania en un estado tapón entre la esfera de influencia rusa y Europa Occidental. El conflicto de Ucrania y sus divisiones etnoculturales están siendo la correa de transmisión usada por Occidente para sus propios intereses geoestratégicos, sin despreciar los intereses económicos, los conocidos y los ocultos.
De esta forma, el papel jugado por la UE, de forma global, y por Alemania, Polonia, Francia y EE. UU., de forma particular, ha sido el de apoyar todos los movimientos de oposición e insurgencia frente a los diferentes gobiernos ucranianos —salidos de la urnas, no debe olvidarse este hecho— que han tratado de resistirse a las imposiciones que Occidente pretende, en nombre de los valores democráticos.


La UE: entre el temor y los intereses
Han sido muchos los programas de ayuda, planes y acuerdos entre la UE y Ucrania durante el periodo 1991-2004. La suma total de ayudas económicas y financieras es la equivalente a 1.770 millones de euros.
Entre 1994 y 1998 se sientan las bases del futuro AAU. El germen de este es el Acuerdo de Colaboración y Cooperación de 1994. Sus objetivos son principalmente político-estratégicos. Es un acuerdo que, por un lado busca soluciones eficientes a los problemas de seguridad y riesgo de desestabilización de Ucrania, y por el otro, establece una cooperación económica muy limitada y cuidadosa con los intereses de la UE. La Declaración del Parlamento Europeo después de su ratificación no deja lugar a dudas:

“El objetivo básico es establecer un diálogo político, en el sentido amplio, centrado en particular en la seguridad y la estabilidad en Europa. Teniendo en cuenta el contexto de inestabilidad política debido a la desintegración de la Unión Soviética, el Acuerdo de Colaboración y Cooperación busca fortalecer la independencia recién alcanzada y apoyar su soberanía e integridad territorial”


En lo comercial solo prevé la liberalización de los productos industriales, limitando el comercio en aquellos sectores sensibles para los Estados Miembros de la UE, como son el textil, el carbón, el acero y el material nuclear; el sector agrícola se excluye, directamente, del acuerdo.
A partir del año 2000, y hasta el 2004, en el que se produce la Revolución Naranja, las relaciones entre la Unión Europea y el Gobierno de Ucrania se enfrían por la permanente crisis política e institucional que padece el país. La pasividad occidental de este periodo es hábilmente aprovechada por Vladímir Putin, que firma 16 acuerdos bilaterales con el presidente Kuchma. Con ellos se aspira a una ambiciosa cooperación de ambos países en tecnología de doble uso, civil y militar. Durante este periodo, Rusia refuerza su ascendencia sobre la Comunidad de Estados Independientes (CEI), incluida Ucrania con su grave crisis económica y política, recuperando y asentando así su espacio de influencia.
Muy cerca del final de la legislatura del presidente Kuchma, a finales de 2004, y viendo el alcance que la situación de conflictividad social está tomando, el Parlamento Europeo adopta una resolución relativa a la situación interna en Ucrania, motivada por la proximidad de las elecciones presidenciales en el país. Esta resolución es calificada por muchos analistas neutrales como una injerencia en los asuntos internos de un país soberano; para la órbita política rusófila, es una intromisión intolerable. En dicha declaración se confirma “la necesidad de trabajar juntos para contribuir a aumentar la estabilidad, la seguridad y la prosperidad en el continente europeo”; se expresa “la profunda decepción por el desarrollo hasta la fecha de la campaña para las elecciones presidenciales ucranianas”; y se insta a las autoridades ucranianas “a que pongan fin a las persistentes violaciones de los procedimientos democráticos”. La Revolución Naranja está servida.



