domingo, 28 de abril de 2013

Crónica de un atropello


En primera persona

Héctor Muñoz. MÁLAGA.

La tarde del día 26 del presente publiqué en el diario Sur de Málaga un comentario, redactado en estilo informativo, a la noticia aparecida en dicho periódico sobre el evento celebrado ese misma mañana en el hospital Carlos Haya, para presentar a la prensa el exitoso ―y pionero en España― trasplante renal cruzado[1]. El comentario era, en sí mismo, otra noticia: la de que a un profesional, relacionado con el sistema de donación de órganos y trasplantes, se le había prohibido la asistencia al acto mencionado.

Ahora es el momento de contarlo con mayor detalle. Resulta odioso tener que hacerlo desde la primera persona, puesto que los ataques a la libertad de información y de expresión, tanto como a los derechos laborales, son «cosa pública», y más graves, si cabe, cuando tales atentados son cometidos por instituciones oficiales de poder; por ello, y despreciando el protagonismo no deseado del que esto escribe, el recurso retórico de la primera persona no es más que eso: un recurso necesario para no caer en el cinismo. Pero entiéndase que a cualquiera puede pasarle mañana y que es un problema de todos; la importancia no es que le pase a uno, o a una: lo relevante es que está pasando.

Dos días antes del acto celebrado en el salón oficial del hospital, recibo un correo electrónico en el que se me informa de la llegada prevista de la consejera Montero «para un asunto relacionado con trasplantes»; el informador baraja una posible hora de comienzo, pero sin seguridad alguna. Conociendo, como conozco, el uso propagandístico que la jerarquía política hace de los trasplantes, desde hace muchos años, intento investigar algo más, pero nadie  ―ni Google, que ya es difícil― sabe nada. Ni un solo anuncio en el hospital, ni en la web oficial; mis compañeros (uno de ellos miembro de la Comisión de trasplantes, y otro de la mismísima Coordinación) afirman no conocer el evento, dos horas antes de producirse. Sin embargo, al día siguiente la noticia es destacada en todos los diarios locales malagueños y en los principales nacionales: del secreto más absoluto, a una difusión mediática de máxima cobertura. Este hecho, incontestable, habla por sí solo y delata las intenciones políticas de la Consejería, con su línea comunicativa basada en el control de la información y el uso persuasivo de la misma. Para ello emplea todos los medios a su alcance: también los represivos, como me ocurrió a mí.

Pues bien, aunque un médico dedicado a la coordinación de trasplantes no supiera nada, un vigilante de seguridad me confirma que a las once y media hay evento. Efectivamente, desde 10 minutos antes, comienzan a llegar las «personalidades» y otros de menor rango; saludo cordialmente a un jefe de servicio ―o unidad de gestión clínica, como quieran llamarle― y a algún compañero con el que más de una madrugada he tenido que compartir la ingrata tarea de un protocolo de muerte cerebral. Algo más fríamente, cruzo un esbozo de «hola, qué tal» con el director médico Prieto y el subgerente Terol. La gerente Cortés pasa junto a mí ―en la puerta del salón de actos― dedicándole una furtiva, pero atenta mirada a mi tarjeta de identificación. Están esperando, inquietos, la llegada de Montero. Incómodo por la situación, me asomo a la puerta del hospital para tragar aire fresco. Antes de alcanzarla observo a una señora que encuentra un enchufe y pone su móvil a cargar. Dos policías nacionales custodian la puerta principal; me miran, pero afortunadamente, ni reparan en la lógica presencia de un tipo con uniforme, fonendoscopio al cuello y tarjeta de identificación. Un neurólogo, sin bata porque regresa de su desayuno para continuar pasando la consulta, sí es requerido por los agentes, a los que les debe dar una explicación convincente para poder entrar, explicación que finalmente aceptan, antes de oír quejarse al facultativo: «Menos mal que no llevo mochila».

Mientras tanto, ya en la explanada de acceso, las impolutas batas blancas de la gerente y su subalterno ―junto al no menos limpio traje azul marino de uno que los acompañaba― destacan sobre el color oscuro metalizado de dos buenos coches que acaban de entrar: la comitiva recibe a la recién llegada; besos, apretones de manos y entrada triunfal. La consejera, sobrada ella, sube con su séquito la escalinata principal; contrasta su seguro caminar con los tropezones que los otros se van dando por seguir su estela. Ajenos a toda la escena, se mueven los usuarios, pacientes y acompañantes, de un lado para otro, buscando la consulta o la sala de radiología: un mundo real frente a otro de diseño, ignorándose ambos.

Entra la reina y su corte en el salón de actos; discreto, en un segundo plano, me coloco en la cola para acceder a la sala. A medio metro de la puerta, me frena en seco un responsable de seguridad del hospital, flanqueado por un vigilante y otros dos subalternos sin uniforme. La puerta se cierra como una sentencia firme y el ruido del portazo se confunde con las primeras palabras del celoso guardián:
―Caballero, usted no está…, no está permitido… Es un acceso restringido.
―¿Ah, sí?
―Sí, es un acceso restringido.
―Pero… yo soy médico del hospital.
―Sí, pero no… ehh… no está permitido el acceso.
―¿Por?
―Órdenes de la Dirección.
―Ajá. Es para un tema de trasplantes…
―Sí, pero no me deusted no puede…
―¿Yo?
―No, usted no…, ya no puede entrar nadie más, de los que…
―¿Ningún médico del hospital puede entrar?
―En principio, en general… creo que no.
―Ajá. Muy bien. Y ¿a quién tengo yo que dirigirme ahora o luego para…, bueno…, para que me den una explicación que no sea la que usted me está dando, lógicamente?
―Hable usted con la subdirección…, en este caso la de Procesos Industriales y ya allí…
―¿Subdirección de Procesos Industriales? ¿Dónde está eso?
― En el pabellón de gobierno.

