viernes, 14 de junio de 2013

El rastro de la luciérnaga (comentario literario)







RECENSIÓN
Escritos Corsarios
Pier Paolo Pasolini
Traducción: Hugo García Robles.
Editorial: Monte Ávila Editores, 1978.




El rastro de la luciérnaga
Héctor Muñoz Maldonado

Escritos entre enero de 1973 y febrero de 1975, los 45 artículos «corsarios» que componen esta obra, publicada seis meses antes de su muerte (envuelta aún en una bruma de misterio), constituyen un reflejo, un rastro, tan lejano como actual, del pensamiento humanístico, ético y político de uno de los artistas más relevantes del siglo XX: el italiano Pier Paolo Pasolini (1922-1975), escritor, poeta y director de cine.

            El libro es una sucesión fragmentada ―y así lo reconoce el autor en su nota de introducción― de artículos de opinión, algún prefacio, entrevistas, críticas literarias y algunos escritos inéditos, publicados en diferentes revistas y periódicos italianos (Corriere della Sera, Tempo, Il Mondo, Epoca, y Panorama, entre otros). Sin embargo, no se trata de una relación de recortes inconexos, más bien al contrario; a través de sus páginas, el lector  camina por el hilo de los presupuestos intelectuales de Pasolini, no sin riesgo de perder el equilibrio, cual funambulista, por el exigente nivel de abstracción que demandan necesariamente los tremendos giros lingüísticos, el sentido metafórico y las aparentes contradicciones, que en ocasiones tiene que explicar en las réplicas que escribe frente las críticas que recibe desde múltiples frentes. Este sería ya, por sí mismo, un elemento de cohesión: la polémica y el debate que mantiene con intelectuales, periodistas y políticos, desde Umberto Eco a Giulio Andreotti, pasando por escritores y amigos personales, como Italo Calvino y Alberto Moravia, o dirigentes ―y antiguos camaradas― del Partido Comunista Italiano (PCI), como Mauricio Ferrara, despechado por las críticas de Pasolini a las políticas de su partido, y particularmente a la tibia posición mantenida en la campaña del referéndum del 12 de mayo de 1974 contra la abrogación de la ley del divorcio, cuyo resultado, a favor del mismo ―algo impensable en un país de profundas raíces católicas―, fue un éxito de los radicales de Marco Panella, con su huelga de hambre, y no del PCI, a juicio de Pasolini. No fue menos criticado por su rechazo del aborto.


            Pero lo que sin duda asombra, por encima de lo demás, es su capacidad analítica, más allá de lo convencional, para diseccionar la realidad social de una Italia sumida en permanentes cambios políticos, conflictividad social y atentados terroristas: la Italia de los 70, los «años de plomo»; y no solo es capaz de analizar su realidad próxima, sino también de trasladarla globalmente y de forma intemporal: a día de hoy, su pensamiento político continúa vigente. Escribe sobre el nuevo poder burgués, el de la sociedad de consumo, autoritario y represivo, sin cara, oscurantista, capaz de sustituir los valores humanísticos por la febril búsqueda del hedonismo y de bienes superfluos; un poder en pocas manos, multinacionales y transnacionales, empeñado ―para su beneficio económico y político― en mostrar una apariencia de tolerancia y permisibilidad, ambas falsas y traidoras. Casi nadie escapa a su crítica inmisericorde: la Democracia Cristiana (DC) con su retaguardia «clerical-fascista», la Iglesia, aliada a cambio de gestos aperturistas de cara a la galería, la izquierda, desubicada y desorientada ―tal vez cómplice―, los intelectuales, a los que les exige alejamiento y coraje frente al sistema, y al pueblo, cuya «pasividad apolítica» le resulta tan escandalosa como la obstinación de los poderosos en someterlo. De forma quizá exagerada (o no), llega a definir el sistema político, basado en un capitalismo totalitario de consumo, como una «forma fatal de fascismo», haciéndolo responsable directo de los atentados de Milán o Brescia, en una acusación velada de terrorismo de estado: coraje no le faltaba.

          
            Sin solución de continuidad con este discurso, perfectamente ensamblada con él, emerge su gran preocupación por la cultura y el progreso, al que distingue del simple desarrollo industrial y consumista; la cultura de masas y los medios de comunicación, particularmente la televisión, como instrumentos del poder, responsables de un proceso de «aculturación homologante» y de relegar las culturas populares y los dialectos al límite de su existencia: un genocidio cultural de las clases dominadas y una destrucción de sus valores, incapaces de resistir en pie ante la propaganda y la persuasión oculta.



            El final de la guerra y del fascismo ―el otro fascismo, el que Pasolini llama arcaico― sembró esperanzas y expectativas en la sociedad de posguerra, como una noche plena de luciérnagas. Pier Paolo Pasolini afirma que tales luciérnagas desaparecieron con el nuevo poder, pero igual en esto yerra: después de leerlo, uno puede adivinar un punto de luz lejano y un rastro que lleva hasta él.

2 comentarios:

  1. Gracias por revivir a Pasolini. Me produce nostalgia, de una época en que yo estaba lleno de esperanza. Y cierta tristeza al ver como hemos seguido cometiendo horrores. Creo que ayer o antesdeayer se cumplió el centenario del nacimiento de Albert Camus. Otro ejemplo de ética heroica. Y de muerte joven y sospechosa. Pero son los que le dan un escalón mas a nuestra especie, los que, junto a muchos héroes anónimos, la ennoblecen. Descanse en paz.

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  2. Hace muchos años, creo que en la segunda mitad de los 70, hubo en Málaga un ciclo de cine de autor; en diversas salas de la ciudad se proyectaron películas en v.o.s. de -entre otros- Pasolini, Fellini o Bergman. Quedé particularmente impactado por Saló, de Pasolini. Pero no conocía su faceta literaria hasta hace poco, tras leer sus Escritos Corsarios; y me ha vuelto a sorprender, lo reconozco: se adelantó 40 años a lo que nos ha venido encima.

    Como siempre, gracias por tu comentario, especialmente valorado por mi.

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