viernes, 21 de junio de 2013

El otro «maracanazo»


El otro «maracanazo»

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Junio de 1970. Mundial de fútbol en México. Son las tantas de la madrugada: dan, en blanco y negro, los partidos más importantes; la selección brasileña, con Pelé y Jairzinho, la alemana con Beckenbauer y el torpedo Müller, o la italiana de Riva y Rivera. Un delirio para un niño de 11 años, enamorado del cuero, del buen fútbol. Ni los bostezos intempestivos son capaces de provocarle un mínimo pestañeo.

Ganó Brasil su tercer mundial con juego de ensueño y con una afición –prácticamente todos los brasileños– que se desquitaba, una vez más, de la tragedia de 1950, de aquella final perdida en el santuario de Maracaná –el mayor estadio del planeta, construido con recursos públicos, cómo no, y en tiempo record para ese evento– contra Uruguay y contra cualquier pronóstico mínimamente racional: el maracanazo. Violencia desatada, suicidios casi colectivos, llanto y silencio; enmudeció hasta el carnaval de Río, que ya es significativo. La antigua colonia portuguesa se olvidó de la samba y se vistió de luto. Si hay un país donde el fútbol se viva desde el parto hasta la fosa, ese es Brasil. Si hay una sociedad que muera por sus colores esa es la canarinha.

Por aquellos tiempos, en plena Guerra Fría, regía el país un militar –Gaspar Dutra– conservador y liberal, escorado a un imperio norteamericano obstinado en mantener su área de influencia sudamericana frente a la amenaza soviética, ese fantasma alimentado desde Truman hasta papi Bush. Quiso utilizar el más que previsible triunfo de la selección, pero los jugadores uruguayos le fastidiaron el festín propagandístico. Y se quedó jodido, más aún cuando tres meses después perdió las elecciones.


El año que viene Brasil organizará su segundo Mundial de fútbol. Y como viene siendo norma, han organizado un año antes la actual Copa de Confederaciones: un campeonato diseñado como banco de pruebas –lo que no deja de ser una excusa–, pero sobre todo como un tremendo negocio para la FIFA y para un complejo entramado empresarial multinacional encabezado por los principales grupos mediáticos que adquieren los derechos de transmisión. Por supuesto, de forma colateral –que no tangencial–, con este torneo se mantiene a la población entretenida, evadida de otras realidades más penosas y menos divertidas; nada original, por cierto, porque ya lo hacían los emperadores romanos con los espectáculos del Coliseo cuando la plebe se les revolvía ante la miseria, la injusticia y la corrupción de sus gobernantes. Les daban sangre y morbo. Ahora nos dan fútbol. Y morbo.

Pues bien, resulta que, 63 años después de aquella derrota histórica en Maracaná, las cosas han cambiado bastante. Los brasileños han aprovechado el escaparate futbolero para salir a la calle y clamar por los derechos, bienes y servicios básicos que les están sisando. Lo mismo que en España, Italia, Portugal, Grecia, Turquía, Chile y muchos otros más. Brasil, país que nos han vendido como «emergente», está tan sumido en la mierda de la corrupción, y en el más absoluto desprecio a sus ciudadanos, como lo están los otros; la ventaja que tienen para ser oídos y vistos es, precisamente, la Copa de Confederaciones. Y la están aprovechando a pesar de que los manolos de Mediaset o los de Marca TV nos quieran pintar un panorama distinto, una realidad virtual en lo que lo más importante es si España jugará o no con doble pivote, o los diez goles que le han metido a un grupo de polinesios. La Roja y el tiqui-taca llevan jodiendo a los españoles desde que ganaron la Eurocopa de 2008, porque justo desde entonces nos han venido engañando como a chinos –los de antes, porque a los de ahora no hay manera–. Y si no, pregunten a más de uno, que mientras colgaban en su balcón la bandera patria y cantaban el gol de Iniesta de mi vida, otros estaban firmando sus cartas de despido.

