lunes, 3 de septiembre de 2012

Así nos luce el pelo




La culpa es siempre de los otros


Héctor Muñoz. Málaga

No hay más cera que la que arde. La misma que lleva ardiendo durante todos los siglos que han forjado este ser español: no solo es la España de pandereta que amó y padeció Machado; es la de “mi equipo es el mejor del mundo”, aunque pierda siempre; la de “al enemigo no le doy ni agua”, y mucho menos la razón, aunque la lleve; la de “mi niño es el mejor hijo del mundo y el más guapo”, aún sabiendo que el pollo es un haragán profesional que tiene a la madre como criada y trapichea en las puertas de las discotecas para sacar lo que no le roba del monedero, además de ser físicamente lo más parecido a un gremlin malo; o la de “no cambio mi ciudad o mi barrio por nada del mundo” mientras se sortean con habilidad las mil y una cagadas caninas en aceras y parques, dando gracias a Dios cuando se pisa una, porque eso “da suerte”. Y al que se le ocurra hacer la más mínima observación crítica del equipo, del niñato, de la ciudad o del barrio, pasa automáticamente a la lista negra. O conmigo o contra mí. No querer reconocer errores y defectos ante los demás, por evidentes que fueren, no aceptar una crítica ajena justificada, no decir jamás: “señores lo he hecho mal”; es la España de siempre, turbulento río en el que se diluye la responsabilidad, en el que la culpa siempre es del otro.

La casi total desaparición del ejercicio autocrítico en el panorama político español, nacional y autonómico, conforma un estado latente de polaridad miope, cuando no premeditadamente organizada, que frena cualquier avance social. La autocrítica y el debate interno han sido, o al menos lo han pretendido, señas de identidad de la “izquierda” española. No obstante y sin término medio, estas sanas discrepancias pasaron de ser insalvables, en la Segunda República y aún durante buena parte de la Guerra Civil, a insignificantes en los tiempos que corren. Los intereses de partido, los cargos y los escaños han tomado descaradamente el lugar de las ideas. En cuanto a la “derecha”, no necesita ningún tipo de análisis porque se retrata sola a plena luz del día defendiendo los intereses del dinero y el paquete de “valores morales” heredados del feudalismo, el poder eclesiástico y la burguesía conservadora.

         Con todos los defectos y carencias que se le puedan atribuir, no parece que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, sea sospechoso de conservador. Por ello, sorprenden sus duras críticas públicas “a algunos gobernadores y alcaldes de su propio partido que han fallado en sus compromisos con los electores”, convirtiéndose por ello en “el primer opositor”, según sus propias palabras (Ignacio Ramonet, Le Monde Diplomatique en español, agosto 2012). El tiempo dirá si son manifestaciones populistas -que lo son- o se traducirán en decisiones firmes que releguen al ostracismo a aquellos que no respetaron las promesas electorales.

Independientemente de ello, tal declaración supone una pequeña lección desde la otra orilla del Atlántico para la coalición teóricamente más progresista del abanico político andaluz, Izquierda Unida (IU), y su decisión de participar en el Gobierno autonómico, avalada por casi todos sus militantes en un referéndum de resultados más que predecibles. Desde ese momento, callaron las voces del “ala dura” del partido, y solo su cabeza visible, el diputado y alcalde de Marinaleda, Sánchez Gordillo, mantiene el espejismo mediático de una lucha social trasnochada. Trasnochada porque el siglo XXI acaba de amanecer -muy nublado, por cierto- y la noche de broncas y juergas del XX ya terminó. Hambre y miseria hay para parar once trenes. El debate en la sociedad sobre riqueza y pobreza lleva instalado en ella toda la vida, por mucho que ahora el vicepresidente de la Junta de Andalucía, Diego Valderas, quiera actualizarlo para justificar asaltos a supermercados. Ni Valderas ni Gordillo ocupan sillón por los votos de los 5.000 carnets que dijeron sí para que pudieran sentarse cómodamente a participar en la lapidación de la clase media que es la que mantiene, con su trabajo y sus impuestos, este cotarro.

