miércoles, 24 de febrero de 2016

Reportaje: urgencias



Urgencias: siete días sin sombras

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Hoy es seis de enero y Antonio puede perder la vida a sus 47 años. Se ha estrellado contra un coche que no ha visto venir. O lo ha visto demasiado tarde para poder esquivarlo con la moto. Hoy, sus reyes magos no vienen de oriente ni lucen coronas; van vestidos de verde y trabajan para salvarlo. A pocos metros, en la segunda sala de críticos, otro equipo atiende a Teresa. Está consciente pero cada vez la ven más somnolienta. Le duele la cabeza y no para de vomitar. Dos enfermeras vigilan sus constantes vitales y ponen medicación intravenosa. Los médicos examinan el escáner en la pantalla del ordenador. Uno de ellos señala una enorme mancha, blanca y redonda, que contrasta sobre el gris del cerebro. Una grave hemorragia intracraneal amenaza a esta mujer, con 77 años y una vida muy activa.



La puerta
Los servicios de urgencias de los hospitales públicos de Andalucía registran más de tres millones de visitas al año, según el Servicio Andaluz de Salud (SAS). La mayoría de los casos no presentan la gravedad de Antonio o de Teresa. Contemplar desde dentro un mundo en el que a unos metros de un señor con un dolor de muelas, en otra sala cercana, atienden a otro con una parada cardiaca, provoca una extraña sensación de desdoblamiento.
En la jerga sanitaria, al servicio de urgencias de cualquier hospital se le conoce como ‘la puerta’. Hay otras, pero esta es la que nunca cierra. La del Carlos Haya de Málaga lleva 60 años abierta. Para llegar hasta ella, desde la calle, hay que atravesar un corto y angosto túnel, casi siempre ocupado por ambulancias o coches de particulares —en fila de a uno cuando coinciden dos o más— que llevan o recogen pacientes en un goteo casi permanente.
Cuando el visitante traspasa el dintel de esa puerta, deja atrás los rayos del sol o las penumbras de la noche. De pronto, todo lo envuelve una blanca luz artificial que no deja sombras. A la izquierda, tras un mostrador, los administrativos atienden a los usuarios y trabajan entre papeles, ordenadores y teléfonos. Al frente, la entrada que da paso a las dependencias asistenciales está flanqueada a un lado por los celadores, y al otro por un guardia de seguridad que se sienta detrás de una mesa alta y estrecha. Algunos carritos de ruedas aguardan, arrinconados, el momento de transportar a algún paciente que los necesite.

Los lunes y la Poli
A media mañana ya no cabe un alfiler en la pequeña sala a la que van llegando aquellos pacientes que a primera vista no necesitan una actuación inmediata, que son la mayoría. Acuden con un cierto ritmo, agrupados en oleadas más o menos espaciadas en el tiempo. «Acaba de llegar un ‘autobús’ y nos esperan muchos más porque hoy es lunes», dice la enfermera refiriéndose a una de esas olas. La zona se llama Policlínica. Suele estar sobrecargada y puede llegar a ser muy conflictiva cuando la gente pierde los nervios. El personal la conoce como la Poli, y las quejas sobre las malas condiciones de trabajo allí son moneda corriente.
¿Qué pasa los lunes? María y Juan, enfermera y médico, ambos veteranos, aseguran que es el día de la semana en el que, con diferencia, se registra la mayor afluencia de público. No es una leyenda urbana: según la Junta, en las urgencias de todos los hospitales públicos de Andalucía, se atienden anualmente cerca de cien mil casos más los lunes que los sábados. María se pregunta irónicamente si es casualidad que los fines de semana la gente tenga mejor salud que los lunes. Cree que lo que realmente ocurre «es que aguantan el fin de semana y el lunes prefieren ir a urgencias, por tonterías, para no tener que esperar cita con el médico de cabecera». Juan añade: «A muchos solo les interesa conseguir un papel que les justifique faltar al trabajo, y aquí se lo damos por no discutir». Recuerda que el mismo Guillermo Quesada, anterior jefe de urgencias, declaró hace unos años a un diario malagueño que la mitad de los casos que se atienden no tendrían que acudir a este servicio.

