El cáncer del PSOE se llama Susana
HÉCTOR
MUÑOZ. MÁLAGA
La
gran traición del PSOE acaba de consumarse. Con el
apoyo brindado a la investidura de Rajoy, aquella honorable institución, nacida
en 1879, no es hoy más que una grotesca sombra del partido que fundó Pablo
Iglesias Posse hace 137 años.
Del primer Gobierno
de Felipe González,
apoyado por 202 diputados tras la espectacular victoria electoral de 1982, no
queda ya ni una gota de ilusión. Ese potente motor de cambio —que lo fue— ha
ido perdiendo caballos para terminar siendo un viejo carro tirado por torpes
mulas.
Se
veía venir.
No es ninguna sorpresa, sobre todo para los andaluces, que los conocen mejor
que nadie. Si han podido mantenerse al frente de la Junta ha sido por una red
de subvenciones y una propaganda política —permanente, sistemática y
concienzudamente orquestada— dirigida a inocular el miedo a perder las
pensiones y subsidios de una significativa porción de su electorado. Los medios
de comunicación públicos, particularmente la televisión de Canal Sur, secuestrados ideológicamente por el poder político, han
terminado de hacer el trabajo sucio. Y aún así, han tenido que echar mano de
C's —esta nueva derecha promiscua que se acuesta con cualquiera— para seguir
gobernando en Andalucía.
En
Madrid, más de lo mismo. Salvo honrosas excepciones —fácilmente amordazadas por
el aparato— el PSOE es una banda de arlequines, reverentemente arrodillados
frente a la oligarquía financiera y mediática. Tras una serie de espectáculos
bochornosos deciden decapitar al pusilánime e incompetente Pedro Sánchez;
ignoran y traicionan sin remordimientos a sus militantes e imponen la
disciplina de voto para culminar esta gran felación política al PP. ¿Hay algo
más antidemocrático?
En
Ferraz tienen un cáncer, de nombre Susana. Al lado de ella, el también neoliberal
Felipe González es tan solo una anécdota trasnochada, un quiste de grasa. Hace
mucho tiempo que dejó de ser aquel buen estadista, por más que algunos se
empeñen en atribuirle aún un peso que no tiene. Ambos coinciden con la derecha
española —posiblemente entre las más reaccionarias de Europa y, con seguridad,
la más corrupta— en sus furibundos ataques a las nuevas formaciones políticas
que ya casi los adelantan por la izquierda. Esto no lo soportan porque saben
que vienen para quedarse y ponerlos en evidencia, como de hecho ya ha ocurrido.
Estas mulas son tan torpes que, por plegarse al dictado de Susana Díaz, han
hecho a Rajoy presidente y a Pablo Iglesias Turrión —el enemigo común número
uno— jefe de la oposición. De una sola tacada.
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Caricatura de Luis Grañena |
Con
sus dos campañas electorales recientes, basadas más en la propaganda del miedo a
los 'populismos' que en combatir y denunciar la gestión política del PP, lo
único que han conseguido es darle a los populares 14 escaños más en solo seis
meses. No se puede hacer peor. Ni que decir tiene que la supuesta amenaza de la
llegada de los 'populistas' ha sido también el argumento estrella de la
persuasión electoral del partido llamado, curiosamente, 'Popular'. Otra
coincidencia.
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Rivera, Arrimadas y Girauta, viendo un partido de la Roja. EFE |
Merece
la pena detenerse en este asunto del populismo. La profesora y politóloga británica, Margaret Canovan, afirma
que es uno de los términos «menos precisos del vocabulario de las ciencias
políticas». Efectivamente, lejos de ser un concepto claro, existe una amplia
bibliografía académica en la que prestigiosos politólogos y analistas tratan de
definir, delimitar y clasificar el fenómeno. El debate es extenso y está marcado
con frecuencia por las diferentes posiciones ideológicas de los investigadores.
El diccionario de la RAE lo define como la «tendencia política que pretende
atraerse a las clases populares». Según esta sencilla acepción cabe deducir que
el populismo y la política son consustanciales; no hay partido político que no
pretenda contar con el mayor número de votantes.
El populismo, como significante, tomó un
nuevo impulso a raíz de la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela. Las relaciones de algunos dirigentes
de Podemos con diferentes instituciones bolivarianas y otros líderes
latinoamericanos, ha sido la espoleta que necesitaban los partidos hegemónicos,
PP y PSOE, así como los recién llegados de C's, para orquestar la propaganda
del miedo, basada en un esquema muy simple: si en Venezuela gobiernan
populistas y Podemos se relaciona con ellos, Podemos es populista; si el
populismo ha llevado a Venezuela a un desastre social y económico, lo mismo
ocurrirá si Podemos gobierna en España.
Una de las técnicas más conocidas de la
propaganda política es la simplificación del mensaje. El ejemplo típico es el eslogan. Si se pretende que dicho
mensaje sea lo más eficaz posible para persuadir a las masas, no debe encerrar
ninguna complejidad. Susana Díaz, Rajoy y Rivera, al frente de sus partidos en campaña,
han sabido simplificarlo y reducirlo al máximo: si votáis a Podemos, votáis el
fin de España.
Dice Arturo Pérez-Reverte: «Cuando no hay
cultura hacen falta etiquetas, si alguien no puede debatir, las necesita».
Millones de españoles usan la etiqueta 'populista' sin tener ni zorra idea de
lo que significa, entre otras cosas porque ni se lo han explicado, ni han
tenido interés en enterarse. Ignoran dos cosas: una, que los están tomando por
idiotas al inocularles la etiqueta, y dos, que los mayores populistas son,
precisamente los que usan el término para el ataque político.
¿Acaso no son
populistas las inauguraciones de Díaz, a bombo y platillo, de centros y aparatos sanitarios
cuando la sanidad pública andaluza sufre los peores recortes de la democracia?
¿No es populismo prometer en campaña no tocar los impuestos, subirlos después y
volverlos a bajar para las siguientes elecciones, como hizo Rajoy? ¿Y qué se
puede decir de aquella imagen de Rivera, Girauta e Inés Arrimada, con camisetas
de la Roja y en plena calle, embargados de fervor patriotero ante un partido de
la Selección? Populismo, puro y duro. Y del más barato.
El PSOE ha
tocado fondo en la
segunda votación de investidura, en un proceso iniciado hace muchos años. Para salir
del pozo tendrá que abandonar las posiciones reaccionarias a las que se ha
apuntado, volver a su sitio natural, el del progresismo de izquierdas; plantar
cara con valentía a los poderes fácticos y reconocer de una vez a los cinco
millones de españoles que confían en Podemos y las confluencias.
Y sobre todo, deshacerse
de Susana Díaz, el cáncer que lo consume.