Pero ya no es lo mismo: no pueden impedir que conozcamos la revuelta popular de un país hastiado que se ha tirado a la calle para reclamar su dignidad, lo que ya les ha costado un muerto, y es previsible que no sea el único. La presidenta Rousseff ha convocado gabinete de crisis. Según el diario El País, la remodelación del nuevo Maracaná ha costado 500 millones de dólares y parece que aún no está acabado completamente. Cerca del mismo, la pobreza, la insalubridad, la incultura y la delincuencia conforman la escena real, muy alejada de los cánticos victoriosos. Este panorama es descarnadamente inmoral, tanto como que nadie tenga reaños de suspender el campeonato, para, al menos en este evento, enseñarles los dientes a los tiburones financieros, políticos y mediáticos. Ya hay jugadores que comienzan a cuestionar esta sinrazón, y alguno –el mismísimo Pelé– se siente como en la ladera de un volcán y pide tranquilidad a las masas. Y como éstas decidan meterse en Maracaná, no va a ser para felicitar a Blatter o a Platini.


         Ojalá, con suerte y sin sangre, los brasileños desmonten esta pantomima y no se celebre un partido más. Menos fútbol y más agua potable. Menos millones para circos y más para escuelas. Menos grúas para gradas y más para viviendas. Menos corrupción y más vergüenza. Menos lucro y más salud. Menos alta gama y más autobuses.

A casita, chavales. Que se acabó la fiesta para la FIFA, Globo, Mediaset, y toda la estirpe de especuladores. Que se jodan.

viernes, 14 de junio de 2013

El rastro de la luciérnaga (comentario literario)







RECENSIÓN
Escritos Corsarios
Pier Paolo Pasolini
Traducción: Hugo García Robles.
Editorial: Monte Ávila Editores, 1978.




El rastro de la luciérnaga
Héctor Muñoz Maldonado

Escritos entre enero de 1973 y febrero de 1975, los 45 artículos «corsarios» que componen esta obra, publicada seis meses antes de su muerte (envuelta aún en una bruma de misterio), constituyen un reflejo, un rastro, tan lejano como actual, del pensamiento humanístico, ético y político de uno de los artistas más relevantes del siglo XX: el italiano Pier Paolo Pasolini (1922-1975), escritor, poeta y director de cine.

            El libro es una sucesión fragmentada ―y así lo reconoce el autor en su nota de introducción― de artículos de opinión, algún prefacio, entrevistas, críticas literarias y algunos escritos inéditos, publicados en diferentes revistas y periódicos italianos (Corriere della Sera, Tempo, Il Mondo, Epoca, y Panorama, entre otros). Sin embargo, no se trata de una relación de recortes inconexos, más bien al contrario; a través de sus páginas, el lector  camina por el hilo de los presupuestos intelectuales de Pasolini, no sin riesgo de perder el equilibrio, cual funambulista, por el exigente nivel de abstracción que demandan necesariamente los tremendos giros lingüísticos, el sentido metafórico y las aparentes contradicciones, que en ocasiones tiene que explicar en las réplicas que escribe frente las críticas que recibe desde múltiples frentes. Este sería ya, por sí mismo, un elemento de cohesión: la polémica y el debate que mantiene con intelectuales, periodistas y políticos, desde Umberto Eco a Giulio Andreotti, pasando por escritores y amigos personales, como Italo Calvino y Alberto Moravia, o dirigentes ―y antiguos camaradas― del Partido Comunista Italiano (PCI), como Mauricio Ferrara, despechado por las críticas de Pasolini a las políticas de su partido, y particularmente a la tibia posición mantenida en la campaña del referéndum del 12 de mayo de 1974 contra la abrogación de la ley del divorcio, cuyo resultado, a favor del mismo ―algo impensable en un país de profundas raíces católicas―, fue un éxito de los radicales de Marco Panella, con su huelga de hambre, y no del PCI, a juicio de Pasolini. No fue menos criticado por su rechazo del aborto.


