viernes, 22 de agosto de 2014

MIR: ¿Un príncipe convertido en rana?

Los aspirantes (I)

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

El comienzo del verano de este año 2014 ha sido pródigo en noticias sobre el Servicio de Urgencias del hospital Carlos Haya. Los diarios malagueños, especialmente el de mayor difusión, el Sur, se han hecho eco de la amenaza de huelga de los Médicos Internos Residentes (MIR) de segundo año, obligados por la Dirección del hospital a trabajar en urgencias por las mañanas, en días laborables, durante los tres meses estivales en los que los médicos adjuntos (médicos de plantilla) toman sus vacaciones anuales. Esto se produce días después del anuncio de la inminente reestructuración arquitectónica de dicho servicio.


Hay muchas personas ajenas al mundo sanitario que preguntan ‘qué es un MIR’, tras leer en los periódicos los titulares y las noticias sobre sus conflictos laborales. Es curioso el desconocimiento popular sobre un sistema de formación de médicos especialistas que ya tiene una historia de más de un tercio de siglo. No pocos creen que son estudiantes; para muchos son esos médicos ‘jovencitos’ que aprenden y ayudan; y para otros son unas mentes superdotadas que han conseguido ser especialistas con poco más de 25 años. Los que se interesan algo más preguntan, acertadamente, por qué ‘internos’ y por qué ‘residentes’; y la primera respuesta es que no son ni una cosa ni la otra: ni están internados ni viven en el hospital.

Por lo tanto, no parece que la actual denominación de este colectivo de médicos generales sea acertada. Es arcaica, inexacta y confusa. Para el que tenga alguna duda: son médicos generales; son ―y así serán denominados a partir de ahora― Médicos Generales en Formación Especializada (MEGFE)[1]. Y es muy conveniente que el ciudadano, como usuario del Sistema Nacional de Salud (SNS) y contribuyente de la Hacienda Pública, conozca todo lo relacionado con los MEGFE, porque están en todos los puestos asistenciales: quirófanos, plantas de encame, urgencias, paritorios, UCI, centros de salud, laboratorios, salas de radiología, etc. Es muy improbable que un usuario de cualquier servicio sanitario público no se encuentre, más temprano que tarde, con uno de estos médicos. Otra cuestión es que no lo sepa o no le interese, siempre que se considere bien atendido.

Estos médicos generales desempeñan sus funciones con un horario laboral normal: una jornada ordinaria, una serie de horas extraordinarias que se llaman guardias, vacaciones y descansos reglamentarios. El Estado les paga por ello, y habilita otros recursos necesarios para que, al mismo tiempo, estudien y aprendan lo suficiente y, al cabo de cuatro o cinco años, consigan el título de médico especialista con las garantías que la sociedad demanda. El día de mañana serán ―o al menos eso se pretende― buenos cirujanos, cardiólogos, urólogos, anestesistas, etc.

Los MEGFE son pues, mayoritariamente, jóvenes médicos generales recién salidos de una facultad. Con sus títulos, estrenándolos, acceden a una dura prueba teórica de carácter estatal que, una vez superada, les permite ingresar en un hospital acreditado, habitualmente público, para obtener durante cuatro o cinco años la formación suficiente y poder conseguir así el correspondiente y ansiado título de especialista, una vez superadas las diferentes evaluaciones que marca la ley[2]. Durante todo ese tiempo perciben un salario y un complemento por las guardias realizadas.

El montante total de sus retribuciones varía en función de la comunidad autónoma, y ha sufrido un decremento considerable como consecuencia de los recortes derivados de la actual crisis económica, al igual que ha ocurrido con el resto de estamentos profesionales. Según un estudio de la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM), presentado en septiembre de 2013[3], la media de ingresos brutos de este colectivo ronda los 30.000 euros anuales para un MEGFE de segundo año que haga cuatro guardias mensuales. Algo menos cobrarían los de primer año, cuya labor asistencial es completamente tutorizada por ley, y algo más los de cuarto y quinto año, habilitados legalmente para una mayor adopción de responsabilidades, siempre bajo la guía del staff[4], ya que no dejan de ser médicos generales hasta la validación del título de especialista al terminar el periodo formativo.

El número de MEGFE que no superan el periodo formativo, por no ser considerados aptos, es ínfimo, por no decir inexistente. Prácticamente, salvo abandonos y desgracias personales, todos ellos ―miles todos los años― salen con el título bajo el brazo. El sistema de evaluación se realiza a través de las comisiones y unidades docentes de cada uno de los hospitales acreditados, mediante una red de tutores que son médicos adjuntos de los diferentes servicios, encargados de calificar al ‘residente’ en sus diferentes rotaciones y en su actividad puramente asistencial. Excepto infrecuentes auditorías ministeriales, las evaluaciones se hacen en y por el mismo hospital o centro de salud. A tenor de la aplastante proporción de ‘aptos’, una de dos: o todos son muy buenos y el sistema es perfecto, o hay una generosidad en exceso; y los que conocen la realidad, que son muchos, saben que para la perfección queda un buen trecho.

Este sistema de formación postgraduada se instauró en España a mediados de los años 70 y alcanzó su madurez en 1984. No hay duda de que este hecho es un hito en la historia de la medicina española, porque ha proporcionado una gran cantidad de médicos bien formados que han construido una solvente estructura técnica, profesional y científica, sobre la que se ha conformado la idea de un SNS basado en la atención sanitaria de calidad, universal y gratuita. Un sistema que, además, aspiraba a garantizar la máxima hipocrática de la transmisión del conocimiento y la praxis médica a través de las diferentes generaciones de profesionales.

Uno de los pioneros en este arranque es el profesor Ciril Rozman, un eminente catedrático, internista y hematólogo, de origen esloveno, que ya en el año 2008 atisbó un horizonte no exento de problemas y desviaciones: según Rozman, el hecho de que el acceso a MEGFE consista solamente en un examen puramente teórico, de carácter memorístico-cognitivo, “ha tenido como efecto secundario adverso, un empeoramiento de la fase pregraduada”. De estas palabras cabe deducir que la enseñanza universitaria está más enfocada a preparar brillantes opositores que a formar médicos integrales, delegando esta última responsabilidad en el sistema MEGFE. Se trataría de asegurar la aptitud mediante un test y encomendar la actitud, la praxis, el humanismo y las cuestiones éticas al libre albedrío, a una malentendida ‘evolución natural’ o al simple e incierto destino de cada cual.

Otra queja del profesor “tiene que ver con el examen al final del período de formación MIR”. Esta evaluación estaba prevista en España, “pero una huelga de los mismos MIR impidió su puesta en práctica”.[5] A tenor de esta declaración, no parece que Rozman estuviera convencido de la solvencia profesional de todos los especialistas del sistema MEGFE, por el único hecho de cursar un periodo formativo remunerado durante unos cuantos años.