Porque a ver de dónde sale la pasta para parados, pensiones, salud y educación para todos y todas. Hasta para sus propios sueldos. Y en vez de darles traca a los que declaran millones de renta y ganancias anuales -que seguirían viviendo como sultanes con menos de la mitad de lo que poseen- exprimen a los que tienen una nómina fácil de atracar con un simple decreto. Lo más curioso es que entre éstos -profesionales de todo tipo, muchos con trabajos de gran responsabilidad- hay votantes de IU. Han olvidado que están donde están por más de 400.000 papeletas y no solo por sus 5.000 militantes. Cómplices de la política servil de Griñán y compañía, se parapetan tras la barricada del no pasarán; pero como ya han pasado, la culpa es de todos menos de ellos. Y no sueltan la poltrona ni con agua hirviendo, en vez de decir: “la hemos cagado y nos piramos a la oposición de verdad, la que nos corresponde, que para palmeros ya hay muchos”. No. Ahí siguen, tragando carretas y carretones, con una jeta de cemento armado, contribuyendo con su ciega cobardía política -y sus intereses- al derrumbe del entramado social que tanta tinta, talento y sangre han costado para poder medio ensamblarlo. Prefieren ser abejorros zumbones que moscas cojoneras. Prefieren hacer la vista gorda ante la red clientelar que tiene montada la Junta (mientras entonan la Internacional con el puño en alto -da igual que sea el diestro o el siniestro-) y conseguir una buena foto, que protestar ante los puestos a dedo en la administración y el imperio del mérito político frente al del trabajo y el estudio. Prefieren, en definitiva, robar comida que atracar librerías, porque tampoco tienen gran interés en que el pueblo esté bien formado e informado. Se les cae el chiringuito, como ya se les ha caído varias veces.

No es de extrañar, por tanto, que todo aquél que discrepe de la gestión política de la “izquierda” sea tachado de facha impresentable. Pues miren ustedes, griñanes, valderas y gordillos: el peor mentiroso es el que miente a los que no tienen otra opción que creerlos. El peor lobo es el que se disfraza con un vestido rojo. Y mire usted señora: su hijo es un delincuente feísimo, su equipo es malo a reventar, su ciudad apesta y su barrio es un auténtico estercolero.

Usted no tiene la culpa: la tienen los demás.

martes, 21 de agosto de 2012

Diez clichés para una felonía

Diez clichés para una felonía

Héctor Muñoz. Málaga

Una jugada perfecta. Una cortina echada que oculta una ventana tapiada: al descorrerla solo deja ver los ladrillos desnudos, pero no lo que hay detrás de ellos.

A fuerza de ver, oír y leer todo lo relacionado con la situación política y económica que padecen en estos momentos millones de personas que hasta ahora creían gozar de cierta seguridad y estabilidad dentro de sus diferentes niveles adquisitivos, se tiende a dar por bueno todo un discurso, preñado de tópicos, que intenta explicar las causas y las soluciones. Falaz, malintencionado y armado con un arsenal de argumentos vacíos de contenido, trata de convencer a los ciudadanos -y muchas veces lo consigue-, no solo de lo inevitable de los acontecimientos, sino de la cuota de responsabilidad que aquéllos tienen sobre éstos.

Se abre el telón. El “Estado de bienestar” como el gran logro de las democracias liberales surgidas en la segunda mitad del siglo XIX al amparo del capitalismo emergente. Una ilusión vendida como cualquier otro producto del mercado, un amargo caramelo con sugerente envoltorio: un pisito acogedor, un buen coche, el plan de pensiones o un viaje a las islas más exóticas del Pacífico.
Todo ello, claro está, a cambio del trabajo diario de toda una vida para poder pagar las deudas y sus intereses. Felicidad al alcance del bolsillo, espejismo para las clases medias y utopía para los expoliados del Sur: el bienestar duradero solo ha sido, y es, una realidad tangible para los poderosos y su tupida telaraña de empoderados.

