viernes, 2 de agosto de 2019

Juicio al Independentismo: Crónica Judicial



Del Tribunal Supremo a un tablao del Sacromonte



HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Decimoctava jornada del proceso judicial contra el independentismo catalán. 19 de marzo de 2019. Tras la declaración del exsubsecretario de Hacienda Félix Martínez Rico, llega el turno de los guardias civiles: tres que intervinieron en el operativo del 20-S y un mando del dispositivo del 1-O. Son los cuatro primeros de 24 agentes de la Guardia Civil solicitados por la Fiscalía esta semana. Sus nombres no aparecerán en las diligencias ya que serán identificados solo por su número profesional TIP. Tampoco se mostrarán sus imágenes en la señal en directo, tal y como ha ordenado el presidente del tribunal, Manuel Marchena.
El artículo 436 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal (LEC) cita textualmente: “Si el testigo fuera miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad en el ejercicio de sus funciones, será suficiente para su identificación el número de su registro personal y la unidad administrativa a la que está adscrito”. Por tanto, la LEC les otorga el derecho de testificar sin publicitar sus datos personales, identificándose con su número de registro profesional.
Sin embargo, el que se realicen, o no, la grabación y emisión de las imágenes de los guardias civiles durante sus declaraciones, depende en última instancia del criterio del tribunal de la Sala, que en esta ocasión, y marcando diferencias con el resto de testigos, ha concedido el anhelado deseo a los agentes de la Benemérita que lo han solicitado. Así lo anunciaba a las defensas el juez Marchena: “El Tribunal, por unanimidad, accede a la petición de los guardias civiles que van a declarar hoy”.
Según el presidente del tribunal, esta medida no afecta al principio de contradicción ni al derecho de defensa; obviamente no era momento para pedirle explicaciones, con cuatro guardias civiles esperando a responder —más mal que bien— las preguntas de los abogados defensores.
Por muy lego que se sea en materia procesal, surgen dos preguntas inmediatas tras el anuncio de Marchena: ¿por qué la supresión de las imágenes de los agentes no afecta al principio de contradicción ni al derecho de defensa? ¿Cuáles son los argumentos jurídicos del tribunal para no permitir la grabación y emisión de dichas imágenes en este caso concreto, mientras se permitieron las del resto de testigos y, por supuesto, las de los independentistas encarcelados y encausados?
El magistrado Manuel Marchena ha estado impecable —a veces implacable— en las 17 sesiones precedentes. Debería explicar muy bien la decisión tomada —sin duda lo hará en una de esas resoluciones interminables— si no quiere iniciar el descenso del descrédito.
Por lo pronto, la abogada de Jordi Cuixart, Marina Roig, y el letrado que representa a Raül Romeva y Oriol Junqueras, Andreu Van Den Eynde, han elevado protesta ante el tribunal por entender que la decisión adoptada puede afectar a la presunción de inocencia de sus patrocinados.
Para terminar de encontrar preguntas respecto al deseo de los guardias civiles de no ser grabados, hay otras dos que caen por maduras: ¿cuáles son las razones de los agentes para no dar la cara? ¿Qué temen?




Durante sus declaraciones, la actitud general de los guardias frente a los abogados defensores es claramente obstruccionista. Además, se muestran hostiles, desafiantes, soberbios y arrogantes, no solo frente a los abogados, sino también ante el presidente del Tribunal, que en varias ocasiones ha de amonestarlos, particularmente al primero de ellos (H11346M), impertinente, insolente, engreído y pendenciero como pocos.
El juez Marchena ha tenido que recordarle al segundo en testificar, el número K47019K, que está bajo juramento y que se apriete los machos como le pillen en perjurio: la abogada Marina Roig mantiene la afirmación de que dicho guardia civil incurre en delito de falso testimonio declarando como testigo.
El tercero en discordia es un sargento, 935979V, al que, con sacacorchos, Van Den Eynde y Jordi Pina (abogado defensor de Jordi Sànchez) le arrancan respectivamente dos confesiones que se antojan relevantes para el futuro: el sargento de la Guardia Civil niega que se produjera ningún asalto a la Conselleria d’Economia el 20 de septiembre de 2017, y afirma que nadie del equipo judicial, incluido él, sufrió lesiones durante los registros de ese mismo día en Barcelona.
Para finalizar, el comandante de la Benemérita número P9654OQ, declarando sobre lo que ocurrió el día del referéndum del 1 de octubre de 2017, ilustra a la concurrencia en sede judicial con otro eufemismo orientado a minimizar la manta de palos que dieron ese día a muchos catalanes pacíficos; según el comandante P9654OQ las acometidas no eran cargas policiales, no. “Lo que se hacían eran pasillos de seguridad”. Cachondo el comandante.
Son días en los que hay más arte en el Supremo que en un tablao del Sacromonte■

sábado, 4 de mayo de 2019

Juicio al independentismo




JUICIO AL PROCÉS
Un azote llamado Soraya
HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