En los 80, años de desempleo, un recién licenciado se apuntaba a la bolsa del paro y, con suerte, conseguía algunos contratillos de días, semanas o pocos meses en algún ambulatorio de la capital o en cualquier pueblo perdido de la provincia de Málaga. Allí iba para sustituir temporalmente al médico titular de la plaza. El ‘sustituto’ llegaba con una mochila cargada de ilusión, ganas, temor y conocimientos teóricos, muchos de ellos tan inservibles para el cuerpo a cuerpo de la realidad, que terminaban desapareciendo de la memoria.

El hospital quedaba muy lejos en el horizonte profesional; allí estaba la élite, con sus buenos especialistas y sus MEGFES, que no solían tener problemas para encontrar trabajo estable al terminar su periodo formativo. Además, el currículo acumulado les permitía acceder con garantías a las oposiciones para una plaza fija. A los médicos que no conseguían superar el duro examen test del mal llamado MIR, le quedaban pocas opciones: muchos seguirían vagando temporalmente por consultorios, urgencias extrahospitalarias o ambulancias de mala muerte (las famosas ‘lecheras’); algunos, a través de un conocido o familiar, intentaban formarse en alguna especialidad de forma tan poco regulada como mal retribuida: así nacieron los Médicos Especialistas sin Título Oficial (los MESTO); otros buscaban en la medicina privada ―de capa caída en aquellos tiempos― el pan y la sal. Los más tozudos estudiaban, año tras año, para ser MEGFE; y los más listos aprovecharon determinadas coyunturas políticas y un carné de partido para dedicarse a cargos administrativos que les permitirían medrar y trepar, lejos de la vocación que les había llevado a esta carrera universitaria: no son pocos los gestores actuales ―al menos en Andalucía― que proceden de aquellas hornadas.

Mientras los MEGFE tuvieron trabajo asegurado al acabar la ‘residencia’ no hubo mayores problemas, aunque ya se percibía un cierto estatus de castas. Pero a finales de los 80, el paro volvió su malévola mirada también hacia ellos. El corporativismo defensivo y la insolidaridad en las adversidades, talones de Aquiles de la profesión médica, despertaron como la quimera de su letargo: especialistas y médicos de familia vía MEGFE contra MESTO y médicos generales, que reclamaban sus derechos a un puesto de trabajo y una homologación profesional; las administraciones hacían todo tipo de piruetas legales para adaptar títulos dispares y reconocer situaciones consolidadas en un vacío difícil de llenar.

A estas alturas, el colectivo MEGFE y sus mentores se habían convertido en un importante grupo de presión con la bandera de la competencia profesional ‘acreditada’. Los primeros en caer fueron los MESTO, desposeídos sin piedad de sus puestos tras años de sacarle al SNS las castañas del fuego, muchos de ellos ya con una edad y una situación familiar que les ponían muy cuesta arriba el camino y su futuro. Los médicos de familia que terminaban su ‘residencia’ gozaron de un baremo favorable y coparon rápidamente los primeros lugares en la bolsa de trabajo. Las sobras, para los médicos generales sin plaza en el SNS. Nadie podrá negar que la formación de aquéllos contribuyera a mejorar la calidad asistencial; pero este hecho solamente se dio mientras la nueva Atención Primaria funcionó como estaba previsto.

Esta especie de gazpacho galénico se estabilizó, más o menos, ya entrados los años 90, gracias a una mejoría del mercado laboral, que dio relativo acomodo a los diferentes colectivos médicos. Los nuevos especialistas no tenían grandes problemas para ser contratados, incluso en los mismos servicios en los que se habían formado. Los médicos de familia encontraban acomodo en los centros de salud o en urgencias. Durante tres, cuatro o cinco años habían trabajado duro, habitualmente con más horas de hospital y estudio que de hogar y ocio. Y sin salientes de guardia hasta que una justa reivindicación y diferentes sentencias judiciales terminaron reconociéndolos como un derecho laboral muchos años después. Motivados, curiosos, ávidos de saber, esforzados, respetuosos con la profesión y con sus docentes; a la aptitud teórica sumaban la actitud necesaria para afrontar los problemas, adquirir responsabilidades y tomar decisiones. No tenían necesidad de servilismo ni de adulaciones interesadas para ser bien valorados.

En un hospital terminan conociéndose todos. El hospital, como entidad con todos sus trabajadores, enfermos y allegados, es el que suele dictar la primera sentencia sobre el que es ‘buen médico’, y la primera predicción sobre el que será un ‘buen especialista’; esos pasillos han visto tanto y a tantos, que difícilmente se equivocarán. Y por aquella época los pocos ‘residentes’ desidiosos e incompetentes ―que también los había, como en cualquier otro estamento o institución― resaltaban más por el alto nivel que tenía la mayoría de sus compañeros, que por su propia mala actitud. La mediocridad encontraba serias dificultades para mimetizarse en una blanca bata o un pijama verde, y era fácilmente descubierta, incluso paternalmente tolerada por el sistema.

La segunda mitad de los 90 no fue mala, laboralmente hablando. La puesta en marcha de nuevos servicios asistenciales, la reorganización de la asistencia urgente, el inesperado silencio sindical durante el primer mandato de Aznar y la relajación de las bolsas de trabajo, permitieron contrataciones casi a la carta y de mediana o larga duración en muchos de los casos. Tales arbitrariedades fueron posibles dentro de un vacío administrativo pero, sobre todo, fueron adecuadas porque los diferentes jefes clínicos usaron criterios que coincidían con la valía profesional de los elegidos. El tiempo les dio la razón. Además, los mediocres no tenían grandes problemas para encontrar trabajo. Todos contentos. Desde el futuro, siempre difícil de adivinar, el nuevo milenio se invitaba a si mismo, socarronamente, a irrumpir inexorablente tras la última campanada del maltrecho siglo XX. Quizá, lo que no han sido capaces de prever Rozman y otros impulsores de la formación médica especializada, son las consecuencias que sobre la misma han tenido, y tienen, los cambios a nivel social, político, laboral, profesional, académico y científico, que se han producido desde entonces.

El siglo XXI no venía solo.

(Continuará)





[1] Denominación original del autor, que pretende una mayor coherencia entre el significante y el significado, pero sin valor oficial alguno.
[2] http://www.boe.es/buscar/pdf/2008/BOE-A-2008-3176-consolidado.pdf
[3] http://www.cesm.org.es/index.php/laboral/retribuciones/2653-los-medicos-hemos-perdido-como-minimo-un-25-de-su-poder-adquisitivo-desde-2010
[4] En el ambiente hospitalario, Staff es el término que engloba al conjunto de médicos adjuntos de plantilla y los jefes clínicos de un centro sanitario. En la empresa privada, se refiere con mayor exactitud al grupo directivo.
[5] http://blogderozman.wordpress.com/2008/12/23/breve-historia-del-sistema-mir/

sábado, 28 de junio de 2014

Comentario al artículo "Urgencias de Carlos Haya" en el diario Sur


Manos a la obra

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Con el titular “Urgencias de Carlos Haya” ha sido publicado un artículo en el diario Sur[1], firmado por Ángel Escalera, sobre la futura remodelación arquitectónica del servicio de urgencias del hospital malagueño, una promesa hecha en el año 2000.