            Pero lo que sin duda asombra, por encima de lo demás, es su capacidad analítica, más allá de lo convencional, para diseccionar la realidad social de una Italia sumida en permanentes cambios políticos, conflictividad social y atentados terroristas: la Italia de los 70, los «años de plomo»; y no solo es capaz de analizar su realidad próxima, sino también de trasladarla globalmente y de forma intemporal: a día de hoy, su pensamiento político continúa vigente. Escribe sobre el nuevo poder burgués, el de la sociedad de consumo, autoritario y represivo, sin cara, oscurantista, capaz de sustituir los valores humanísticos por la febril búsqueda del hedonismo y de bienes superfluos; un poder en pocas manos, multinacionales y transnacionales, empeñado ―para su beneficio económico y político― en mostrar una apariencia de tolerancia y permisibilidad, ambas falsas y traidoras. Casi nadie escapa a su crítica inmisericorde: la Democracia Cristiana (DC) con su retaguardia «clerical-fascista», la Iglesia, aliada a cambio de gestos aperturistas de cara a la galería, la izquierda, desubicada y desorientada ―tal vez cómplice―, los intelectuales, a los que les exige alejamiento y coraje frente al sistema, y al pueblo, cuya «pasividad apolítica» le resulta tan escandalosa como la obstinación de los poderosos en someterlo. De forma quizá exagerada (o no), llega a definir el sistema político, basado en un capitalismo totalitario de consumo, como una «forma fatal de fascismo», haciéndolo responsable directo de los atentados de Milán o Brescia, en una acusación velada de terrorismo de estado: coraje no le faltaba.

          
            Sin solución de continuidad con este discurso, perfectamente ensamblada con él, emerge su gran preocupación por la cultura y el progreso, al que distingue del simple desarrollo industrial y consumista; la cultura de masas y los medios de comunicación, particularmente la televisión, como instrumentos del poder, responsables de un proceso de «aculturación homologante» y de relegar las culturas populares y los dialectos al límite de su existencia: un genocidio cultural de las clases dominadas y una destrucción de sus valores, incapaces de resistir en pie ante la propaganda y la persuasión oculta.



            El final de la guerra y del fascismo ―el otro fascismo, el que Pasolini llama arcaico― sembró esperanzas y expectativas en la sociedad de posguerra, como una noche plena de luciérnagas. Pier Paolo Pasolini afirma que tales luciérnagas desaparecieron con el nuevo poder, pero igual en esto yerra: después de leerlo, uno puede adivinar un punto de luz lejano y un rastro que lleva hasta él.

domingo, 28 de abril de 2013

Crónica de un atropello


En primera persona

Héctor Muñoz. MÁLAGA.

La tarde del día 26 del presente publiqué en el diario Sur de Málaga un comentario, redactado en estilo informativo, a la noticia aparecida en dicho periódico sobre el evento celebrado ese misma mañana en el hospital Carlos Haya, para presentar a la prensa el exitoso ―y pionero en España― trasplante renal cruzado[1]. El comentario era, en sí mismo, otra noticia: la de que a un profesional, relacionado con el sistema de donación de órganos y trasplantes, se le había prohibido la asistencia al acto mencionado.

Ahora es el momento de contarlo con mayor detalle. Resulta odioso tener que hacerlo desde la primera persona, puesto que los ataques a la libertad de información y de expresión, tanto como a los derechos laborales, son «cosa pública», y más graves, si cabe, cuando tales atentados son cometidos por instituciones oficiales de poder; por ello, y despreciando el protagonismo no deseado del que esto escribe, el recurso retórico de la primera persona no es más que eso: un recurso necesario para no caer en el cinismo. Pero entiéndase que a cualquiera puede pasarle mañana y que es un problema de todos; la importancia no es que le pase a uno, o a una: lo relevante es que está pasando.

Dos días antes del acto celebrado en el salón oficial del hospital, recibo un correo electrónico en el que se me informa de la llegada prevista de la consejera Montero «para un asunto relacionado con trasplantes»; el informador baraja una posible hora de comienzo, pero sin seguridad alguna. Conociendo, como conozco, el uso propagandístico que la jerarquía política hace de los trasplantes, desde hace muchos años, intento investigar algo más, pero nadie  ―ni Google, que ya es difícil― sabe nada. Ni un solo anuncio en el hospital, ni en la web oficial; mis compañeros (uno de ellos miembro de la Comisión de trasplantes, y otro de la mismísima Coordinación) afirman no conocer el evento, dos horas antes de producirse. Sin embargo, al día siguiente la noticia es destacada en todos los diarios locales malagueños y en los principales nacionales: del secreto más absoluto, a una difusión mediática de máxima cobertura. Este hecho, incontestable, habla por sí solo y delata las intenciones políticas de la Consejería, con su línea comunicativa basada en el control de la información y el uso persuasivo de la misma. Para ello emplea todos los medios a su alcance: también los represivos, como me ocurrió a mí.