La “crisis financiera de la deuda”. ¿La deuda de quién? ¿Dónde están los acreedores, cómo se llaman? Pareciera que una crisis económica es como un maremoto, un huracán o un meteorito destructor; como si estuviera determinada por la naturaleza o el cosmos, sobrevenida del azar o de leyes imponderables.
Ha habido muchas crisis, como la del 29. Después de haber destrozado la vida de cientos de miles de personas confiadas y estafadas, los arruinados magnates volaban sobre el vacío de Wall Street antes de reventarse contra el duro asfalto neoyorquino. Éstos, al menos, tuvieron las agallas de desafiar al vértigo.
Sus herederos aprendieron bien la lección y han abandonado esa desagradable práctica: se asignan sueldos y pensiones vitalicias de millones de euros que premian su meritorio esfuerzo. Que lo de inmolarse ha pasado de moda y se manchan los trajes. Después, los buitres planearán ostentosos sobre la carroña que ellos mismos han dejado.

Las tres siguientes escenas arrancan con máscaras y son protagonizadas por aquellos 'elegidos libremente por el pueblo' para representarlo en el aparato institucional. La gran coartada. Los que gobiernan ahora piden sacrificios a los ciudadanos para salvarlos de la crisis. Sin esperar respuesta, decretan una serie de agresiones sociales de curso legal llamadas 'ajustes' o 'recortes'. Se muestran convencidos de la comprensión y de la generosidad de los ciudadanos. Y les piden sus votos.
Los de la oposición —que ya hicieron y dijeron lo mismo cuando les tocó gobernar— brotan con rabia ante tamaño atropello. El nudo de la trama se va apretando con advertencias apocalípticas que encogen el corazón de los espectadores. Y les piden sus votos.
Llega el momento de los actores secundarios: aquellos a los que se les atribuyó el histórico papel de adalides y garantes sin par de los inalienables derechos de los trabajadores, pobres y excluidos; es la parte cómica de la obra: aferrados al sillón que la voluntad popular les ha prestado, despotrican del resto, y solo se levantan para hacer payasadas simbólicas. Y les piden sus votos.
Todos ellos, y con un guión muy bien ensamblado, maman de las mismas tetas, la derecha y la izquierda. Y porque solo hay dos. El público asistente ríe a carcajadas con estos malos actores, aunque expertos mamones, y ríe por no llorar. Tras este jocoso impasse, un creciente rumor se va adueñando de la acústica de la sala: los asistentes empiezan a no saber de qué parte inclinarse. Dudan, confundidos.

Se acerca el desenlace. Pero antes queda tiempo para lamentar “el estallido de la burbuja inmobiliaria”, como otro fenómeno natural ajeno a la codicia y a la maldad. Tratan de convencer de que éstas son cosas del destino y que nada tienen que ver con la premeditada usura de prestar plata envenenada a sabiendas de que no podrá ser devuelta. Un inocente error de los banqueros, el de confiar y conformarse con dos nóminas o un aval cualquiera, para poder financiar la felicidad de sus clientes y contribuir a un mundo perfecto. Un mundo encerrado en una esfera de cristal, llena de casitas y nieve, que se agita cuando un niño la sacude.

Como padres admonitores sentencian: “habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”. Malos, que sois unos nenes muy malos. Malos, malos, malos. Unos azotes en el culete y pelillos a la mar, que aquí no ha pasado nada. Los papis y las mamis, rara vez dan malos consejos: “Hay que recuperar la confianza de los mercados”. Los “mercados” son caprichosos y volubles; hay días que se despiertan torcidos, bajan la bolsa y suben la prima de riesgo. Son así de sensibles. Si no hay castigo se enfadan, y si alguien patalea se mosquean mucho más. No hay de qué preocuparse, porque “vamos a estimular el crecimiento”.