Quince años llevo denunciando esta grave negligencia de las autoridades sanitarias. La hemeroteca del diario Sur es testigo de ello por alguna de mis cartas al director que han sido publicadas.

Pero como dicen los futboleros, “el partido no acaba hasta el pitido final”; de momento, la obra sigue siendo la eterna promesa. Y además, advierto: cuando las urgencias del Carlos Haya tengan un espacio y unas instalaciones dignas, habrá que ver con cuánto personal, sanitario y no sanitario, las dotan. Más aún: si no arreglan la Atención Primaria y las listas de espera, las personas tendrán que seguir acudiendo en masa a las urgencias del hospital por problemas solucionables en otros niveles.

Y si no hay una conciencia ciudadana de buen uso de un servicio público imprescindible, mal continuarán las cosas; si la propaganda oficial y su eco a través de los medios de comunicación, se sigue dedicando a ensalzar los grandes avances técnicos en vez de contribuir a fomentar un uso responsable de los servicios básicos, mal irán las cosas. Y como de momento, por desgracia, se hace necesario un servicio de seguridad para intentar evitar las agresiones (físicas y verbales) que padece el personal diariamente, es de esperar que diseñen un circuito de flujos que evite la aglomeración de familiares y acompañantes, y que facilite el trabajo de los vigilantes para que su labor sea eficaz.

Málaga, los pacientes y los profesionales se lo merecen.




[1] http://www.diariosur.es/opinion/201406/24/urgencias-carlos-haya-20140624010354-v.html

viernes, 9 de mayo de 2014

ENSAYANDO LA ABSTENCIÓN

Minorías aplastantes
HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA


“Todos ellos llevan muchos años orinando sobre el pueblo soberano: lo humillan, lo desprecian, lo engañan, le roban, lo maltratan… en nombre de la democracia. No se puede hacer nada”. Ésta podría ser la reflexión de cualquiera de los millones de ciudadanos que se sienten así. Profesionales cualificados, obreros, artistas, parados, empleados, científicos, desahuciados, funcionarios y parias de toda la vida. Mujeres y hombres. Un lamento impotente ante la fuerza de los acontecimientos. Un quejío ahogao por la insultante altivez de la propia realidad. Una capitulación definitiva, una rendición a los pies de la evidencia. ¿Qué hacer?

Señoras y señores: son los políticos. Comienzan su gira para las elecciones europeas del 25 de mayo. Piden el voto con nuevas promesas de bienestar para todos… Son los políticos: la correa de transmisión del poder real, el de las grandes sumas; el que se esconde entre las bambalinas de las corporaciones, bancos, mercados y marcas; el poder de los listos, el de los que nunca pierden. El del caballo ganador.

El próximo 25 de mayo culmina la liturgia electoral con el solemne acto de las votaciones: los que se acerquen a las urnas elegirán 54 ‘eurodiputados’ españoles, que se sentarán en los escaños del Parlamento de Europa junto a otros casi setecientos políticos del resto de países miembros. Cinco añitos más. «Esta vez es diferente», es el eslogan oficial.[1] ¿Diferente a qué? ¿Diferente es mejor? ¿Qué ha ocurrido para que ahora tenga que ser distinto? ¿Hasta cuándo será diferente? ¿Hasta el 26 de mayo?
Seguramente no serán pocos los que piensen que nada será diferente. Que todo seguirá igual… o peor. Que el eslogan no es una promesa ni una declaración de intenciones. Que no hay proyecto de cambio. Que seguirán machacando a la clase media e ignorando a los desarrapados. Esta vez es diferente. Suena como una llamada desesperada a la participación; es como decir: “Te hemos fallado, lo sabemos, pero vótanos, que esta vez vamos a ser buenos, justos y honorables”. Quieren que la gente vote. Primeramente, que voten a sus partidos, claro está; pero si no fuese así… que voten.

Necesitan la legitimación de la ciudadanía, porque ésta es su coartada singular. Las cifras históricas les duelen, y temen que ahora sean peores: en las elecciones europeas de 2004 y 2009, entre cinco y seis de cada diez potenciales electores españoles se abstuvieron de votar. Si se tiene en cuenta la población general, incluyendo a los menores de dieciocho años y a los incapacitados por ley, el destino de más de treinta millones de ciudadanos españoles que no votaron fue decidido por algo menos de dieciséis, que sí lo hicieron.
Estos números, en crudo, por sí mismos, ya cuestionan la legitimidad de un sistema democrático porque los elegidos lo son por aplastante minoría. Después, para terminar de deslegitimarlo, ya se bastan ellos solitos con la sordidez de su propia sumisión a intereses personales, de partido y, sobre todo, ajenos. Ajenos a ellos mismos y a la tan manida soberanía popular con la que llenan su boca ante cámaras y micrófonos.

Es necesario desmontar de una vez por todas algunos tópicos creados por la propaganda política electoral. Una de las muchas técnicas de la persuasión planificada es la repetición controlada del mismo mensaje. Otra es que éste apele a emociones, sentimientos y altos valores morales; las dos confluyen en expresiones electorales, reiteradas hasta la saciedad, como deber ciudadano, momento supremo, fiesta de la democracia, alta responsabilidad cívica u honor soberano.
Esto es particularmente observable en la jornada de reflexión, cuando por ley ya no pueden pedir el voto para sí mismos; lo piden para el que sea, da igual, quieren colas ante los colegios electorales para poder exclamar satisfechos: “¡Éstos son mis chicos y mis chicas!”. Atrás quedan semanas de bochornosas grescas a través de los medios de comunicación que cubren tales escenas teatrales, tan falsas como un combate de pressing catch.
El otro gran cliché propagandístico se produce por la contraria: el abstencionista es un irresponsable social, un haragán desafectado, sin conciencia ciudadana, un elemento pasivo que prefiere quedarse todo el día en el sofá, en el campo o en la playa. No lo dicen así: jalean al fiel votador y lo ponen en primer plano; simulan ignorar, por ejemplo, a los cerca de veinte millones que se abstuvieron en 2009.

Existe cierta confusión entre diferentes conceptos. Está escrito en el Diccionario de la lengua española que ‘abstenerse’ quiere decir contenerse, refrenarse o privarse de algo; también significa «no participar en algo a que se tiene derecho» o «ejercer la abstención». Todas esas acepciones tienen un innegable perfil volitivo, están íntimamente ligadas a la libertad individual de cualquier persona para tomar una decisión determinada. Una decisión dictada por su juicio, por sus valores o por sus emociones, pero absoluta y exclusivamente determinada por la voluntad y el libre albedrío. Y como toda decisión, es un acto en sí misma: es la acción de no hacer, de no decir o de no participar en algo o con alguien. Es, simplemente, la decisión de no votar.