Saco del bolsillo mi libretilla, para anotar un nombre que, a buen seguro, está destinado a perderse en mi memoria: es curiosa la capacidad del lenguaje político-burocrático para inventar bizarras denominaciones como si se tratara de fabricar trajes de camuflaje con los que obstaculizar la visibilidad de la gestión.
―Entonces, usted me dice que ningún médico del hospital esta autorizado…
―No, hay una lista de médicos autorizados… y yo creo que ya están todos.
―Y ninguno que no esté en esa lista…
―Exacto.
―Muchas gracias.

Alguien sale en ese momento ―de forma inoportuna para mi interlocutor― y alcanzo a ver cámaras y reporteros dentro, antes de volverse a cerrar la puerta. Serenamente indignado, incluso con cierto placer morboso por tener la oportunidad de relatar esta peripecia, hago ademán de media vuelta y fuga, pero, pensándolo mejor, vuelvo al tema con cierta inquina y miro directamente hacia su tarjeta identificativa, colgada al cuello con una cinta.
―Perdón, no le importa, ¿verdad?, que tome su…
―¡No hombre! ¡Que luego coge y me denuncia a mí, coño! ―acompañando esta súbita pérdida de compostura con una risotada y un hábil movimiento de su mano derecha para dar la vuelta a su tarjeta de identificación e impedir que anote su nombre y apellidos.

Tras conminarle a que cumpla su obligación de identificarse, y asegurarle que no es mi intención denunciar a un simple mandado que sólo hace su trabajo, el que le han encomendado, consigo que pronuncie su nombre ―en tan bajo volumen de voz que casi uso el fonendo para poder oírlo y anotarlo. Las caras de póquer de sus subordinados dirigen sincrónicamente sendas miradas hacia la libretilla en la que yo apunto, como si estuvieran siendo multados por un guardia civil de carretera; la identidad de su jefe es tan insignificante para el caso que nos ocupa, como él mismo: no habla por su boca, lo hace por la de aquellos y aquellas que, de un plumazo, lo pueden mandar al paro ―o a un gulag― mañana mismo. Es ―aunque él no lo sepa― una víctima más de un sistema fáctico disfrazado de valores democráticos.

Minutos después, comento el caso con dos delegados sindicales que se ofrecen ―sin compromiso alguno, puesto que yo no soy afiliado del sindicato para el que trabajan― a acompañarme de vuelta a la maldita puerta del salón de actos para comprobar y testificar lo que previsiblemente va a ocurrir de nuevo: que siguen sin dejarme entrar. Ya no está el jefe, pero sus inferiores, ante los sindicalistas presentes, dan una nueva versión; ahora no se permite la entrada porque el acto está finalizando. Si se coordinan para la seguridad igual que para inventarse trolas, cualquier día de estos se llevan una cama del hospital y ni se enteran. O un scanner. Es lo que tiene la improvisación y las órdenes imprevistas.

Tal vergüenza debió de pasar uno de ellos, que una hora más tarde acudió a buscarme, a mi puesto de trabajo, para disculparse en nombre propio por el bochornoso atropello, disculpas que fueron ―cómo no― aceptadas. De paso, se le fue la lengua y me confesó que, además de los dos agentes uniformados de la Policía Nacional que custodiaban la puerta, había otros tres de paisano; a éstos, en la Dictadura franquista, les llamábamos «Los Secretas».

La principal conclusión de todo esto es que tienen miedo, cuando lo que deberían tener es vergüenza. He contado lo que ocurrió, de la forma más amena posible, y callo muchas cosas por no aburrir ni contaminar. Lo he hecho, además, con exquisitas literalidad y textualidad. Recientes informaciones revelan cierto cuestionamiento de la gestión del Carlos Haya. Se dice en diversos mentideros que la gerente ha caído en desgracia porque «debe mejorar en la forma de llevar Carlos Haya y mantener una actitud más abierta con los profesionales»[2]. Personalmente, la vi nerviosa, hiperalerta, preocupada; las fotos publicadas en los periódicos, escritos y digitales, no parecen desmentir esta impresión. Obsérvense con detenimiento. Creo que el traje le viene largo al actual equipo de dirección. Este emblemático hospital no es lo que es por ellos; lo es a pesar de ellos. Es hora de que se marchen, que ya les buscarán un despachito o, si lo prefieren, que vuelvan a su labor original, suponiendo que todos tengan plaza en propiedad. Y si algunos no la tienen, seguramente tendrán una puntuación suficiente, en la bolsa de trabajo, para pillar alguna sustitución temporal al 75%.

De trasplantes y unidades de gestión clínica, podemos hablar otro día.


jueves, 28 de febrero de 2013

Día de Andalucía: tanto para nada


TANTO PARA NADA

Héctor Muñoz. MÁLAGA


El aire fresco roza la cara sin afeitar, con pelusa de dos o tres días, del joven Roque Ferrante; un airecito que lo acaricia, como una amante perfecta, bajo el solecito de una mañana de primeros de diciembre en la Acera de La Marina. Una mañana de domingo preñada de banderas, de color y de ilusiones. Aún evoca esa sensación, fiel a su piel después de más de 35 años, desde aquel cuatro de diciembre de 1977, en el que la cálida brisa otoñal de Málaga y los vientos de libertad que zumbaban por toda España, regalaron valor y emociones a aquella muchedumbre malacitana que se había tirado a la calle para reclamar el mismo trato concedido a otros pueblos de España en el llamado «Estado de las Autonomías».

Hoy es el Día de Andalucía. 2013, año de la crisis. Roque lee en su periódico los homenajes que los políticos dedican, como parte de sus obligaciones protocolarias, propagandísticas, a sublimar aquella conquista democrática del pueblo andaluz; eso sí, gracias a ellos, por supuesto, a pesar de que muchos ni estaban. Dan su discursito ―a lo allons enfants de la Patrie―, clavan unas cuantas medallas meritorias, y nombran un par de «hijas o hijos predilectos» que no suelen ser madres mileuristas, padres parados o esclavos pluriempleados con contratos de mierda: el perfil es diferente, más glamuroso. O están muertos. Como Manuel José García Caparrós, abatido por una bala represiva entre la Alameda Colón y la calle Alemania.