Último acto. La víctima, descamisada, y el verdugo, de etiqueta, frente a frente. Al fondo, una misteriosa cortina. “Son medidas dolorosas pero no hay otra opción”. El rumor ya es clamor: el público se levanta de los asientos y sube en tropel al escenario.
Paralizado, al tramoyista ni se le ocurre bajar el telón. Por la cuenta que le trae. Los primeros en pisar las tablas se aplican en dar lo suyo al del frac y la chistera, a base de bien y sin intereses. Otros se emplean sin contemplaciones con cada felón que les sale al paso. Al fin, descorren la cortina dejando desnuda una falsa ventana sellada con ladrillos que caen como fichas de dominó en cuatro patadas.
Asomados a ella contemplan un gran jardín luminoso con enormes árboles bajo cuya sombra retozan gozosos los mercados y los mamones, entre música de cámara, buenos caldos y las mejores viandas de importación.

Se miran unos a otros. “A por ellos, que son pocos y cobardes”.
Ahora sí se cierra el telón.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Una de huevos




De huevos rellenos y blancos errados

Héctor Muñoz. Málaga

La impotencia de muchas personas que padecen la crisis las lleva a buscar un cabeza de turco en cualquier lugar. Ante la imposibilidad de desahogarse con los responsables del malestar que invade la sociedad de hoy, arremeten contra el primero que les contraría. Los trabajadores del sector “servicios” son un blanco fácil.


Traspasar la puerta que separa los 42 grados de temperatura callejera del oasis con aire acondicionado que ofrece fría cerveza y tapitas recién hechas, es un trance psicodélico, lo más parecido a un orgasmo y casi siempre mucho más barato. En esas se encuentra el hombre que acaba de entrar al bar con la única preocupación de elegir su deseado tentempié: “Buenas tardes, ¿me pone una caña grande de cerveza y una tapita de huevos rellenos?”. Con una mirada que pretende ser cómplice y solidaria, el camarero suplica paciencia al recién llegado porque está atendiendo la reclamación verbal de una indignada señora que, a voces y con una clara intención de dar el cante para ser oída, es decir, de provocar un espectáculo, solicita nombre y apellidos del chico contratado que un día antes la había invitado a cambiarse de mesa: “porque a mi no me humilla nadie”.
         El meollo del tema era, según pudo saberse, que la ciudadana -más cerca de los 70 que de la juventud, muy pintada y arreglada-, habíase sentado en una mesa para seis, y el camarero, ante la demanda de una familia que quería comer, la puso en otra para dos. Tal afrenta merecía una respuesta al día siguiente.
Y allí se encuentra la descendiente de fenicios, romanos, moros y cristianos, hecha una quilla rompedora, pidiendo nombre y apellidos del osado empleado mientras sorbe un refresco de limón; no solo ha conseguido la atención del público presente: acaba de ganarse su antipatía. Por maleducada y corralonera.
Al otro se le están atragantando los huevos. Rellenos. A un metro escaso de distancia, la pesada erre que erre. Como si se tratara de un acuerdo tácito, el resto de clientes simulan no oír nada mirando al limbo. La otra, consciente del poco tirón de su discurso, decide la carga definitiva con toda su artillería: “porque si no fuera porque mi marío está ingresado en el hospital…”. Ni por esas. Silencio, se rueda. El encargado, condescendiente, le desea una pronta recuperación. Al pobre marido.
Un hombre ya mayor, cliente habitual de éstos que ya tienen puesta la copita de rioja antes de sentarse, susurra por lo bajini: “qué pesada, por Dios. Yo soy el enfermo, y no me voy del hospital si no me saca una grúa”. El de los huevos, rellenos, lo mira de soslayo queriéndole decir: “como te oiga, el que va a salir de aquí, pero con los pies por delante, vas a ser tú”. Oído, cocina.
            

