jueves, 18 de octubre de 2012

Crónica del esperpento


El bellotero, el listo y la doctora que quedó bien: un sainete religioso

En un servicio de urgencias sanitarias suelen ocurrir muchas cosas, unas predecibles, inesperadas otras,  y casi siempre son situaciones sorprendentes, curiosas e interesantes, pero bastante desagradables en su mayoría.

El análisis de todos los eventos acaecidos –y de las circunstancias que los rodean, condicionan, determinan y originan– es complicado, por mucho que algunos chupatintas a sueldo pretendan sistematizarlos en una presentación Power Point candidata a ser premiada en el próximo concurso de la Escuela Andaluza de Salud Pública, para glorias, gestas y excelencias; es decir, para escalar un peldaño, cobrar un mísero plus, obtener dos días libres, una palmadita en el lomo o permiso para mamarla relajadamente con ticket de desayuno adicional.
Sin embargo, la realidad lleva otros caminos, acaso los del Señor, y para muestra el siguiente botón: a 200 kilómetros de la sala de críticos del malagueño hospital Carlos Haya, concretamente en Almería, un usuario gravemente enfermo –además de transplantado renal y, por tanto, hijo predilecto del sistema–, con su aorta (esa “vena gorda” mítica para el pueblo andaluz) desafortunadamente rota un viernes de puente de diciembre. Hasta aquí normal, predecible en cierto modo.
Lo que ya no es tan imaginable, ni sistematizable en el Power Point del soplagaitas de turno, el de la medallita y ticket de desayuno, es que el paciente, usuario del sistema y objetivo de nuestros desvelos, tuviera la fortuna o la desgracia (aún está por ver) de tener una “gran amiga”, anestesista ella, que asumiera la dirección y coordinación de su emergencia vital, quedando para la posteridad como la gran hacedora y ángel de la guarda. ¡Qué bonita es la amistad, sobre todo cuando los problemas tienen que solventarlos otros! Planteada la cuestión en Almería, la buena samaritana recurre a un amigo cardiólogo. Un listo, uno más de los muchos que pueblan nuestras dehesas. Esto cada vez pinta más feo. No se conoce lo que este galeno sabe de Cardiología, posiblemente mucho, pero de lo que no cabe duda es de que está al día sobre los resultados de la cirugía aórtica de todos los servicios de Cirugía Cardiovascular en España, puesto que al ser consultado por su amiga anestesista, sentencia: “mándalo al Gregorio Marañón, que tienen muy buenas estadísticas”. Ahí, con dos cojones y 600 kilómetros de regalo para uno que ya avista a la de negro con la guadaña. La otra se lo cree y llama a Madrid. No hay foto de la cara del cirujano de guardia, pero su dedo corazón, erguido en actitud de rechazo, aún deja sombra entre las torres de Florentino Pérez: “amigo cardiólogo, en Madrid va a ser que no, ¿dónde lo mandamos?, porque le toca Granada, tierra soñada por mí”. “No, mejor a Málaga que tiene mejores resultados”, concluye el experto.
Y a las seis de la tarde, el residente de guardia, aprendiz de cirujano cardiovascular, anuncia al adjunto de urgencias la buena nueva; sin capacidad de reacción, ni derecho a veto, el urgenciólogo piensa: “este marrón me lo como yo, como hay Dios”. La doctora no duda en meterle en el cuerpo a su amigo disecado 150 kilómetros más de autovía y queda de cine. El galeno cardiólogo, el listo, también queda bien y satisfecho de poner en práctica sus vastos conocimientos. Ambos en su casa, al abrigo del hogar familiar.
Mientras tanto, en otro lugar y en otro ambiente, ajeno a políticos, amasachurros, ruedabolas, comecancas, chupauñas y cagamulas, un pobre desgraciado ha sido detenido por bellotero: portador intestinal de unas cuantas bolas de polen cannábico prensado que, a estas alturas, o bajuras, mantienen una estrecha relación con las haustras colónicas y la materia fecal, mierda para entendernos todos, presente en estas vísceras diseñadas por Dios en el último día de la Creación. Los círculos del destino proveerán que el presunto se convierta también en usuario del sistema, como el otro, pero sin glamour.
Y ambos al Carlos Haya, el primero acompañado del SAMUR, con su médico a la cabeza, aliviado de soltar semejante regalo, y el segundo con una pareja, mítica imagen, de la Guardia Civil, la "Meletérica de Chiquitistán", que solicitan educadamente al residente de turno ubicar al usuario en un “lugar especialmente habilitado” para el proceso expulsivo, una vez realizada la radiografía delatora. “¿Mande?”, pregunta el médico bisoño. In albis, el médico en formación imagina una sala con tecnología punta que él desconoce y, disculpándose momentáneamente con los agentes, acude raudo a asesorarse por su adjunto responsable, que le explica con aplomo y seguridad en qué consiste ese lugar especialmente diseñado para estos fines. Feliz de saber algo más, se presenta de nuevo ante la ley y el orden y, textualmente les expone: “mi adjunto dice que disponemos de una trona que ubicamos donde haya espacio; la trona es un sillón con un agujero para cagar, debajo del cual se inserta una palangana de la que ustedes recogerán el material… y mientras tanto se sitúan a derecha e izquierda del detenido en su labor vigilante”. Hombres de honor, valientes y arriesgados, a los de verde les aterroriza la idea de comerse los olores y texturas propias del procedimiento propuesto y solicitan llevarse a su detenido al Clínico, dónde suponen una mejor cartera de servicios para estos menesteres. Y siguiendo la máxima del enemigo que huye y del puente de plata se les facilita la salida en transporte propio (coche patrulla) con un informe a mano por montera y nuestros mejores deseos, buen servicio a los guardias y una pronta cagada al bellotero.
Y mientras que el amigo de la que quedó bien y del listo de Almería, con 4 o 5 venenos en perfusión y un tubo en la traquea era sometido a más pruebas antes de entrar por fin al anhelado y merecido quirófano, a las tres de la madrugada ya, recibíamos la llamada de un médico del Hospital Clínico Universitario, largando bichos y culebras por esa boca, indignado con la derivación y preguntándonos qué tiene su trona que no tenga la nuestra. ¿Y qué tiene Málaga que no tenga Granada para pacientes con la aorta disecada? Esto es la guerra, compañero.
Pasó la noche y llegó la mañana siguiente. Afortunadamente el enfermo crítico, operado, evoluciona en la UCI. El detenido, con la "Meletérica", aún depone, ingresado en la planta de Cirugía. Los dos en Carlos Haya, algo predecible.
Málaga, diciembre de 2009
Dedicado a D. José María Cano, compañero y amigo. Allá arriba debe estar sonriendo.