«¿Cuándo me toca a mí?»
La sala, llamada ‘recepción de enfermos’, es de planta rectangular y mide unos 35 metros cuadrados. Tiene unas amplias ventanas de cristales esmerilados que dan al exterior. A veces están abiertas para ventilar la cargada atmósfera y algunos usuarios aprovechan para comunicar con sus allegados que aguardan fuera.

A  partir de las 11 o las 12 
de la mañana
todo se va demorando

Hay varios sillones azulones de un escay gastado por el uso, y un par de filas de asientos metálicos, también azules, para los pacientes y sus acompañantes. Al fondo, en una pequeña mesa en la que a duras penas cabe el ordenador, María pregunta el motivo de consulta y clasifica a un enfermo según la prioridad con la que debe ser atendido. Trabaja ante la mirada y los oídos de todos los que esperan. No hay intimidad. Otro enfermero toma las constantes y hace los electrocardiogramas en una camilla semioculta por una cortina blanca. A partir de las 11 o las 12 de la mañana, la demanda va creciendo tanto, y tan rápido, que ni María ni su compañero pueden mantener el ritmo y todo se va demorando. Lo mismo les pasa a los médicos, que cada vez tardan más en llamar al siguiente. Un señor, acomodado en uno de los sillones, lee tranquilamente su libro electrónico mientras espera oír su nombre. De vez en cuando, levanta la vista y otea el panorama. Una señora, menos paciente, sale al pasillo, regresa a la sala, resopla cada vez que se cruza con una bata blanca y pregunta reiterativamente: «¿Cuándo me toca a mí?».



Imagen de archivo de las urgencias de Carlos Haya. Sala de recepción de enfermos  /  Diario Sur

El pasillo se va llenando porque en la sala ya no caben. Una celadora —mediana edad, bajita y regordeta— maniobra con dificultad para no atropellar a alguien con la camilla, sin perder el ánimo ni el buen humor: «Piii-piii, apartarse por favor». En su camino, se cruza con un joven que llega con su mano izquierda envuelta en un paño de cocina y va dejando, tras sus pasos, un reguero de goterones rojos en el suelo. «Esto es un clásico en fiestas navideñas —dice Pedro, el enfermero que está hoy en la sala de curas—; se compran un cuchillo jamonero y a las primeras de cambio se rebanan un dedo».
El sonido de un monitor cardiaco y los uniformes anaranjados anuncian la llegada del 061. Entran con paso ligero y van directamente al área de Observación. Las dos enormes hojas metálicas de la puerta que da a la zona en la que se atienden los casos más graves, se abaten pesadamente para dar entrada al equipo de emergencias que traslada a una mujer accidentada. El murmullo de la Poli se pierde abruptamente allí dentro.

Demasiados frentes abiertos
Eva tiene 27 años, se ha salido de la calzada y ha colisionado frontalmente contra un rocoso talud. El médico del 061 muestra la foto —tomada con su móvil— del escenario y del coche destrozado. Cuesta entender cómo es posible que esté viva. Han sido necesarios los bomberos para sacarla de esa cárcel de chapas aplastadas. Pregunta qué le ha pasado, no recuerda nada. Tiene una aparatosa brecha en la cabeza pero los médicos no temen por su vida. Beatriz, una joven médico residente (MIR), la tranquiliza con ternura mientras se prepara el traslado a la sala de escáner.