Una gran partida de ajedrez: la Revolución Naranja
El 31 de octubre de 2004 se celebra la primera vuelta de las elecciones presidenciales, que se dirimen principalmente entre Víktor Yanukóvich, que representa la orientación política prorrusa —aunque no rechaza las buenas relaciones con la UE—, y Víktor Yúshchenko, representante de la corriente prooccidental, apoyado por la que posteriormente será primera ministra, Yulia Timoshenko.
La profunda crisis económica, política, institucional y social, en la que se halla sumida Ucrania, genera posiciones cada vez más radicalizadas en torno a los candidatos. La atención internacional hace que los poderes exteriores señalen claramente a sus favoritos: las potencias occidentales se decantan por Yúshchenko, mientras que la Rusia de Putin prefiere a Yanukóvich. Las presiones de las potencias extranjeras y la polarización de los medios de comunicación calientan aún más el enrarecido ambiente de una bronca campaña electoral, marcada por las acusaciones de que el Gobierno manipula los medios de comunicación.
En la primera vuelta gana Yúshchenko por escasas décimas, pero ningún candidato supera el 50% de los votos. La ley electoral ucraniana obliga a una segunda vuelta en estos casos. El 21 de noviembre se celebra la segunda vuelta: gana Yanukóvich con el 49,42% de los votos —frente al 46,69% de Yúshchenko— y es proclamado presidente.
Las reacciones exteriores no se hacen esperar. Mientras Rusia considera legítima su victoria, la UE y los Estados Unidos se niegan a reconocerla, apoyándose en los informes de observadores internacionales, que hablan de fraude electoral. Sea como fuere, el mapa electoral sigue mostrando claramente la división de Ucrania: la mitad oeste vota por el prooccidental Yúshchenko y la mitad este vota por el prorruso Yanukóvich.
Las acusaciones de fraude disparan las protestas multitudinarias, especialmente en Kiev. Es el inicio de la llamada Revolución Naranja, encabezada por Yúshchenko y su entonces aliada Timoshenko. El 23 de noviembre, ante los ojos atónitos de medio mundo, cerca de medio millón de personas se manifiestan ante la Rada, portando ropas o insignias de color naranja, ocupando el centro de Kiev de manera pacífica, y bloqueando los edificios administrativos durante 18 días, en una vigilia permanente. Las protestas son apoyadas por Occidente (la UE y EE. UU.), desde donde también llega financiación. El 2 de diciembre, el Tribunal Supremo, presionado por los manifestantes y por las quejas occidentales, decreta una inédita repetición de la segunda vuelta electoral.



Se celebra el 26 de diciembre, y esta vez gana Yúshchenko. Yanukóvich afirma que su anterior victoria le ha sido “arrebatada”, pero cede la presidencia sin mayores obstáculos “para evitar un baño de sangre”. El nuevo presidente Yúshchenko se marca dos objetivos claros: uno, el anhelado ingreso de Ucrania en la UE; el otro, formar parte de la OTAN. Si se tienen en cuenta las declaraciones del que había sido presidente de la Comisión Europea hasta el 30 de octubre, Romano Prodi, el primero de los objetivos parece bastante improbable; Prodi llegó a afirmar que “es tan posible que Ucrania se convierta en miembro de la UE como que lo haga Nueva Zelanda”.