jueves, 27 de septiembre de 2012

domingo, 23 de septiembre de 2012

Una leyenda más.




Málaga tiene una leyenda llamada macrohospital

Héctor Muñoz. Málaga

En la entrevista a la gerente del hospital Carlos Haya de Málaga, Carmen Cortés, publicada en el diario Sur el pasado día 19 se abordan diferentes temas entre los que destaca el proyecto de un gran hospital para la ciudad. Cortés se muestra “convencida de que se construirá” y la consejera “así lo ha transmitido”.
La ciudadanía ya puede estar tranquila porque sabe perfectamente que no se va a hacer hasta que pasen algunas generaciones, si algún día se hace. Las malagueñas y los malagueños son buenas gentes pero no tontos. Esta recurrente noticia sale a la palestra cada vez que para los políticos y gestores pintan bastos; es como el Santo Grial, que a fuerza de no encontrarlo se convirtió en leyenda.
Lo curioso de la cuestión es que hace doce años se hizo un proyecto de ampliación del hospital Carlos Haya, que incluía urgencias y consultas externas; las obras comenzaron y terminaron con la construcción de una cafetería-restaurante de dos plantas y cristalera verde. La sala de recepción de pacientes en urgencias sigue teniendo entre 35 y 40 metros cuadrados, dato que puede ser contrastado fácilmente. La gerente se ha encontrado con esta situación y no se le puede atribuir responsabilidad alguna, pero no estaría de más que comenzara a retomar un problema tan básico, si realmente pretende la “excelencia” del hospital, palabra que repite cuatro veces en la citada entrevista.