Observación cuenta con 
dos salas de críticos,
23 camas y nueve sillones

Tendrán que recorrer 200 metros hasta allí y todos los movimientos habrán de ser cuidadosos y calculados hasta que puedan descartar lesiones en el cuello. Los sanitarios están listos en la sala de críticos, esperando impacientes a que haya celadores disponibles para llevarla. «Siempre es la misma historia», dice Victoria, una de las enfermeras, con gesto resignado.
El área de Observación es un espacio independiente de la Poli. Además de las dos salas para enfermos críticos, dispone de nueve sillones y 23 camas para los más graves. Ángel es uno de ellos. A una distancia de varios metros parece el piloto de una nave interestelar, con una gran máscara de oxígeno, rodeado de luces multicolor que parpadean al ritmo de sus maltrechas constantes vitales y se acompañan de una sinfonía de bips, pins y bings. Diego, su enfermero, dice que es un paciente «buenísimo, muy colaborador». Le permite tener puestas sus queridas gafas de montura dorada que a veces se enredan con uno de los muchos cables, gomas y catéteres que cruzan su pecho y le impiden moverse libremente en la cama, en la que se hunde poco a poco arrastrado por el sobrepeso. Ángel no pierde la paciencia ni la educación, y en varias ocasiones manifiesta su agradecimiento «a la Seguridad Social». A pesar de todos los cuidados y tratamientos, su castigado corazón no ayuda a tanta ciencia y los riñones se han declarado en quiebra. Su médico tuerce el gesto cada vez que revisa su evolución: «Esto tiene muy mal pronóstico».
La sala está casi completa. Además de Ángel, hay otros pacientes inestables, como Concepción, una anciana con una grave dolencia abdominal complicada con insuficiencia respiratoria. Requieren atención continua y el personal no da abasto para tanto. Al mismo tiempo, van entrando nuevos ingresos. El teléfono no para de sonar: llaman de laboratorio o de radiología por cualquier problema que surge, del hospital de la Axarquía y del Costa del Sol para anunciar algún traslado, del servicio de admisión para comunicar una incidencia, del 061… Entremedias, el equipo que atiende a Eva regresa de rayos. Buenas noticias: el escáner solo muestra una leve lesión cervical. El cerebro está intacto. El cirujano plástico explora la enorme herida, tan amplia que decide suturarla en quirófano, bajo anestesia general. Le explica que toda la energía del impacto se ha agotado en desgarrar el cuero cabelludo, y que eso ha evitado que tenga lesiones internas. Ella se sabe ya fuera de peligro y ahora le preocupa la estética: «¿Quedará una cicatriz muy fea, doctor?».

Durante las navidades 
han inhabilitado
104 camas en el hospital

Y así van pasando las horas. Son casi las 12 de la noche y las hijas de una paciente ingresada en Observación reclaman en admisión una cama en planta para su madre: «No estamos dispuestas a que se tire aquí abajo tres días, como las dos últimas veces». Quieren hablar con Ruiz, el médico que hace la labor de jefe de guardia. Este les explica: «Su madre necesita una habitación de aislamiento porque tiene una infección por una bacteria resistente a casi todos los antibióticos. En este momento no hay camas en el hospital, ni siquiera para los enfermos que pueden ir a una habitación normal. Yo lo intentaré, pero no les prometo nada». El problema de camas en el Carlos Haya es diario, dicen los trabajadores, y empeora en épocas vacacionales por el cierre de plantas, como está ocurriendo en estos días navideños. Según un documento interno que manejan los administrativos del servicio de admisión, en ese mismo momento hay 104 camas inhabilitadas, solo en los pabellones A y B del hospital, sin contar el materno-infantil ni el Civil.

No hay soluciones para todo
Con las primeras claridades del día el personal desfila por las puertas del hospital hacia sus puestos de trabajo. En la explanada trasera del pabellón B, el más nuevo, varios gatos buscan su desayuno esperando el descuido de alguno de los gorriones que picotean las migas de pan que alguien les echa diariamente. El servicio de limpieza aprovecha la primera hora, en la que casi no hay pacientes, para barrer, fregar, desinfectar y pulir el suelo de la Policlínica. 

Carmen espera una resonancia
 y una cita con el traumatólogo
 desde hace dos meses

Como cada mañana, los médicos de urgencias se reúnen en una pequeña sala antes de ir al tajo. Allí se dan el relevo, comentan los casos más complejos y las incidencias del día anterior. Últimamente, los problemas que tiene el servicio para cubrir todos los puestos son motivo de discusiones entre ellos y con el jefe. Aunque la puerta está cerrada, desde el pasillo se oye alguna voz más alta que otra. Salen con caras de circunstancias, atienden a los comerciales de los laboratorios farmacéuticos —que repiten lo mismo todos los días— y ocupan sus puestos de trabajo.
Carmen tiene 53 años, los mismos que lleva arrastrando una enfermedad muscular hereditaria, responsable de su delgadez y de una expresión facial de profunda tristeza. Va bien vestida y maquillada. Es una experta de los servicios sanitarios y dice que la mejor hora para ir a urgencias, y no tener que aguardar mucho tiempo, es a las nueve de la mañana. Le comenta al médico que los dolores de espalda no la dejan dormir, que ya no puede más. Se queja de llevar casi dos meses esperando a que le hagan una resonancia magnética y que la vea el traumatólogo: «A esto no hay derecho, es inhumano». La lista de medicamentos que toma no cabe en la pantalla del ordenador. Una inyección y algunas palabras de consuelo la conforman y se marcha por donde llegó. Si el sistema tiene alguna solución para su problema —que no sea la de tomar más fármacos—, no parece que ande muy cercana.