Por lo tanto, la abstención es activa. Da igual que sea meditada y motivada, o que sea fruto del hastío, el cansancio, la desafección, el desencanto o una invencible sensación de inutilidad. La abstención es el acto de no votar. En ningún caso podría considerarse una dejación de obligaciones o la omisión de un deber, conductas que entrañan una trasgresión de normas impuestas por las leyes o por los códigos morales ―sociales y familiares― vigentes en un momento histórico determinado y aceptados de forma tácita como principios de comportamiento y de convivencia en la sociedad. Solo sería punible en aquellos países ―los menos― cuyas leyes obligan a sus ciudadanos a votar.
No es el caso español. Aquí es un derecho, no un deber. En España se puede ser cívicamente intachable sin pisar un colegio electoral, y el mayor de los sinvergüenzas aún votando; es más: se puede ser cívicamente intachable a pesar de votar. Depende de cómo se ponderen la utilidad, la eficacia, las consecuencias y los beneficios sociales derivados del acto de elegir, mediante una papeleta, a aquellas personas que se postulan para defender eso que pomposamente llaman ‘los intereses del pueblo soberano’.
Pero incluso más allá de los intereses generales, depende del concepto mismo que se tenga de la democracia, completamente denostada en la actualidad, convertida en una abstracción sin contenido y pisoteada con descaro por aquellos que la pregonan sin descanso desde los escaños conseguidos en las urnas. Precisamente por los mismos que ahora arengan al electorado a que cumpla “su deber ciudadano de votar”. ¿Es un acto de irresponsabilidad no participar en un proceso por el cual se elige a las mismas élites que han provocado el desastre actual? Parece más bien lo contrario.

Votar en blanco sí es votar. Existen grupos ciudadanos organizados que abogan por tal posibilidad. Los partidarios de esta respetable opción la llaman ‘abstención activa’, una construcción semántica incorrecta que alude, sin duda, a la carga de protesta o inconformismo político que expresan cuando acuden a un colegio electoral para introducir un sobre vacío dentro de la urna. Para ellos, el voto en blanco es el producto de una reflexión sobre la clase política y de una elevada conciencia ciudadana. Aceptan el sistema pero no les convence ninguno de los partidos en litigio.
Los sobres vacíos, es decir, los votos en blanco, suman en el total de sufragios sobre el que se calcula la distribución de escaños. Según los expertos y analistas políticos, con la Ley Electoral vigente, el voto en blanco afecta al resultado final, y lo hace en perjuicio de los partidos minoritarios. No se traduce en escaños vacíos. De hecho, los movimientos en su favor reivindican un cambio legislativo en tal sentido, pero mientras éste no se produzca, votar en blanco es alimentar al oligopolio político y al sistema bipartidista, el de los buenos y malos, el de “o estás conmigo o estás con aquél”, el del inútil ‘voto útil’ de los ciudadanos; un sistema basado en una fórmula matemática del siglo XIX, la ley de D’Hont, que mantiene al electorado dividido en dos bloques políticamente irreconciliables. Un público fragmentado en solo dos colores, bajo el yugo hipnótico de la propaganda actual, la que algunos politólogos denominan “campaña electoral permanente”.[2]

Votar nulo también es votar. Pocos hablan de esto. La media de votos nulos en las tres últimas elecciones europeas fue de 140.000, una cifra nada despreciable. El voto nulo es un voto ‘defectuoso’, pero nadie ―mejor dicho, casi nadie― sabe en qué proporción lo es por error o por intención; cuesta creer que tantos miles de personas puedan errar en un procedimiento aparentemente tan sencillo, y si así fuera habría que preguntarse por qué casi el uno por ciento de los votantes lo hacen mal. Por el contrario, puede entenderse que aquellos que son voluntariamente nulos (escribir, por ejemplo, la palabra ‘corruptos’ en la papeleta) reflejan inconformidad, incluso desprecio por el sistema.
El voto nulo no cuenta para el cómputo electoral pero sí para el del número de participantes en el proceso. Su único valor es el resultado de restar a la abstención. Es como un invitado invisible: se sabe que está pero no se le puede conocer. Al no ser válido no favorece la bipolaridad parlamentaria, como ocurre con el voto en blanco, pero cuenta para los señores del sistema; éstos tienen la cínica osadía de lamentar el voto nulo como producto del desconocimiento, la incultura o la discapacidad. Prefieren llamar imbéciles a los 140.000 votantes nulos, a plantearse que muchos de ellos lo hagan por desacuerdo y malestar.

El sistema es como un restaurante malo. Los votantes son esos clientes fijos que van a cenar cada cierto tiempo. No siempre eligen el mismo plato, cambian sus preferencias cuando no comen bien o les resulta caro; siguen entrando porque no hay otro y porque no contemplan una alternativa mejor. Son comprensivos y tolerantes: del pescado podrido dicen que tiene un sabor ‘algo fuerte’. “El próximo día pediremos carne”.
Los abstencionistas son aquellos a los que no les gusta el restaurante o no les apetece ir. Muchos ya lo conocen, la mayoría, y no están dispuestos a pagar por la bazofia que se les sirve. Simplemente no entran. Cenan en casa. “Comeremos ahí cuando no timen a sus clientes”.
De vez en cuando llega un señor con traje blanco de lino, se sienta y no pide nada. Protesta educadamente y deja constancia de su desagrado. “No me gusta ningún plato”. Paga el cubierto y se marcha. Es como votar en blanco.
Raramente llega algún despistado por error, o un cabreado con razón. Entran pero no se sientan; el primero se va de inmediato y el otro se queda dos minutos, el tiempo justo para dar cuatro gritos y molestar al encargado. Éstos son los votos nulos.