Carmen Cortes: «La crisis ha repercutido en los salarios de los profesionales, pero no en las prestaciones ni en la cartera de servicios»

Carmen Cortes, especialista en medicina preventiva y salud pública, ayer, en su despacho del Hospital Carlos Haya. :: Álvaro Cabrera (diario Sur)

         Es cierto su comentario sobre los buenos profesionales del hospital, y muy loables la comprensión por el malestar laboral y su “sensibilidad en estos momentos difíciles”, lo que no debe ser óbice para recordarle que a finales del pasado mes de julio el presidente de la junta de personal solicitó el uso del salón de actos para una asamblea de trabajadores y dicha petición le fue denegada, según manifestó en su día el representante de los mismos. Si bien es verdad que los colegios profesionales siempre han supuesto un molesto grano para los responsables sanitarios, catalogar su visión como obtusa y sus ideas como decimonónicas no resulta, precisamente, un ejercicio de sensibilidad con los miles de colegiados que existen en Málaga.
         En cuanto a la influencia de la crisis en las prestaciones, no sería mala idea contrastar la opinión de Cortés con la percepción de los usuarios del sistema, en cuanto a listas de espera, atención domiciliaria y demoras en consultas (por poner algún ejemplo): igual el panorama no resulta tan alentador.
            

lunes, 17 de septiembre de 2012

Una de piojos




Ojo con los piojos

Héctor Muñoz. Málaga


Como este artículo puede ser leído por personas ajenas a la profesión médica, es conveniente aclarar conceptos antes de desarrollar el tema. ¿Qué es un MIR?  Literalmente significa médico interno residente: médico general que accede a través de un examen selectivo a una plaza para su formación como especialista en un hospital durante un periodo de tiempo, habitualmente cuatro o cinco años, tras el cual obtiene el título deseado, se supone que acreditando una serie de conocimientos, habilidades, actitudes y aptitudes. Su trabajo es remunerado mediante un contrato laboral con un sueldo más lo percibido por las guardias que realizan; si bien no es una cantidad desorbitada, sí es cierto que es más que digna para vivir desahogadamente, teniendo en cuenta que la inmensa mayoría son jóvenes recién salidos de la facultad sin grandes compromisos familiares, muchos de ellos aún al abrigo de sus padres, orgullosos y satisfechos de la carrera de sus polluelos. Y polluelas.
        
         Mucho ha cambiado este sistema -que ha dado y sigue dando excelentes profesionales- en los últimos años. Cambios que han ido de la mano de una serie de transformaciones sociales, familiares, políticas, profesionales y laborales, desde su implantación a finales de los 70. El perfil del MIR de hoy no es el de antaño, aquel médico feliz por abandonar -al menos temporalmente- la bolsa de trabajo y las oficinas de empleo, capaz de llegar al hospital a las ocho de la mañana para presentar, ante la mirada crítica de sus maestros, un raro caso clínico sacado del New England Journal of Medicine, encargado tres días antes, nada más y nada menos que por el mismísimo jefe del servicio en el que hacía su rotación docente, comerse las críticas pertinentes con humildad y propósito de enmienda, aguantar con nobleza alguna que otra impertinencia, pasar media planta más o menos tutorizado, informar a familiares y salir a las cuatro de la tarde o continuar de guardia en esa especialidad para terminar a la misma hora pero del día siguiente. O llegar a las nueve de la mañana en su turno de 24 horas de urgencias, machacarse generosamente sacrificando en no pocas ocasiones comidas y cabezadas, para caer muerto y contento en su cama, también a las cuatro de la tarde del día siguiente, si -con suerte- no le habían colocado un cursito vespertino de formación específica. Zombis ojerosos con fonendo al cuello, pijama y bata con los bolsillos exageradamente llenos de notas, chuletarios, martillo de reflejos y oftalmoscopio; ellas descuidadas de rímel, sombras de ojos, colorete y pintalabios; ellos, despeinados y barba de dos días. Todos ganándose el respeto de los médicos adjuntos por su interés, su trabajo y ansia de superación, disfrutando íntimamente de aquel caso resuelto y del sincero reconocimiento de un paciente agradecido, cuando no jodidos por un error o un descuido oportunamente corregidos por un staff atento al quite. De esta forma, se hacían profesionales solventes con un nombre respetado en el hospital por su excelente y permanente disposición a no bajar el listón ni un milímetro, y eran valorados por ello, no por su simpatía, habilidad para reír gracias, dar palmaditas en la espalda o besar culos agradecidos por no emplear una expresión mucho más soez.