«Ascensión, hay que
 dar una descarga eléctrica
 para cortar la arritmia»

No es el caso de la señora Ascensión. Su corazón marcha a 160 latidos por minuto, sin cadencia fija. El electrocardiograma revela una arritmia completa y la ingresan en Observación. Le canalizan una vena y empiezan a pasarle un suero con medicación antiarrítmica. Bien entrada la tarde, el monitor sigue marcando entre 150 y 160. La paciente comienza a respirar con dificultad, está fría, muy pálida y un sudor helado perla su frente. La enfermera avisa a Manuel, el médico de guardia. Son síntomas de fracaso cardiaco, los fármacos no han servido y hay que buscar otra solución: «Ascensión, tenemos que dar una descarga eléctrica para intentar cortar la arritmia». Mientras preparan todo lo necesario en la sala de críticos, la paciente firma el consentimiento informado y pide que avisen a sus familiares. No hay demasiado tiempo. El potente hipnótico administrado la duerme profundamente en dos minutos escasos. Todo parece muy ritual, los pasos están perfectamente marcados. Un médico se encarga de vigilar la respiración y el otro toma dos planchas metálicas, untadas con un pegajoso gel conductor, y las aplica fuertemente sobre el tórax. Antes de pulsar el botón avisa para que los demás se retiren y no toquen nada que les pueda trasmitir la electricidad. El resultado es espectacular. El cuerpo de Ascensión se contrae entero y se levanta un par de centímetros sobre la cama. Todos vuelven la vista a la pantallita del monitor. Marca un ritmo pausado a 65 por minuto, que arranca sonrisas y rebaja, de golpe, la enorme tensión del momento. La paciente pasará una buena noche. No ha sido magia, tan solo una solución eficaz.

Ansias de vivir
Un nuevo día comienza con altercado en la Poli. «¡Que tenéis mucha cara!». Así increpa una señora a la enfermera porque entiende que ha dado trato de favor a un chico —familiar del administrativo del hospital que lo acompaña— que llega con un dolor en el pecho y lo atienden antes que a ella. Alertados por los gritos, los curiosos se arremolinan en el pasillo y el personal de seguridad intenta tranquilizarla y poner orden. La enfermera se siente violentada y los compañeros se la llevan a otro lugar. El joven tiene un neumotórax —una fuga de aire en un pulmón— y pasa a Observación porque necesita que le coloquen un tubo en el pecho.

Antonio tiene 58 años,
 depende de una máquina
 y una botella de oxígeno
 para vivir

También acaba de pasar Antonio, un enfermo crónico que a sus 58 años de edad depende de una máquina y una botella de oxígeno para poder respirar. En casa, su vida se limita a un sillón y a una cama. Solamente sale en ambulancia para ir a urgencias cuando empeora. Trujillo es la médico que lo atiende y teme el peor de los desenlaces. Habla con la mujer y el hijo, que son muy conscientes de que cualquier día no regresará al hogar. Saben que el corazón y los pulmones de Antonio son casi inservibles y que no hay cura para ellos. Ruegan insistentemente a los médicos que le eviten sufrimiento, mediante sedación, llegado el momento final. Pero Antonio lucha sin descanso. Pide a Trujillo que aumente las presiones del respirador, o hace gestos a la enfermera para avisar de que se escapa demasiado aire por la enorme mascarilla que ocupa casi toda su cara. Un médico veterano lo observa a cierta distancia: «Este hombre no está dispuesto a entregar la cuchara. Después de tantos años en esto, aún me asombro de la condición humana», comenta con varios compañeros.

