sábado, 21 de marzo de 2015

Reflexiones de última hora

¿Podremos?
HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Que nadie se lleve a engaño. El lunes 23, a las siete y media de la mañana, el andaluz despertará del dulce sueño de las promesas electorales de Susana y Moreno o de la pesadilla de llevar meses soportando el peso del hormigón con el que están hechos sus caretos. O lo que es más verosímil: de ambas cosas a la vez.

Que nadie se engañe: el lunes 23 los mezquinos de arriba seguirán pisando a los miserables de abajo. Con tiernas palabras y sonrisa compasiva. Con las excusas de siempre y las botas de acero, las de diario. El parado, al paro. El desahuciado a buscarse la vida. Los profesionales, al olvido. La cultura a la televisión. Los libros al cajón. La ciencia al cuarto oscuro para seguir siendo lascivamente abusada por políticos, expertos de mierda y grandes corporaciones. La información, a un viento solo interesado en soplar siempre en la misma dirección. La justicia a la cápsula del tiempo. La libertad a la Constitución. La dignidad… al carajo.
Se acabó la fiesta, como dice Serrat: “La zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal”.

Que nadie se equivoque: el lunes 23 abrirán las bolsas y madrugarán los especuladores. Los mismos ineptos gestionarán hospitales y centros de enseñanza públicos, a lo mejor con traje limpio y nuevo pin en la solapa, pero con las uñas negras de trepar por la inmundicia, agarrarse al asfalto o arrastrarse por la mugre de los despachos.
Desde este blog se ha defendido la abstención ―y se defiende― como un derecho tan respetable como el de votar[1]. La élite mediática, aliada con la financiera y la política, se ha ocupado todos estos años de reducir este fenómeno ―estadísticamente relevante― a una cifra anecdótica que solo se menciona, y de soslayo, en los resultados electorales; pocos análisis serios y desinteresados se han dedicado a esa minoría aplastante de ciudadanos hartos de este sistema sucio, podrido, caduco y acomodado.
Pudiera ser que mañana estos desengañados ―muchos desde el 82― se liaran la manta a la cabeza y se plantaran en su colegio electoral para votar a los que nunca han estado y para echar sin paliativos a los hampones que han colonizado la administración durante tantos años, desde San Telmo al último despacho del rincón más perdido de la geografía andaluza.
Porque peor, imposible: Andalucía está a la cola de Europa en empleo, la Junta está marcada por la corrupción, maltrata y malpaga a sus abogados del turno de oficio, a sus médicos y a otros muchos profesionales con responsabilidades imprescindibles para que los valores constitucionales aspiren a ser algo más que letra impresa.
Mañana la minoría aplastante puede cambiar el rumbo, o al menos intentarlo, incluso asumiendo el riesgo de volver a ser engañada. Ya no importa tanto por los que puedan llegar ―entre los que, por cierto, hay gente muy preparada y desde luego mucho más que la Díaz o el Moreno― como por que se vaya de una jodida vez esta grey de babosas y pisaverdes que solo saben colocarse en la foto y acopiar puntos para escalar en su carrera política. Poder, se puede.
¿Podremos?

lunes, 26 de enero de 2015

Una de risas


Pantuflogate

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

El pasado sábado 24 el programa de debate político, laSexta noche, emitía en directo una entrevista al líder de Podemos, Pablo Iglesias. Entre los participantes del debate se hallaba ―cómo no― Eduardo Inda, exdirector del diario El Mundo (edición de Baleares) y del periódico deportivo Marca. Inda, vinculado a la derecha política española y al Real Madrid, suele ser un tertuliano contrario y crítico con el ideario del nuevo partido Podemos y, muy particularmente, con Pablo Iglesias, su Secretario General. Iglesias desveló un dato que su contrincante no desmintió: a Eduardo Inda le llaman Don Pantuflo.


Don Pantuflo Zapatilla es el padre de Zipi y Zape, esos entrañables personajes de las historietas de Escobar; un estirado “catedrático de Filatelia, Numismática y Colombofilia”.




La sociedad española está aturdida. ¿Quién llama así a Don Eduardo? ¿Los de El Mundo? ¿En el Marca? ¿Por qué Don Pantuflo? ¿Por las patillas? ¿Por el chaqué? ¿Por su estirada pose? Nadie lo sabe a día de hoy. Bueno, Inda sí debe saberlo a juzgar por la cara que se le quedó. Y por la misma razón, no le hace ni chispa de gracia. Pero es verdad: le llaman Don Pantuflo. Je, je, je.