         Los justos logros laborales, como librar en saliente de guardia, limitar el número de horas de trabajo y una serie de mejoras económicas, han contribuido de facto a equilibrar una situación mil veces denunciada, casi en silencio, de “mano de obra barata”. Y es cierto: la administración ha usado a los MIR en este sentido, y lo sigue haciendo; con ello ha pretendido compensar el gasto que supone la formación de estos médicos generales con el progresivo decremento en las partidas destinadas a la contratación de profesionales ya hechos en el mismo sistema. Y esto, al menos en Andalucía, ha dado lugar a una mayor presencia de médicos generales en formación, en primera línea de batalla asistencial, con una menguada tutorización por la escasez de supervisores, cada vez más prematuramente quemados y agobiados por la sobrecarga y la precariedad laboral. Decisiones como las de suprimir guardias de presencia física en determinadas especialidades para médicos adjuntos (mucho antes de la crisis actual) avalan lo expuesto. El resultado de todo ello es que un pipiolo o pipiola, con 14 meses de antigüedad, se presenta ante el paciente y su familia como cirujano o cirujana, cardiólogo o cardióloga, intensivista, nefrólogo o nefróloga, traumatólogo o traumatóloga, y así sucesivamente, con un bizantino halo dorado de sabiduría y santidad, para decidir cuestiones importantes no siempre resueltas con el talento necesario, o simplemente no resueltas.

         Por otro lado, y como la cuerda suele romperse por el trozo más débil, una serie de errores médicos propios de la inexperiencia provocaron en su día las correspondientes sentencias judiciales adversas (los de la toga no entienden de barcas) que motivaron la orden para que los MIR de primer año no puedan firmar por sí mismos un documento oficial como puede ser un alta. Sin ser una medida descabellada, no deja de llamar la atención que un médico recién salido de la facultad pueda ser responsable de la salud de los cientos de personas del pueblo más recóndito al que le ha tocado ir en calidad de sustituto, y otro teóricamente más preparado, con todo tipo de pruebas complementarias a su alcance y la posibilidad de consultar con cualquier especialista, sea incompetente para hacerse cargo de un simple resfriado. A los políticos y sus gestores designados a dedo no les interesa que la población sepa que, en un elevado porcentaje de casos, es atendida por generalistas aprendices que se hacen pasar -sin rubor y con cierto recochineo- por consagrados especialistas. Igual, con esta información, un residente no podría hacer nada hasta su titulación definitiva porque, puestos a elegir, los pacientes y sus familiares optarían por el de mayor experiencia.

         Social y familiarmente no debemos olvidar que en los últimos quince años asistimos a generaciones de jóvenes tipo “Jonatans, Ingrids, Ikers y Ainhoas”. Consentidos y educados de una manera peculiar, informados y desinformados con smartphones de última generación, portátil superchulo y sus redes sociales, han sabido desarrollar, hábilmente, un discurso amoral basado en la libertad del “todo vale”. Y los MIR no han sido ajenos a estas corrientes; bien es verdad que en este colectivo no parecen ser mayoría. De momento. Pero los que son, son. Medicina defensiva a ultranza, más miedo que vergüenza, interesados en aprender maniobras evasivas antes que dar la cara, pelotas y sumisos con quien les interesa, déspotas y rebeldes con quien no o con los que estiman que pueden serlo, vagos de puro vicio y pésimos médicos con muchas leyes presididas por la del mínimo esfuerzo. Nadie les ha enseñado que hay que respetar las canas, por encima de todo, aunque no tengan razón, como a tus padres. El problema es que éstos y éstas no respetan ni a los suyos.