Los problemas se multiplican 
y los ingresos se suceden 
en cortos periodos de tiempo

La jornada está siendo intensa, los problemas se multiplican y los ingresos se suceden en cortos periodos de tiempo, como el de Ismael, un joven médico con un tumor cerebral de mal pronóstico, a juicio del neurocirujano de guardia; o como Pat, una inmigrante nigeriana que acaba de sufrir un ictus que le paraliza el lado derecho del cuerpo y le impide hablar, lo que dificulta aún más su relación con el personal sanitario porque ni siquiera en inglés es posible comunicarse con ella, ni sus familiares les valen como intérpretes. En esas están cuando un equipo del 061 irrumpe en la sala de críticos con un enfermo en estado de agitación extrema. Se llama Manuel, tiene 68 años, es ingeniero y ocupa un destacado cargo público. Su presión arterial ha subido tanto esta mañana que ha afectado seriamente al cerebro y el corazón. Quiere tirarse de la camilla, intenta arrancarse la vía venosa; mira al personal con los ojos muy abiertos, con cara de espanto y expresión de terror, como si estuviera ante un aquelarre que no llega a comprender. Se necesitan varias personas para sujetarlo. Los potentes sedantes solo sirven para calmarlo durante unos minutos. Cada vez respira con mayor dificultad. Finalmente, los médicos no tienen más remedio que intubarlo y conectarlo a ventilación mecánica. La tensión es máxima. No resulta fácil, y durante el procedimiento sufre una parada cardiaca que consiguen reanimar. Dos horas después ingresa, estabilizado, en la UCI. Su familia y sus compañeros aún no pueden digerir ni entender cómo Manuel, que salió por la mañana de casa y llegó a su oficina como todos los días, yace ahora sedado y rodeado de tubos y máquinas.

María del Carmen espera 
un trasplante hepático
«como agua de mayo»

La asistencia de Manuel ha retrasado la punción abdominal de María del Carmen. Le han diagnosticado recientemente un raro tumor hepático y su hígado funciona bajo mínimos. Acumula líquido en el abdomen y cada dos o tres semanas hay que extraerle varios litros para que pueda moverse y respirar desahogadamente. Madrileña de 40 años y afincada en Málaga con su madre y una hermana, María del Carmen está en lista de espera para trasplante, la única solución posible que aguarda «como agua de mayo». Hasta que ya no pudo seguir, trabajó como dependienta en una tienda de ropa. A pesar de la delgadez y del color amarillento de la piel, sus vivos ojos y su cara amable permiten entrever un fondo de dulzura y fortaleza al mismo tiempo. Tanto ella como su madre no tienen suficientes palabras de agradecimiento: «En Málaga nos acogieron muy bien y estamos muy contentas. Tenemos mucha confianza en los médicos de este hospital y estamos muy agradecidas por el trato que nos dan todos. Ojalá salga pronto lo del trasplante, porque vivir así es muy duro». Una ola de emoción recorre la improvisada tertulia con los médicos, y madre e hija no pueden contener algunas lágrimas que logran aflorar. María del Carmen no teme a una intervención tan complicada como un trasplante de hígado; solo piensa en vivir, vivir y vivir. En la muñeca izquierda tiene tatuada una pluma india, «la que me da suerte», dice con una sonrisa de esperanza. La noche ya es cerrada y es hora del tratamiento si quiere dormir en casa. El médico de guardia, Valero, localiza la zona, pone anestesia local e inserta un catéter en el abdomen, por el que comienza a fluir un líquido ambarino hasta completar casi cinco litros. «¡Ya se me notan las costillas!», dice la paciente, encantada por el alivio. Se marcha de alta con cinco kilos menos y la determinación de luchar intacta.