Y ¿cómo sabe El Coletas ―apodo asignado a Pablo Iglesias por una cuestión que salta a la vista y que no parece molestarle, más bien al contrario―, que al otro le llaman Pantuflo? Eso es lo que más debe joder a Inda: que si Pablo sabe su íntimo mote, igual conoce muchas más cosas.



Inda es un tipo muy torpe: cada vez que se enfrenta dialécticamente a Iglesias le llueven tortas del revés en toa la boca. Una y otra vez. Es normal, porque no estudia, no se prepara, solo pone la mano para cobrar sus apariciones televisivas. No se lo curra. Podemos tiene un filón con Pantuflo. Perdón: Don Pantuflo. Pablo Iglesias es un tipo mucho mejor preparado, salta a la vista. El otro es un pésimo periodista trasnochado cuyos datos salen de los últimos titulares que lee.




Pantuflo: un torito sin casta, un vocero de la casta. Le iba mejor en los debates de fútbol y le irá mejor en cualquier otra actividad que no suponga un esfuerzo intelectual. Al Coletas hay que echarle un Miura, no un cabestro.


viernes, 16 de enero de 2015

Susana y las uvas: demagogia, populismo y mentiras

Susana y las uvas

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Este año tocaba en Almería: Canal Sur, la televisión pública de Andalucía, retransmitió desde la Alcazaba el discurso de la presidenta Díaz y, veintisiete horas después, las campanadas de noche vieja desde la plaza de la Catedral. Dos eventos clásicos, con distintos guiones, pero similares en su concepción mediática: el primero como un acto más de propaganda política, disfrazada de saludo y buenos deseos, y el segundo como un monumental espacio publicitario vestido de expresión popular que, además, ha dejado la anécdota de ofrecer a los espectadores solo cinco de las doce campanadas, por un error de continuidad en la programación. Dos mensajes persuasivos. A los andaluces les han sobrado siete uvas verdes y una Susana vestida de negro. Si mal acaba un año, peor comienza el siguiente.


“Él tenía una estrategia de comunicación, y yo otra, son distintas”. “Me siento más cómoda comunicando mis mensajes de otra manera”. Así ha justificado recientemente Susana Díaz, en una entrevista concedida a La Sexta[1], sus diferencias con el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. Sin duda, la Presidenta se refería a la llamada que hizo hace unos meses, en directo, el máximo dirigente socialista al programa cultural Sálvame (al móvil del presentador, el filólogo Jorge Javier Vázquez), para decir a los españoles que no le gustan las corridas de toros[2]. Esto sí que es populismo, y de baja gama. Además, los problemas entre Susana y Pedro no son de interés público. Los medios explotan este aspecto tangencial de la política española por audiencia, es decir, por dinero. Entre unos y otros terminan convirtiendo los problemas reales de la sociedad en un magacín rosa, con la intención de desviar la atención del personal. Y todos contentos: los medios por pasta y los políticos por puntos canjeables en las urnas.


Pedro Sánchez llama a Jorge Javier Vázquez

Susana Díaz es una presidenta no electa. Ningún andaluz la ha votado a día de hoy. Abogada y “diplomada en Alta Dirección de Instituciones Sociales por el Instituto Internacional San Telmo”, según la web de la Junta[3], a esta trianera no se le conoce otra ocupación que no sea la política, a la que llegó con 17 años. Y con casi 40 subió al trono andaluz tras la espantá de Griñán, su valedor. Por tanto, no es de extrañar que desde aquel momento haya dirigido su estrategia comunicativa a la captación de votos y simpatías. Su aparición en Canal Sur, su canal, el pasado 30 de diciembre, es digno de análisis. Un monumento a la demagogia.

Se celebran mil años desde la proclamación del Reino de Almería[4], una de las casi cuarenta taifas surgidas tras la disolución del Califato de Córdoba. Así, a bote pronto, parece una efeméride un tanto rebuscada. Pero allá que va Susana para felicitar a los andaluces desde la Alcazaba, como una reina mora vestida de luto riguroso[5]. El negro es un color que en nuestra cultura trasmite seriedad, sobriedad, austeridad, recogimiento, pena y dolor: “Me duele esta realidad y con sinceridad les digo que no veo motivo de celebración…”, dijo la susodicha. Pues quédese en su casa, señora Presidenta, y no venga a fastidiar la fiesta. “Ésa ha sido mi obsesión [el paro] desde que soy presidenta de la Junta…”. Ya se nota, señora Díaz, tiene usted el honor de presidir la región con más desempleo de la UE. Sus consejeros, delegados, secretarios, directores, gerentes y gerentillos no hacen otra cosa que recortar en recursos humanos para lo que se tercie, sea en salud o en educación. Y usted les pone la medalla correspondiente en forma de mejores cargos, carguetes o carguitos por el trabajo bien hecho. Tiene usted una cadena de mandos tan calamitosa como su propia gestión. Ni más, ni menos.