En un solo día Cataluña se convirtió en una autocracia dirigida por Soraya Sáenz de Santamaría, gracias al 155 y a la inmensa cuota de poder que le concedió Mariano Rajoy. No solo tomó las funciones del presidente y del vicepresidente de la Generalitat; se colocó al mando de centros básicos, nodales, para el control militar, comunicativo y social de Cataluña: el CTTI (Centro de Telecomunicaciones y Tecnologías de la Información), el CESICAT, que viene a ser el centro de Inteligencia de Cataluña, el Boletín Oficial de la Comunidad Autónoma y el Centro de Estudios de Opinión.

16 meses después, la que fue reina de Las Ramblas llega al Tribunal Supremo para testificar en el juicio al Procés. El fiscal y la acusación popular, ejercida por los abogados del grupo de extrema derecha, Vox, le dan alas. Ella se gusta y se explaya con el discurso y el relato, de sobra conocidos.

La actitud
Ante las preguntas que le formulan los abogados de los políticos imputados, Sáenz de Santamaría mantiene una actitud arrogante, soberbia, con cierto tono despreciativo. El uso permanente de respuestas evasivas y un discurso premeditadamente institucional, repetitivo y oficialista logra irritar a algunos de los abogados, sobre todo a Xavier Melero, el letrado que defiende al exconseller Joaquim Forn; Melero llega, incluso, a elevar una queja al presidente del tribunal, el juez Marchena, por considerarla una “testigo renuente”, conducta descrita en el Código Penal español.
La actual consejera de Estado no reconoce la mayoría social que aboga por el derecho a decidir mediante un referéndum en Cataluña; de forma despectiva, se refiere a esos millones de ciudadanos como el “producto de muchas encuestas”.

La violencia
En ningún momento asume que hubiera una mínima violencia policial durante la accidentada celebración del referéndum del 1 de octubre. Con un argumentario bien estudiado, cuando no se desmarca culpabilizando a la Generalitat “por su irresponsabilidad”, por permitir la consulta, lo hace apelando a la circunstancia de que las fuerzas de orden público actuaron bajo mandato judicial.
Afirma desconocer el hecho de que por la tarde disminuyó la intensidad y el número de cargas policiales; o bien no seguía los acontecimientos, algo impropio de una vicepresidenta del Gobierno, o bien no quiere reconocer que las fuerzas de seguridad bajaron el nivel de agresividad tras una llamada del conseller de Interior, Joaquim Forn, al delegado del Gobierno para que este diera órdenes de frenar aquella barbarie.
Su indiferencia hacia los más de mil lesionados y heridos por la brutalidad policial roza el límite de la crueldad o de algún desequilibrio en el manejo de la afectividad. Frente a los hechos, constatados, Soraya Sáenz de Santamaría los minimiza y empequeñece, incluso parece cuestionarlos. Con un cuajo sorprendente afirma no haberse interesado por la salud de ninguno de estos heridos, algo que sería esperable de la segunda figura del Gobierno de España.
Sí recuerda, con preocupación, a los 93 policías y guardias civiles lesionados. Y a propósito de este asunto, el abogado de Romeva y Junqueras, Andreu Van Den Eynde, le recuerda su burda mentira cuando declaró,dos días después del 1-O, que había 400 heridos entre las fuerzas de orden público.

Tres momentos que dan que pensar
Esta sesión matutina del 27 de febrero de 2019, brindó tres momentos durante los cuales un sordo rumor de sorpresa sobrevoló la alta techumbre de la Sala Segunda de lo Penal del antiguo monasterio de las Salesas Reales, hoy Palacio de Justicia del Tribunal Supremo.

