martes, 1 de septiembre de 2015

Abel, celator. Relato corto por entregas (5)

ENTREGAS:    1    2 (cap. II y III)     3     4   
ABEL
CELATOR

VI

Una información inesperada

   La redacción del periódico bulle inusualmente ruidosa esta mañana. Dos correos electrónicos, de una fuente que parece fiable, traen alborotados a los reporteros de El Diligente.
Seis años atrás, cinco jóvenes periodistas decidieron crear un diario digital de información local. Bárbara Mena ofreció su herencia para instalar la sede: un céntrico piso, de altos techos, amplios ventanales, dos balcones, y más de 250 metros cuadrados que ocupan toda la tercera planta de un edificio centenario pero muy bien conservado. Para ella, un dormitorio con baño propio en el que vive sin tener que pagar alquiler o hipoteca. El resto de la casa es para El Diligente. La redacción informativa ocupa la estancia más grande, un luminoso salón con suelo de mármol negro y vetas terracota; separada de ella, al viejo estilo periodístico anglosajón, la sección de opinión ocupa lo que otrora fue un pequeño comedor. El antiguo dormitorio principal es ahora una moderna sala de edición multimedia, que también alberga el archivo documental. Junto a ella, dos pequeñas habitaciones corridas sirven para las reuniones diarias del equipo; la prestancia de una larga mesa con sus sillas de época, contrasta con el punto kitsch que ofrecen dos camas plegables, esquinadas y mal disimuladas como cómodas o cajoneras, en las que los redactores descansan durante las largas noches de trabajo urgente o atrasado.
Económicamente funcionan de forma cooperativa. El Diligente se financia principalmente con aportaciones desinteresadas de particulares, asociaciones vecinales, alguna ONG y colectivos sociales que necesitan ver en el diario una voz independiente que informe con rigor, valentía y veracidad. Los únicos ingresos por publicidad proceden de organizaciones sociales sin ánimo de lucro. No se admite ningún tipo de publicidad comercial ni institucional en su web. Nada de subvenciones. Sacan para pagar gastos y un sueldo inframileurista. Sabedores de esta limitación, el precio de la independencia, Bárbara y sus compañeros trabajan para ofrecer noticias locales de elaboración propia.
El otro gran pilar, la otra gran línea maestra que se marcaron como un reto ineludible en la fundación del diario, es hacer un buen periodismo de investigación local; un trabajo informativo que contribuya a defender los servicios indispensables que reciben los ciudadanos de su comunidad, como la educación o la sanidad; a partir de la premisa del bosque que no deja ver el árbol ―no por manida es menos cierta―, el equipo de El Diligente pretende llegar mucho más allá de los grandes escándalos políticos que ofrecen los medios masivos; un bombardeo diario que acaba vacunando a una sociedad insensibilizada, devorada por el espejismo de que todo eso ocurre muy lejos o solo en la pantalla de su receptor. Tejidas como una red capilar, las raíces más finas del mal están mucho más próximas y, sin embargo, son menos o nada visibles: es la corrupción de perfil bajo, la de los políticos menores, los pequeños cargos públicos o los funcionarios de cierto rango con capacidad de tomar decisiones trascendentes. Son los cabos de los que hay que comenzar a tirar para deshacer la gran madeja.
Lalo Segura es el más veterano y curtido del equipo. Trabajó dos años para un diario de tirada nacional; la negativa del director a publicar un reportaje suyo, muy comprometedor para las multinacionales farmacéuticas, le llevó a ejercer la cláusula de conciencia. De ahí, al paro. El redactor jefe de El Diligente posee una intuición natural para reconocer una buena fuente periodística. A su correo llegan todos los días denuncias anónimas; como fuentes, las desecha automáticamente. El contenido se analiza y archiva por si pudiera dar pie a alguna indagación futura. Pero lo de esta mañana es diferente.
Matías Renglón y Brahim Taleb, un huérfano saharaui adoptado por padres españoles, salen con prisas para cubrir la calle. Pepa Cardona es la más joven de la plantilla; con un expediente académico plagado de matrículas de honor, la catalana prefiere la libertad profesional que disfruta como redactora de El Diligente, a los cantos de sirena que ―a manera de apetitosos contratos laborales― le ofrecieron en su día los mass media. Mientras apuran un café, sentadas en la sala de reuniones, Pepa y Bárbara aguardan expectantes las explicaciones de Segura.