Roque sí estaba allí aquel día. Recuerda muy bien las caras desencajadas de los que huían y gritaban: «¡Que están pegando tiros!» La luz de la ciudad se había convertido en una atmósfera gris. La indignación no necesitó de redes sociales para contagiarse de forma pandémica, y como una ola de coraje arrasó, literalmente, las calles y todo lo que se puso a tiro. La noche fue tensa y ruidosa. Se oían gritos, consignas, lamentos e impactos de botes de humo perdidos, que caían silbando, caprichosamente, como granizo de Satanás. Ni Roque ni sus colegas de facultad, reunidos en casa de uno de ellos para preparar los exámenes, daban palo al agua: se quedaban en el balcón, mirando, como bobos, el negro humo que manaba de aquellas latas. La excusa era perfecta para no estudiar: la ansiada revolución estaba en curso.

También andaba Roque por el cementerio de San Miguel al día siguiente. Una carga policial le obligó ―como a otros muchos a refugiarse en el camposanto, buscando como loco un nicho vacío, en la convicción de que era mejor ocuparlo vivo que muerto. Lo mismo debió pensar un político progre de pelo largo, que corría como un etíope, el muy jodido. Igual buscaba un panteón, más acorde con el rango. Los momentos críticos llegaron cuando la manifestación se iba derecha al acuartelamiento de los grises en la Alameda Colón. Del tirón. Ferrante iba tan hipnotizado como la masa, que de forma casi automática, como programada por una íntima convicción, perdió el miedo, y con él, la prudencia. Les dieron lo suyo pero a base de bien; las bolas de goma, de goma muy dura, siseaban como fuegos artificiales, y las porras blandidas cortaban el frío, con cierto ritmo de tambor, apaleando sin descanso. ¡Toma, toma y toma! Algo más de dos años después, el 28 de febrero de 1980, aquel universitario veinteañero votaba gustoso en el referéndum, para ganar lo que podría haberse conseguido sin sangre. Pero ¿qué se consiguió?



Hoy, 33 años después, Roque tendrá que leer los logros de los políticos que desde entonces han gobernado Andalucía y la han convertido en una red de comisarios de partido que dirigen las instituciones, de forma opaca y sectaria. Porque en este día, todos, los que mandan y los que quieren hacerlo, se ponen de acuerdo para los actos oficiales. Tendrá que soportar sus poses chinescas, sus magistrales lecciones de democracia y convivencia ―a él y a tantos que no las necesitan―, la desvergonzada escenificación de su inquebrantable vocación de servidores públicos con intachable virtud, y toda esa pompa que repiten con jactancia todos los años, a cambio de un día de fiesta. Piensa, como muchos, que lo que hay hoy no es lo que los andaluces soñaron ayer, ni por lo que Málaga se sublevó y sangró. Andalucía quería otra cosa, pero la engañaron, y lo siguen haciendo. La corrupción no solo consiste en las tropelías de cuarenta ladrones, con sus falsos ERE o los sobres en negro; la corrupción se ha instalado en todos los despachos, se ha fundido con las decisiones más cotidianas, las que toman los elegidos como cargos «de confianza» (¿hay algo más mafioso?), los más dóciles, en aras del interés por mantenerse en el sillón durante cuatro años y no perderlo en las siguientes elecciones. Imponen exactamente el mismo sistema que mató a García Caparrós, pero sin uniformes grises ni balas criminales (por el momento); lo hacen sin ruido, con decretos y reglamentos, pausadamente, disfrazados de demócratas carnavalescos y escondidos tras una estructura burocrática diseñada para obstruir al ciudadano, para que éste no consiga conocer el caldo que cuecen ni a los que lo remueven al lento fuego de esta gran crisis social provocada por sus propias ambiciones.

Con el vértigo de la náusea alojada en el estómago, Ferrante, testigo de aquellos días y de los presentes, aprieta los puños y cierra los ojos. Sabe que el sueño aún está por ser una realidad, pero ignora cuál será el precio a pagar para verlo cumplido.


miércoles, 13 de febrero de 2013

Se han quedado con tu cara


Se han quedado con tu cara

Héctor Muñoz. MÁLAGA


El pasado día seis, el malagueño diario Sur publicaba una noticia sobre la reunión informativa ―calificada como  «muy tensa» por el citado periódico― mantenida por directivos del hospital Carlos Haya de Málaga, encabezados por el subdirector gerente, Javier Terol, con los trabajadores del Centro de Alta Resolución de Especialidades (CARE), dependiente de dicho centro hospitalario. El personal del CARE, que lucía camisetas negras para mostrar su oposición a lo que se considera un cierre encubierto del centro, colgó batas y pijamas de trabajo en las ventanas, como señal de protesta.


Según Sur (1), los directivos acudieron al CARE para informar a los trabajadores de que no está previsto cerrar el centro ni por la mañana ni por la tarde, y revela que Terol recriminó a los trabajadores que luciesen camisetas negras y que colgasen las batas y los pijamas en las ventanas. Según declaraciones del delegado sindical de la Junta Médica de Carlos Haya, Julio Martínez, «Terol ha amenazado a los trabajadores y ha asegurado que habrá represalias. A mí me ha dicho que se ha quedado con mi cara». Obviamente, las fuentes oficiales niegan tal acoso, pero podrían existir grabaciones ―realizadas con teléfonos móviles― que demostrarían los hechos.

¿Quién es Javier Terol?


Actualmente, como se ha dicho, es el «subdirector gerente» o «subgerente» de los dos principales hospitales de Málaga (Carlos Haya y Hospital Clínico Virgen de la Victoria), cuyas direcciones han sido unificadas en aras de una gestión más racional. Es un cargo novedoso, creado ad hoc.

El señor Terol, como todos, tiene un pasado y una trayectoria. Y un perfil público en la red social-profesional LinkedIn (2). Enfermero diplomado por la Universidad de Málaga en 1983, inició su meteórica escalada en 1996 como jefe de bloque de recursos humanos en el Hospital Clínico; de aquí pasó a responsable de «evaluación de proyectos y calidad» en el hospital de Antequera, entre el 2002 y el 2006, años en los que obtuvo, además, la licenciatura de Antropología Social y Cultural por la Universidad de Granada.

