sábado, 26 de diciembre de 2015

Opinión: Universitarios y Emigración



El otro mensaje

 HÉCTOR MUÑOZ

Un día de estos alguno se corta las venas en un aula de cualquier facultad española. Y en plena lección magistral, para horror de todos. Porque el mensaje de que aquí nada hay que hacer, que la cosa esta muy mala y de que lo mejor es aprender varios idiomas y salir por piernas con el título bajo el brazo a buscarse la vida —en Alemania, Reino Unido, Francia o algún país escandinavo— comienza a ser irritante para los alumnos.
No solo molesta por redundante y descorazonador, es que parece que los están echando desde el primer día de clases, algo parecido a aquello de “el invitado ya querrá marcharse” o “en otra casa vivirías mejor tú solito”. El asunto puede terminar en tal estado de confusión que el universitario llegue a dudar de si en vez de estudiar para enfermero, periodista o abogado, lo hace para parado. No sería una mala idea que en el primer claustro de profesores, al comienzo del curso, se pusieran de acuerdo en nombrar pájaro de mal agüero a uno de ellos, para no repetirse durante el año. El turno sería rotatorio.
El problema es que no solo son los profesores, sino que también alguno de sus invitados saca la maldita cantinela en algún momento de su charla. Es el caso de Ignacio Martínez, periodista con largo recorrido y una ancha experiencia que le gusta transmitir, o al menos esa impresión daba hace unas semanas en la Facultad de Periodismo. Habló de muchos aspectos de la profesión, con un discurso interesante y plagado de valiosos consejos, perlas que los estudiantes deben atesorar para aprender el oficio de verdad. En el tramo final de su exposición, cómo no, recomendó salir de una España que ofrece un presente malo, con destino a un mundo que es muy grande.
No es probable que alguien dude de la buena intención con la que se dan estas recomendaciones. Y son de agradecer, como las collejas de una madre, pero habrá de entenderse que hasta lo excelso puede ser cansino si se repite más de lo conveniente. Porque tampoco es probable que cualquier chaval de 18, 20 o 22 años ignore a estas alturas el panorama que le espera de no cambiar el rumbo de la historia.
Todo esto tiene sus riesgos, porque cabe la posibilidad de que el mensaje se entienda como una invitación al aprobado por los pelos, a no leer ni ampliar conocimientos fuera de los apuntes; a estar más interesados en aprender inglés, francés, alemán o chino mandarín —no es broma, es el cuarto idioma más demandado—, que en saber hacer un excelente reportaje, una buena cura o un sentido alegato de defensa. A ver si ahora va a haber una legión de jóvenes políglotas españoles migrando de un lado a otro, sin saber dónde tienen la cara en su propio oficio; que ni los alemanes ni los chinos pagan por pronunciar estupendamente.
Sí, es verdad: en los últimos cinco o seis años se han marchado decenas, centenas de miles de jóvenes titulados porque aquí no tienen un hueco digno. Lo que no se sabe bien es qué pasa luego. A los que salen en españoles por el mundo y programas similares no les va mal, o eso dicen. Otros terminan haciendo diariamente varios minijobs —bárbaro eufemismo con el que se pretende camuflar la peor explotación laboral desde la época del Novecento de Bertolucci— para pagar un alquiler y comprar a precio de oro los pimientos importados de su propia tierra. Y por la noche, a poner copas y birras en un afterwork berlinés o un pub londinense, alimentando esa otra leyenda negra de que los españoles son los camareros de Europa, también en Europa. Es complicado que los que fracasan en su dura peripecia emigrante terminen reconociéndolo, y además es humanamente comprensible.

El otro mensaje es el de que aquí hay lugar para ellos, quizá con mucho esfuerzo, mucho estudio y mucho trabajo; con gran paciencia y sin dejar de moverse, día sí, día también, sin desfallecer. Quizá con un poco de ayuda de padres y amigos. Con todo eso y con unos políticos decentes es posible, aunque esto último tiene peor arreglo.

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