En respuesta a los abogados de la acusación popular (Vox), Sáenz de Santamaría había afirmado previamente que la decisión del Gobierno de mandar a Cataluña 6.000 policías y guardias civiles se tomó el 22 de septiembre de 2017, a causa de los disturbios que se habían producido en Barcelona dos días antes, durante la famosa jornada del 20-S. Jordi Pina, abogado del encarcelado Jordi Sànchez, le comenta que, sin embargo, consta en autos que el barco Moby Dada, más conocido como "el barco de los piolines" (uno de los tres que se emplearon para albergar a los policías y guardias civiles desplazados a Cataluña), había solicitado su atraque en el puerto de Barcelona el día 19, es decir, tres días antes de que el Gobierno Rajoy decidiera enviar sus huestes a romper urnas y caras. No cuadra. No casa. Lagarto, lagarto.

Crucero Moby Dada (Foto: El Periódico)


Esta incongruencia  podría avalar la tesis de que la decisión de enviar tropas policiales estaba tomada antes de que se produjeran los disturbios del 20 de septiembre y, por supuesto, los del referéndum del 1 de octubre. Discurriendo por este hilo, es factible llegar a la sospecha de que la represión policial en Cataluña era un objetivo planeado y premeditado, independientemente de los acontecimientos futuros. Es decir, que el asunto era “palos o palos”. Puede ser que Soraya se confundiera de pretexto o que no se explicase correctamente ante el abogado de Vox. Pero también es posible lo contrario. En este último caso, la acción del Gobierno podría considerarse como un delito de Estado, de extrema gravedad.

Los otros dos momentos interesantes corren a cargo del letrado Francesc Homs, coordinador de las defensas de los exconsellers del PDeCAT, Joaquim Forn, Josep Rull, Jordi Turull y Meritxell Borràs. Homs fue portavoz del grupo catalán en el Congreso de los Diputados, conceller de la Presidencia de la Generalitat y portavoz del Govern. Ha estado inhabilitado dos años por un delito de desobediencia por la Consulta del 9-N de 2014.
Homs plantea el hecho de que, después de una reforma de la Ley del Tribunal Constitucional (TC) —hecha ad hoc en 2015 para  combatir el independentismo—, el Gobierno y el mismo TC tenían herramientas legales para haber actuado antes contra los políticos independentistas, mediante sanciones, multas coercitivas e inhabilitaciones, sin tener que recurrir al artículo 155. La cuestión no es baladí, ya que conduce directamente a la sospecha de que al Gobierno de Rajoy le interesara tensar la cuerda al máximo, esperar acontecimientos y generar la oportunidad de poder intervenir Cataluña, como así fue finalmente.

También a preguntas de la acusación, Sáenz de Santamaría había asegurado tajantemente que durante el mes previo a la aplicación del 155, se produjeron “altercados diarios” en Cataluña, especialmente en Barcelona. Lo que a Francesc Homs le resulta extraordinariamente raro, al preguntarle posteriormente, es que no conozca ni el número de disturbios, ni la magnitud, ni el alcance, ni las denuncias recogidas durante ese mes, sobre todo tratándose de una vicepresidenta del Gobierno con plenos poderes en Cataluña, tras el golpe del 155.
30 días seguidos con disturbios sociales en la calle suelen generar un clima de violencia que trasciende y pasa a la agenda mediática de periodistas de medio mundo. Y es, precisamente, ese clima de enfrentamientos el que apoyaría el relato de la violencia y la acusación de rebelión. Soraya ya mintió el 3 de octubre de 2017 cuando cifró en 400 los policías heridos en el referéndum, cuando en realidad fueron 93, como ella misma ha reconocido.
Sáenz de Santamaría ha sido una de las personas más significadas por su odio a todo lo relacionado con la independencia de Cataluña. Desea muchos años de cárcel para Junqueras, Forn y todos los demás. A nadie puede extrañar que quiera hacer todo lo posible para que las penas sean por rebelión.

Los que quieren ver a los independentistas en la hoguera, y además se muestran seguros de que habrá un severísimo castigo, pueden llevarse una ingrata sorpresa el día del veredicto final. Incluido ese azote llamado Soraya.