Entre 2006 y 2009 fue subdirector asistencial de la empresa pública Hospital Costa del Sol; según el perfil citado, entre abril y octubre de 2006 ocupó el puesto de Director Funcional del Área de Procesos de MESTESA (3), una empresa privada dedicada a la «asesoría sanitaria».

En 2009 fue nombrado director gerente del distrito sanitario de atención primaria Valle del Guadalhorce, y en 2011 director gerente del área sanitaria Serranía de Málaga, cargo del que fue desplazado ―en una profunda reestructuración que llevó a cabo el Sistema de Salud Andaluz (SAS) a finales del 2012― para ocupar el actual.

En el plano humano, los que lo conocen de sus tiempos en los que pinchaba venas y glúteos, lo consideran un ser campechano. Otros dudan de tal cualidad. Dicen que es devoto de la Virgen del Rocío y, como tal, peregrina anualmente en tan recogida muestra de fervor religioso, pero este dato no está confirmado.

En cualquier caso, tal biografía, asaz apasionante, ha de ser seguida con atención. Y lo será: no le quepa duda al señor Terol.


domingo, 10 de febrero de 2013

Typical



Typical

Los medios de comunicación se han hecho eco de la colocación de un artefacto explosivo de manufacturación casera en la madrileña catedral de La Almudena. Aunque no se han aclarado las causas por las que, felizmente, la bomba no ha llegado a detonar, el frustrado atentado ha sido reivindicado por un grupo de tendencia anarquista.

Héctor Muñoz. MÁLAGA

Dicen que Mateo Morral fue el anarquista que quiso cargarse a Alfonso XIII y consorte con una bomba, casera, por supuesto, que se le fue de las manos y mató a una treintena de inocentes conciudadanos. Vaya usted a saber. La cuestión es que, un siglo después, Morral vuelve a ser recordado por su sangrienta chapuza a propósito de otra mayor, en cuanto a la fechoría, aunque sin el rojo mortal de las heridas que él causó.

La verdad es que El País no termina de aclararse: un sacerdote descubre en un banco de la iglesia un paquete “rudimentario”, desaloja el templo y avisa a la policía. Nada de policía, llegan los TEDAX; ahí están los tíos. Dicen que se trata de “un artefacto explosivo, compuesto por un despertador, 1.200 gramos de pólvora negra prensada, una bombona de camping-gas y cerca de un kilo de tornillos”. Y que lo han “desactivado”, afirman, aunque dudan de que hubiera explotado porque “el reloj no funcionaba adecuadamente”. Es lo que tiene la crisis: los terroristas ahora compran en el chino. En la misma noticia se comenta que la bomba estaba en una bolsa de basura, cerca del confesionario; lo de esta España y las bolsas de basuras es una asociación digna de un psicoanálisis colectivo.

Un día después, las agencias de noticias informan de que, a través de Internet, el “Comando Insurreccionalista Mateo Morral” se ha responsabilizado de la chapuza. Cuando se lee el comunicado del comando, pésima y chusqueramente redactado, el reflejo natural se traduce en una carcajada, de esas que delatan la incredulidad más radical.

A estas alturas de la peli, en la que hasta los escrúpulos cotizan en bolsa, resulta complicado creer nada de todo esto. Ni los anarquistas son iletrados, ni las bombonas de camping-gas son de bolsillo, ni la policía ―que no es tonta― ha dejado de vigilar La Almudena. Esto hiede a propaganda negra. Negra y torpe. Negra y burda, descaradamente burda.

De todas formas, da igual que haya sido la tosca maniobra mediática de algún sector reaccionario que pretenda refrescar una memoria histórica afín a sus intereses, con el objetivo de emitir una señal de advertencia, o que se trate del subidón de unos coleguitas anarcas, empeñados en quemar santos; lo llamativo, lo trascendente es que entre unos y otros, y los que estamos en medio, comienza a tomar forma la idea de la vía rápida; la que no entiende de barcas; la de que aquí te cojo, aquí te mato; allá te pillo, allá te cepillo.

Igual el problema no son los desesperados, ni los desahuciados, engañados, estafados, ninguneados, agredidos o molestados; éstos tienen una paciencia harto demostrada. A lo mejor el problema son los que tienen mucho que perder con un golpe popular, poca paciencia para la reacción y ningún escrúpulo si hay que usarla.

Guste o no, se crea o no se quiera creer, la idea de cortar todo esto por lo sano comienza a rondar por muchas cabezas. En España y por doquier. No es solo un fenómeno nacional, es global; pero aquí nos gusta aderezarlo con iglesias, chapuzas, chanzas y bolsas de basura.

Con una típica nota de color español. Como está mandao.

miércoles, 23 de enero de 2013

La noche de nadie


La noche de nadie

Héctor Muñoz. MÁLAGA.

Víspera del cumpleaños del Jefe del Estado español, el rey Juan Carlos I. Antevíspera de Reyes Magos, 2013, en plena crisis. Dan por la primera “La noche del Rey”, un programa especial de la televisión pública para conmemorar el 75 aniversario de su ilustre nacimiento.

Tras una breve presentación, el plato fuerte: la anunciada entrevista de Jesús Hermida, trece años después de la última que tuvo a bien conceder Su Majestad. A continuación, un documental con monólogos de diversos personajes conocidos, de la generación del Borbón, intercalados con imágenes de la más reciente Historia de España, desde la victoria franquista al movimiento 15-M en la Puerta del Sol.

De la entrevista poco hay que decir, no tanto porque ya la han analizado sobradamente ―más que por su contenido, por la escena formal de la emisión televisiva― sino por su vaciedad informativa. Podría resumirse como el encuentro entre un viejo rey, de aspecto bonachón y anfibia papada, con un enjuto y mítico periodista, ambos decididos a no hablar de casi nada durante casi veintiún minutos, ante la mirada de un hijo de Felipe V, que parece señalar un libro en el retrato que preside la estancia. Y poco más. Acaso exponer lo que la opinión pública ―exceptuando a los cortos de siempre, que no son pocos, y a los interesados de toda la vida― piensa de la razón del evento: un real lavado de cara, tras los avatares que ese pobre servidor público lleva padeciendo entre yernos-rana y elefantes muertos.

