martes, 23 de julio de 2013

Una pantomima vestida de rojo

Una pantomima vestida de rojo

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA


Esta caló de Málaga me mata un día de estos. Los meses estivales son un martirio para los que mal toleramos sus plomizas temperaturas. El hábito, el vicio, de fumar aún resulta más pernicioso bajo una justicia de cuarenta grados, pero da la oportunidad de observar cosas que pasan fuera del lugar natural de trabajo e incluso dentro, al entrar y salir del mismo.

Sin ir más lejos, esta misma mañana ―once o doce, unas horas ideales― he podido observar como dos operarios, ajenos a casi todo, se entretenían en repintar de rojo los tramos intermitentes que señalan los bordillos de la acerita del callejón de paso por la puerta de urgencias del hospital Carlos Haya; una vía estrecha de un solo sentido, en la que el retrovisor de una ambulancia, a la que te descuides, te envía al quirófano de neurocirugía que ―a Dios gracias― no queda demasiado lejos. Los tramos blancos, comidos de mugre, deben ser menos prioritarios porque no los han tocado. Será mañana. Y es que todos sabemos que en verano los accidentes están al cabo del día; la señalización vial es básica, y los que se ocupan de tan sublimes menesteres celan sin fatiga ante cualquier detalle defectuoso. Que el cielo los guarde, porque me temo que son los mismos que se van a pulir 30.000 pavos en una nueva obra para las urgencias de este maltratado hospital. No insistiré más sobre la inutilidad de las mismas y su fin propagandístico.

La verdad es que un propio, pintando de rojo chillón un bordillo, tampoco es noticia destacable. Pero cuando coincide con que por allí cerca pululan inadvertidamente ―no para mí― éstos de paisano con tarjetita identificativa que susurran disimuladamente o departen distendidamente con los guardias de seguridad, la cuestión varía: son como los pájaros que anuncian tormentas, simplemente posados en una rama recia o volando sin rumbo determinado.

Y tras el ritual del cigarrito ―no más de tres o cuatro minutos― el pésimo aire acondicionado del hospital se convierte en un oasis casi sensual que se ofrece a secar el sudor. Y al entrar, oído cocina: un par de arquingenieros-aparejadoresperitas debaten con la supervisora de enfermería diferentes dilemas estructurales; veo que uno lleva un plano de la policlínica en la mano ―arma letal donde las haya― y duda en cuestiones de espacio; el otro calla y piensa, mientras la enfermera hace lo que puede. Es como un estudio a «triple ciego». No es de educación intervenir en conversaciones ajenas y menos aún cuando el hecho de frenar el paso y mirarles el plano ―con el derecho que da querer conocer lo que cuecen en tu lugar de trabajo― genera resquemor y desconfianza. Además, la mala mañana y los pacientes llegando en tromba no te permiten exquisiteces. Ni merece la pena entretenerse con gente que están esperando ya las vacaciones de agosto y que cumplen su papel en esta comedia de corral.



Enfilo la puerta del área de observación de urgencias, y a mi izquierda, surgiendo de las hogueras de la policlínica, sale mi jefe ―acompañado no sé de quiénes― contento y feliz, aparentemente. Demasiadas coincidencias: ver en cinco minutos todo el espectro humano, desde el que pinta bordillos de rojo hasta el que más manda (o eso cree él) en un radio de veinte metros, invita a pensar que están ultimando el faraónico proyecto de 30.000 euros. La semana que viene se piran todos a la playa y nos dejan la casa patas arriba. Se admiten apuestas.

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