Crónica de un éxodo

Médicos sin techo

lunes, 13 de agosto de 2012

Una de ratas




Réquiem por un inocente


Héctor Muñoz. Málaga


Una sombra menuda, casi inadvertida a ras del suelo y pegada al tabique que separa los retretes de la entrada a la cafetería, se desliza rápida y silenciosamente hasta el rincón que forma el quicio de la salida, en el que se parapeta sin atreverse a ir más allá. El diminuto roedor de fina y larga cola, tan gris como su pelaje, mira al gigante de verde que lo acaba de descubrir, intentando adivinar sus intenciones al tiempo que su instinto procesa matemáticamente las posibles vías de escape; se siente acorralado en un ángulo de noventa grados sin posibilidad de retorno a la madriguera que nunca debió abandonar un lunes a las ocho de la mañana en un hospital que comienza a poblarse de seres humanos, sus peores enemigos.
         El ratón o rata pequeña -que no es lo mismo pero se parecen mucho- observa aterrado a esa mole de poco más de metro y medio de altura con pijama de trabajo y zuecos de plástico, que se acerca para poder verlo mejor. Con una mirada enternecedora, el múrido, paralizado de terror y negros presagios, suplica clemencia y un juicio justo: él solo intenta sobrevivir picoteando lo que puede en la despensa del restaurante, royendo la mercancía que después sirven a sus clientes, jugándose la vida a la que barrunta horas contadas. Sus dilatadas pupilas alegan en desesperada defensa que las verdaderas ratas -las de dos piernas- habitan impunemente instaladas en cómodos despachos con aire acondicionado, que la Medicina es lo que es gracias a sus primos de color blanco, torturados en siniestros laboratorios y sacrificados en aras de la Ciencia. Y que no le vengan con la alarma social que un ratoncillo -o ratilla bebé- puede provocar en un servicio sanitario público, como coartada para aplastarlo inmisericordemente. Que para alarmarnos ya tenemos a políticos y a sus cadenas de mandos designados digitalmente, auténticos parásitos depredadores, sectarios y corruptos por naturaleza. Sin abogado defensor, termina su silencioso discurso recordando la felicidad que un tatarabuelo suyo llamado Mickey llevó, y aún lleva, a millones de niños en todo el mundo.
Pero ni por esas: “no debiste cruzar el Mississippi, forastero”. El chivato de verde vuelve sobre sus pasos y advierte al camarero en voz baja -para evitar escándalos- de la presencia del pequeño intruso: “niño, en la puerta hay un ratón (o una rata pequeña)”. Lejos de sorprenderse, al camareta se le ilumina el careto: “¿Sigue por ahí? Ayer se nos coló debajo del mostrador y no pudimos matarlo. ¿Dónde está?” Con desmesurado interés, abandona la plancha con los bollos tostándose y sale para comprobarlo. “Míralo, el hío puta, Pacoooooo -volviéndose a su compañero- ¡ya lo tenemos!”.
         Convencido del inminente final, el delator abandona apresurado la escena de un crimen que está a punto de perpetrarse. Ya es tarde para arrepentirse. Van a darle matarile al bicho para que deje de mordisquear la lechuga del menú, cagarse en el arroz tres delicias u orinarse agustito entre la verdura congelada. Poco orgulloso de su conducta rastrera, el puto Judas, el miserable, se consuela con la idea de que el ratón (o la ratita) haya podido escapar a la escoba asesina.
         En el subsuelo, otras camadas se preparan para emerger y perpetuar su ciclo vital. Varios niveles más arriba, 200 o 300 metros al noroeste, las grandes ratas, oscuras, gordas y repugnantes, campan a sus anchas. Y a éstas ¿quién las mata?

miércoles, 8 de agosto de 2012

Una de bandoleros




Bandoleros, petardos y comediantes

HÉCTOR MUÑOZ. Málaga
8 de agosto 2012

Reeditado 15 de octubre 2018


Ríanse de las tracas y mascletás levantinas. Agosto de 1983. Fiestas patronales en El Burgo, pueblo serrano de la provincia de Málaga. Es el día grande. Toda clase de petardos y cohetes estallan estruendosamente desde que asoman los primeros rayitos de sol. Si allí no pasan más cosas es porque san Agustín no quiere.