Del documental tampoco es que haya para escribir un pliego. Con la excusa de obsequiar al Rey de España destacando su figura y encumbrando su papel político en momentos complicados ―23-F, cómo no―, trata de apelar al socorrido “espíritu de la Transición española”, hibridándolo con la consigna “podemos”, que tantos días de gloria deportiva ha dado a este país en los cuatro últimos años, justa y casualmente los mismos que han aprovechado los listos para expoliarlo. ¡Oé, oé, oé, oeeeé!

Entre los personajes de “la quinta del Rey” que aparecen opinando y relatando sus vivencias, dificultades y peripecias, no están muchos ―y sobre todo muchas― que debieran estar. Que Ángel Nieto viviera en un sótano antes de ganar una carrera, o Manolo Santana descubriera el tenis llevándole un bocadillo a su hermano, recogepelotas de un club de ricos, no aporta gran cosa ―con todos los respetos― a la memoria colectiva de muchos ciudadanos que, hoy, siglo XXI, hacen cola para sellar el paro o comer un plato de lentejas. Pero es que tampoco aporta nada a los que tienen trabajo y sueldo, por lo que les ha costado llegar y lo difícil que se lo están poniendo, sin comerlo ni beberlo.

Ni siquiera la exquisitez de Antonio Gala es capaz de vencer al desánimo, pero se agradece: “He querido y querré, hasta el fin, a España. No tengo contaminación alguna de ningún amor superior al suyo; la amo, seria y continuamente”. Al menos, un rayo de belleza entre tanta farfolla.

Los críos, inquietos por la inminente llegada de sus reyes, los de verdad, los suyos, los que les van a traer los ansiados regalos, son ajenos a estos asuntos y hay que recordarles que no es la noche de reyes. Los padres, cansados, pacientes, resignados ante el televisor, ven que tampoco es la noche del Rey. Es la noche de nadie.



jueves, 17 de enero de 2013

Análisis


LA BURBUJA FARMACÉUTICA

La investigación, desarrollo e innovación (I+D+i) en la industria farmacéutica no ha sido ajena a la crisis del sistema neoliberal. Las burbujas inmobiliaria y bancaria están sumiendo en la miseria a millones de personas; la burbuja farmacéutica puede ser el tiro de gracia que acabe definitivamente con ellas.

Héctor Muñoz. MÁLAGA.


En términos generales, el mayor peso en la investigación de nuevos medicamentos recae sobre la industria farmacéutica, particularmente sobre las grandes multinacionales, que desarrollan sus proyectos científicos gracias a la reinversión de una parte de sus beneficios económicos. Éstos les permiten disponer de recursos materiales y humanos propios, así como financiar estudios en colaboración con entidades públicas, como universidades y centros sanitarios.
Hay que analizar la I+D+i farmacéutica desde tres ángulos diferentes pero indisociables:
1.      Aspectos sociosanitarios.
2.      Perspectiva económica.
3.      Perspectiva científica.


ASPECTOS SOCIOSANITARIOS

Según estudios de las Naciones Unidas, la esperanza de vida media aumentó de 46.5 a 65 años durante el periodo entre 1950 y 2000. Una fracción considerable de ese aumento, un 40 %, se ha calculado que se debe al impacto directo de la introducción de nuevos tratamientos para combatir las enfermedades entre la población. Hitos históricos como la síntesis y comercialización del ácido acetilsalicílico (Aspirina®) por los laboratorios de Bayer, la insulina por Lilly o la penicilina por Pfizer, son claros ejemplos de la trascendencia que ha tenido esta industria, y tiene, en la salud de la población mundial.

Sin embargo, al ser financiada por grandes corporativos transnacionales, cada vez más concentrados, debe sujetarse a las leyes impuestas por el mercado; esta dinámica condiciona la integridad científica y la búsqueda de tratamientos para las grandes necesidades en salud. A través de la revisión de la literatura se constata cómo la innovación científica ha quedado disminuida y las prioridades de investigación condicionadas por el mercado. Esta circunstancia se refleja en dos aspectos de la I+D+i farmacéutica, que inciden decisivamente en la salud pública: la escasa actividad investigadora en diversas enfermedades que ―por afectar principalmente a poblaciones de baja renta o por su escasa prevalencia en países desarrollados― no resultan rentables a las grandes empresas farmacéuticas, y, por otro lado, las irregularidades existentes en diversos ensayos clínicos, motivadas por la presión de acortar en el tiempo dichos procesos (incluso con prácticas corruptas), determinando finalmente la comercialización de productos poco eficaces, poco seguros y con graves efectos secundarios.

¿Se investigan o desarrollan, realmente, fármacos nuevos que puedan suponer una mejora en la salud para muchos ciudadanos del mundo? La respuesta es negativa, especialmente para aquellos que viven en países de renta baja, y que sufren enfermedades muy importantes en cuanto a su carga en la salud, como el SIDA, la malaria o la tuberculosis, o que padecen las denominadas “enfermedades olvidadas” como la enfermedad de Chagas, la filariasis o la esquistosomiasis, que son enfermedades parasitarias endémicas en muchos países, particularmente de África subsahariana y sudeste de Asia. La llamada brecha o gap 90/10 indica que se dedican el 90 % de los recursos a investigar enfermedades que solo suponen el 10 % de la carga de enfermedad mundial; este dato fue publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1996, y apenas ha mejorado en la última década. Un estudio aparecido en mayo de 2006 en la prestigiosa revista médica británica, The Lancet, concluyó que solo un 1.3 % de las 1556 medicinas nuevas desarrolladas entre 1975 y 2004, fueron tratamientos para estas enfermedades olvidadas; en un informe de abril de 2012, elaborado por un grupo de expertos de la OMS, se llega a hablar de un gap de hasta 93/7.