sábado, 9 de febrero de 2019

OPINIÓN: PEDRO SÁNCHEZ Y LA CRISIS DE VENEZUELA





Cágala otra vez, Pedro

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA



En este instante puede estar desatándose una guerra civil en Caracas. Una guerra a la española, con la potencia dominante del momento prestando hierro al bando de los justos. Al mando el cabo chusquero Trump, flanqueado por los 28 de la UE. El presidente del Gobierno español aporta colorido en su papel de majorette estelar.
Todos estos han puesto de moda la idea —propaganda, una vez más— de que el petróleo de Venezuela es un argumento tangencial, casi accidental. Es una cruzada filantrópica por la libertad, la democracia, blablablá. Nunca hubo tanta mediocridad en los dirigentes políticos del mundo, pero el cinismo que manejan es de leyenda.
Juan Guaidó se autoproclama presidente y Estados Unidos lo reconoce oficialmente; a él y «al Gobierno legítimo de Venezuela», en palabras de Donald Trump.
La derecha española vibra al borde del éxtasis. Para Casado y Rivera el referéndum de Cataluña fue un golpe de estado; ahora, lo de Guaidó y su jefe gringo, muy al contrario, es un acto legítimo frente a la pérfida revolución bolivariana y en defensa de la libertad, la democracia, blablablá.
En estas andamos cuando Pedro Sánchez —sibilinamente espoleado por los tiburones de Bruselas— se inviste de glorias lejanas como si fuera el nuevo virrey de las Indias.
—Chicos, esto lo soluciono yo —debió pensar.
Sobrado y con cierta chulería, no se le ocurre otra cosa que dar un ultimátum a Maduro, persona paciente que se distingue por su serenidad templada y reflexiva, como es bien conocido por el mundo entero.


Parecía que tras casi dos años al margen del ruedo, regresaba más hecho, más consistente. Ni por asomo. Ya se lo dijo Joan Tardà en el debate parlamentario de su fallida investidura, año 2016: «Le veo escaso de talla de estadista». A fe que el catalán acertó.



Tan solo cuatro días después de esa bravuconada (que ocasionará muchos problemas a Sánchez y le restará votos), el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador —este sí, un gran presidente—, le da un fino repaso en la rueda de prensa conjunta: «Diálogo como primer paso. No se pueden imponer las cosas. No nos corresponde ese papel. Nos debemos conducir con el principio de autodeterminación de los pueblos. Este conflicto deben solucionarlo los venezolanos. La política se inventó, entre otras cosas, para evitar la guerra. Ayudaremos a que se lleve a cabo ese encuentro».

Ahora Catalunya. Cágala otra vez, Pedro.




jueves, 17 de enero de 2019

Opinión: La mató su mano derecha. (La caída de Susana Díaz).




La mató su mano derecha

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA



Ya es un cadáver político. Con casi un millón de votos y la victoria en las pasadas elecciones, Susana Díaz pasará a la oposición. Presumiblemente habrá bipartito de PP y C’s. No la tumbó la crisis ni la corrupción de los ERE falsos. Ni las mareas ni los adversarios políticos. Ni los enemigos dentro de su propio partido ni la errática gestión de Pedro Sánchez frente al independentismo catalán, como ella pretende. Desde su llegada a la presidencia ha seguido a rajatabla la metáfora evangélica por la que jamás dejó que su mano izquierda supiera lo que hacía su mano derecha. Y esta la mató.

Su comparecencia la noche de las elecciones es un perfecto resumen de la película de sus cinco años de mandato. “Yo he ganado con la confianza mayoritaria de los andaluces”. Aún se cree una ganadora. Prefiere decir que ha perdido un 7% a nombrar los 14 escaños que le han birlado. Habla del descenso de Adelante Andalucía para dar la sensación de que su derrota es la de una izquierda andaluza que ella —y solo ella— lidera. Es solidaria solo cuando pierde.
Quizá lo que más indigne de su discurso —presumiblemente el penúltimo como presidenta— es la insultante ausencia de un mínimo juicio autocrítico. No pierde 14 escaños por sus políticas ni por estrategias equivocadas. No. La culpa es de los que se quedaron en casa y no fueron a votar. Su engreimiento la lleva a satanizar un derecho constitucional tan sagrado como el de votar: el de no votar.
Suma y sigue. Después de cinco años de hacer política de derechas con disfraz de progresista, resurge la camarada Díaz —aquella revolucionaria que con 17 años ingresó en las Juventudes Socialistas— llamando a las barricadas. ¡Que vienen los nacionales! ¡A las barricadas! De momento, a los de VOX no se les ve apaleando rojos ni quemando herejes; han conseguido 388.000 apoyos y 12 escaños en unas elecciones democráticas. Podrá no gustar su ideología —a mí, nada—, podrán temerse sus intenciones, sí, pero a día de hoy sus derechos políticos son tan legítimos como los de los demás. Son las reglas del juego. Agitar el miedo y tocar a rebato es tan anacrónico en estos momentos como los planteamientos de la extrema derecha. Esto va también por los líderes de Adelante Andalucía, más empeñados en mirar a los de VOX que en analizar de una vez por todas qué diantres le pasa a la izquierda española.