Pues bien, aunque un médico dedicado a la coordinación de trasplantes no supiera nada, un vigilante de seguridad me confirma que a las once y media hay evento. Efectivamente, desde 10 minutos antes, comienzan a llegar las «personalidades» y otros de menor rango; saludo cordialmente a un jefe de servicio ―o unidad de gestión clínica, como quieran llamarle― y a algún compañero con el que más de una madrugada he tenido que compartir la ingrata tarea de un protocolo de muerte cerebral. Algo más fríamente, cruzo un esbozo de «hola, qué tal» con el director médico Prieto y el subgerente Terol. La gerente Cortés pasa junto a mí ―en la puerta del salón de actos― dedicándole una furtiva, pero atenta mirada a mi tarjeta de identificación. Están esperando, inquietos, la llegada de Montero. Incómodo por la situación, me asomo a la puerta del hospital para tragar aire fresco. Antes de alcanzarla observo a una señora que encuentra un enchufe y pone su móvil a cargar. Dos policías nacionales custodian la puerta principal; me miran, pero afortunadamente, ni reparan en la lógica presencia de un tipo con uniforme, fonendoscopio al cuello y tarjeta de identificación. Un neurólogo, sin bata porque regresa de su desayuno para continuar pasando la consulta, sí es requerido por los agentes, a los que les debe dar una explicación convincente para poder entrar, explicación que finalmente aceptan, antes de oír quejarse al facultativo: «Menos mal que no llevo mochila».

Mientras tanto, ya en la explanada de acceso, las impolutas batas blancas de la gerente y su subalterno ―junto al no menos limpio traje azul marino de uno que los acompañaba― destacan sobre el color oscuro metalizado de dos buenos coches que acaban de entrar: la comitiva recibe a la recién llegada; besos, apretones de manos y entrada triunfal. La consejera, sobrada ella, sube con su séquito la escalinata principal; contrasta su seguro caminar con los tropezones que los otros se van dando por seguir su estela. Ajenos a toda la escena, se mueven los usuarios, pacientes y acompañantes, de un lado para otro, buscando la consulta o la sala de radiología: un mundo real frente a otro de diseño, ignorándose ambos.

Entra la reina y su corte en el salón de actos; discreto, en un segundo plano, me coloco en la cola para acceder a la sala. A medio metro de la puerta, me frena en seco un responsable de seguridad del hospital, flanqueado por un vigilante y otros dos subalternos sin uniforme. La puerta se cierra como una sentencia firme y el ruido del portazo se confunde con las primeras palabras del celoso guardián:
―Caballero, usted no está…, no está permitido… Es un acceso restringido.
―¿Ah, sí?
―Sí, es un acceso restringido.
―Pero… yo soy médico del hospital.
―Sí, pero no… ehh… no está permitido el acceso.
―¿Por?
―Órdenes de la Dirección.
―Ajá. Es para un tema de trasplantes…
―Sí, pero no me deusted no puede…
―¿Yo?
―No, usted no…, ya no puede entrar nadie más, de los que…
―¿Ningún médico del hospital puede entrar?
―En principio, en general… creo que no.
―Ajá. Muy bien. Y ¿a quién tengo yo que dirigirme ahora o luego para…, bueno…, para que me den una explicación que no sea la que usted me está dando, lógicamente?
―Hable usted con la subdirección…, en este caso la de Procesos Industriales y ya allí…
―¿Subdirección de Procesos Industriales? ¿Dónde está eso?
― En el pabellón de gobierno.

Saco del bolsillo mi libretilla, para anotar un nombre que, a buen seguro, está destinado a perderse en mi memoria: es curiosa la capacidad del lenguaje político-burocrático para inventar bizarras denominaciones como si se tratara de fabricar trajes de camuflaje con los que obstaculizar la visibilidad de la gestión.
―Entonces, usted me dice que ningún médico del hospital esta autorizado…
―No, hay una lista de médicos autorizados… y yo creo que ya están todos.
―Y ninguno que no esté en esa lista…
―Exacto.
―Muchas gracias.