“No todos los políticos son malos”. Este es un argumento irrebatible. Lo esgrimen los propios agentes políticos, los militantes, los allegados de algún cargo electo y la gente de buena fe. Pero no es solo un problema de maldad, ni siquiera ésta es el principal. Tampoco es mera cuestión de incompetencia: asumir esta tesis como única, significa justificar sus desmanes; ni son tan torpes ni es tan difícil hacer política. Hay profesiones mil veces más complicadas. En realidad es un problema de sumisión y de interés.
Efectivamente, cualquier generalización es injusta, es fuente de estereotipos y es gratuitamente estigmatizadora. Pero ¿cuántos políticos obran en conciencia cuando, sabiendo lo que saben, leyendo lo que leen, escuchando lo que escuchan o viendo lo que ven, actúan ―a tiempo― en contra de la disciplina de partido y a favor del auténtico interés general? ¿Cuántos de ellos denuncian ―a tiempo― las redes de intereses que conocen perfectamente? Muy pocos, y en España menos. Son sumisos voluntarios pegados como una lapa a un cargo, un sillón o un escaño. Probablemente no son tantos los que roban directamente; el problema son los que callan o silban distraídamente girando el cuello hacia otro lado. Y cuando alguien levanta la liebre, ninguno sabe nada y mienten hasta la náusea; el que puede salta de un cargo a otro buscando el aforamiento como el que busca las casillas seguras del parchís. Ésta es otra: según Europa Press,[3] en España hay dos mil políticos aforados, desde el presidente del Gobierno hasta el último de los parlamentarios de cualquier comunidad autónoma, pasando por instituciones como el Tribunal de Cuentas. No pueden ser juzgados por los mismos tribunales que el resto de ciudadanos. Elaboran leyes, las debaten y las sancionan en el nombre de los que los votan, no en el de la mayoría ciudadana, como matemáticamente ha quedado demostrado; y con algunas de ellas se cubren las espaldas en caso de tribulación.




¿Saben qué votan los que votan? Saben lo que les prometen y poco más. Unos acuden a los colegios electorales a apoyar un color, como el que va a animar a su equipo en un partido de fútbol; son seguidores ‘de toda la vida’, de izquierdas o de derechas: “Este partido lo vamos a ganar”.
Otros, menos competitivos, otean la situación, analizan las apuestas y se deciden por el galgo que creen más rápido. Aquí entran en juego los sondeos electorales: la publicación de los resultados de las encuestas como hechos noticiosos de primera magnitud es otro gran instrumento propagandístico cuyo objeto es dirigir la atención de la sociedad hacia ciertos temas y enmarcar el debate político; es lo que algunos teóricos denominan “sondeocracia”.[4]
Pero también se vota por despecho: son los que se sienten estafados y cambian sus preferencias de unos comicios a otros; no faltan a una sola cita electoral; muchos de ellos esperan castigar de esta forma a los últimos traidores. Aún se creen protagonistas decisivos. Una honorable tozudez democrática que les impide ver su propia perspectiva: así llevan décadas. Son los que no soportaron la OTAN de Felipe González ni la corrupción de su último mandato: y ganó Aznar. Ocho años después, odiaron la guerra de Irak y las mentiras del 11-M: votaron a Zapatero en 2004 y castigaron al PSOE en 2011 por no avisar del tsunami, plegarse al poder económico y abrir las puertas a los recortes sociales con una reforma constitucional ―hecha a hurtadillas― que estableció un ‘techo de deuda pública’; y así triunfó el PP de Rajoy, con mayoría absoluta de diputados y senadores. Resultado: de entrada el descarado incumplimiento de importantes promesas electorales, mentiras admitidas y justificadas por ellos mismos. Más pobreza, más dinero para los bancos, más paro, peores condiciones laborales, amnistía fiscal para los grandes defraudadores, millones de euros para ‘indemnizar’ el despido de especuladores, amparo de estafadores, corrupción institucionalizada, financiación ilegal de partidos y sindicatos… y todo lo que aún ni se conoce ni es probable que se sepa. ¿Qué votarán ahora los despechados? ¿Otro viraje a la izquierda?

El caso de la izquierda española de los últimos veinte años es más sangrante, si cabe, que el declarado pragmatismo ultraliberal de la derecha. ¿Por qué? Porque ha engañado aún más, que ya es decir; y lo que es mucho peor: ha traicionado a un electorado comprometido ideológicamente y, en muchos casos, emocionalmente. “Ni una mala palabra, ni una buena acción”, que diría José María García. Los políticos españoles que se autoproclaman progresistas y de izquierdas se colocan el mono de trabajador para sus apariciones públicas; debajo, en realidad, lo que llevan puestos son trajes caros y vestidos de diseño. Después cuelgan el mono azul en sus despachos y toman decisiones con las mismas lógicas que los conservadores. Las del mercado. De vez en cuando, un gesto para la galería, que no es cuestión de perder votos.
La Transición española tiene mil aristas, dicho esto en presente porque no parece haber concluido. Es un proceso que acumula muchos y diferentes fenómenos sociales, culturales, económicos y políticos; es como un río de lava que no termina de detenerse y solidificar definitivamente. Tras la reanudación democrática en la segunda mitad de los años 70, los partidos de izquierdas comenzaron a desmarcarse lenta y sutilmente de los discursos, símbolos y señas de identidad que los había caracterizado antes del golpe militar de 1936 y durante el exilio. Cada vez menos color rojo, menos puños en alto y menos conocedores de la letra de La Internacional. Pero lo más importante: cada vez más alejados del compromiso social, más ocupados en acaparar escaños y poder en todos los niveles de la administración pública, y cada vez más mimetizados con el entorno neoliberal, hasta el punto de confundirse camaleónicamente con él. Tecnócratas y oportunistas, capitularon definitivamente ante el asedio de las poderosas huestes del capital global. Solo conservan el mono azul y la chaqueta de pana para las grandes ocasiones.

El ejemplo de Andalucía, en la que gobierna ‘la izquierda’ desde hace 32 años, es revelador. Dicen que este pueblo, antaño olvidado, ha experimentado un desarrollo nunca visto, gracias a ellos. ¿Desarrollo? ¿Por las carreteras? ¿Las escuelas? ¿Los hospitales? ¿El Parque Tecnológico de Málaga? ¿La Exposición Universal de Sevilla? Como decía Pier Paolo Pasolini, es imperdonable confundir ‘desarrollo’ con ‘progreso’. Una sociedad que progresa es aquella que avanza con una educación de calidad; no basta con que sea universal y gratuita, tiene que ser buena de verdad. Las tasas de abandono escolar en Andalucía siguen siendo escandalosas. Los jóvenes que llegan a la universidad no han leído un artículo científico en su vida; es más, muchos no han leído nada. Los profesores pueden dar fe de esta afirmación.
La gestión socialista en la Junta ya era de corte neoliberal incluso mucho antes de que Manuel Chaves le concediera a la Duquesa de Alba la medalla de hija predilecta de Andalucía en el año 2006. Una de sus consejeras, María Jesús Montero, fue responsable de feroces recortes sanitarios, sobre todo en personal, en los nueve años que estuvo al frente de Salud y Bienestar Social desde que en 2004 llegara al cargo. Aún hoy, muchos de aquellos médicos y enfermeros siguen sufriendo contratos precarios o están en la bolsa del paro. Susana Díaz, actual Presidenta de la Junta, la ha puesto al frente de la Consejería de Hacienda y Administración Pública. Todo un premio. Montero: salud y dinero.
Según El País, Andalucía es la región europea con mayor tasa de paro[5]. Esta comunidad se ha desarrollado por la inercia de los tiempos, pero no ha progresado. El bastión del socialismo español se tambaleó en 2012 cuando el PP ganó las elecciones autonómicas. La mayoría de los electores votó a la derecha pero el Gobierno resultante fue más de ‘izquierdas’ que nunca. Izquierda Unida pactó con el PSOE para conseguir la vicepresidencia de Valderas y un par de consejerías. Si en 2009 los diputados de IU votaron junto al PP en contra de la investidura de Griñán, tres años después lo hicieron Presidente. Toda una lección de coherencia ideológica. Poco después, mientras el diputado Sánchez Gordillo gamberreaba en los supermercados, Griñán preparaba su aforada salida hacia el Senado, acorralado por la justicia ante su presunta participación en una red de corrupción institucional. ¿Qué ha hecho en todo este tiempo IU? Agarrarse a los escaños conseguidos y cuatro gestos para conseguir otros tantos titulares periodísticos. Los de IU están tan rendidos a la banca como la Presidenta Díaz, que no tiene ningún pudor en fotografiarse, satisfecha por los acuerdos alcanzados, con Botín y González, presidentes del Banco de Santander y del BBVA, respectivamente. Lo que no se ha explicado es a cambio de qué ―ni de cuánto― le van a prestar dinero estos dos grandes tiburones.