Discurso de Susana Díaz el 30 de diciembre de 2014


Por no hablar de corrupción, esa que usted llama “cáncer letal para la confianza de los ciudadanos en sus instituciones”, y que no solo se manifiesta en los grandes escándalos, como los ERE, sino que se palpa diariamente con nombramientos “de cargos de confianza” en todas ellas, desde la más compleja a la más básica, como la Gerencia del SAS o la subdirección de un hospital público, por poner dos ejemplos. Aunque le moleste, Susana, usted forma parte de la rancia casta política española, por mucho que lo quiera disimular con esa pose dramática bien aprendida desde sus años en las Juventudes Socialistas. La misma casta que la de Rajoy, Moreno, Arenas o Bendodo; o peor, porque usted se jacta de abanderar la guerra contra la desigualdad, pero solo sabe dar limosnas a los más pobres, joder a muchos profesionales, machacar a una clase media muy quemada y llegar a buenos acuerdos con la gran banca y las multinacionales, a las que no les roza un cabello. Hace lo mismo que aquéllos pero se afana más que ellos en que parezca un accidente. Es difícil ser más demagoga y más populista que usted.

Y para ello tiene a Canal Sur. En esto tampoco se distingue el Gobierno andaluz, 'de izquierdas', de la derecha clásica o del nacionalismo más cutre. Ni siquiera de Goebbels o de Stalin. Usa a su antojo la televisión pública para deformar los mensajes y encuadrar la realidad en su propia conveniencia. Todos los poderes lo hacen, al menos en España. Si Telemadrid es la campeona de la parcialidad, Canal Sur lleva un cuarto de siglo haciéndole la competencia. Así le va, claro; un medio deficitario que recurre a la copla, y más copla; a mostrar andaluces que viven privilegiadamente en los confines del mundo y que eshan de meno er hamón y er sarmoreho; a Juan y Medio con sus ancianos y sus niños, y a unos informativos encorsetados, descaradamente tendenciosos y de mala calidad. Canal Sur existe porque es necesario propagandísticamente. No lo duden. De otra forma no se entiende que los impuestos se gasten en una programación tan pacata. Y no faltan excelentes profesionales, pero resulta que los periodistas, los realizadores y los técnicos también tienen que pagar sus hipotecas; incluso sus hijos necesitan comer todos los días.

Una buena forma de amortizar los gastos del ente público RTVA, es contratando publicidad. Toda una declaración de independencia informativa. Y no cualquier publicidad, no; nada más y nada menos que la Coca-Cola[6], una corporación multinacional de origen norteamericano, con inmensos beneficios, que cierra fábricas españolas y despide trabajadores españoles. Cabe preguntarse cómo será el tratamiento informativo que dará Canal Sur a los actuales conflictos laborales que tiene esta empresa en nuestro país, si depende de ella para cuadrar las cuentas con lo que cobra por su publicidad. El fallo técnico de nochevieja, que dejó sin uvas a su audiencia, es una anécdota, incluso graciosa, si se mira en clave andaluza. Igual a la multinacional no le hizo chispitas, y seguramente aún menos a su departamento de marketing, que no debe considerar rentable que se asocie su imagen de marca a la gigantesca cagada de Canal Sur. No sería de extrañar que pidan indemnización o no abonen lo convenido. Y esto también lo pagarán los de siempre.

Como en la fábula de Esopo, hay cosas que son inalcanzables, incluso para Susana Díaz. Por ejemplo, siete de las doce uvas del 2014.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Juegos de palabras


Mamar en tiempos revueltos

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA



La tremenda oleada mediática de casos de corrupción es solo el reflejo marginal de un problema mucho más profundo. Vivimos en un sistema impuesto por el pensamiento y la lógica de los verdaderos amos. Solo su cadena de mando puede ser visible, aunque con no poca dificultad. El hedor se ha instalado hasta en el último despacho, pero la sociedad civil está despertando de un letargo provocado y parece dispuesta a presentar batalla.