Alguien sale en ese momento ―de forma inoportuna para mi interlocutor― y alcanzo a ver cámaras y reporteros dentro, antes de volverse a cerrar la puerta. Serenamente indignado, incluso con cierto placer morboso por tener la oportunidad de relatar esta peripecia, hago ademán de media vuelta y fuga, pero, pensándolo mejor, vuelvo al tema con cierta inquina y miro directamente hacia su tarjeta identificativa, colgada al cuello con una cinta.
―Perdón, no le importa, ¿verdad?, que tome su…
―¡No hombre! ¡Que luego coge y me denuncia a mí, coño! ―acompañando esta súbita pérdida de compostura con una risotada y un hábil movimiento de su mano derecha para dar la vuelta a su tarjeta de identificación e impedir que anote su nombre y apellidos.

Tras conminarle a que cumpla su obligación de identificarse, y asegurarle que no es mi intención denunciar a un simple mandado que sólo hace su trabajo, el que le han encomendado, consigo que pronuncie su nombre ―en tan bajo volumen de voz que casi uso el fonendo para poder oírlo y anotarlo. Las caras de póquer de sus subordinados dirigen sincrónicamente sendas miradas hacia la libretilla en la que yo apunto, como si estuvieran siendo multados por un guardia civil de carretera; la identidad de su jefe es tan insignificante para el caso que nos ocupa, como él mismo: no habla por su boca, lo hace por la de aquellos y aquellas que, de un plumazo, lo pueden mandar al paro ―o a un gulag― mañana mismo. Es ―aunque él no lo sepa― una víctima más de un sistema fáctico disfrazado de valores democráticos.

Minutos después, comento el caso con dos delegados sindicales que se ofrecen ―sin compromiso alguno, puesto que yo no soy afiliado del sindicato para el que trabajan― a acompañarme de vuelta a la maldita puerta del salón de actos para comprobar y testificar lo que previsiblemente va a ocurrir de nuevo: que siguen sin dejarme entrar. Ya no está el jefe, pero sus inferiores, ante los sindicalistas presentes, dan una nueva versión; ahora no se permite la entrada porque el acto está finalizando. Si se coordinan para la seguridad igual que para inventarse trolas, cualquier día de estos se llevan una cama del hospital y ni se enteran. O un scanner. Es lo que tiene la improvisación y las órdenes imprevistas.

Tal vergüenza debió de pasar uno de ellos, que una hora más tarde acudió a buscarme, a mi puesto de trabajo, para disculparse en nombre propio por el bochornoso atropello, disculpas que fueron ―cómo no― aceptadas. De paso, se le fue la lengua y me confesó que, además de los dos agentes uniformados de la Policía Nacional que custodiaban la puerta, había otros tres de paisano; a éstos, en la Dictadura franquista, les llamábamos «Los Secretas».

La principal conclusión de todo esto es que tienen miedo, cuando lo que deberían tener es vergüenza. He contado lo que ocurrió, de la forma más amena posible, y callo muchas cosas por no aburrir ni contaminar. Lo he hecho, además, con exquisitas literalidad y textualidad. Recientes informaciones revelan cierto cuestionamiento de la gestión del Carlos Haya. Se dice en diversos mentideros que la gerente ha caído en desgracia porque «debe mejorar en la forma de llevar Carlos Haya y mantener una actitud más abierta con los profesionales»[2]. Personalmente, la vi nerviosa, hiperalerta, preocupada; las fotos publicadas en los periódicos, escritos y digitales, no parecen desmentir esta impresión. Obsérvense con detenimiento. Creo que el traje le viene largo al actual equipo de dirección. Este emblemático hospital no es lo que es por ellos; lo es a pesar de ellos. Es hora de que se marchen, que ya les buscarán un despachito o, si lo prefieren, que vuelvan a su labor original, suponiendo que todos tengan plaza en propiedad. Y si algunos no la tienen, seguramente tendrán una puntuación suficiente, en la bolsa de trabajo, para pillar alguna sustitución temporal al 75%.