Emilio Botín besa la mano de Susana Díaz.                                                                                                         ANDALUCES.ES

¿Y qué han dicho Valderas y Sánchez Gordillo de esto? ¿Qué opinarán de la foto de toda una Presidenta de Andalucía con los legionarios, ante el Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas, en la Semana Santa de Málaga? ¿No estamos en un estado laico? Igual busca el voto de los penitentes, vaya usted a saber. A estas horas podría estar pensando en visitar la Feria de Abril y departir con los señoritos de pelo engominado y caracolillos cogoteros.



Susana Díaz en la Semana Santa de Málaga.                                                                                  EFE

Como se puede deducir fácilmente, la herencia ideológica de la izquierda española ha quedado reducida a la propaganda y al populismo barato. Si son dignos de su confianza, vótenlos.

¿Saben los votantes a quiénes votan? Normalmente conocen los nombres de los cabezas de lista de los partidos mayoritarios, y de ellos saben lo que los medios, particularmente la televisión, les ofrecen. En este punto es conveniente recordar que los partidos políticos cuentan con poderosos departamentos de comunicación y relaciones públicas; éstos elaboran información, tanto escrita como audiovisual, y la envían a los medios, ya empaquetada y de forma gratuita. A cualquier cadena de televisión puede interesarle hacer uso de ella, ahorrándose los gastos de una cobertura propia. Si, además, coinciden las líneas ideológicas y los intereses políticos ―que suelen coincidir―, miel sobre hojuelas.
El resultado, en cualquier caso, es que el futuro votador solo recibe la imagen y el mensaje que los aspirantes quieren que reciba; lee, oye y ve lo que ellos deciden qué es lo que tiene que ver, oír o leer. Y cómo tiene que hacerlo. Para las próximas elecciones europeas, cada partido presentará una lista de 54 candidatos. La ciudadanía tendrá información enlatada de uno, dos o tres, como mucho. Parco bagaje democrático.
Para comprar una lavadora, un ordenador portátil, un seguro de vida, una camisa o un kilo de carne, la gente indaga, pregunta, prueba o compara diferentes opciones antes de tomar una decisión. Muchas personas podrán estar más o menos influenciadas o persuadidas por la intoxicación publicitaria, pero finalmente eligen un producto en base a una ponderación previa. Invierten tiempo, esfuerzo y dinero porque esperan una compensación, aunque siempre podrán equivocarse, qué duda cabe. Sin embargo ¿quién conoce al último candidato de una lista electoral? ¿Quién conoce su formación, su currículo profesional o su trayectoria política?
Y aún peor: los elegidos para una institución, sea el Congreso, un ayuntamiento, un parlamento autonómico o el europeo, ni siquiera son los que diseñan las líneas maestras de sus políticas sociales, laborales y económicas. Las votan y las sancionan, sí, pero los verdaderos ideólogos están en la sombra. Nadie los conoce. Tan alejados están del ciudadano que necesitan brazos ejecutores que traduzcan la pesada letra de las leyes y los decretos al lenguaje de la vida de las personas: el lenguaje de sus derechos, sus bolsillos, sus contratos, sus nóminas, su salud, su seguridad, su dignidad, sus hijos, sus padres o sus abuelos. A estos ‘brazos ejecutores’ se les conoce aún menos y no van en ninguna lista electoral: son los delegados, secretarios, subsecretarios, gerentes, subgerentes, directores, subdirectores, asesores, coordinadores… Todos son cargos ‘de confianza’ elegidos a puro dedo. Y éstos son los que más joden al personal, porque aplican las normas con un valor añadido: el de sus propios intereses, que no son otros que rendir buenas cuentas, conservar el cargo y coleccionar medallas a costa de gente que no los ha votado para nada. Trepar, trepar y trepar. A la chita callando.
Definitivamente, introducir la papeleta en una urna no es muy diferente a comprar un décimo de lotería. Lo más probable es que no toque. El déficit democrático es tan abismal que el pueblo soberano nunca llega a conocer a los que gobiernan su día a día. La transparencia no existe ni podrá existir mientras se alimente este sistema de castas.

Los primeros sondeos ya predicen un alto nivel de abstención en las elecciones europeas del próximo 25 de mayo. Los políticos están asustados, aunque quieran disimularlo. Van a chantajear al pueblo, no lo duden. Van a decirle que ahora, más que nunca, hay que votar. Siempre necesitan los votos ‘más que nunca’. Es el mensaje del miedo: “Si no votáis aún será peor; por vuestra culpa, por vuestra gran culpa”.
En base a todo lo expuesto, se podría ir concluyendo que el comportamiento de los próceres de la patria, ahora abanderados del europeismo, ha llevado a la sociedad española a la pobreza económica y a la indigencia intelectual. Un rico país nadando en la miseria. Tierra de genios convertida en erial cultural. ¿Por qué se habría de mantener este sistema?
Para todos aquellos que entiendan que su voto únicamente contribuirá a mantener el estatus de una élite política empecinada en medrar, la abstención es la única opción digna. No está en juego la riqueza, que anda perdida; lo que está en juego es la inteligencia, el orgullo y la memoria. En éstas, y en las próximas elecciones que vengan, se dirime el concepto mismo de la democracia, el del poder ciudadano, excluido sistemáticamente de las grandes decisiones: las que toman en su nombre sin contar con él. Que sigan haciendo y deshaciendo a su antojo. Pero que lo hagan en propia representación, sin testaferros.

