martes, 18 de octubre de 2016

OPINIÓN: Urnas y democracia




Derechos y obligaciones
en el juego democrático


HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA
Noviembre 2011 (reed. octubre 2016)*


* Escribí este artículo en noviembre del 2011, como un alegato defensor del derecho a no votar y una denuncia de la estigmatización social de muchos abstencionistas ideológicos. Hemos tenido recientemente dos elecciones generales y aún está por ver si no habrá unas terceras, por lo que el artículo cobra actualidad. Es por ello que he decidido reeditarlo en su forma, que no en su contenido.



Es como el sonido del pandero en vísperas de las navidades o el olor a incienso de la Semana Santa: conforme se acerca el día de las elecciones se oyen, se ven y se leen frasecitas grandilocuentes y contundentes sentencias sobre el acto de votar, como «Ese momento sagrado en el que el ciudadano introduce su papeleta en la urna» o «El mágico instante en el que el pueblo decide su futuro». Incluso algunos se atreven a afirmarlo como un deber ciudadano. Esos ciudadanos que, como canta Serrat:



«Y se amontonan y se hacinan,
encima, enfrente, abajo, detrás y al lado».


(Serrat, Ciudadano, 1978)


Vayamos por partes. Para empezar, votar no es ningún deber, afortunadamente. Hasta ahí podíamos llegar. Deberes son, por poner dos ejemplos, pagar los impuestos y cumplir las leyes, esas que fabrican los elegidos de la mayoría, algunos de los cuales, por cierto, no hacen ni una cosa ni la otra. Votar es un derecho al que se puede renunciar libremente; ni es un instante —mucho menos mágico—, ni es un momento —y mucho menos sagrado—. Elegir una o más papeletas de diferentes colores, guardarlas en sendos sobres, y meterlas en sus urnas correspondientes tras enseñar el DNI, no significa decidir ningún futuro. Ni de lejos.



"Urna hambrienta"                                                                                                                                                           Forges


¿Acaso todos los votantes de Felipe González y de su 'No' inicial a la OTAN decidieron entrar después en la organización militar? ¿O los de Aznar quisieron hacer el ridículo en las Azores y apoyar una guerra infame? ¿O los de Zapatero rescatar a los bancos con el dinero de sus impuestos?
Etimológicamente, democracia viene a significar el gobierno de la mayoría, de los más, del pueblo. Los griegos antiguos lo dejaron tan claro que huelga cualquier adorno conceptual para estos razonamientos básicos. Hay quien la define como la dictadura de las masas. Y también podría ser explicada como el sistema por el que los votantes otorgan permiso a los votados, para que éstos, al final, hagan lo que crean oportuno, en función de diferentes intereses —no siempre legítimos— y diversas circunstancias políticas. El hecho de que todos los candidatos inviten a votar —a quien sea— para evitar la abstención resulta sospechoso y revelador.

«En amargas colmenas los clasifican,
donde, tan ignorantes como ignorados,
crecen y se multiplican».
(Serrat, Ciudadano, 1978)


No votar es un derecho, tan sagrado como el de hacerlo. Es uno más de los derechos de un estado democrático. Alguien puede no participar, simplemente porque no le de la gana, tenga otra cosa mejor que hacer, o le importe poco esta cuestión. Muchos, sin embargo, eligen dicha opción por convencimiento ideológico. No son pocos los que acumulan ya 29 años como abstencionistas, después de sentirse vilmente engañados tras las generales del 82. Durante todos estos años se han ido convenciendo, cada vez más, de lo acertado de su actitud: no están de acuerdo con el sistema y no participan en el jueguecito electoral que montan los partidos políticos en su propio beneficio. Así de sencillo.


Ciudadano                                                     Joan Manuel Serrat. 1978

La manida respuesta del «entonces luego no te quejes», que suelen esgrimir aquellos afectados de furor democrático, además de absurda y lela, denota ese afán de las masas por sellar la boca de los que disienten de ella. Igual los que tendrían que callar para siempre —o al menos durante 4 años— son los que eligen en las urnas, y el tiempo, con sorna, y a través de los acontecimientos, les demuestra que lo hicieron mal.

Tres noticias relevantes pueden servir de ejemplos para la reflexión:

El País, 23 de septiembre de 2011:
«Los políticos renuncian al control previo del telediario ante el alud de críticas. Los periodistas exigen dimisiones en el Consejo de RTVE». «Los trabajadores exigen la dimisión de los consejeros que votaron a favor (PP, CiU) o se abstuvieron (PSOE, ERC y CC. OO.)».
Es decir, que 'renuncian' a la infamia de controlar la información de un medio público, consagrada como derecho y libertad inalienables, en el artículo 20 de la Constitución.

En el Telediario de RTVE, en su edición de noche del 15 de noviembre de 2011, Pepa Bueno:
«Hoy retomamos las entrevistas electorales en el Telediario, en el orden y con la duración proporcionados que establece la Junta Electoral. Ya saben que el Consejo de Informativos de Televisión Española discrepa de esta norma y reclama que tanto la información como las entrevistas electorales se hagan con el criterio profesional de los periodistas de la televisión pública».
Eso se llama respetar la independencia de los periodistas, pero todo sea por la democracia que toca unos días cada 4 años.

En El Mundo, 15 de noviembre de 2011:
«Un joven de Elche se expone a una multa de cárcel tras negarse a ir a una mesa electoral. Adrián Vaíllo se niega a ser vocal en una mesa electoral y se declara objetor de conciencia electoral, aduciendo que no vivimos en un régimen democrático».
Nada hay nada mejor ni más conveniente que reprimir a los descarriados que miran a las urnas con recelo.



Adrián Vaíllo a la salida de los juzgados de Elche                                                                                       RTVE.es



Resumiendo, que los mismos que piden el voto intentan controlar los contenidos informativos de un medio; la derecha apoyando la idea sin pudor, y la izquierda ¡absteniéndose! O sea, que vale, que no dicen que no, pero quedan de cine con sus simpatizantes. Y es que encima los toman por imbéciles. Después le toca el turno a la Junta Electoral —que son los mismos— para imponer sus criterios por encima de los que saben y tienen la obligación, y la vocación, de dar la mejor información. Y esos mismos van a ser también los que acaben crujiendo sin piedad al objetor Vaíllo, al que, con coroza y sambenito, entregarán a la justicia, para que sea castigado ejemplarmente por no estar de acuerdo con el sistema y llevar su decisión, de forma coherente, hasta las últimas consecuencias.
En un país en el que hasta el servicio militar es, felizmente, voluntario, obligan a la gente a pegarse 12 horas detrás de una urna, cosa que puede parecer perfecta para aquellos megademócratas esforzados, pero no para los que disienten en profundidad. Que se han gastado 124 millones de euros, que a las casas llegan un par de árboles en forma de papel: propaganda, sobres, papeletas y notificaciones censales.
Pues que tiren de voluntariado, militantes, convencidos y ciudadanos ejemplares. Y para los puestos que falten en la cobertura de todas las mesas, que acudan a la larga lista del paro —la que ellos han generado con su negligencia— y paguen jornada laboral festiva, comida y horas extraordinarias.

«Para que sigan especulando
con su trabajo, su agua, su aire y su calle,
la gente encantadora, los comediantes
que poco saben de nada, nada de nadie, y son…
ciudadanos importantes».
(Serrat, Ciudadano, 1978)


Y además, con mucha cara y muy poca vergüenza.



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