No ha necesitado que suene el despertador para brincar de la cama bañado en sudor. Para eso ya están los madrugadores mozos y sus ruidosos fuegos de artificio. El joven médico está avisado de la que se le avecina. Es su primer trabajo. Su primer contrato. Quince días como sustituto y 2.000 almas para él solito. Hecho un pincel, limpio y repeinado, el bisoño heredero de Hipócrates espera en la plaza de arriba la llegada de la procesión con su temible regimiento de artificieros. Hay otra procesión pero solo es suya y va por dentro.
Ya asoma el Santo coronando la última cuesta. El pipiolo aguanta el tipo aferrado a un vetusto maletín negro con cuatro aspirinas y alguna fruslería más. Mientras el fervor popular crece y toma cuerpo, los devotos de la pólvora se asientan en sus posiciones de combate. Resulta que tradicionalmente hay dos grupos rivales de, digamos, cofrades que durante todo el año viven en sana armonía y son coleguitas, pero en el día de san Agustín no hay ni amistades ni contemplaciones que valgan.
La batalla ha comenzado. Los litigantes cambian el lógico despegue vertical de los cohetes, que ya no miran al cielo, por una trayectoria mucho más horizontal que busca a los contrincantes. Así, directamente. Tonterías las justas. Las madres apartan a los niños y los mayores reculan a posiciones de seguridad. Se conocen el cuento de memoria. En menos de un suspiro se hace un vacío en la plazuela, que comienza a desdibujarse entre el humo de las estelas y el jaleo ensordecedor de los artilugios pirotécnicos. Es Sarajevo en plena Andalucía, pero de buen rollito.




En el caos se adivina una bonita camisa azul de seda que no para de moverse; es la del galeno, que cruza varias veces de lado a lado del ruedo para poder atender a los heridos —afortunadamente leves— en esta orgía de fuego. A pesar de ir encogido y agachado en cada una de las carreritas, le parece oír los zumbidos —fiuzzzzzssssss— cada vez más cerca del cogote. Para mayor escarnio, el médico suplente de El Burgo tiene que oír comentarios como “¡uyyyy, por poco no le daaaa!”, seguido de “¿recuerdas el año que le dieron a don José?”. ¡Qué fácil es ver los toros desde el tendido, mamones!
El Burgo es un maravilloso pueblo de la Serranía de Ronda. Es de gente buena, acogedora y orgullosa de ser la cuna de Pasos Largos, aquel prófugo convertido en bandolero legendario. Burgueño y nacido con la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena, “el último bandolero” murió asesinado durante la Segunda República cerca de donde nació: en la Sierra de Las Nieves. Sobre don Juan Mingolla Gallardo, alias Pasos Largos, corren muchas leyendas. La idea del fuera de la ley que roba a los ricos para dar a los pobres ha sido manidamente utilizada en el cine, la literatura y la política. Quizá fue el último romántico incondicional de los códigos de honor y de la justicia social. Quizá todas estas cosas fueron banalidades para él. Lo que sí es seguro es que su prioridad fue sobrevivir en tiempos difíciles y hostiles.


Pasos Largos con una cruz de Caravaca

Busto dedicado a Pasos Largos en El Burgo, su pueblo natal
            

La penúltima representación apócrifa de este drama histórico la ha escenificado el mediático dirigente comunista Juan Manuel Sánchez Gordillo, parlamentario por IU, alcalde y líder sindical. Con un puñado de adeptos y un arrojo insospechado, ha violentado a las cajeras de un hipermercado para mangar por la cara una calculada cantidad de género destinada a familias en crisis. Pañuelito palestino y megáfono en mano, el astuto líder se ha ocupado de despistar a los policías en una estratégica maniobra de distracción. El vicepresidente de la Junta de Andalucía, el docto Valderas, ha remarcado el «carácter simbólico» de la acción, que «abrirá un debate necesario en la sociedad sobre la riqueza y la pobreza». Como si esto fuera una novedad para la Humanidad. Los Goldman Sachs, Morgan Stanley y compañía están al borde del suicidio.

