viernes, 25 de abril de 2014

Sobre los 'calidólogos' (carta publicada en el diario Sur)

Salud y mercado

HÉCTOR MUÑOZ.  MÁLAGA

Excelente el artículo “Cuidado con los calidólogos” de Federico Soriguer, médico endocrinólogo del Hospital Regional de Málaga, antes Carlos Haya, publicado el pasado día 21 en el diario que usted dirige. De forma sintética, puede resumirse como una crítica ―feroz pero educada― al sistema por el cual los responsables de la gestión establecen la calidad de los servicios que prestan los profesionales del Sistema Sanitario Público.

Carta al Director
  La exposición de Soriguer puede sonar lejana a los ciudadanos de a pie: “cosas de médicos”, pensarán tras leer el titular y pasar página, porque hay muchos pacientes que aún no se han enterado de que los servicios clínicos que les atienden se llaman ‘unidades de gestión clínica’ desde hace años. Ellos no conocen la diferencia y nadie ha tenido demasiado interés en explicárselo.

  Las unidades de gestión clínica funcionan ‘por objetivos’ relacionados con un sistema de incentivos económicos. Entre los objetivos pueden distinguirse los confesables ―mejorar la asistencia sanitaria― de los políticamente duros de confesar ―hacerlo con el menor gasto posible―. ¿En qué se puede gastar menos en salud? Sobre todo en personal. También en medicamentos, pruebas, ingresos hospitalarios y material sanitario.

Artículo de Soriguer
  ¿Quién determina todo esto? Los ‘calidólogos’, íntimamente ligados a las agencias y las gerencias. ¿Cómo lo hacen? Con técnicas de gestión empresarial y relaciones públicas. Cursos de formación, participación en proyectos y formularios a rellenar; ya no se trata de serlo, es obligatorio acreditarlo; hay que hacerlo, mejor o peor, pero lo importante es marcar la casilla correspondiente.

  Muchos profesionales, no todos, han sido abducidos por el sistema, bien por cuatro duros extra, bien por cuatro meses de contrato o bien por presiones laborales propias de la era del vapor.

  La excelencia ya no es una cualidad profesional, ni siquiera humana. Es un valor de mercado.
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Artículo de opinión. Diario Sur 21 de abril de 2014

