lunes, 2 de noviembre de 2015

Crónica de un desastre


Frío en las entrañas

HÉCTOR MUÑOZ.  MÁLAGA. 30 octubre 2015

Acaba de perder su bebé en aguas del Mediterráneo. Dice llamarse Anastasia y ser de Camerún. Tumbada en la camilla y cubierta con el dorado chillón de una manta térmica que solo deja asomar la cabeza y el largo tubito del suero, unos grandes ojos destacan sobre la piel oscura. No hay miedo en ellos. Está alerta y gira el cuello a ambos lados como queriendo ubicarse. Solo fija su mirada, y lo hace con intensidad, en cualquier persona que se dirige a ella. Habla poco y en francés. Su voz es grave y profunda. ¡L’enfant, l’enfant!, inquiere a todo el que se le acerca, quizá esperando confirmar su tragedia, más que por albergar alguna esperanza.
Una enfermera la reconoce en la foto que están publicando los medios en Internet. “¡Sí, es ella!”. Es fácil distinguirla por las rastas que adornan su peinado. Allí está Anastasia, junto a los otros supervivientes, sentada a horcajadas sobre lo que queda de la embarcación. La zódiac no aguantó el peso de 54 personas y se desfondó entre África y Europa, a 85 kilómetros de la Costa del Sol. Ahí terminó el viaje para 39 de ellas, incluido el pequeño africano de ocho meses. Los 15 restantes consiguieron sobrevivir al naufragio, agarrados a los asideros de la goma neumática, durante una noche y la mañana del día siguiente, hasta ser rescatados y llevados al puerto de Málaga.

Supervivientes del naufragio, momentos antes de su rescate. / SALVAMENTO MARÍTIMO / ATLAS

Siete de ellos necesitan atención hospitalaria y son trasladados. Anastasia y tres más ingresan en el Carlos Haya. Solo son cuatro, pero los pasillos y las salas de urgencias casi siempre sobrecargadas se terminan de llenar con uniformes de la Cruz Roja y policías nacionales que deambulan por allí un tanto despistados. Reina la confusión en esos primeros momentos porque nadie sabe si se producirá una avalancha de víctimas; y si con cuatro hay caos…, el personal se teme lo peor. Uno de los médicos llama al jefe de la guardia para recabar más información, pero resulta ser al contrario: le da su primera noticia.
Poco a poco, la situación se va destensando. Los cuatro inmigrantes, dos hombres y dos mujeres, pasan a sendas camas que deben parecerles las del cielo, suponiendo que compartan este concepto para continuar con sus cuidados. Hipotermia, deshidratación, golpes, quemaduras solares, algún leve problema respiratorio y agotamiento muscular. Los monitores muestran en verde neón la cantidad de oxígeno que fluye por la sangre y los latidos de sus maltratados corazones africanos.
Se cotiza al alza toda persona que sepa hablar francés. Las identificaciones son complicadas y se asumen los nombres que ellos dan o los que el personal cree entender: Anastasia, Julana (la otra mujer) y Pascal, cameruneses, y Walter, de Costa de Marfil. Da igual: esos nombres no valen nada. Hay que asignarles un número para incluirlos en el sistema informático y poder atenderlos.
Los cuatro coinciden en que han estado más de cinco horas en el agua y en que llevan tres días sin comer. Son jóvenes de entre 20 y 30 años que han perdido familiares en el naufragio: Anastasia a su pequeño; Pascal, un hermano y una hermana; Julana, un hermano, y Walter a un sobrino de 18 años. Lo cuentan con la resignación del que casi no le queda ya nada por perder y se sabe en manos solo del destino. Ni siquiera en las de los médicos.
Los resultados de las pruebas no hacen temer por sus vidas. Uno de los galenos pregunta a un policía hay uno por cada inmigrante si los náufragos están en calidad de detenidos. “Afirmativo. Y cuando tengan el alta van a la comisaría”. Es decir, a los calabozos. El médico de guardia atiende a la responsable de comunicación y al gerente, interesados en el problema: la noticia ha dado la vuelta al mundo y los focos están puestos sobre el hospital. Una enfermera comenta con ironía la agilidad con la que ahora suben a los enfermos que esperaban cama en planta.
Los facultativos han decidido que la comisaría no es el mejor lugar ni siquiera para unos cuidados básicos. Llega la noche y los inmigrantes duermen después de haber dado buena cuenta del menú que se sirve a los pacientes. En el pasillo, los cuatro agentes conversan y comparten una bolsa de patatas fritas. Afuera les esperan otros con un furgón y dos coches de patrulla; el hospital parece tomado.

Anastasia se duele de todo el cuerpo cada vez que se mueve. La alarma del monitor pita cuando un cable se despega por las gotas de sudor que rocían su pecho. A veces susurra ¡l’enfant, l’enfant!, cuando la enfermera entra, pero cada vez lo hace menos. Salió del sofocante calor ecuatorial, buscando otro futuro para ella y para su bebé. Sobrevivió al desastre y pisó tierra en Europa, sola y con hipotermia. Aunque el termómetro marque ahora una temperatura normal, hay un frío que no se cura. El de las entrañas.

6 comentarios:

  1. Eres un altavoz sin prejuicios y sin aparente miedo de lo que sucede en las tripas del hospital. Lugar arcano donde la rutina se solapa con acontecimientos de primera magnitud. Y tu pluma tiene muchos más matices que tu conversación directa. Un placer leerte, como tantas veces antes
    Patxi

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  2. Efectivamente, la crónica narra un acontecimiento de primera magnitud. Bueno, en realidad solo uno de sus muchos aspectos. Lo vemos todos los días en la televisión, lo leemos en los periódicos, parece un problema lejano y ronda más cerca de nosotros de lo que pensamos. Algo extraordinario está ocurriendo en el mundo: las migraciones masivas recuerdan las de otros tiempos de la historia. Las sociedades opulentas ven su estatus amenazado. ¿Qué ocurrirá? Se me antoja inevitable un cambio de paradigma. No es posible seguir consumiendo disparatadamente a costa de otros pueblos, de sus tierras y de sus recursos. O paramos los pies a los especuladores, esas ratas de cuello blanco, o nos comen los desesperados. Y con razón. O nos vemos como ellos. ¿Tan seguros estamos de que nunca nos veremos huyendo de algo o de alguien? Nada es para siempre.
    Pensé escribir el artículo porque hay pocos, por no decir ninguno, que aborden la tragedia desde el ángulo hospitalario. En este sentido soy un privilegiado por poder estar en el lugar adecuado. Es difícil estar libre de prejuicios, porque son ideaciones parásitas que se nos cuelan con tremenda facilidad. Intento evitarlos, desde luego, pero es complicado. Una buena vacuna podría ser el ejercicio frecuente de ocupar mentalmente el lugar de los otros. ¿Miedo? También tengo, cómo no. No es recomendable perderlo porque nos mantiene en alerta.
    Como bien dices, me expreso peor en la comunicación verbal. La tendencia es hablar cada día menos, escuchar más y pensar libre del ruido de mis propias palabras. Que para ruido ya están las de los demás.
    Gracias por tu lectura y tu comentario, Patxi.
    Un abrazo.
    Héctor.

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  3. esta cronica me hacer poner por un momento en los zapatos de todas aquellas personas que huyen de su pais de origen por conseguir un mejor futuro y que a pesar de su lucha lo que consiguen es algo peor, esto se lo debemos a los gobernantes corructos que rondan por todos lados

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    1. Me alegro de que la crónica te haya hecho reflexionar así. Muchas gracias por tu comentario. Un saludo cordial.

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