De la euforia a la desesperanza
La euforia reformista que gran parte de la sociedad ucraniana tiene en 2004, va a ser de corto recorrido, debido al declive económico, la rampante corrupción, y las crisis políticas. Las expectativas generadas en la Revolución Naranja se desvanecen rápidamente.
Entre 2005 y 2010 los ucranianos asisten a un baile de cambios en el Gobierno. Yulia Timoshenko, primera ministra tras la Revolución Naranja, es destituida —acusada de corrupción— por el mismo que la había propuesto, su amigo y presidente Víktor Yúshchenko. Ni ocho meses ha durado en el cargo. Se acusan mutuamente de ser los responsables del alto grado de corrupción imperante. Tras las elecciones legislativas de 2006, se inicia un confuso juego de alianzas entre partidos, que termina convirtiendo a Yanukóvich en primer ministro. Una situación explosiva, con un prooccidental como presidente de Ucrania, y un prorruso como jefe de Gobierno, que genera un clima de violencia política e institucional. En las elecciones legislativas adelantadas de 2007, Yulia Timoshenko vuelve a ser la primera ministra gracias a una serie de pactos entre los partidos políticos; como en 2004, tras la Revolución Naranja, el tándem Yúshchenko-Timoshenko toma las riendas de Ucrania.
El 17 de enero de 2010 se celebra la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Los dos candidatos principales son Yanukóvich y Timoshenko; gana el primero sin alcanzar el 50% de los votos, por lo que ha de celebrarse una segunda vuelta, en la que el prorruso Yanukóvich (48,95%) vence a la prooccidental Timoshenko (45,47%). Yanukóvich —que seis años antes se quejaba de que le habían “arrebatado” el cargo en la Revolución Naranja—es el nuevo presidente, pese al intento de impugnación por parte de Timoshenko. Nombra a un hombre de su partido, Mykola Azárov, como nuevo primer ministro y se marca tres grandes objetivos para el mandato: mantener la política de equilibrio exterior, abaratar el precio del gas y conseguir el ansiado acuerdo de asociación con la Unión Europea. En abril firma con Putin un nuevo acuerdo por el que obtiene una sustancial rebaja del precio del gas a cambio de ampliar la cesión de la base naval de Sebastopol hasta el año 2042, lo que aliviará la economía. Un mes después, la Rada aprueba una ley que convierte a Ucrania en 'país no alineado', lo que en la práctica constituye la renuncia activa a un posible ingreso en la OTAN. Esto es interpretado en Occidente como un guiño hacia Rusia.



Este mismo año, el fiscal general reabre un viejo caso judicial y acusa a la opositora Yulia Timoshenko de haber sobornado a jueces del Tribunal Supremo en el año 2004. A lo largo de los siguientes meses seguirán abriéndose causas judiciales en su contra: malversación de fondos públicos, evasión fiscal, uso de vehículos médicos para su campaña electoral, e incluso supuesta complicidad en el asesinato de un magnate competidor en el mundo del gas, donde ella hizo su fortuna. Pero sobre todo, la acusación más relevante será la de prevaricación durante la negociación del gas con Rusia, tras la llamada Guerra del Gas en 2009.


Europa tiembla de frío: la Guerra del Gas
El mayor grado de dependencia de Ucrania con respecto a Rusia se produce en el ámbito de los suministros energéticos, en el que el empeoramiento de las relaciones, tras la Revolución Naranja, da lugar a las 'guerras del gas' entre 2006 y 2009. De todas ellas, la de 2009 es la de mayor repercusión, no solo por desabastecer a muchos países —algunos dejaron de recibir el 100% del suministro—, sino por las repercusiones políticas que tuvo en los años siguientes.
A finales de 2008, Kiev decide no pagar su factura del gas; Putin amenaza con cortarle el suministro. El 1 de enero de 2009, ante la falta de acuerdo para renovar el contrato de compraventa, los rusos cumplen su amenaza e interrumpen el suministro de gas a Ucrania. Dado que las exportaciones al resto de Europa han de pasar necesariamente por los gaseoductos ucranianos, Moscú se ve obligada a suprimirlas.
El desabastecimiento afecta principalmente a diez países europeos, nueve de ellos miembros de la UE: Bulgaria, Grecia, Croacia, Rumanía, Austria, República Checa, Hungría, Polonia y Eslovaquia, además de Macedonia, país candidato a la adhesión. La situación se torna insostenible porque afecta a grandes núcleos de población, en pleno invierno, con grave riesgo de daños para la salud de las personas. La UE reacciona.
Tras 10 días de desabastecimiento, se llega a un acuerdo y se reanuda el suministro de gas a Europa. El 20 de enero, Putin y la primera ministra ucraniana, Yulia Timoshenko, firman un nuevo contrato por el que Rusia suministrará gas durante diez años, a un precio fijo, a cambio de que Ucrania vuelva a abrir los gaseoductos. La cuota fija que, teóricamente, ha de proteger a Ucrania de las fluctuaciones del precio, terminará resultando dañina: al agravarse la recesión económica mundial, los países compradores de gas ruso ven mermado su poder adquisitivo, por lo que Rusia abaratará las exportaciones de gas para todos, excepto para Ucrania, atada a ese precio fijo que cada vez le resultará más difícil de pagar.