―La informante es una enfermera del hospital. Tenemos su nombre completo, teléfono y servicio en el que trabaja. También los de su marido, médico de la misma unidad. Os acabo de reenviar los dos correos.
―Sí, los he leído, pero no termino de entenderlos, Lalo ―con un mal disimulado tono de impaciencia, Bárbara intenta desentrañar los documentos que tiene abiertos en la pantalla de su portátil―. ¿Qué denuncian exactamente?
―En los dos últimos años, la dirección del hospital impuso la obligatoriedad de hacer once cursos on line sobre riesgos laborales, a todo el personal que quisiera optar a poder cobrar el complemento anual de productividad. La materia teórica se publicó en la intranet del centro para que los trabajadores pudieran estudiarla de cara a un examen test de quince preguntas. Superado éste, también on line, la Junta les ingresaría el montante correspondiente.
―Sigo sin pillarlo. ¿Tú lo entiendes Pepa? ¿Ves la noticia?
―Lo intento Bárbara, pero déjame pensar un minuto: entre los documentos que se adjuntan hay uno, hecho a mano, que parece ser una plantilla de respuestas. ¿Van por ahí los tiros, Lalo?
―Efectivamente. Según nuestras fuentes, el examen era tan básico que cualquier persona, con un poco de sentido común, lo hubiera superado. Yo no tengo ni zorra idea sobre el asunto y he acertado nueve. Incluso sin sentido común: solamente había que leer el cuerpo teórico para contestar las preguntas sin fallar.
―¿Y ese papel con las respuestas?
―Lo tenían todos. Nadie hubo de ocuparse en leer los apuntes, ni necesidad de arriesgar en el test.
―¿De dónde salió?
―A ver, Pepa ―Segura entorna los ojos en un gesto de complicidad paternal―, si tú elaboras un examen y, por encima de cualquier otra consideración, tu único interés es que todos lo superen, ¿de qué manera puedes asegurarte?
―Dándoles las contestaciones correctas.
―¡Bingo! Alguien tenía mucho interés. El que mejor conoce las respuestas es el que elabora las preguntas.
―¿De dónde parte toda esta mierda? ―Bárbara se debate confusa entre la incredulidad y la indignación.
―Nuestra enfermera sabe que la filtración salió del despacho de un mando intermedio, en plan “toma, he conseguido esto, pero por favor que no lo sepa nadie más”. El nivel de acierto debió ser excepcional. Si no fue del ciento por ciento es porque algunos, como nuestro médico, fallaron adrede una o dos preguntas para disimular. ¡Ojo! Solo tenemos los datos y los testimonios de nuestras fuentes. Y éstas me dicen que no conocen una sola reclamación. Y que durante meses no pararon de hacerse chanzas sobre el tema, como colegiales borrachos de éxito por haber engañado al profesor. Y más bien es éste el que se ríe de ellos.
―¿Qué tenemos del ‘profesor’, Lalo?
―Los certificados de dos profesionales: acreditan su aptitud en once cursos, ¡once!, con 21 horas de docencia. Llevan el membrete de la Junta, el sello de la unidad de riesgos laborales, y dos firmas: la del gerente y la de un mandamás autonómico. Creo que estamos en el buen camino o, al menos, podemos abrir un pequeño carril para desenmascarar a estos tecnócratas corruptos que gastan nuestros impuestos en su beneficio con estrategias de guante blanco. Sé lo que estáis pensando las dos: el personal raso no sale bien parado de esta historia; los trabajadores del hospital han sucumbido por cuatro duros a una propuesta corrupta. El sueldo base de un médico son 1100 euros. Imagina lo que cobran los demás. Esa mierda es lo que pagan a los depositarios de nuestra salud. ¿Qué mayor felonía se puede cometer con ellos? ¿A quién le puede extrañar que entren en el juego? No necesito recordarlo: El Diligente defiende a los trabajadores.
―¿Y ahora?
―Voy a concertar una cita con este matrimonio. Debo contrastar su información y quiero ver el grado de compromiso que tienen. Bárbara, necesitamos una búsqueda sobre objetivos de la Junta estos dos últimos años. Todo lo que puedas averiguar sobre el currículo de los dos pájaros que firman los certificados. Políticas de incentivos, unidades de gestión, conciertos con empresas privadas, trasplantes, diálisis… sigue la pista del dinero. Pepa, necesitamos más testimonios. Celadores, auxiliares, médicos, enfermeros; no olvides al personal administrativo, no desprecies ninguna fuente. Tira de Matías y del moro, los vas a necesitar. En dos semanas quiero un dossier. Vamos a por ellos.

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