Sedició
HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA
Carmen
Lamela ha enviado a prisión a dos líderes civiles del movimiento
independentista catalán. La jueza de la Audiencia Nacional los encarcela de
forma incondicional y sin fianza. Era, justamente, lo que solicitaba Miguel
Ángel Carballo, su teniente fiscal y «miembro de la conservadora Asociación de
Fiscales», según vozpópuli, un medio
digital poco sospechoso de cojear con la pierna izquierda.
A
Sànchez y Cuixart, líderes de ANC y Òmnium respectivamente, les pueden caer
hasta 15 años. Por sediciosos. Y que vayan dando gracias a Deu de que ─por
ahora─ no les apliquen el máximo grado de sedición, que es la rebeldía; el
mismo ─todo hay que decirlo─ que el de los golpistas del 23-F, que, como todo
el mundo sabe, han pagado con creces el casi insignificante desliz de poner una
pistola en las sienes de millones de españoles. Rebeldes, sí, pero patriotas a
reventar. Y alguno de ellos gran amante de las camelias. Conmovedor.
Los sediciosos son
aquellos que se alzan pública y tumultuariamente para impedir, por la
fuerza o fuera de las vías legales, la aplicación de las leyes, o para impedir
a cualquier autoridad, corporación oficial o funcionario público, el legítimo
ejercicio de sus funciones o el cumplimiento de sus acuerdos, o de las
resoluciones administrativas o judiciales. Analicemos, pues.
Bárcenas, por poner un
ejemplo, no es un sedicioso. Por eso está en la calle. ¿Por qué? Porque lo suyo
ni es público ni «tumultuario» ni por la fuerza; ¿es fuera de las vías legales?
Sí. No vamos a engañarnos. Lo de Bárcenas es ilegal. Ahora bien: ¿ha impedido
el hombre el legítimo ejercicio de sus funciones a alguien? ¡No! Todo lo
contrario: ha facilitado mucho, mucho, mucho. Y además, por favor, don Luis es
un gran patriota. Su mujer también.
Todos estos matices son
relevantes.
Antonio Muñoz, que en
buena gloria descanse ─aunque él no creyera en ella─, contaba que en su servicio militar (aquellas milis de postguerra, interminables), destinado
en el norte de Cataluña, el capitán ordenaba a la tropa «partirle la boca a todo
aquel que oyeran hablar en catalán». Nadie le preguntó a Antonio, un malagueño
de pura cepa, si cumplió esa orden, o no, pero hay indicios en contra de que lo
hiciera. Sin ánimo de montar chisme alguno, es más que plausible que encontrara
una buena amiga en aquellas tierras segadas. Y a riesgo de ser fusilado ─porque en aquella época la sedición era cualquier cosa, igual
que ahora─,
cantó aquello de:
“Baixant de la font del gat,
una noia, una noia,
baixant de la font del gat,
una noia i un soldat”.
una noia, una noia,
baixant de la font del gat,
una noia i un soldat”.
Sedición. Sedició.
¡Pobre España aquella
que solo sabe partir la boca de los que no hablan su mismo idioma!