En cuanto a la seguridad y eficacia de los nuevos fármacos investigados y comercializados, tras el impacto social que tuvieron en los años 50 y 60 las graves malformaciones fetales en los niños nacidos de madres que habían tomado talidomida (fármaco que se comercializó en los años 50 para tratar las náuseas y los vómitos de las gestantes), se desarrolló un riguroso sistema de control sobre todo el proceso de investigación y comercialización de nuevos medicamentos, a través de organismos estatales y supranacionales, como la FDA (Food and Drug Administration) en EE. UU., la Agencia Europea de Medicamentos (EMA), la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) y la propia OMS, para garantizar la seguridad y eficacia de los nuevos fármacos. El gran crecimiento de las ganancias, y por tanto, de poder e influencia de la industria farmacéutica a partir de los años 80, la convirtió en la gran patrocinadora y conductora de la investigación, lo que alteró y cambió la tendencia positiva de las dos décadas anteriores, al imponerse los criterios mercantiles en diferentes fases de los ensayos clínicos. La metodología de los ensayos se ha ido perfeccionando, pero lo que más preocupa son los errores que tienen lugar durante su ejecución y la manipulación de sus resultados, y como consecuencia, la posibilidad de que se aprueben medicamentos con un perfil de eficacia/seguridad incierto. Así lo demuestran los metaanálisis sobre la eficacia y seguridad de medicamentos, el retiro del mercado de medicamentos –algunas veces– pocos años después de ser aprobados, y el descubrimiento de nuevos efectos secundarios a posteriori. El caso de Vioxx® (Rofecoxib), un antiinflamatorio de la compañía Merck, es uno de los ejemplos que muestran cómo la industria manipula y falsifica datos de ensayos clínicos, y presiona a la FDA para que los apruebe. En 1999, a pesar de las dudas que habían expresado algunos de sus científicos, la FDA aprobó el Vioxx®. Cinco años después, en octubre de 2004, tras reportarse un número elevado de muertes y eventos cardiovasculares atribuidos al fármaco, y ante la inminente retirada del mercado de Vioxx® por parte de la FDA, Merck decidió retirarlo voluntariamente. En los juicios que los usuarios o sus familiares emprendieron contra Merck, se descubrió que la empresa había manipulado los resultados de los ensayos para minimizar los riesgos.

Otra cara de la misma moneda es la de la corrupción en los países pobres y emergentes, en los que la industria farmacéutica encuentra menos obstáculos para llevar a cabo sus ensayos clínicos y para la comercialización posterior de sus productos, dadas las facilidades que prestan los gobiernos y las redes corruptas que operan con escaso control estatal. Como ejemplo, según la BBC, desde que India suavizó sus leyes sobre ensayos clínicos en 2005, las compañías farmacéuticas extranjeras han mostrado interés en operar en dicho país. En los últimos siete años ha habido casi 2000 ensayos clínicos en todo el país y el número de muertos pasó de 288 en 2008 a 637 en 2009 y 668 en 2010. En 2011 se redujo a 438. En este mismo periodo (2005-2011),  en el hospital Maharaja Yeshwantrao, se han realizado 73 ensayos clínicos en 3300 pacientes (1833 de ellos niños). Decenas de enfermos han muerto durante los ensayos, y los familiares de las víctimas no han recibido compensaciones. Documentos del hospital revisados, revelan que desde 2005 se han registrado 80 casos de efectos adversos severos. Según la cadena británica, un análisis de las medicinas antimaláricas en el sureste de Asia y África subsahariana encontró que el 36 % de las muestras estudiadas (1500 de siete antipalúdicos) son falsas, y más de un 42 % son de calidad deficiente; esto está poniendo en riesgo el progreso que se ha logrado en la última década en el combate contra la malaria, afirman los investigadores en The Lancet Infectious Diseases.


PERSPECTIVA ECONÓMICA

Una de las claves del logro de las empresas farmacéuticas en descubrir nuevos medicamentos, es un programa intenso de investigación y desarrollo. La invención de nuevos medicamentos es un proceso de gran complejidad, que depende altamente de un intenso programa de I+D+i. De hecho, la industria farmacéutica es uno de los sectores más dinámicos e innovadores de todas las áreas empresariales a nivel mundial. Según datos de la Comisión Europea, correspondientes al año 2012, la industria farmacéutica-biotecnológica es el primer sector empresarial en inversión en I+D+i a nivel mundial, con un total de 90 billones de euros, lo que supone el 17.7 % de toda la inversión industrial a nivel global. Entre las 10 primeras empresas del mundo, hay 4 farmacéuticas: Novartis (4ª), Pfizer (6ª), Roche (7ª) y Merck (10ª); a modo de ejemplo, en 2011, la compañía suiza Novartis obtuvo 45263 millones de euros en ventas, e invirtió 7000 millones de euros en I+D+i, lo que supone un 15.5 %, siendo la media de las cuatro macroempresas citadas del 16.1 %.

En España, según datos de Farmaindustria, las compañías farmacéuticas invirtieron en 2011, 974 millones de euros en I+D+i, lo que representa aproximadamente el 18% de toda la I+D realizada por la industria española. El grueso del gasto se dedicó a ensayos clínicos (470 millones) e invirtieron más de 137 millones en investigación básica. El ritmo de inversión fue creciente hasta el año 2008, estancándose a partir de entonces, con escaso crecimiento hasta 2010. En el ejercicio 2011 la inversión en I+D de la industria farmacéutica en España ha bajado, por primera vez desde 2007, de los 1000 millones de euros, debido al fuerte impacto que han tenido sobre las compañías las medidas de contención del gasto farmacéutico adoptadas en 2010 y 2011. En 2009, la industria farmacéutica contaba en sus plantillas con 4813 investigadores a tiempo completo, la mayor parte de ellos con muy alta cualificación profesional; el empleo en I+D+i de este sector industrial ha sido la primera variable que ha acusado la caída de ingresos de las compañías farmacéuticas, disminuyendo por primera vez en los últimos años, situándose en 4490 en el año 2011, lo que supone una reducción del 6.7 %.