Cuidado con los calidólogos
Federico J. C. Soriguer Escofet

Se hace medicina de calidad si se siguen los protocolos y se obtiene una formación de calidad si se hacen muchos cursos acreditados, aunque no se aprenda nada útil en ellos
Desde hace no demasiado la palabra calidad se ha incorporado al mundo sanitario convirtiéndose en uno de los más poderosos instrumentos para la gestión. El control de la calidad primero, la garantía de la calidad después, la calidad total más recientemente, son los nombres sucesivos con los que se ha ido identificando al nuevo paradigma de la calidad. Incluso ha surgido una nueva profesión, la de los ‘calidólogos’, nuevas instituciones, las agencias de calidad, nuevas sociedades científicas de calidad y nuevas líneas de negocio relacionadas con la evaluación de la calidad. La carga semántica de la palabra calidad es de tal envergadura que basta su utilización para que se acallen todas las demás voces. Y sin embargo poco hay tan impreciso como el concepto de calidad. Etimológicamente la palabra calidad se refiere a la cualidad (del latín qualitas) o sustancia de algo. El diccionario de la RAE le otorga hasta nueve acepciones. La más sorprendente, la relacionada con la calidez, palabra en desuso que se identifica con una relación de cariño, afecto, cordialidad. Pero la palabra calidad ha salido de su significado original y pasado al mundo de la empresa, de la producción y del consumo para ser usada como sinónimo de excelencia. Incluso cuando se refiere a la vida, calidad de vida, se identifica con la capacidad para medir con cierta objetividad esa misma vida y la manera de vivirla. Así que en el nuevo modelo el concepto de calidad ha pasado de ser aquello que identifica la cualidad a ser un instrumento de medida.
El concepto ha arribado a la biomedicina desde el mundo de la empresa y de los procedimientos industriales que desarrollaron técnicas para asegurar con alta probabilidad que el producto final ofrece las características exigidas. Hoy el término calidad lo impregna todo. Ya no basta con hacer las cosas bien. Ahora, además, las cosas tienen que estar certificadas. La exigencia continua de una acreditación de la calidad ha hecho que florezca una gigantesca burocracia relacionada con los procedimientos de evaluación de esa misma calidad y, junto a ella, un nuevo lenguaje. Un lenguaje críptico que es usado por quienes, ahora, han encontrado un nuevo hábitat en el que instalarse. Un hábitat muy cercano a los intereses del poder gerencial. Ahora bien, como dice Javier Peteiro Castelet, esta garantía de calidad se establece esencialmente en términos de una certificación de registros de calidad, lo que supone más que una mejora sustancial del propio sistema una atención estricta a la documentación exigida, con vistas a la auditoría de un organismo certificador. En la mayoría de las ocasiones esta atención a los registros tiene un objetivo defensivo, sin producir un valor añadido, con el consiguiente exceso de burocratización, que a su vez sirve para alimentar a empresas certificadores y a formadoras en calidad. O a flamantes agencias públicas de calidad que han crecido en dotación y recursos a la misma velocidad con la que disminuían en otros sectores productivos. En la mayoría de las ocasiones lo importante no es que las cosas funciones bien, sino que un ente certifique que las cosas se hacen bien. Es, desde luego, la experiencia de muchos médicos y enfermeras en los hospitales. Ha sido, desde luego, mi propia experiencia como director científico del Ibima o como jefe del Servicio de Endocrinología y Nutrición, en el que, por ejemplo, una de las últimas decisiones que se tomaron, en colaboración con la doctora María Cruz Almaraz, responsable de docencia, fue renunciar a la acreditación de la actividad docente del servicio, pues satisfacer todos los procedimientos de la acreditación eran incompatibles con la ¡calidad! de la docencia que en el servicio se llevaba a cabo. La palabra calidad se está convirtiendo en la adecuación a una norma no cuestionada. Se hace medicina de calidad si se siguen los protocolos y se obtiene una formación de calidad si se hacen muchos cursos acreditados, aunque no se aprenda nada útil en ellos.


Todo este embrollo es en el fondo la consecuencia del miedo al sujeto que tiene sus orígenes en esa excrescencia perversa de la ciencia que es el cientismo. El triunfo de la tecnología sobre el sentido común. Hemos asistido en los espacios sanitarios, sin apenas darnos cuenta, a la aparición de un nueva disciplina, la de calidólogo, que en muy poco tiempo se ha convertido en la vara de medir de la gestión. No es sorprendente, pues, que el término calidad y gestión en demasiadas ocasiones se usen indistintamente, pues con la nueva herramienta es posible gestionarlo todo. No solo la organización, sino la vida cotidiana de las personas que trabajan en esta organización, desde las horas que trabajan hasta el ocio, desde la práctica clínica a la calidad de vida. La generalización del nuevo paradigma de la calidad por la gestión sanitaria se acompaña de la influencia creciente de los valores del mercado (de donde originalmente procede su uso como tecnología de evaluación), frente a los estrictamente profesionales. No basta ya con hacer bien las cosas, además hay que saber venderlas, pues el reconocimiento por los medios forma parte también de las políticas de calidad. Por eso es tan importante los criterios que definen esta calidad y los procedimientos para medirla, pues quienes los impongan controlarán también los aspectos más intangibles de las personas y de las vidas de las organizaciones, con lo que llegamos a una conclusión, que es también la experiencia de muchos profesionales de los hospitales. La calidad, convertida en tecnología evaluadora, es una cuestión de poder. Una hermosa idea la de la calidad que, con su exceso burocrático y normativo, ha convertido a la nube de calidólogos que planean por las instituciones sanitarias en los comisarios políticos de un determinado modelo de entender la gestión. Han conseguido, en fin que, en demasiadas ocasiones, más que una ayuda a la gestión de los servicios médicos y de sus responsables se conviertan en uno más de sus problemas.

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