         Bastante se quejó en su día el catedrático y académico, profesor Ciril Rozman, uno de los padres del sistema MIR, de que no hubiera un examen al final de la residencia. Fue sustituido por un sistema de tutores que capean el temporal como pueden, sin malas palabras ni buenos gestos. Y con cierto grado de interés, todo hay que decirlo. En los últimos meses se han producido en el hospital Carlos Haya de Málaga, según fuentes solventes, una serie de incidentes con ciertos médicos generales en formación, casi todos -casualmente- de una misma especialidad, harto desagradables y que han motivado alguna protesta más que justificada, incluso con constancia escrita. La reciente reproducción de los mismos, en grado superlativo, con una recién llegada, invita a pensar en un contagio “boca a boca” que puede resultar en pandemia. Y se corta de cuajo o termina enmierdando el ambiente, más de lo que ya lo está.

Si para algunos y algunas no hay lugar para el respeto, en los demás no debe caber la misericordia con ellos y ellas. Hay una serie de procedimientos administrativos -siempre por escrito- desde el jefe de servicio hasta la misma gerente si es necesario. Cualquier cosa antes de que los piojos pongan huevos. Cualquier cosa antes de que la mayoría de buenos médicos residentes tengan que pagar por cuatro gañanes. Y gañanas.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Una de mujeres



Dos damas españolas

Héctor Muñoz. Málaga

Con la opinión pública mediáticamente abducida por la ruina económica, asustada, agobiada cada mañana y cabreada el resto de la jornada, brotan, casi de la nada -por imprevistos-, dos hechos noticiables que terminan dando la vuelta al orbe refrescando el ambiente con ese inconfundible olor a tierra recién regada: Cecilia y Olvido. Borja y Los Yébenes. Aragón y Castilla. España.

Ni que decir tiene que a ambos acontecimientos no les han faltado los que gustan de buscar los tres pies al gato; unos por imbéciles de oficio, otros por no tener otro tema de conversación y los de siempre para arrimar interesadamente cualquier fogata a sus medros políticos, desviando la atención de sus propias fechorías hacia cuestiones tan humanas, tan corrientes y tan normales, elevadas casi a categoría de asuntos de estado, en ese manido ejercicio, tan viejo como la Humanidad, de distraer al personal con pérfidas intenciones.

Doña Cecilia, una señora cabal, celosa de su pueblo, de su iglesia y de sus santos. Una mujer de carácter, resuelta y decidida. Conocedora de los rincones más ocultos del Santuario de la Misericordia, de sus cuadros, de sus imágenes, de sus telarañas, olores y humedades, convencida de su capacidad para arreglar ella sola lo que el tiempo y la dejadez de otros han estropeado en silencio. Un pequeño error de cálculo y cierta carencia de perspectiva artística -que se han producido sin género de dudas a la vista del resultado- no pueden empañar el desinterés con el que la señora acometió la empresa. Y mucho menos, eclipsar la dignidad y la valentía de la misma al reconocer su atrevimiento e impericia. Muchas Cecilias y Cecilios necesita este país de chamba, en el que solamente la cagan los que lo intentan. Los que no toman decisiones nunca se equivocan, y suelen ser los mismos que ahora critican el abandono del patrimonio cultural, como si fuera algo novedoso; cualquier viajero interesado ha podido constatar la indefensión de cientos de monumentos centenarios, incluso milenarios, repartidos por los campos ibéricos, abandonados a su suerte, en pié hasta que el tiempo se lleve por delante, no a sus piedras, sino a las manos que las cuidan.

Doña Olvido, cuatrocientos kilómetros al suroeste, en plena Mancha, es otra mujer española de armas tomar. Metida a política y electa como concejala del PSOE en el ayuntamiento de Los Yébenes, Toledo, ha tenido a bien grabarse un clip íntimo, presumiblemente destinado a una persona y no a una audiencia masiva a la que algún cabrón -o cabrona-, con pintas, ha conseguido llegar con ese revuelto de envidia, venganza y despecho que tizna nuestra historia y la preña de hideputas. Traicionada por su confianza, la atractiva edila no ha hecho nada distinto a los miles, por no decir millones, de babosos -y babosas, pero menos- que se machacan todos los días en Internet; mejor dicho: sí lo ha hecho diferente, por elegancia y sensualidad. El problema, al igual que doña Cecilia, ha sido un error de cálculo y falta de perspectiva, tecnológica en este caso. Y ya la hemos liado: entre abucheos, insultos, golpes de pecho, peticiones de dimisión y manifestaciones de apoyo (que no se sabe qué es peor), el mismísimo Torquemada parecería un querubín cándido e inocente. Al fin y al cabo, la Inquisición torturaba y después matarile. Un mal trago que terminaba con ese inconfundible olor a carne quemada. La hipócrita sociedad del siglo XXI tortura pero no mata. Tortura y tortura, sin acritud, con tranquilidad y buenas maneras, dentro de la legalidad vigente. Pero no mata.