A cama caliente
«Señorita, ¿aquí es que no dan ni un cafelito para desayunar?». Con una voz ronca, cavernosa, la anciana de 86 años pide algo caliente que echarse al estómago. María ha pasado toda la noche en Observación por un problema respiratorio. En su hoja de tratamiento se indica que no se le dé alimentación «hasta nueva orden». Silvia, su enfermera, explica que es una medida de precaución muy usual, en previsión de que algún vómito pueda ocasionar mayores complicaciones. Su evolución ha sido buena y el médico levanta la prohibición. El pelo teñido de negro delata una coquetería que tantos años no han podido vencer. Sus ojos claros y vivarachos parecen los de una niña y contrastan con las profundas arrugas de la cara. A cualquiera que se dirige a ella advierte: “Soy sorda total, tengo que verte los labios para entenderte”. Con mímica y signos manuales, el médico le comunica que se va de alta y María estalla de alegría. Vive en una residencia desde hace 15 años. La recoge el director porque no tiene familia. Confiesa que el domingo votará «a los socialistas». Su simpatía ha calado en el personal y se marcha entre besos y abrazos.

Cuando no hay camas
en Observación, los enfermos
permanecen en camillas

La cama que deja María es una de las pocas que quedan libres para admitir nuevos pacientes. Una vez estabilizados, los enfermos que esperan para pasar a planta permanecen demasiado tiempo en Observación porque los ingresos se demoran muchas horas. «Así llevamos toda la vida y la Dirección no asume el problema ni hace nada por darle solución», protesta Andrés, el médico de guardia. Bien entrada la tarde, las 23 camas están ocupadas y hay varios enfermos que se mantienen en camillas porque no hay otro remedio. Uno de ellos tiene una perforación intestinal y necesita cuidados especiales hasta que vaya a quirófano. «Estas cosas son las que nos provocan un estrés innecesario porque nos vemos impotentes ante asuntos cuyo arreglo no está en nuestras manos», dice Andrés. Reme, una de las enfermeras más antiguas en el servicio, comenta que está habituada a trabajar «a cama caliente, uno tras otro», y que eso no le afecta mientras haya una para cada paciente, «pero cuando hay que tenerlos en camillas sufro por ellos y porque ya no somos suficientes para atenderlos a todos como es debido, es imposible», añade indignada.
Han pasado las 12 de la noche y aún están llevando enfermos a las plantas del hospital. Aquellos para los que no se ha podido conseguir cama pasarán a Observación en espera de alguna, al día siguiente, y así la rueda nunca cesa de girar. Un celador regresa de uno de esos traslados visiblemente alterado: «Los familiares de un paciente de la cuarta planta se han puesto como unos basiliscos conmigo porque dicen que estas no son horas de llevar a ningún enfermo, ¡como si yo tuviera la culpa!».

Cena de sábado
«Aquí, 24 horas se hacen muy largas —dice Marta, MIR de segundo año—. Salvo una hora para el almuerzo y otra para la cena, se trabaja sin descanso. Puede que en algunos momentos del día haya algún tiempo de respiro, pero son los menos».
La cafetería-restaurante es de una empresa privada contratada por el hospital, que es el que cubre el importe del menú que se ofrece a los médicos de guardia y al personal que tenga algún turno especial, para el almuerzo y la cena. Es un amplio recinto ubicado en el pabellón A, que da a la calle a través de unas modernas cristaleras verdes que producen un extraño contraste con el viejo edificio de mediados del siglo XX. Aunque está dividida en dos zonas, una para el público y otra para los trabajadores, en épocas vacacionales, sábados, domingos y festivos, solo funciona una —común para todos— porque no contratan personal suficiente para atenderlas por separado, a pesar de que funciona como un bufet. Este hecho resulta desagradable para algunos médicos, como Eduardo: «No me hace ninguna gracia comer al lado de una familia a la que acabo de dar una mala noticia o con la que he podido tener cualquier desencuentro, o simplemente que vengan a preguntarme algo mientras ceno. ¡Ni en la mesa vamos a poder desconectar!».
Los turnos de cena son dos, cada uno de una hora, entre las nueve y las once de la noche. Los médicos se reparten en dos grupos iguales para no dejar desasistido el servicio de urgencias. Algunos prefieren salir a algún establecimiento cercano, pero son los menos. La satisfacción, en general, con respecto a la calidad de la cocina, es baja. Se quejan de que ponen demasiados fritos, platos muy aceitosos y poca variedad. «Bueno, al menos en Nochebuena nos pusieron un menú especial que no estuvo nada mal», recuerda Marta. Más que la comida en sí, el significado de esos sesenta minutos es el de un descanso después de seis o siete horas de trabajo casi ininterrumpido y bajo presión. Es una hora de escape, de evasión. Sentados a la mesa en pequeños grupos, junto a la gran cristalera que les muestra la calle, los médicos se cuentan las anécdotas del día, comentan las incidencias de la guardia o, simplemente mantienen conversaciones triviales. Aprovechan también esos momentos para telefonear a sus parejas y familias. Cuando terminan, se levantan perezosamente y emprenden el regreso al tajo con paso cansado. Aún les queda toda la noche.