La caída de Timoshenko
El 5 de agosto de 2011, Yulia Timoshenko es detenida y después procesada por presunta prevaricación al negociar en 2009 el acuerdo del gas con Putin. Dos meses después, es declarada culpable y condenada a siete años de prisión. Ha caído una de las piezas claves de la Revolución Naranja y una gran aliada de las potencias occidentales, particularmente de la UE, que ve cómo sin ella la mirada de Ucrania se gira cada vez más al Este.
Empiezan a producirse quejas internacionales y represalias diplomáticas por la situación de Timoshenko, a la que se considera, desde Occidente, víctima de venganzas gubernamentales y de haber sido sometida a un proceso amañado sin las mínimas garantías jurídicas. En junio de 2012, el presidente de la Comisión Europea, Durão Barroso, condiciona un posible Acuerdo de Asociación con Ucrania a que el Gobierno de Kiev detenga la persecución política de sus rivales, citando específicamente la necesidad de excarcelar a Yulia Timoshenko. Sorprenden estas declaraciones cuando tres meses antes, el AAU ya solo ha quedado pendiente de ser ratificado por el Parlamento Europeo y por los gobiernos de los Estados Miembros.


Pero la UE no renuncia al Acuerdo, a pesar de la situación que ella misma denuncia. De hecho, se mantiene la Agenda de la Asociación UE-Ucrania y se le concede una ayuda excepcional en forma de préstamo, por 500 millones de euros y un plazo de vencimiento a 15 años. Para muchos analistas, todo ello equivale, en la práctica, a una oferta de trato, y demuestra que la UE sigue dispuesta a acercar posiciones con Ucrania, dándole a Yanukóvich un año y medio de plazo para llevar a cabo las reformas electorales, judiciales y políticas que la Comisión considera necesarias.
La UE maneja un doble discurso: por un lado declara estar preocupada por la persecución política y el recorte de libertades en Ucrania, y por otro parece respaldar los esfuerzos reformistas de Kiev con vistas a un acuerdo. Así, se establece el 29 de noviembre de 2013 como fecha para la firma definitiva del ansiado AAU. Bruselas confía en que para entonces la Rada ucraniana habrá aprobado las leyes reformistas que considera condición sine qua non para la firma del mismo; entre estas leyes debe haber una que permita excarcelar a Yulia Timoshenko, asunto que sigue pareciendo objeto del interés prioritario de las potencias occidentales.


Una bofetada a la Unión Europea
La visita de Yanukóvich a Putin en Moscú durante el mes de mayo, mientras está negociando un trato con la Unión Europea, despierta los recelos de los dirigentes europeos. La realidad es que, con o sin UE, los vínculos comerciales que ambos países mantienen siguen siendo fundamentales para la maltrecha economía ucraniana.
El 20 de noviembre llegan a Kiev los representantes de la Comisión Europea para asistir, al día siguiente, a la sesión parlamentaria en la que deben tratarse las reformas exigidas por la UE. Se muestran confiados en que serán aprobadas por la Rada. Gran parte de la población ucraniana también espera ansiosamente la buena noticia.



El día siguiente, 21 de noviembre de 2013, salta la sorpresa. La Rada no aprueba las leyes requeridas por Bruselas, lo que supone renunciar al Acuerdo de Asociación, que iba a ser firmado ocho días después en la Cumbre de Vilna. El primer ministro Azarov afirma que Kiev ha actuado así pensando en “reforzar la seguridad nacional de Ucrania” y teniendo en cuenta los efectos que el nuevo trato podría tener en sus relaciones comerciales con el socio clave, Rusia.