Señoras Cecilia y Olvido: siempre a sus pies.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Un orgasmo lorquiano



Un orgasmo lorquiano

Héctor Muñoz. Málaga


¡Qué difícil es desconectar a veces de lo que ocupa y preocupa! ¿Verdad? Es como el jilguero que sale de la jaula y se posa encima de ella sin querer volar, como el síndrome de Estocolmo o como los prisioneros a rayas que no saben donde ir una vez liberados.

Diez días fuera del hospital dan que pensar. La imaginación vuela y alguien puede intuir que en tan largo periodo han debido cambiar muchas cosas: esa policlínica, por fin digna y espaciosa, con consultas y todo, sin biombos, con camillas preparadas para la máxima seguridad del paciente, no como aquellas desvencijadas en la que más de uno casi se desnucaba, no. Un sistema informático veloz, integrado, seguro e intuitivo, sillones ergonómicos, orden, silencio, rapidez y discreción.

Un personal feliz, entregado sin condiciones a la consecución de los fines más sublimes: manos limpias, recetas al buen uso propio y praxis ajustada al máximo nivel de evidencia científica. Como tiene que ser.

Y diligencia, mucha diligencia. Nada de echar balones fuera: colaboración, solidaridad, educación, humildad, sentido común. ¿Un enfermo necesita un marcapasos? Paciencia, no se atropellen por ponerlo en el día. Las prisas nunca fueron buenas consejeras. ¿Piedras en la vesícula? Tranquilos, que la que se queje después de veinte cólicos biliares lo hace de puro vicio. No es conveniente que el sistema se deje llevar por la ansiedad de los clientes. Es una inercia perniciosa. Como la anemia. Y hablando de carencias: esas criaturas transfundiéndose en el hospital de día, radiantes al recibir el sagrado fluido, tomando color y calor. ¡Qué bonito!

Y camas, muchas camas libres, como mínimo las más de cien que han estado cerradas y las 40 o 50 que siempre están libres. Siempre. ¡Qué gozada! ¡Qué derroche!

Esos médicos y enfermeras tan ejemplares como sus contratos indefinidos. Impresionante. O ese equipo de dirección, degustando empanados en franca camaradería con los que tienen guardias, picoteando de las fiambreras de los que no las tienen o convidando a chupitos de finas hierbas, sin alcohol, por supuesto, pero de muy buen rollo. Muy emocionante, carne de gallina al cantar juntos “la Tarara sí, la Tarara no; la Tarara, niña, que la he visto yo”. ¿Y qué más da que al que caiga enfermo le birlen el prorrateo de sus guardias? “Lleva la Tarara un vestido verde lleno de volantes y de cascabeles”. ¡Alegría, alegría!

Y un ecosistema bacteriano libre de bichos incómodos, de éstos que vienen del mismo culo del mundo y se acoplan de tal forma que parecen turistas de hamaca y gafas de sol. Nada de eso, porque para ello los que mandan, expertos donde los haya, actúan prestos ante la alarma más nimia. Es cuestión de reflejos, y éstos son unos linces que hay que cuidar, mimar y criar, incluso en cautividad si fuere necesario, para que nazcan, crezcan y se reproduzcan, como los camaleones, ya saben, esos lentos reptiles de ojos saltones que tienen la increíble cualidad de cambiar de color para mimetizarse en el entorno. ¡Qué habilidad!, que diría el sabio de Tarifa y que Dios lo tenga en su gloria.

Para redondear, un público educado, correcto, respetuoso, responsable, limpio, aseado, conocedor de sus obligaciones (que de sus derechos ya se han encargado linces y camaleones de ponerlos al día). “Luce mi Tarara su cola de seda sobre las retamas y la hierbabuena”.

Es materialmente imposible que las cosas vayan mal porque tenemos a la mejor: “Ay, Tarara loca. Mueve la cintura para los muchachos de las aceitunas”.