La industria farmacéutica es el sector económico que más colabora con centros públicos de investigación, universidades y hospitales, destinando un 43 % de su inversión (415.7 millones de euros en 2011) a contratos con el sistema público de investigación. También viene financiando desde 2001 el Fondo de Investigación Biomédica del Instituto de Salud Carlos III, que aporta recursos a redes públicas de investigación biomédica en las que participan más de 11000 investigadores de 290 centros distribuidos por toda la geografía nacional, en áreas tan importantes como la oncología, neurología, enfermedades infecciosas, cardiovasculares o trasplantes. Según datos del Gobierno español, la inversión privada en I+D+i farmacéutica y biotecnológica supone el 55 % del total, correspondiendo el 45 % restante a financiación pública (estatal, autonómica y fondos de la UE); la industria farmacéutica genera directamente 40.000 empleos en España y es responsable de otros 160.000 empleos indirectos en el resto de la economía.

El desarrollo de un nuevo medicamento es un dilatado proceso que comprende múltiples fases, que van desde la investigación farmacológica en el laboratorio hasta el análisis estadístico de su eficacia y efectividad. Una vez que se demuestra la utilidad para combatir una determinada patología, se inicia otra prolongada y difícil etapa hasta conseguir la autorización para su comercialización y, posiblemente, su inclusión en las listas de medicamentos financiados por el erario público. Este proceso ha ido cambiando a lo largo de los años, a medida que los requisitos de seguridad y efectividad de los productos se han incrementado. Se estima que la duración del desarrollo de un nuevo producto farmacéutico oscila entre los diez y los quince años. Se calcula que de cada diez mil nuevas moléculas descubiertas, sólo una superará todas las pruebas necesarias para ser aprobada y llegar al mercado. Con respecto a su coste, hay distintos estudios que lo sitúan en torno a los 645 millones de euros (aproximadamente unos 270 millones antes de entrar en la fase clínica y unos 375 para las fases clínicas por molécula aprobada). El alto riesgo de abandono del proyecto, al no cumplirse los requisitos en cualquiera de las fases (particularmente elevado en las primeras) hace que la inversión sea muy incierta, aunque algunos estudios concluyen que aquellos laboratorios farmacéuticos que realizan un mayor esfuerzo en investigación, alcanzan una mayor rentabilidad económica.

La industria farmacéutica es un sector fuertemente intervenido, en el que el regulador estatal (que controla todo el proceso de investigación, producción y comercialización de los medicamentos, incluyendo sus precios) es además el principal cliente (3 de cada 4 medicamentos son financiados por la Seguridad Social). El hecho de que la investigación en medicamentos sea sumamente larga, arriesgada y costosa es uno de los argumentos que esgrime la industria farmacéutica para reclamar un marco legal en materia de protección de los derechos de propiedad industrial de los medicamentos y unas condiciones de mercado (en cuanto a política de precios) más favorables a sus intereses comerciales; de esta forma, podrá mantener la inversión en I+D+i y evitar la destrucción de empleo que ya se está produciendo. La situación tiende a agravarse por la actual crisis económica y las medidas de reducción del gasto farmacéutico, que han provocado un fuerte impacto financiero (puede superar los 2000 millones de euros en un año) en las cuentas de las compañías farmacéuticas, las cuales están revisando sus planes de negocio y estratégicos en nuestro país, incluidos sus objetivos de empleo e I+D.

Frente a estos datos y argumentaciones, existen múltiples estudios y opiniones de expertos que cuestionan el escenario dibujado por las empresas. Éstas justifican sus altos precios porque requieren de grandes ventas y ganancias para justificar los altos costos en I+D. Ante las dificultades de crecimiento significativo que ha experimentado en los últimos años, la industria farmacéutica ha recurrido a fusiones y adquisiciones de otras empresas, concentrándose cada vez más para tener más fuerza en el mercado. Pero además, ha introducido un nuevo modelo de investigación, consistente en integrar la investigación de mercado (mercadotecnia) con la puramente científica; el resultado es el de investigar medicamentos para enfermedades que afectan a muchos, que son las que “valen la pena” (no así las que representen mayor carga de enfermedad), optimizar el tiempo para ahorrar millones de dólares y lograr comercializar un medicamento antes que la competencia. El mayor gasto no está en I+D+i, sino en comercialización y mercadotecnia de sus productos. La industria, que apenas ha sido capaz de sintetizar ni descubrir nuevas moléculas realmente eficaces en los últimos años, dedica una gran parte de su presupuesto al marketing, probablemente más que a investigación y desarrollo. Este modelo de negocio, basado en la búsqueda de “medicamentos superventas” (blockbuster) consiste en desarrollar un medicamento con una enorme población diana, asignar una desproporcionada cantidad de recursos al fomento de las ventas y el marketing, utilizar estrategias comerciales agresivas y poco éticas, inflar el precio del producto para recuperar, con creces, la inversión, junto con la reducción de la inversión en investigación y desarrollo de nuevos medicamentos realmente innovadores. Prestigiosas revistas científicas médicas están llamando la atención sobre estas prácticas empresariales, reclamando una reconducción del modelo hacia otro más científico, independiente y solidario con la sociedad, denunciando las agresivas estrategias comerciales para mantener la cuota de mercado post fin de patente, y describiendo las maniobras para dilatar unos meses la explotación en exclusiva de un blockbuster, como fue el caso de la  atorvastatina, fármaco usado para  reducir el colesterol plasmático en la sangre y comercializado en EE. UU como Lipitor® (Cardyl® en España), que facturó 130 billones de dólares en 14 años.


PERSPECTIVA CIENTÍFICA

Según la formulación clásica, la actividad científica se caracteriza por el cumplimiento de las siguientes prescripciones normativas:

-      Universalismo: supone que el conocimiento científico trasciende las culturas particulares.
-      Comunalismo: el conocimiento científico es fruto de un esfuerzo compartido, no puede ser apropiado sino considerado como conocimiento público.
-   Conocimiento desinteresado: en la búsqueda del conocimiento científico el investigador no debe buscar su propio provecho, debe estar orientado por la búsqueda de la verdad y el bien común.
-        Escepticismo organizado y permanente.