No podía faltar el puntito patético en una comparecencia marcada por el demacrado rictus de la insigne trianera. En un desesperado intento para agotar la última posibilidad de volver a gobernar, apela a las conciencias democráticas de los dirigentes del PP y de C’s para que no pacten con los 12 votos de VOX, esa dorada llave para un gobierno bipartito presidido por Moreno. Esto solo puede interpretarse como una nueva maniobra de distracción porque resulta inverosímil la idea de que Susana Díaz esperara que le dijeran: “Sí, Susana, no pactaremos con VOX, es mejor que formes Gobierno con Podemos e IU, nosotros esperaremos”. Las carcajadas de Casado y Rivera aún resuenan en los bajos del Palacio de San Telmo. A esas horas del 2 de diciembre ya estaba todo el pescado vendido.
Pero ella, tan estupenda, tan soberbia y tan del partido —el mismo que prefirió a Pedro Sánchez en las primarias— ya se ha arrogado el noble papel de ser el “dique de contención de la extrema derecha en Andalucía”. Cinco años tuvo para contener banqueros, especuladores, empresarios codiciosos, aristócratas y terratenientes. Y lo único que contuvo fue el gasto social de los servicios públicos indispensables, a costa de sus profesionales y trabajadores.
Y decíamos que sus gobiernos no hicieron política de izquierdas. Y así es. Hicieron política de derechas disfrazada de izquierdas, una gestión conservadora vestida con un cancán de progresía. Maltratar a los profesionales de servicios públicos vitales como educación o salud no es de izquierdas. Inaugurar resonancias magnéticas mientras las mareas blancas estaban en la calle no es nada progresista. Ni novedoso, ya lo hacía Franco con los pantanos. Cantar mil alabanzas sobre los maestros, los enfermeros o los médicos de la Junta y no cubrir sus vacaciones no es muy socialista que digamos. Tejer unas cadenas de mando en las instituciones públicas con cargos —altos e intermedios— sometidos a un curioso proceso de susanización (aquel consistente en no tener ni una mala palabra ni un buen gesto, parafraseando a José María García) no es ni siquiera un comportamiento socialdemócrata.
Permitir que a los ancianos de Andalucía —sobre todo a los menos pudientes y a los más solos— los cuiden durante dos de las 24 horas del día y faldar de vanguardia en Ley de Dependencia no es nada, pero nada izquierdista. Instituir en los centros sanitarios la figura de un enfermero o enfermera  “de enlace” para terminar medicalizando estos problemas sociales, escondiéndolos en los hospitales públicos o en los privados concertados, no es progresista, no.
Y como la peña se está volviendo más pragmática cada día, ha decidido que para una de derechas con chupa roja de cuero, mejor uno de verdad y bien peinadito. La mano izquierda de Susana Díaz solo asomó en cinco años para su propia propaganda política. Nunca supo lo que hacía la otra.
Y fue su mano derecha la que la mató.