La prensa occidental habla de un chantaje ruso para boicotear el acuerdo, y muchos sospechan que Putin ha presionado a Yanukóvich con la posibilidad de romper lazos comerciales si se asocia con la UE, poniendo aranceles a la producción industrial ucraniana, de la que es casi el único cliente. Todo ello podría lesionar la economía ucraniana hasta un punto insostenible.
Tras el rechazo parlamentario a admitir las reformas exigidas por la UE, Yanukóvich firma un acuerdo con Putin: Rusia comprará bonos de Ucrania por valor de quince mil millones de dólares, justo el dinero que Kiev necesita para no entrar en bancarrota. El FMI había ofrecido la misma cantidad a cambio de medidas de austeridad interna (recortes sociales). Además, se le ofrece una rebaja del 30% en el precio del gas. Con este acuerdo, Yanukóvich espera que las protestas disminuyan, pero los opositores de la facción más prooccidental lo interpretan como el pago recibido por alejarse de la UE.
Yulia Timoshenko, con arresto domiciliario en una clínica, llama a los opositores para que tomen la calle, consciente de la decepción de buena parte de la población ucraniana, al ver alejarse el sueño europeo. A finales de noviembre de 2013, los antidisturbios de la Berkut cargan contra los manifestantes en la plaza del Maidán, y los opositores responden asaltando el Ayuntamiento con excavadoras y cócteles Molotov. Será el inicio de la rebelión opositora conocida como Euromaidán, llamada así porque se inicia en la plaza de la Independencia (“Maidán”) de Kiev.
Después del fiasco de Vilna y los primeros actos violentos del Euromaidán, el Parlamento Europeo emite una resolución sobre Ucrania en la que aprueba y alienta las manifestaciones en contra del presidente Yanukóvich —elegido democráticamente en 2010—; condena “las inadmisibles presiones políticas y económicas de parte de Rusia”, a la que amenaza con sanciones; pide a la UE que medie en el conflicto, e insta al Gobierno de Ucrania a que entable conversaciones con los manifestantes, para evitar una escalada de violencia y la desestabilización del país.


2014, annus horribilis: Euromaidán, arde Kiev
Para el pueblo de Ucrania, el 2014 habrá quedado grabado en su memoria reciente como un año funesto. Comenzó con Kiev convertida en un campo de batalla con los disturbios del Euromaidán, continuó con la anexión rusa de Crimea, y acabó con una guerra civil en el este del país que, de forma más larvada, aún está viva.
Tras los primeros enfrentamientos violentos de finales del 2008, entre las fuerzas de seguridad y los manifestantes, la represión policial se endurece, y la respuesta de los opositores cada vez es más violenta. Kiev arde por los cuatro puntos cardinales. Muchos edificios oficiales están tomados por los insurgentes. Grupos radicales armados de extrema derecha toman las calles y, confundidos entre las masas, disparan, apalean, secuestran o torturan a toda persona que les resulte sospechosa de tener alguna simpatía por Rusia. De nada valen las negociaciones de Yanukóvich con la oposición, ni la mediación de la UE. Febrero es especialmente sangriento. Según el Ministerio de Salud de Ucrania, el Euromaidán se cobró 106 muertos y casi 2.000 heridos.


El día 22, el presidente Yanukóvich parte hacia un acto institucional sin comunicarlo a la Rada; todo parece indicar que no volverá. 328 de los 450 diputados aprueban ese mismo día su fulminante destitución mediante una especie de moción de censura. La Rada emite una orden internacional de búsqueda y captura por crímenes contra la humanidad. Para Yanukóvich y sus partidarios ha sido un golpe de estado. Putin afirma que es la única autoridad legítima y no reconoce al nuevo Gobierno, que ahora está encabezado por Oleksandr Turchínov, reconocido como legítimo por Occidente y fiel aliado de Yulia Timoshenko, que sale excarcelada ese mismo día. Un mes más tarde, se hace pública una conversación telefónica en la que se oye decir a Yulia “es la hora de matar a esos malditos rusos”.



El 25 de mayo se celebran elecciones presidenciales, en las que vence el magnate Petró Poroshenko, independiente y favorable al Acuerdo de Asociación con la UE. En diciembre, Ucrania renuncia a su posición de 'país no alineado' para poder optar a un futuro ingreso en la OTAN.