Lo que tienen que hacer Gordillo, Valderas, Griñán, Arenas y todos los demás, es dar gracias a la Historia porque los ha situado en un tiempo diferente al de Pasos Largos; de no haber sido así podrían estar ya criando malvas con otros muchos que bienviven de la política a costa del personal. Que no tienten a la suerte. Que los personajes también se repiten. Que mañana le puede tocar a Ferraz, Génova, Olimpo o Moncloa. Que cuando en esta España iracunda se rompe la baraja cae hasta el más pintado. De frente o por la espalda pero cae, vive Dios.


Ajeno a su propio futuro, el recién licenciado en Medicina y Cirugía, feliz superviviente en San Agustín, se regala al atardecer varias cerveza frías y unas aceitunas partidas. El aire serrano le reconforta más que nunca. Cómodamente sentado en la puerta de El Chozo —el bareto más retirado del centro del pueblo— saluda a un grupo de ancianas que regresan de su paseo y susurran al verlo. En pocos días cumplirá su contrato. No sospecha que volverá más veces ni que será un invitado de honor a comer arroz con conejo bajo el frescor de La Fuensanta, junto a sus nuevos amigos burgueños.

Un extraño movimiento en el quejigal cercano fija su atención de repente. Le ha parecido ver una sombra alargada deslizándose furtivamente entre los quejigos; una sombra tan fugaz que no le ha dado tiempo a poder seguirla. Cree que todo es producto del cansancio de la jornada y de los efectos de la cerveza.

No sabe ni sospecha que Pasos Largos anda por allí en su ronda vespertina■




Noticia de la muerte de Juan Mingolla por disparos de la Guardia Civil en la revista La Estampa



Entrevista a Pasos Largos en la revista La Estampa realizada menos de un mes antes de su muerte









domingo, 5 de agosto de 2012

Una Junta muy golfista (carta publicada en el diario Sur)

Una Junta muy golfista

La noticia aparecida en el diario El País sobre la petición del consejero andaluz Rafael Rodríguez (IU) al Gobierno central para que no aplique la subida del IVA en los campos de golf causa, cuando menos, sorpresa a cualquier ciudadano medio con otras aficiones

Héctor Muñoz. Málaga

La Junta de Andalucía considera “catastróficas” las consecuencias de la subida del IVA para el sector del golf. Su consejero de Turismo y Comercio, de IU y exsecretario provincial del Partido Comunista de España en Málaga, Rafael Rodríguez, ha pedido por carta al Gobierno de Rajoy que se exima a los campos de golf de aplicar esa norma.
         La crisis tiene también estas cosas: no cesa de proporcionarnos motivos para el estupor o la hilaridad. Muchas cartas va a tener que escribir Rodríguez para defender, por ejemplo, también a los consumidores de espectáculos culturales y a los trabajadores de esos sectores, que por otro lado son muchos más. A no ser que eso no lo considere catastrófico.
         El golf está de moda. La memoria colectiva siempre ha asociado este deporte a la burguesía y a las clases altas; aunque esta relación va diluyéndose con los años y su mayor popularización, en los barrios obreros aún se juega bastante más al fútbol, y con suerte salen de ellos más caddies que golfistas.
La sorpresa puede convertirse en carcajada al leer la preocupación de la Mesa de Turismo por este problema: sus componentes (CC OO, UGT y la Confederación de Empresarios de Andalucía), según el consejero, apoyan la petición oficial; patrones y sindicatos en un frente común para salvar el green, el par, el putter o el swing, oye.
Si a Marx, Iglesias o Camacho le hubieran contado que en el futuro sus herederos ideológicos vestirían pantalones de cuadros para intentar un birdie también habrían sonreído. Afortunadamente para ellos, duermen ignorando la verdadera catástrofe: la de tener unos políticos que solo saben dar palos de ciego a merced de las mareas.