Mamamos desde que nacemos. Es más, después de llorar lo que hacemos es mamar. El bebé llora y mama, es lo primero que aprende. Mama de las mamas de mamá o mama de una tetina de silicona. O de ambas. Mama mucho o mama poco; pero o mama, o muere. Aquí ya se establecen las primeras diferencias, en el mamar, porque el mundo que nos acoge es distinto para cada cual, excepto en una cosa: de una forma u otra, por gusto o por obligación, por suerte o por desgracia, por ansia o por interés, todos mamaremos hasta morir. Vivimos mamando y mamamos para vivir. Mamamos viviendo y vivimos para mamar.
Ni siquiera cuando nos salen los dientes y nos dan la leche en un vasito de colores, dejamos de mamar; más aún: es a partir de entonces cuando mamamos más. El niño tiene que mamar una educación, un estilo social, unas normas impuestas y el rol para el que ha sido proyectado. En muchos lugares del mundo, en cualquier barrio de nuestra ciudad, otros niños solo maman miseria y violencia. Todos maman. En la escuela, a mamar de una enseñanza diseñada por los políticos de turno y a tener que mamarse un maestro gruñón o las mamonadas de un compañero mamón. En la calle, el niño debe mamar para desarrollar su 'proceso de socialización' o, en el peor de los casos, para sobrevivir.
Se mama en el sexo y se mama en los bares. Mamamos y terminamos mamados. Y seguimos mamando, de tantas maneras como significados tiene la palabra; nos hacen mamar en el trabajo, en la cola del paro o en la de los comedores sociales. Mamamos propaganda, publicidad y consumo. Mamamos best sellers como si fueran incunables y mamamos de los smartphones como si fueran nodrizas pasiegas. Y nos hacen mamar unos grandes mamones, que lo son porque maman mucho y  maman bien. Es lo que han mamado: mamar toda la vida para poder hacer que otros mamen lo que ellos deciden que tienen que mamar. Estos mamonazos andan por doquier y tienen querencia por los despachos. “Mama y deja mamar” es su consigna. Son grandes mamadores que consiguen una carrera brillante y varias cuentas corrientes. O una de las dos cosas.
En los tiempos que corren se mama mucho, pero es un mamar que ya no está bien visto porque a algunos les ha dado por llamarlo 'robar', 'corromper' o 'prevaricar'. Con la tele nos quieren distraer, exhibiendo poses de dignidad y pronunciando frases hechas, para que mamemos el discurso dominante; nos quieren convencer de su amor al pueblo y de que solo maman cuatro mamones execrables.

Son tiempos revueltos en los que da la impresión de que la gente, la que tiene que mamar, sí o sí, está vigorosamente harta de aguantar las mamonadas de tanto mamón suelto. Todo puede ser que, como buenos mamones, terminen siendo tierna carne de entrecot en una buena parrillada.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Expediente a Serunión


Gorgojos al punto

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

La aparición de larvas en las comidas de algunos colegios de Castilla y León, y más recientemente en uno de La Rioja[1], provoca la apertura de un expediente por parte del Gobierno riojano a la empresa Serunión, concesionaria de dichos servicios. Los hechos han causado cierta alarma social, particularmente en el entorno de las asociaciones de padres y madres de alumnos. Serunión es la adjudicataria de muchos restaurantes, cafeterías y comedores de colegios y hospitales públicos españoles, entre los que se encuentra el Hospital Regional de Málaga 'Carlos Haya'.

Las inesperadas invitadas a la mesa son larvas de unos escarabajos picudos llamados genéricamente gorgojos, insectos que suelen colonizar cultivos y alimentos almacenados; el mejor preventivo contra ellos consiste en la limpieza, según la Nueva Enciclopedia Universal. [2]


Mucho se habla en la actualidad del consumo de insectos como alimento humano con alto valor nutritivo. Una costumbre oriental que el esnobismo occidental trata de importar en contra de la barrera cultural que los considera asquerosos. A un europeo medio, especialmente del Mediterráneo, la presencia de estos bichos en su plato es causa de repulsión e inquietud.
Inquietud que se ve acrecentada en aquellos que frecuentan los establecimientos de Serunión en Málaga, ya que, según el diario La Opinión de Zamora, las comidas que sirve la empresa en Castilla y León llegan diariamente desde esta ciudad.[3]
Serunión se autodefine como “una empresa española, filial del grupo internacional Elior, en la que desde hace 30 años trabajamos para cuidar a las personas”.[4] Sin embargo, los que comen en sus restaurantes no están tan seguros de tal desvelo; desde este mismo blog se ha denunciado en repetidas ocasiones la pésima calidad de la comida[5], del servicio en general[6], de los menús[7] e incluso de la presencia de un roedor en la cafetería-restaurante del pabellón A del Hospital Carlos Haya.[8]