viernes, 2 de noviembre de 2018

Opinión: Resiliencia, galenos y galeotes





Resiliencia, galenos y galeotes
HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA
Hay diferentes formas de matar a un médico de urgencias. Todas ellas son lentas. El sistema pule y refina sus fórmulas de tortura para que parezcan decesos consustanciales al trascurrir del tiempo, naturales e inevitables. Y al que no consigue finiquitar lo deja para coger alúas.
La muerte a pellizcos
La condena a galeras de los más veteranos es el recurso distintivo del Servicio Andaluz de Salud, su gold standard, al menos en el hospital Carlos Haya de Málaga. Recluirlos en una consulta frente a una apremiante lista de pacientes por atender es como obligarlos a remar a fuerza de latigazos. Más de 30 años de vasta y valiosísima experiencia son sepultados bajo los pies del cómitre. De galenos a galeotes. Con un ojo puesto en la jubilación, se ven haciendo exactamente lo mismo que el primer día que pisaron el hospital como médicos residentes.
Semillas hueras
Son tipos formados y expertos que saben fajarse cuando la parca asoma el pescuezo por la sala de críticos para llevarse a un pobre hombre reventado en la carretera o aquel otro con el corazón hecho jirones por un infarto inmisericorde. La transmisión de ese oficio y de los conocimientos que atesoran resulta inviable en la soledad de una consulta olvidada. Y buena falta hace, porque los últimos eslabones de la cadena docente chirrían escandalosamente, embotados por la ignorancia y la indolencia. A los trileros miopes que ocupan los altos despachos poco les importa todo esto. Ellos a lo suyo, acabar la singular tarea de terminar de hundir el Sistema Sanitario Público de Andalucía.
Tercio de banderillas
Si se permite el símil taurino, las galeras vienen a ser como el tercio de varas de una buena corrida de toros. Una vez bien picados a base de saña y puyazos, hay que seguir molestando clavándoles banderillas de colores. Hoy es la gripe, la demanda se desmadra pero no solo no refuerzan los puestos sino que ni siquiera cubren lo mínimamente necesario. Mañana es verano, la Costa del Sol a reventar y no sustituyen ni a los de vacaciones. El facultativo bufa como morlaco de raza mientras el director de turno, pinturero y vestido de luces —¡eheeee toritooo!—, se eleva en inverosímil escorzo y le endiña otras dos. “La asistencia está garantizada”.
Contra los elementos
Si la resistencia de estos médicos roza el mito, su capacidad de adaptación frente a circunstancias adversas no tiene parangón. En la última demostración de tal poderío, ni las variables meteorológicas ni la inoperancia de los incompetentes de siempre fueron capaces de mellar un ápice la indomabilidad de sus espíritus.
Si bien es cierto que Málaga puede presumir de un clima benigno y envidiable la mayor parte del año, no lo es menos la rapidez con la que suele cambiar la temperatura de una estación a otra. Esto fue lo que ocurrió hace unos días, pasando en 24 horas de casi verano a tener nueve grados a las 12 de la mañana. Podrá decirse que para frío, el pirineo leridano; bien, pero hecha esta salvedad habrá que convenir en lo caprichoso del asunto.
No sería noticiable esta cuestión de no ser por dos pequeños detalles referidos al relato que nos ocupa. Urgencias del Carlos Haya: mirando la zona de consultas desde la entrada, las de la derecha —a estribor en la galera— tienen una disposición arquitectónica que les impide catar un rayo de sol en estas fechas. El árbol que adorna el entorno tampoco ayuda. El segundo detalle es que la calefacción dejó de funcionar.



Vista aérea del pabellón B del hospital Regional de Málaga "Carlos Haya"  /  FOTO: GOOGLE EARTH


Explorando nuevos métodos
De nada sirven las quejas del personal. El frío entumece hasta las ideas de los médicos que reman a estribor. Los pacientes brincan convulsos en la camilla cuando notan sus manos sobre el abdomen. Espantados, miran al facultativo para cerciorarse de que no están siendo reconocidos por Jon Nieve. Los de mantenimiento no están y al calefactor ni se le espera. En todo el hospital no hay un par de estufitas. La sospecha va tomando cuerpo. Si primero fue el de varas y después el de banderillas, ya solo queda el tercio de muerte. “Nos quieren liquidar por congelación”.
Para estos profesionales, la idea de terminar su trabajo es más fuerte que la de sobrevivir pero no parecen dispuestos a sucumbir. Lo de “la imaginación al poder” deja de ser para ellos un eslogan absurdo y lo convierten en una coartada vital: uno se agencia una bomba de aire caliente de las que se usan para tratar a los hipotérmicos y el otro arrambla con la tostadora de los desayunos.


Tostadora de pan en una consulta médica del SAS, ante la ausencia de otro método para combatir el frío /  FOTO CEDIDA


Las consultas y sus huesos recuperan la temperatura deseada, los enfermos se lo agradecen y en la Dirección de Plataforma Logística Sanitaria —un nuevo nombre para la ineficacia de siempre— se tiran de los pelos, vencidos por la resiliencia de aquellos que, a pesar de galeotes, no dejan ni dejarán de ser grandes galenos.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Opinión: no a la huelga


¿Huelga? No, gracias

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Pueden tumbar el sistema. Con calma. Sin huelgas y en pocos días. Solamente tienen que sacudirse la presión institucional y ejercer de lo que son: médicos. Es rebelarse frente al funcionarismo y contra los números que otros necesitan para conservar sus cómodos sillones. Sin estridencias. Dentro de la ley y del código deontológico. Sosegadamente. Y no solo es provocar la caída del tinglado político, es mucho más. Es ponerlo en evidencia, con sus vergüenzas al fresco. Es someterlo al imperio del conocimiento y a la nobleza de una profesión humanista. Lo contrario es lo que hay: un mal presente y un futuro peor.