De trasplantes y unidades de gestión clínica, podemos hablar otro día.


jueves, 28 de febrero de 2013

Día de Andalucía: tanto para nada


TANTO PARA NADA

Héctor Muñoz. MÁLAGA


El aire fresco roza la cara sin afeitar, con pelusa de dos o tres días, del joven Roque Ferrante; un airecito que lo acaricia, como una amante perfecta, bajo el solecito de una mañana de primeros de diciembre en la Acera de La Marina. Una mañana de domingo preñada de banderas, de color y de ilusiones. Aún evoca esa sensación, fiel a su piel después de más de 35 años, desde aquel cuatro de diciembre de 1977, en el que la cálida brisa otoñal de Málaga y los vientos de libertad que zumbaban por toda España, regalaron valor y emociones a aquella muchedumbre malacitana que se había tirado a la calle para reclamar el mismo trato concedido a otros pueblos de España en el llamado «Estado de las Autonomías».

Hoy es el Día de Andalucía. 2013, año de la crisis. Roque lee en su periódico los homenajes que los políticos dedican, como parte de sus obligaciones protocolarias, propagandísticas, a sublimar aquella conquista democrática del pueblo andaluz; eso sí, gracias a ellos, por supuesto, a pesar de que muchos ni estaban. Dan su discursito ―a lo allons enfants de la Patrie―, clavan unas cuantas medallas meritorias, y nombran un par de «hijas o hijos predilectos» que no suelen ser madres mileuristas, padres parados o esclavos pluriempleados con contratos de mierda: el perfil es diferente, más glamuroso. O están muertos. Como Manuel José García Caparrós, abatido por una bala represiva entre la Alameda Colón y la calle Alemania.

Roque sí estaba allí aquel día. Recuerda muy bien las caras desencajadas de los que huían y gritaban: «¡Que están pegando tiros!» La luz de la ciudad se había convertido en una atmósfera gris. La indignación no necesitó de redes sociales para contagiarse de forma pandémica, y como una ola de coraje arrasó, literalmente, las calles y todo lo que se puso a tiro. La noche fue tensa y ruidosa. Se oían gritos, consignas, lamentos e impactos de botes de humo perdidos, que caían silbando, caprichosamente, como granizo de Satanás. Ni Roque ni sus colegas de facultad, reunidos en casa de uno de ellos para preparar los exámenes, daban palo al agua: se quedaban en el balcón, mirando, como bobos, el negro humo que manaba de aquellas latas. La excusa era perfecta para no estudiar: la ansiada revolución estaba en curso.

También andaba Roque por el cementerio de San Miguel al día siguiente. Una carga policial le obligó ―como a otros muchos a refugiarse en el camposanto, buscando como loco un nicho vacío, en la convicción de que era mejor ocuparlo vivo que muerto. Lo mismo debió pensar un político progre de pelo largo, que corría como un etíope, el muy jodido. Igual buscaba un panteón, más acorde con el rango. Los momentos críticos llegaron cuando la manifestación se iba derecha al acuartelamiento de los grises en la Alameda Colón. Del tirón. Ferrante iba tan hipnotizado como la masa, que de forma casi automática, como programada por una íntima convicción, perdió el miedo, y con él, la prudencia. Les dieron lo suyo pero a base de bien; las bolas de goma, de goma muy dura, siseaban como fuegos artificiales, y las porras blandidas cortaban el frío, con cierto ritmo de tambor, apaleando sin descanso. ¡Toma, toma y toma! Algo más de dos años después, el 28 de febrero de 1980, aquel universitario veinteañero votaba gustoso en el referéndum, para ganar lo que podría haberse conseguido sin sangre. Pero ¿qué se consiguió?