2014, annus horribilis: Crimea, rusa
Con una población mayoritariamente de origen ruso (60%), Crimea ha mostrado intenciones secesionistas, y de reintegración en la Federación Rusa, desde la disolución de la URSS en 1991. Un referéndum ese mismo año, con mayoría prorrusa, y dos declaraciones de independencia del Parlamento regional de Crimea en 1992 y 1994, respectivamente, no fueron reconocidos por la Rada Suprema de Ucrania. Por tanto, es preciso remarcar que los sucesos del Euromaidán no fueron los causantes de la anexión a Rusia, aunque sí significaron una oportunidad histórica para que Crimea volviera a ella.
A finales de febrero de 2014, mientras Kiev es controlada por radicales nacionalistas, en Crimea se producen manifestaciones independentistas y surgen las milicias populares prorrusas. Fuerzas militares no identificadas ocupan diversos intereses rusos en la península, aseguran las bases militares que entraban dentro de la cesión firmada por contrato y, de paso, también rodean el Parlamento de Crimea. Aunque inicialmente Moscú no reconoce la intervención militar, todo apunta a que Putin acaba de invadir Crimea.
El 11 de marzo se celebra el referéndum de anexión a Rusia. Con una participación del 83,1%, gana la opción prorrusa con un aplastante 96,7%. Una semana después, la anexión es oficial. La ONU la rechaza (Resolución 68/262 de la Asamblea General); ni la UE, ni los Estados Unidos, reconocen el nuevo estatus, respondiendo con sanciones diplomáticas y económicas hacia Rusia, que aún hoy se mantienen.



2014, annus horribilis: Guerra Civil en el Este
De forma casi simultánea, en el este del país empiezan a surgir las respuestas a los ultranacionalistas del Euromaidán. Sin embargo, Putin se ha abstiene de intervenir abiertamente e involucrarse más de la cuenta, como sí hizo en Crimea, entre otras cosas porque allí no tiene concesiones legales que proteger.
En abril, los separatistas prorrusos se rebelan frontalmente contra el Gobierno de Ucrania, y ocupan los edificios oficiales en Járkov, Donetsk y Lugansk. Las milicias nacionalistas ucranianas responden de forma contundente y consiguen controlar Járkov. El Gobierno envía el ejército a las provincias rebeldes. Ucrania ya tiene su Guerra Civil.
El 11 de mayo se celebra el referéndum en Donetsk y Lugansk. Con una participación del 75%, el 89% de los votantes de ambas provincias se decanta por independizarse de Ucrania. La Unión Europea no reconoce ni la legitimidad ni los resultados, como tampoco son aceptados por la comunidad internacional, excepto Rusia.
La escalada bélica progresa a pesar de la infructuosa Conferencia de Paz de Ginebra, que se había celebrado durante el mes de abril. En julio tiene lugar el derribo del vuelo MH17 de Malaysia Airlines, en el que mueren sus 298 pasajeros. Ambos bandos se culpan mutuamente de la autoría. La Primera Cumbre de Minsk, en el mes de septiembre, no consigue detener los asaltos y los bombardeos continuos; tras la segunda, ya en febrero de 2015, se alcanza una frágil tregua en la que los contendientes se acusan frecuentemente de violar los acuerdos. Es preciso señalar que en la cumbre de Minsk II —a la que asisten Merkel y Hollande en nombre de sus propios países—, la UE no está representada: una incomprensible ausencia de la diplomacia comunitaria.



Según Naciones Unidas, a fecha de septiembre de 2016, la guerra se ha cobrado 9.640 muertos, 22.400 heridos y 2 millones de desplazados.