Málaga. Segunda quincena del mes de octubre. Huelga de médicos en los centros de salud. Convocan o apoyan el Sindicato Médico, la asociación profesional 'Basta Ya' y el Colegio de Médicos.
Un planteamiento ambicioso
Según el diario Sur, la iniciativa pretende ser el «principio de la reconstrucción de la sanidad pública andaluza». Ahí queda eso. Desde luego, las reivindicaciones son coherentes con la pretensión manifestada: además de la ya clásica '10 minutos por paciente', exigen a la Junta más y mejores contratos, subidas retributivas, mayor capacidad diagnóstica, libertad de prescripción, seguridad frente a las agresiones y un rechazo ―más o menos explícito, más menos que más― a las unidades de gestión clínica (UGC). Asunto capital este último por ser el corsé que los burócratas aprietan para ahogar la autonomía del profesional a cambio de cuatro perras gordas. Algunas más para ellos.


FUENTE: DIARIO SUR

Los diez minutos no se piden, se toman
La experiencia profesional, esa gran maltratada por los depredadores del sistema, dibuja en el pensamiento senderos otrora inconcebibles. El que ha visto casos banales que han acabado en sesiones de quimioterapia sabe muy bien lo que significa esto. Casi nadie va al médico por morboso placer. Que unos profesionales tengan que reclamar diez minutos para atender a sus enfermos forma parte de un laberinto kafkiano en el que la realidad viola brutalmente a la sensatez, a la Medicina y a todo galeno que se cruce en el camino.
¿Huelga para que se les puedan dedicar 600 segundos a los enfermos? Hay cosas que se piden por deferencia y si no, se toman. Sobre todo si van preñadas de tanta legitimidad. Si todos los médicos de todos los centros de salud de Málaga dedicaran esos diez minutos ―o los que fueran necesarios― a sus enfermos, es muy posible que los antidisturbios tuvieran que intervenir para evitar linchamientos. Ya conocemos el sabor de los huesos de nuestro puchero. Pero el sistema caería irremisiblemente en pocos días. Menos huelgas y más redaños.

A los de urgencias que les den
Los médicos de atención primaria ―como todos― durmiéronse en el regazo de aquella mentira que les prometió maná de por vida. Poco les importó ―ni les importa― la lenta agonía de sus compañeros en las urgencias hospitalarias. Y viceversa. Si hay un gremio insolidario, es el de los médicos.
Inciertos son los resultados de la huelga anunciada. Las reivindicaciones son muchas. Mejor dicho, son todas. El momento y los convocantes invitan a barruntar cierta intención política. Una  cosa es segura: el paro machacará a los de urgencias. Una vez más. Como diría el cómico, al final son «las gallinas que entran por las que salen». Sin el comodín de una población formada, la partida está perdida.

“A mi padre lo echaron el otro día…”
Los reingresos precoces en el hospital son un escándalo. Les dan de alta hoy y vuelven mañana. Por urgencias, claro. Y vuelta a empezar. Demasiados médicos sucumben a la presión asistencial y se creen mejores que nadie por su habilidad como 'defensas-escoba'. Lo más sangrante del caso es que algunos de ellos son excelentes profesionales que aún no se han percatado de que ―además de hacerle el juego a los que los desprecian― cualquier día de estos un juez los va a poner mirando para Antequera. Y lo tendrán más que merecido. Por útiles.

Lo que hay que hacer
Si todos los médicos de todos los hospitales de Málaga hacen lo que hay que hacer, el sistema colapsa. No hay que solicitar más pruebas. No es una huelga de celo. Es escuchar, atender y explicar. Es resolver dudas. Los pacientes, las personas, necesitan una buena información y una referencia. El coste económico es cero pero requiere tiempo. El que se merecen, ni más ni menos. Es mucho más rápido solicitar el enésimo escáner; el enfermo volverá a un carrusel que lo tendrá girando varios meses. Y un buen día aparecerá en urgencias. La familia sabrá exactamente la fecha de las pruebas pero nada de la enfermedad.
Instintivamente los profesionales sanitarios están contribuyendo al trabajo sucio de la administración sanitaria. Y no solo no mejoran la calidad de la atención, sino que la embarran. Casi siempre con la mejor de las intenciones. Casi siempre.
Y cuando entiendan esto y se dediquen solo a lo que les concierne ―la Medicina es el oficio más bonito del mundo― la situación actual pintará de rosa para todos. A estas alturas hacer más huelgas es hollar en vacío. No, gracias.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Opinión. En ocasiones veo médicos