Conflicto de intereses. Informe de la Sociedad Española de Cardiología

La obligatoriedad de los organismos públicos de verificar que un medicamento es eficaz y seguro, antes de permitir su comercialización, es un derecho básico de la ciudadanía. Cuando se habla de seguridad de un medicamento, hay que referirse a un nivel aceptable de la misma, ya que todos los medicamentos tienen efectos secundarios. Por ello, es necesario decidir si el efecto adverso compensa al efecto beneficioso que produce. El médico que lo prescribe, si ha sido bien informado, puede transferir su opinión al paciente, quien debe ser, en última instancia, el que decida si usa o no un medicamento. El ensayo clínico es la mejor técnica conocida para identificar los efectos secundarios ―al menos los más frecuentes― y la eficacia de un medicamento. La investigación de nuevos medicamentos se ha caracterizado por sus altos estándares de calidad y por la neutralidad científica que ha conseguido, particularmente a través de los ensayos clínicos controlados. La industria farmacéutica se ha preciado por estar a la vanguardia en investigación científica, y la eficacia y seguridad de sus productos se ha garantizado por los estrictos controles ejercidos por organismos oficiales. Éstos asumieron su papel como controladores del riesgo/beneficio de los nuevos medicamentos que se aprobaban, en la medida en que fueran útiles para los pacientes, que no tuvieran tantos riesgos como para sobrepasar los beneficios y que no fueran tóxicos. Sin embargo, poco a poco, el control del cociente riesgo/beneficio ha ido siendo cada vez más delegado por los poderes públicos a la industria, debido a las enormes presiones para mantener a la investigación en el marco de la libre empresa por parte de las multinacionales. Se ha llegado al grado de que los poderes gubernamentales se limitan a revisar los resultados, pero dejando total autonomía a la industria farmacéutica.

Por otro lado, los valores clásicos de la ciencia universitaria van siendo desplazados progresivamente por una creciente subordinación a la lógica mercantil, en la cual, crecientemente, los investigadores, departamentos y universidades tienen un interés económico directo en los resultados de la investigación que llevan a cabo con patrocinio empresarial; las universidades se han hecho cada vez más dependientes de las corporaciones para el patrocinio de su investigación, y las empresas se apoyan cada vez más en la investigación universitaria para la creación de nuevos productos comerciales. Por todo ello, cuando hay expectativas económicas directas por obtener determinados resultados, se producen grandes conflictos de intereses en los investigadores y en las universidades. Los sesgos se producen cuando los patrocinadores de la investigación tienen el control sobre lo que se publica y lo que no se publica (retención de resultados no favorables a sus productos y restricciones a la libre circulación de información en la comunidad científica correspondiente), cuando inciden en el diseño de los experimentos o controlan los datos a los cuales los investigadores tienen acceso. Hay diferentes estudios que confirman estos sesgos, y que podemos resumir en:

-      Hay una asociación estadística significativa entre financiación y resultados favorables a la empresa.
-      Hay una asociación estadística significativa entre financiación y restricción de la publicación de resultados y de compartir los datos con otros investigadores.
-      Aproximadamente la cuarta parte de los investigadores tienen alguna afiliación con las empresas financiadoras y dos terceras partes de las universidades tienen inversiones en las empresas que financian los estudios.
-      Hay una fuerte asociación entre el patrocinio de las empresas farmacéuticas y las opiniones favorables de los autores sobre la seguridad de sus medicamentos. La investigación patrocinada por la industria farmacéutica tiende a producir resultados más favorables a sus productos que las investigaciones financiadas por otras fuentes.

Los ensayos clínicos multicéntricos internacionales o proyectos de investigación multinacionales multicéntricos (PIMM) son una modalidad reciente de investigación internacional, cuyo diseño es realizado en países con gran capacidad tecnológica y de investigación, particularmente por corporativos transnacionales que cuentan entre sus negocios con grandes firmas farmacéuticas, y cuya aplicación es llevada a cabo en diversos países y centros hospitalarios del mundo. Los PIMM son parte de una estrategia mundial cuya máxima es optimizar las ganancias compitiendo por innovar medicamentos. Para ello es necesario contar con numerosos pacientes, distribuidos en varios centros a lo largo del mundo, enrolados en protocolos cuya finalidad muchas veces es lanzar nuevas moléculas cada vez más rentables en el mercado mundial en el menor tiempo posible. Las agencias reguladoras tienen la obligación de inspeccionar los ensayos clínicos, verificar que se cumplan las normas y que no se manipulen o falsifiquen los datos. De acuerdo a datos oficiales, en el año 2008, la FDA inspeccionó el 1.9 % de los ensayos realizados en los EE. UU. y solo el 0.7 % de los ensayos registrados en la FDA que se ejecutaron en otros países. En consecuencia, se puede afirmar que la FDA no sabe lo que está pasando durante la implementación de los ensayos, aunque después apruebe los medicamentos con lo datos que recibe de las empresas farmacéuticas.

Por todo lo anterior, podemos concluir que la investigación de la industria farmacéutica está muy condicionada por el interés económico, lo que hace difícil mantener la integridad y, sobre todo, la pertinencia de la investigación científica, pues ésta obedece, no sólo a razones científicas, sino de mercado. Además, la supuesta neutralidad científica ha quedado en ocasiones en entredicho al constatar sesgos en las publicaciones de resultados. Mientras no se mantenga una independencia en la investigación, su ser y su finalidad estarán mancilladas por el interés económico. Los ensayos clínicos internacionales son una expresión de lo anteriormente dicho, puesto que su financiamiento y su conducción están influenciados desde redes comerciales que, de una manera u otra, afectan los resultados y los fines de la investigación. El interés económico condiciona de diversas maneras la integridad científica de la investigación, lo cual requiere ser considerado desde diversos frentes en vistas a devolverle a la investigación científica su neutralidad y su orientación al bien común.

Se impone la necesidad perentoria de hacer una llamada de aviso a las organizaciones internacionales, a los estados y sus agencias, a los centros universitarios, a la comunidad científica internacional y, particularmente, a los comités nacionales de bioética, que deben estar formados por científicos cualificados y totalmente independientes de la industria farmacéutica, para que pueden identificar los ensayos clínicos de medicamentos que tengan fines realmente innovadores y solidarios, contribuyendo al progreso y bienestar de la Humanidad.

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