La abstención siempre fue un derecho. Hoy es una obligación, un acto de responsabilidad. Es la única forma de comenzar a desmontar un sistema que oprime a todos, excepto a los que tanto interés tienen en salir electos. Es la única vía que tiene la ciudadanía para no ser cómplice de que en los tres primeros meses de 2014 Repsol haya ganado más de ochocientos millones, el BBVA más de seiscientos o el Santander más de mil; no por que los hayan ganado, sino porque lo han hecho a costa de mucho sudor, demasiadas lágrimas y alguna gota de sangre. Si el pueblo quiere ser aliado de su propia miseria que vote pues. Que tire del carro ―como hizo hace dos siglos con el sátrapa Fernando VII― y que vuelva a exclamar “¡Vivan las caenas!”. Si quiere dar una verdadera lección de madurez, personalidad y seriedad ante la comunidad internacional, que se abstenga masivamente. Que todos sepan de una vez que los españoles no son un rebaño de cabras que dejan un reguero de cagarrutas a su paso.

Frente a las aplastantes minorías: abstención masiva.■







[2]SALMON, C., Storytelling, la máquina de fabricar historias y formatear las mentes. 4ª  ed. Barcelona: Ediciones Península, 2011.

[4] IGARTUA, J. J., HUMANES, M. L., Teoría e investigación en comunicación social. Madrid: Síntesis, 2010.

viernes, 25 de abril de 2014

Sobre los 'calidólogos' (carta publicada en el diario Sur)

Salud y mercado

HÉCTOR MUÑOZ.  MÁLAGA

Excelente el artículo “Cuidado con los calidólogos” de Federico Soriguer, médico endocrinólogo del Hospital Regional de Málaga, antes Carlos Haya, publicado el pasado día 21 en el diario que usted dirige. De forma sintética, puede resumirse como una crítica ―feroz pero educada― al sistema por el cual los responsables de la gestión establecen la calidad de los servicios que prestan los profesionales del Sistema Sanitario Público.

Carta al Director
  La exposición de Soriguer puede sonar lejana a los ciudadanos de a pie: “cosas de médicos”, pensarán tras leer el titular y pasar página, porque hay muchos pacientes que aún no se han enterado de que los servicios clínicos que les atienden se llaman ‘unidades de gestión clínica’ desde hace años. Ellos no conocen la diferencia y nadie ha tenido demasiado interés en explicárselo.

  Las unidades de gestión clínica funcionan ‘por objetivos’ relacionados con un sistema de incentivos económicos. Entre los objetivos pueden distinguirse los confesables ―mejorar la asistencia sanitaria― de los políticamente duros de confesar ―hacerlo con el menor gasto posible―. ¿En qué se puede gastar menos en salud? Sobre todo en personal. También en medicamentos, pruebas, ingresos hospitalarios y material sanitario.

Artículo de Soriguer
  ¿Quién determina todo esto? Los ‘calidólogos’, íntimamente ligados a las agencias y las gerencias. ¿Cómo lo hacen? Con técnicas de gestión empresarial y relaciones públicas. Cursos de formación, participación en proyectos y formularios a rellenar; ya no se trata de serlo, es obligatorio acreditarlo; hay que hacerlo, mejor o peor, pero lo importante es marcar la casilla correspondiente.

  Muchos profesionales, no todos, han sido abducidos por el sistema, bien por cuatro duros extra, bien por cuatro meses de contrato o bien por presiones laborales propias de la era del vapor.

  La excelencia ya no es una cualidad profesional, ni siquiera humana. Es un valor de mercado.
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Artículo de opinión. Diario Sur 21 de abril de 2014

Cuidado con los calidólogos
Federico J. C. Soriguer Escofet

Se hace medicina de calidad si se siguen los protocolos y se obtiene una formación de calidad si se hacen muchos cursos acreditados, aunque no se aprenda nada útil en ellos
Desde hace no demasiado la palabra calidad se ha incorporado al mundo sanitario convirtiéndose en uno de los más poderosos instrumentos para la gestión. El control de la calidad primero, la garantía de la calidad después, la calidad total más recientemente, son los nombres sucesivos con los que se ha ido identificando al nuevo paradigma de la calidad. Incluso ha surgido una nueva profesión, la de los ‘calidólogos’, nuevas instituciones, las agencias de calidad, nuevas sociedades científicas de calidad y nuevas líneas de negocio relacionadas con la evaluación de la calidad. La carga semántica de la palabra calidad es de tal envergadura que basta su utilización para que se acallen todas las demás voces. Y sin embargo poco hay tan impreciso como el concepto de calidad. Etimológicamente la palabra calidad se refiere a la cualidad (del latín qualitas) o sustancia de algo. El diccionario de la RAE le otorga hasta nueve acepciones. La más sorprendente, la relacionada con la calidez, palabra en desuso que se identifica con una relación de cariño, afecto, cordialidad. Pero la palabra calidad ha salido de su significado original y pasado al mundo de la empresa, de la producción y del consumo para ser usada como sinónimo de excelencia. Incluso cuando se refiere a la vida, calidad de vida, se identifica con la capacidad para medir con cierta objetividad esa misma vida y la manera de vivirla. Así que en el nuevo modelo el concepto de calidad ha pasado de ser aquello que identifica la cualidad a ser un instrumento de medida.
El concepto ha arribado a la biomedicina desde el mundo de la empresa y de los procedimientos industriales que desarrollaron técnicas para asegurar con alta probabilidad que el producto final ofrece las características exigidas. Hoy el término calidad lo impregna todo. Ya no basta con hacer las cosas bien. Ahora, además, las cosas tienen que estar certificadas. La exigencia continua de una acreditación de la calidad ha hecho que florezca una gigantesca burocracia relacionada con los procedimientos de evaluación de esa misma calidad y, junto a ella, un nuevo lenguaje. Un lenguaje críptico que es usado por quienes, ahora, han encontrado un nuevo hábitat en el que instalarse. Un hábitat muy cercano a los intereses del poder gerencial. Ahora bien, como dice Javier Peteiro Castelet, esta garantía de calidad se establece esencialmente en términos de una certificación de registros de calidad, lo que supone más que una mejora sustancial del propio sistema una atención estricta a la documentación exigida, con vistas a la auditoría de un organismo certificador. En la mayoría de las ocasiones esta atención a los registros tiene un objetivo defensivo, sin producir un valor añadido, con el consiguiente exceso de burocratización, que a su vez sirve para alimentar a empresas certificadores y a formadoras en calidad. O a flamantes agencias públicas de calidad que han crecido en dotación y recursos a la misma velocidad con la que disminuían en otros sectores productivos. En la mayoría de las ocasiones lo importante no es que las cosas funciones bien, sino que un ente certifique que las cosas se hacen bien. Es, desde luego, la experiencia de muchos médicos y enfermeras en los hospitales. Ha sido, desde luego, mi propia experiencia como director científico del Ibima o como jefe del Servicio de Endocrinología y Nutrición, en el que, por ejemplo, una de las últimas decisiones que se tomaron, en colaboración con la doctora María Cruz Almaraz, responsable de docencia, fue renunciar a la acreditación de la actividad docente del servicio, pues satisfacer todos los procedimientos de la acreditación eran incompatibles con la ¡calidad! de la docencia que en el servicio se llevaba a cabo. La palabra calidad se está convirtiendo en la adecuación a una norma no cuestionada. Se hace medicina de calidad si se siguen los protocolos y se obtiene una formación de calidad si se hacen muchos cursos acreditados, aunque no se aprenda nada útil en ellos.