En ocasiones veo médicos 

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Incomunicado. Un serio disturbio neurológico le hurta la capacidad de hablar y de entender. Tiene 38 años y una lesión cerebral. Llega a urgencias desde otro hospital. Tres son los especialistas que han de determinar su futuro. Por si no tuviera bastante, el joven paciente también es víctima del síndrome del monstruo del lago Ness: todos hablan de él pero ninguno lo ha visto.

Hay un protocolo para estos casos. Una guía clínica sesudamente elaborada por ilustres expertos en tales menesteres, lo mejor de cada casa. Para evitar expresiones malsonantes, digamos que a la hora de la verdad se la pasan por el filtro de la reinterpretación. Cada cual a su favor. Objetivo: menos en mi casa, en la de cualquiera. Cualquiera suele rimar con urgencias. Los especialistas se niegan a ingresar pacientes que huelan a problema.
No será sospechoso este blog de connivente con el sistema. A través de esta humilde ventana se han denunciado muchas de las perrerías ideadas en los despachos, bastantes años antes de las mareas, de Spiriman y de otros luchadores sobrevenidos. Hoy toca cambiar el paso.

La escena
Los profesionales no pueden esconderse más entre las bambalinas de una escena descompuesta. No hay tempestad que lo arrase todo. Ni siquiera la precariedad o las malas condiciones laborales pueden justificar conductas tan descaradamente evasivas como las que a diario pueden observarse en la arena de la asistencia urgente, que es de la que uno puede hablar sin temor a que me partan la cara.
Hay, en general, una llamativa reticencia a reflejar las decisiones en la historia clínica, la madre de la Medicina. Detrás de una apariencia digna dicen una cosa y escriben otra. Sabedores de que el registro digital deja un rastro indeleble, han desarrollado una jerga llena de condicionales y muletillas del tipo “en el momento actual” para disfrazar responsabilidades. No vaya a ser qué.

El médico de urgencias
En tales casos el médico de urgencias está capado en el poder de decisión, más allá de sus competencias clínicas. Esto es así por mucho que el Plan Andaluz de Urgencias y Emergencias (PAUE) y su mentor, Murillo, cacareen lo contrario. Al menos en el Carlos Haya, el urgenciólogo es un convidado de piedra en las controversias nacidas de los diferentes criterios entre los especialistas del hospital.

Los residentes
Íntimamente relacionado con todo lo anterior, está el caso de los mal llamados médicos residentes, a los que prefiero llamar médicos generales en periodo de formación especializada (MEGFE). Suelen presentarse como neumólogos, cardiólogos o cirujanos pero no lo son. Estos generalistas soportan gran parte del peso asistencial en sus respectivos servicios y suelen estar encargados de valorar los pacientes ingresados en urgencias. Probablemente han aprendido lo bueno de sus mentores pero lo seguro es que también lo peor.
Muchos de ellos no saben lo que es el respeto. En su baño de oro se creen dueños de la ciencia y se permiten lujos como establecer indicaciones por teléfono. Les da igual que al otro lado de la línea haya un profesional que triplique sus años de experiencia. No solo padecen el tic de la ignorancia, también el de la aborrecible soberbia médica.

Las unidades de gestión clínica
No puede haber dudas sobre que la causa principal de este desastre se encuentra en la progresiva funcionariorobotización que el sistema sanitario está inoculando en la profesión médica, temeroso de un nivel de decisión que se escapa al control político. Las unidades de gestión clínica no son más que la traducción de este miedo cerval. Un modelo de organización sustentado por el mantra de una pretendida optimización de los recursos, que no solo ha sido un sonado fracaso en este sentido sino que ha creado la figura del paciente “complejo”, una pelota envenenada que nadie quiere.
Al observar los ojos, abiertos como platos, de algún interlocutor cuando uno comenta estas inquietudes, me asaltan dudas sobre mi propia salud mental. Sé que no son ideas delirantes porque en ocasiones veo médicos. Médicos de verdad.