Guerras a precio de
mercado
HÉCTOR MUÑOZ.
MÁLAGA. AGOSTO. 2026
Las guerras son, principalmente, un buen negocio.
Podrán intervenir otras variables, pero… si no fueran rentables, no habría
guerras. Así de simple. Cientos de empresas están en la órbita de cualquier
conflicto bélico: armamento, explosivos, telecomunicaciones, banca, mercenarios
privados, vehículos, restauración, textil, contenedores, módulos habitacionales,
etc. Los gobiernos y toda esa peste de las mutinacionales quieren sacar tajada.
Esos buitres, criminales y especuladores, quieren guerras… a precio de mercado.
Los que no hacen negocio, ni tienen
rentabilidad, son los ciudadanos. La población civil solo puede rentar
miedo, dolor, lágrimas y sangre. Las víctimas son masacradas, expoliadas y
desplazadas. Los países que provocan sus guerras —y se lucran con ellas—, son
los mismos que después les cierran sus puertas por… “ilegales”. Es difícil
encontrar un sarcasmo más cruel.
¿Hasta cuándo vamos a creer tantas
mentiras? Quizá es que interesa pensar, por ejemplo, que EE.UU invade países
y se gasta miles de millones en sus libertades y en sus democracias. Es de
risa. ¿Hasta cuándo vamos a tragarnos que la democracia consiste en votar cada
cuatro años? Que nadie se ofenda: el que cree que España es una democracia
modélica es un… negligente intelectual, por no llamarlo un perfecto idiota. Y
más tontos aún, aquellos que consideran democracias perfectas a Alemania,
Finlandia, Suecia o Dinamarca. No existe la democracia; nunca existió. Es la
gran mentira de la Humanidad, eso sí, elegida por mayoría.
Aquí manda el mercado. Que es lo
mismo que decir la especulación. Un fondo de inversiones compra un edificio con
inquilinos dentro. Un año después, dos ancianos son desahuciados porque no
pueden pagar el nuevo alquiler. No son personas, son “unidades”. Todo el
aparato estatal y judicial se pone al servicio de los especuladores. ¿Dije
especuladores? Perdón, quería decir mafiosos. Y cuando los mercados tiemblan,
los gobiernos sudan. ¿Que la cosa se pone fea? Se inventan una guerra. Es una
inversión que nunca falla, a pesar de los muertos, llamados en la actualidad “daños
colaterales”. Maestros del eufemismo y catedráticos del trile: ¿dónde está la
bolita?
Hablando de guerras, ¿qué fue
del Sahara Occidental? Abandonados por la dictadura franquista y ocupados por
Marruecos, los saharauis no pueden acceder a sus riquezas en fosfatos ni a sus
inmensos recursos pesqueros. Empresas francesas, marroquíes y españolas se
dedican al expolio más descarado. Mientras tanto, los campos de refugiados saharauis
en Argelia no tienen nada que envidiar a los de los palestinos. Y si éramos
pocos, llegó el infame Trump y se hizo amiguete de Mohamed VI. El Frente
Polisario lleva 50 años esperando un referéndum y la ONU dice que es territorio
“por descolonizar”. Surrealismo total. Si algo asusta a los mercados son las
votaciones. Que recen los saharauis para que no encuentren mucho petróleo.
Los medios de comunicación siguen con
su agenda. Lo que no está en ella, no existe. Así de simple. Ya no se trata
de qué se dice ni cómo se dice. Se trata de no decirlo. No hay medios de
referencia porque los ha comprado el mercado. Triste, pero real. La Red podría
ser una buena fuente de información, pero también está comprada, en parte. Con
esfuerzo, se puede conseguir una información veraz. En el peor de los casos
siempre será mejor El País que una tertulia en Sálvame De Luxe. No
es gratuito lo que acabo de decir: hay mucho acémila que cree estar bien informado
en esta cultura de la basura.
En las últimas elecciones andaluzas, la mayoría
de votantes de la ultraderecha tenía entre 18 y 24 años. Este es el resultado
final de todo este laberinto social. Es lo que interesa a los mercados: jóvenes
indolentes que solo levantan la mirada del móvil para arrancarse por
hitlerianas. Con suerte, podrán demostrar sus reaños en una próxima guerra. Eso
sí: que sea a precio de mercado■



