martes, 22 de diciembre de 2015

Opinión: Lotería de Navidad



Primperán, por favor

 HÉCTOR MUÑOZ

Estoy a punto de vomitar. Disculpen si les agrio la fiesta pero, francamente, no es para menos. Todos los años igual, como si no hubiera más lotería que la de Navidad en el país del juego a tiempo completo, en el que no hay un solo día de los 365 que tiene el año, uno más en bisiestos, en que la peña deje de jugarse los cuartos en bonolotos, primitivas, Once, discapacitados o euromillones. Sin contar rifas variadas, quinielas, tragaperras o apuestas por Internet. Y aún hay quien se extraña del más de medio millón de ludópatas declarados que hay en España.

Lo peor no es que casi nunca toque y que uno pueda estar la vida entera jugando y cuando al final echa cuentas hubiera tenido para comprarse el pisito soñado. Ni que si alguna vez sonríe la suerte, llegue Montoro con sus apandadores y se lleve un 20% como el que no quiere la cosa, o que pierdas el décimo, o se lo lleve un amigo.

Lo más insoportable es tener que oír el soniquete de unos niños hiperrepelentes, cantando numeritos desde las nueve de la mañana; en la radio, en el bar, en el coche, en el móvil, en tu casa. La expectación que levantan es algo que roza lo incomprensible. ¿Cómo puede apetecer ver lo mismo —bombo-bolita-cantinela-paseíto— una y otra vez? Y sobre todo, ¿qué gusto le sacan aquellos que no llevan ni una mísera participación? Pues eso, que allí están, en el bar de la esquina, sin perder hilo y con el café finiquitado desde hace un buen rato. Arcadas me siguen dando.

Una nación estalla de alegría cuando sale el Gordo. ¡Con la que está cayendo por estos lares! Mariló Montero y Fernando Ramos brincan en la 1, como poseídos, porque ha tocado en Almería, en Osuna o en Vilariño de Conso, que para el caso les da lo mismo. Las conexiones en directo frente a la puerta de la administración señalada por los Siete Dioses de la Fortuna son un clásico, con duchas de cava, bailes, gritos, abrazos, camisetas preparadas para conmemorar el evento —¿cómo lo hacen con tanta rapidez?— y el lotero o lotera en plan “no hace falta que me deis las gracias chicos”, cuando para sus adentros está pensando que de haber sabido el número no se comían estos una peladilla. ¡Alegría, alegría! ¿Se puede ser más falso en la tierra que inventó la envidia?

Es verdad que para alguna pobre criatura, asfixiada por las trampas, unos miles de euretes son como el boca a boca para un ahogado. Se comprende su emoción y hasta que pierda los papeles ante las cámaras. Pero la que más sorprende es esa señora que, como el caganer del belén, aparece invariablemente todos los años en estos saraos y es la más contenta, con diferencia, de todos. Cuando el reportero le acerca el micro a la boca, lo agarra como si tuviera ruedas y —exultante ella— dice: “¡A mí no ma tocao ná, pero malegro mucho por ellos!”. Eso no te lo crees tú ni bajo hipnosis, guapa. ¿Qué pintará allí ese personaje? Hagan sus apuestas. Hagan juego, señores.

Y mientras discurren con sus cábalas, me van a disculpar pero voy a por el primperán antes de que lo ponga todo perdido. 

2 comentarios:

  1. Yo, lo paso fatal, ese día, el de las felicitaciones, la semana santa con mi moto resbalando por la cera, cuando se llevan mi coche multado por aparcar por donde vá a pasar la cabalgata, cuando tengo que dar rodeo porque el tráfico está cortado por una carrera de minusválidos o corriendo contra el cáncer, o el Cautivo pasando por el Civil.
    Pero me convierto en un ciudadano permantentemente cabreado, porque me cabreo de verdad. Da la sensación de que yo, soy el equivocado.

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    1. No es que dé la sensación de que eres el equivocado, mi entrañable amigo, es que lo eres. Porque en esta monumental ficción no hay hueco para la realidad, y todo lo que se le parezca cae en desgracia o pasa a ser una curiosa anécdota. Eres -somos, porque me declaro otro equivocado- como aquel extra al que se le olvidó quitarse su moderno reloj de pulsera en el rodaje de una peli de vikingos. Y como nadie se percató de ello hasta que se estrenó en todas las salas de cine, el pobre figurante fue flagelado sin piedad, precisamente por recordarnos que aquellos bárbaros cornudos dejaron de existir muchos siglos antes. Con su descuido se cargó la ficción, y eso son cosas que no se perdonan.
      Como sé que te molesta, no te felicitaré estas navidades, ni te diré que te echo de menos, ni que me acuerdo de ti y de los tuyos casi todos los días del año, ni que te quiero, ni que para mi es un orgullo contar con tu amistad y, ni siquiera, que me honra saber que me lees. Tampoco te daré el abrazo más fuerte del mundo.

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