Hoy, 33 años después, Roque tendrá que leer los logros de los políticos que desde entonces han gobernado Andalucía y la han convertido en una red de comisarios de partido que dirigen las instituciones, de forma opaca y sectaria. Porque en este día, todos, los que mandan y los que quieren hacerlo, se ponen de acuerdo para los actos oficiales. Tendrá que soportar sus poses chinescas, sus magistrales lecciones de democracia y convivencia ―a él y a tantos que no las necesitan―, la desvergonzada escenificación de su inquebrantable vocación de servidores públicos con intachable virtud, y toda esa pompa que repiten con jactancia todos los años, a cambio de un día de fiesta. Piensa, como muchos, que lo que hay hoy no es lo que los andaluces soñaron ayer, ni por lo que Málaga se sublevó y sangró. Andalucía quería otra cosa, pero la engañaron, y lo siguen haciendo. La corrupción no solo consiste en las tropelías de cuarenta ladrones, con sus falsos ERE o los sobres en negro; la corrupción se ha instalado en todos los despachos, se ha fundido con las decisiones más cotidianas, las que toman los elegidos como cargos «de confianza» (¿hay algo más mafioso?), los más dóciles, en aras del interés por mantenerse en el sillón durante cuatro años y no perderlo en las siguientes elecciones. Imponen exactamente el mismo sistema que mató a García Caparrós, pero sin uniformes grises ni balas criminales (por el momento); lo hacen sin ruido, con decretos y reglamentos, pausadamente, disfrazados de demócratas carnavalescos y escondidos tras una estructura burocrática diseñada para obstruir al ciudadano, para que éste no consiga conocer el caldo que cuecen ni a los que lo remueven al lento fuego de esta gran crisis social provocada por sus propias ambiciones.

Con el vértigo de la náusea alojada en el estómago, Ferrante, testigo de aquellos días y de los presentes, aprieta los puños y cierra los ojos. Sabe que el sueño aún está por ser una realidad, pero ignora cuál será el precio a pagar para verlo cumplido.


miércoles, 13 de febrero de 2013

Se han quedado con tu cara


Se han quedado con tu cara

Héctor Muñoz. MÁLAGA


El pasado día seis, el malagueño diario Sur publicaba una noticia sobre la reunión informativa ―calificada como  «muy tensa» por el citado periódico― mantenida por directivos del hospital Carlos Haya de Málaga, encabezados por el subdirector gerente, Javier Terol, con los trabajadores del Centro de Alta Resolución de Especialidades (CARE), dependiente de dicho centro hospitalario. El personal del CARE, que lucía camisetas negras para mostrar su oposición a lo que se considera un cierre encubierto del centro, colgó batas y pijamas de trabajo en las ventanas, como señal de protesta.


Según Sur (1), los directivos acudieron al CARE para informar a los trabajadores de que no está previsto cerrar el centro ni por la mañana ni por la tarde, y revela que Terol recriminó a los trabajadores que luciesen camisetas negras y que colgasen las batas y los pijamas en las ventanas. Según declaraciones del delegado sindical de la Junta Médica de Carlos Haya, Julio Martínez, «Terol ha amenazado a los trabajadores y ha asegurado que habrá represalias. A mí me ha dicho que se ha quedado con mi cara». Obviamente, las fuentes oficiales niegan tal acoso, pero podrían existir grabaciones ―realizadas con teléfonos móviles― que demostrarían los hechos.

¿Quién es Javier Terol?


Actualmente, como se ha dicho, es el «subdirector gerente» o «subgerente» de los dos principales hospitales de Málaga (Carlos Haya y Hospital Clínico Virgen de la Victoria), cuyas direcciones han sido unificadas en aras de una gestión más racional. Es un cargo novedoso, creado ad hoc.

El señor Terol, como todos, tiene un pasado y una trayectoria. Y un perfil público en la red social-profesional LinkedIn (2). Enfermero diplomado por la Universidad de Málaga en 1983, inició su meteórica escalada en 1996 como jefe de bloque de recursos humanos en el Hospital Clínico; de aquí pasó a responsable de «evaluación de proyectos y calidad» en el hospital de Antequera, entre el 2002 y el 2006, años en los que obtuvo, además, la licenciatura de Antropología Social y Cultural por la Universidad de Granada.

Entre 2006 y 2009 fue subdirector asistencial de la empresa pública Hospital Costa del Sol; según el perfil citado, entre abril y octubre de 2006 ocupó el puesto de Director Funcional del Área de Procesos de MESTESA (3), una empresa privada dedicada a la «asesoría sanitaria».

En 2009 fue nombrado director gerente del distrito sanitario de atención primaria Valle del Guadalhorce, y en 2011 director gerente del área sanitaria Serranía de Málaga, cargo del que fue desplazado ―en una profunda reestructuración que llevó a cabo el Sistema de Salud Andaluz (SAS) a finales del 2012― para ocupar el actual.