Todo este embrollo es en el fondo la consecuencia del miedo al sujeto que tiene sus orígenes en esa excrescencia perversa de la ciencia que es el cientismo. El triunfo de la tecnología sobre el sentido común. Hemos asistido en los espacios sanitarios, sin apenas darnos cuenta, a la aparición de un nueva disciplina, la de calidólogo, que en muy poco tiempo se ha convertido en la vara de medir de la gestión. No es sorprendente, pues, que el término calidad y gestión en demasiadas ocasiones se usen indistintamente, pues con la nueva herramienta es posible gestionarlo todo. No solo la organización, sino la vida cotidiana de las personas que trabajan en esta organización, desde las horas que trabajan hasta el ocio, desde la práctica clínica a la calidad de vida. La generalización del nuevo paradigma de la calidad por la gestión sanitaria se acompaña de la influencia creciente de los valores del mercado (de donde originalmente procede su uso como tecnología de evaluación), frente a los estrictamente profesionales. No basta ya con hacer bien las cosas, además hay que saber venderlas, pues el reconocimiento por los medios forma parte también de las políticas de calidad. Por eso es tan importante los criterios que definen esta calidad y los procedimientos para medirla, pues quienes los impongan controlarán también los aspectos más intangibles de las personas y de las vidas de las organizaciones, con lo que llegamos a una conclusión, que es también la experiencia de muchos profesionales de los hospitales. La calidad, convertida en tecnología evaluadora, es una cuestión de poder. Una hermosa idea la de la calidad que, con su exceso burocrático y normativo, ha convertido a la nube de calidólogos que planean por las instituciones sanitarias en los comisarios políticos de un determinado modelo de entender la gestión. Han conseguido, en fin que, en demasiadas ocasiones, más que una ayuda a la gestión de los servicios médicos y de sus responsables se conviertan en uno más de sus problemas.

jueves, 3 de abril de 2014

Diez mil

Nadie va a quemar tu coche

Héctor Muñoz. MÁLAGA

El Vaso Canopo registra 10.000 páginas vistas desde octubre de 2011


Vasos canopos. Dinastía XIX de Egipto (siglos XII y XIII a. C.). Museo de Berlín.


Diez mil visitas no son tantas: son las que son. El Vaso Canopo arrancó en octubre de 2011 con la presentación del blog y un sentido homenaje a José María Smith Agreda[1], ese anatomista espectacular que fue el primer rector de la Universidad de Málaga.

Diez mil visitas no son tantas: son diez mil agradecimientos del autor a todas las personas que han querido dedicar lo más preciado, su tiempo, a leer las divagaciones de un común mortal. Las reflexiones de un médico de toda la vida, un novato estudiante de Periodismo[2].


En todos estos años, El Vaso Canopo ha explorado, con sus crónicas, desde la Sábana Santa en la catedral de Málaga[3] hasta el infierno de Rosa, aquella mujer que un mal día decidió precipitarse al abismo[4]. Entrevistó a incombustibles, más allá de las fronteras que marcan los estereotipos, como Isabel Esteva[5], y mucho más cerca de lo que proponen las ideologías como el caso de Antonio Herrera[6].

Diez mil visitas son las suficientes para poder dar a entender que ‘Pasos Largos’[7] fue un bandolero honesto, y que los políticos, y políticas, de Andalucía son un mal mayor: aquél robaba a los muy pudientes; éstos roban a todos… menos a los que mucho tienen. Exactamente lo mismo que los de Madrid. Las diferencias se reducen a los colores de los logotipos, rojo y azul, y a sus motivos, la rosa y las gaviotas.


El blog fue, es y será un minúsculo espacio antisistema; no imaginen El Vaso Canopo con pasamontañas rompiendo escaparates a pedradas, no. Esa es la imagen que la propaganda oficial, amparada por los medios de comunicación propios y los ajenos secuestrados por las grandes corporaciones, inyecta en las audiencias pasivas para provocar el miedo, ese gran persuasor. Nadie tema: El Vaso Canopo no les quemará el coche. Pero que nadie se engañe. Nada impedirá que, más temprano que tarde, los descamisados tomen su Bastilla particular y acaben, de cuajo, con tamaña felonía[8].

Diez mil visitas, la mayoría de España, pero también de Estados Unidos, Rusia, Alemania, Francia, Reino Unido, Ucrania, México, Argentina, Chile, Colombia, Bolivia, Canadá y Taiwán, han tenido la oportunidad de atisbar el micromundo de El Vaso Canopo: lo global y lo local, esa es la magia y el poder de Internet; en tres de los cinco continentes habrán podido leer cómo y quién gestiona un hospital público malagueño[9], de que manera humillan a sus médicos[10] y cuán larga es la nariz, acartonada de tanto mentir, de tales monigotes nacidos para medrar, medrar y medrar[11].



Y además, aún se preguntarán qué fue de aquel ratoncillo[12], feliz mientras vivía en la cocina del restaurante de Carlos Haya, hasta que su presencia fue delatada. Mundo cruel.

Sinceramente, gracias.




[1] http://elvasocanopo.blogspot.com.es/2011/10/presentacion-batallitas-y-homenaje-uno.html
[2] http://elvasocanopo.blogspot.com.es/2012/05/diario-sur-carreras-dos-velocidades.html
[3] http://elvasocanopo.blogspot.com.es/2012/05/la-sindone-y-la-manquita.html
[4] http://elvasocanopo.blogspot.com.es/2012/08/cronica-desde-el-infierno.html
[5] http://elvasocanopo.blogspot.com.es/2014/02/entrevista-isabel-esteva.html
[6] http://elvasocanopo.blogspot.com.es/2012/05/entrevista.html
[7] http://elvasocanopo.blogspot.com.es/2012/08/bandolerospetardos-y-comediantes-hector.html
[8] http://elvasocanopo.blogspot.com.es/2012/08/diez-cliches-para-una-felonia.html
[9] http://elvasocanopo.blogspot.com.es/2013/02/se-han-quedado-con-tu-cara.html
[10] http://elvasocanopo.blogspot.com.es/2013/04/enprimera-persona-hector-munoz.html
[11] http://elvasocanopo.blogspot.com.es/2013/07/una-pantomima-vestida-de-rojo.html
[12] http://elvasocanopo.blogspot.com.es/2012/08/una-de-ratas.html