Un trato salpicado de sangre
Ninguno de los graves sucesos que estaban ocurriendo fue un impedimento para que el 27 de junio de 2014, después de más de 20 años de intentos frustrados, se firmara el Acuerdo de Asociación. Ha sido ratificado por el Parlamento de Europa, por la Rada Suprema y por 27 de los 28 Estados Miembros, es decir, todos excepto Holanda. Entró en vigor, a pesar de todo, el 1 de enero de 2016.
Según las estimaciones oficiales, Ucrania ahorrará 500 millones euros anuales en los aranceles de sus exportaciones agrícolas e industriales. El AAU incluye también la supresión de visados. Además, entre 2014 y 2015, la Unión Europea ha librado importantes ayudas económicas y financieras, que suman 12.915 millones de euros. A modo de represalia, Rusia ha vuelto a imponer aranceles aduaneros a un gran número de bienes procedentes de Ucrania, y veta la importación de ciertos alimentos.
A fecha actual (diciembre de 2016), Ucrania no es ni siquiera candidato potencial a la entrada en la Unión Europea.


CONCLUSIONES
El conflicto ucraniano está determinado por una clase dirigente corrupta, más sensible a los intereses propios y a los de diferentes actores externos, que a los de los ciudadanos.

La corrupción de la clase política ucraniana tiene sus orígenes en la desintegración de la URSS, con todos los fenómenos que se produjeron en el tránsito de una economía tutelada por el Estado soviético, a otra de mercado.

Los intereses hegemónicos de poderosos agentes externos, principalmente Rusia, la UE, EE. UU., Alemania y Francia, han sido otro factor determinante del curso de los acontecimientos.

Las diferencias etnoculturales de la población de Ucrania no han supuesto una causa relevante de las crisis, sino la consecuencia final de un proceso en el que se utilizaron como correa de transmisión por los actores políticos implicados (internos y externos), en base a sus intereses particulares. El resultado final es una gran fractura social y un enfrentamiento armado.

El tratamiento mediático del conflicto ha propiciado en la opinión pública la imagen, simplista y maniquea, de una pugna entre buenos y malos, y de un pueblo ucraniano dividido de forma irreconciliable, lo que ha contribuido al mantenimiento de la crisis.

Los intereses prioritarios de la UE con respecto a Ucrania están más determinados por las políticas de seguridad y contención del empuje ruso en la zona, que por las expectativas comerciales y la apertura de nuevos mercados en el Este de Europa, sin ser despreciables tales aspectos económicos. La prioridad ha sido la estabilidad de la zona para su propia seguridad, liderando una especie de guerra fría contra Moscú para evitar o minimizar la hegemonía rusa.

La acción exterior de la UE fue más reactiva que fruto de un diseño político, especialmente durante los peores momentos de las crisis, en los que las potencias europeas, principalmente Alemania y Francia, tuvieron una mayor presencia.

En el afán por disputarle a Putin el socio ucraniano y conseguir un acuerdo, la UE ha mirado hacia otro lado ante las continuas violaciones de los valores democráticos por la clase política ucraniana.

Las ayudas económicas y financieras son la mayor contribución de la UE al proceso ucraniano de democratización y a la recuperación de los graves daños ocasionados por el conflicto.






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DOCUMENTOS AUDIOVISUALES
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Henry Langston, Phil Caller. “Ukraine Burning”. (2014). Publicado en Vice News. Vice Media Inc., 2014. Archivo digital de video (.mp4). 28:41. Disponible en: http://www.vice.com/video/ukraine-burning
Mayte Pascual, Ana Medina, Mariano Rodrigo. (2009). “La Guerra del Gas”. Publicado en Informe Semanal, RTVE. Producción propia, 2009. Archivo digital de video (.mp4). 12:21. Disponible en: http://www.rtve.es/alacarta/videos/informe-semanal/informe-semanal-guerra-del-gas/384656/
Ricardo Marquina. “Ucrania: el año del caos”. (2015). Publicado en www.ukraineyearofchaos.com. IN RUSSIA. Ricardo Marquina Productions, 2015. Archivo digital de video (.mp4). 2:19:07. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=ZFZ5h95vWG0&t=1509sç
Shamin Berkeh. “La Revolución Naranja”. (2010). Publicado en HISPANTV. PRESSTV, 2010. Archivo digital de video (.mp4). 26:03. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=3ErOkPzcxf0&t=32s