«Rodeada de ángeles»
Josefa es una mujer muy religiosa. Tiene 85 años pero se conserva muy bien. Vive sola y presume de tener muy buenas amigas que la cuidan como si fueran sus hijas. Esta mañana salió con dos de ellas para asistir a un acto litúrgico en la catedral, pero un inoportuno bordillo se ha interpuesto en su camino, dando un traspié que le ha provocado una aparatosa caída, un golpe en la cabeza y una pequeña herida. Le cuenta a Raquel, la MIR que la atiende, que a esas tempranas horas del domingo no había casi nadie en las calles, pero cuando se recuperó del aturdimiento se vio rodeada de personas que querían ayudarla. «Yo tengo algo que me ampara», dice con convencimiento. Josefa se siente muy agradecida por el trato del equipo que la ha atendido en la calle y que después la ha trasladado al hospital. «El escáner de cráneo no muestra ninguna alteración y el golpe no tendría mayor trascendencia si no fuera porque usted toma un tratamiento anticoagulante, que puede ocasionarle una hemorragia en las horas siguientes. Por eso es necesario que se quede ingresada en observación hasta mañana, en que le repetiremos la prueba», le explica Raquel. La anciana arranca a llorar porque todo esto le pilla de sorpresa, pero entiende las explicaciones y acepta la indicación. Rosa, la enfermera, y Raquel tratan de consolarla. «Estoy rodeada de ángeles», exclama Josefa con un profundo suspiro.

Regalos de Reyes
«Iba sin casco y se ha comido el coche», dice el médico del 061. Antonio tiene un fuerte trauma craneal, está inconsciente y respira de forma jadeante. La sala de críticos es un hervidero, demasiadas voces. El médico más veterano impone silencio y da órdenes. Intuba al paciente y lo conecta el respirador. El equipo sale con el paciente hacia la sala de radiología. El estudio revela graves lesiones craneales, un trauma torácico severo y una rotura del bazo. Le ponen sangre para recuperar la que ha perdido y la que sigue perdiendo. Los cirujanos deciden que hay que intervenirlo. Va a quirófano, la cirugía es exitosa, sale sin complicaciones y después ingresa en UCI para continuar los muchos cuidados que requiere.
Teresa se estabiliza, sigue consciente, deja de vomitar y el dolor de cabeza es más suave. Un escáner de control muestra que la hemorragia cerebral no ha aumentado de tamaño y, de momento, no se plantean operarla. Pasa la noche aceptablemente, en espera de ingresar en planta al día siguiente.
Quince días después, ambos se recuperan, ya fuera de peligro. Han tenido un buen regalo de Reyes.

Han sido siete días en urgencias, un lugar en el que el tiempo parece que se enseñorea sobre todos y se declara independiente hasta de las manecillas del reloj. Un tiempo demasiado veloz para unos y para según qué cosas, un tiempo insoportablemente lento para otros y otras. Muchos corren para poder hacer diligentemente su trabajo, pero les faltan horas; otros protestan airadamente porque les sobran. En urgencias, la palabra ‘cuándo’ es un adverbio interrogativo cuya respuesta suele ser desconocida. En urgencias se vive con intensidad bajo una blanca luz que no deja ni una sola sombra.
                                                     
                                                               ...

Este reportaje fue presentado como examen final de la asignatura Géneros Periodísticos de Interpretación y Opinión (3º de Periodismo-UMA), obteniendo la máxima calificación y matrícula de honor.




4 comentarios:

  1. Pura realidad. Así se vive.

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  2. Respuestas
    1. Muchas gracias, José Carlos. Quizá lo que más me costó al escribirlo fue tomar una mirada alejada de mi piel de médico. El reportaje es el género grande del periodismo y estoy satisfecho de este. Un abrazo.

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