En el plano humano, los que lo conocen de sus tiempos en los que pinchaba venas y glúteos, lo consideran un ser campechano. Otros dudan de tal cualidad. Dicen que es devoto de la Virgen del Rocío y, como tal, peregrina anualmente en tan recogida muestra de fervor religioso, pero este dato no está confirmado.

En cualquier caso, tal biografía, asaz apasionante, ha de ser seguida con atención. Y lo será: no le quepa duda al señor Terol.


domingo, 10 de febrero de 2013

Typical



Typical

Los medios de comunicación se han hecho eco de la colocación de un artefacto explosivo de manufacturación casera en la madrileña catedral de La Almudena. Aunque no se han aclarado las causas por las que, felizmente, la bomba no ha llegado a detonar, el frustrado atentado ha sido reivindicado por un grupo de tendencia anarquista.

Héctor Muñoz. MÁLAGA

Dicen que Mateo Morral fue el anarquista que quiso cargarse a Alfonso XIII y consorte con una bomba, casera, por supuesto, que se le fue de las manos y mató a una treintena de inocentes conciudadanos. Vaya usted a saber. La cuestión es que, un siglo después, Morral vuelve a ser recordado por su sangrienta chapuza a propósito de otra mayor, en cuanto a la fechoría, aunque sin el rojo mortal de las heridas que él causó.

La verdad es que El País no termina de aclararse: un sacerdote descubre en un banco de la iglesia un paquete “rudimentario”, desaloja el templo y avisa a la policía. Nada de policía, llegan los TEDAX; ahí están los tíos. Dicen que se trata de “un artefacto explosivo, compuesto por un despertador, 1.200 gramos de pólvora negra prensada, una bombona de camping-gas y cerca de un kilo de tornillos”. Y que lo han “desactivado”, afirman, aunque dudan de que hubiera explotado porque “el reloj no funcionaba adecuadamente”. Es lo que tiene la crisis: los terroristas ahora compran en el chino. En la misma noticia se comenta que la bomba estaba en una bolsa de basura, cerca del confesionario; lo de esta España y las bolsas de basuras es una asociación digna de un psicoanálisis colectivo.

Un día después, las agencias de noticias informan de que, a través de Internet, el “Comando Insurreccionalista Mateo Morral” se ha responsabilizado de la chapuza. Cuando se lee el comunicado del comando, pésima y chusqueramente redactado, el reflejo natural se traduce en una carcajada, de esas que delatan la incredulidad más radical.

A estas alturas de la peli, en la que hasta los escrúpulos cotizan en bolsa, resulta complicado creer nada de todo esto. Ni los anarquistas son iletrados, ni las bombonas de camping-gas son de bolsillo, ni la policía ―que no es tonta― ha dejado de vigilar La Almudena. Esto hiede a propaganda negra. Negra y torpe. Negra y burda, descaradamente burda.

De todas formas, da igual que haya sido la tosca maniobra mediática de algún sector reaccionario que pretenda refrescar una memoria histórica afín a sus intereses, con el objetivo de emitir una señal de advertencia, o que se trate del subidón de unos coleguitas anarcas, empeñados en quemar santos; lo llamativo, lo trascendente es que entre unos y otros, y los que estamos en medio, comienza a tomar forma la idea de la vía rápida; la que no entiende de barcas; la de que aquí te cojo, aquí te mato; allá te pillo, allá te cepillo.

Igual el problema no son los desesperados, ni los desahuciados, engañados, estafados, ninguneados, agredidos o molestados; éstos tienen una paciencia harto demostrada. A lo mejor el problema son los que tienen mucho que perder con un golpe popular, poca paciencia para la reacción y ningún escrúpulo si hay que usarla.

Guste o no, se crea o no se quiera creer, la idea de cortar todo esto por lo sano comienza a rondar por muchas cabezas. En España y por doquier. No es solo un fenómeno nacional, es global; pero aquí nos gusta aderezarlo con iglesias, chapuzas, chanzas y bolsas de basura.

Con una típica nota de color español. Como está mandao.