No sería mala idea que los responsables del hospital informaran de las condiciones del contrato, de la elaboración de los menús, del origen de las materias primas, como el aceite que usan, y de la calidad de los productos que, mayoritariamente, consumen familiares, pacientes ambulatorios y personal sanitario, ya que no suele ser el lugar elegido para un almuerzo de amigos o una cena romántica.
A no ser que busquen sensaciones gastronómicas extremas, como el gorgojo de Serunión al punto.


jueves, 30 de octubre de 2014

Error de principiante

Doña se equivoca

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA


El recién nombrado gerente de los dos principales hospitales de Málaga, Carlos Haya y Clínico, asegura que actualmente se contrata más personal sanitario que en 2013, y se queja de que “el absentismo laboral en todas las categorías profesionales casi se ha doblado con respecto al año anterior”, según informa el diario Sur de Málaga. Estas declaraciones se producen a raíz del conflicto planteado por los enfermeros de urgencias y UCI del hospital Carlos Haya, que denuncian la falta de personal en algunos turnos y reclaman la cobertura de los puestos vacantes.


Tras la destitución de la anterior gerente, Carmen Cortés, y el nombramiento de José Luis Doña en su lugar, las valoraciones de la prensa se condujeron en el sentido del "talante negociador y conciliador" del nuevo responsable. Poco tiempo ha sido necesario para desmentir tal cualidad: ha llamado absentista a todo un colectivo profesional.
Convendría en este punto, mirar el significado de “absentismo” en el Diccionario de la RAE: “Abstención deliberada de acudir al lugar donde se cumple una obligación”. Como se puede comprobar, no incluye las bajas laborales. Esto quiere decir que si hay personas que se ausentan del trabajo sin una explicación, no se les paga su salario; se le abona a otro que le sustituye. ¿No? Seguramente que el nuevo gerente no pretendía poner en duda la integridad de los médicos que dan las bajas o la de los inspectores que las revisan. ¿Verdad?
No voy a entrar en la dotación de plantillas, porque el primero que conoce esas deficiencias es él. Si dice lo contrario, miente. El caso es que Doña se ha equivocado. Es de suponer que en su gabinete de comunicación no deben andar muy contentos. Comenzar la gestión de una enorme institución pública cuestionando a los cuatro vientos la profesionalidad de sus empleados, no parece una buena forma de mejorar la imagen del hospital hacia el exterior, ni la suya al interior.

José Luis Doña, nuevo gerente de los hospitales Carlos Haya y Clínico de Málaga. / SUR

Da la impresión de que Doña se ha venido arriba con el nuevo cargo. Conozco muchas cosas y puedo entenderlo. Su actitud está siendo imprudente y no hace honor a las tablas que se le suponen a todo un profesional de los despachos. No faltará quien le de un pescozón desde Sevilla. Es más, con este desafortunado comienzo no creo que esté de gerente ni la mitad del tiempo que ha sobrevivido como subdirector. Le recomiendo que guarde la foto de esta noticia, hecha en el Clínico, para recordar el día que dijo lo que nunca debió de decir.

sábado, 25 de octubre de 2014

MIR: el crujir de los cimientos


Los aspirantes (y II)

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Noviembre de 2012. Los médicos generales en formación especializada (MEGFE) votan huelga al entender que sus reivindicaciones salariales, laborales y docentes no son atendidas por los responsables sanitarios de Andalucía. El éxito de la misma, más que en lo conseguido, consistió en poner en evidencia la inestabilidad de una estructura hospitalaria mal cimentada, en provocar una especie de histeria institucional y en permitirles ganar la siguiente reivindicación ―año y medio después― con solo enseñar los dientes.

Las dulzonas uvas del 99 dan paso, entre descorches, chinchines y vapores, al nuevo milenio. Nuevos tiempos aún por degustar o, más bien, por deglutir. La primera legislatura de Aznar da paso a la segunda con la mayoría absoluta obtenida por el del bigote en marzo del 2000. Ya saben: “España va bien”. Hoy, no pocos de aquellos políticos pisan los juzgados acusados de todo tipo de delitos por corrupción.
En el sur, por esas mismas fechas, Manuel Chaves encadena su segundo decenio al frente de la Junta de Andalucía. Disfrazado de banana caribeña, el rodillo socialdemócrata del PSOE rula sin descanso hacia la orgía carnavalesca de una explosión neoliberal en ciernes. Ya saben: “Andalucía imparable”. En ese primer Gobierno andaluz hay algunos, como Zarrías, Magdalena Álvarez, Viera o Vallejo, actualmente señalados por la justicia como presuntos corruptos. Al último citado, el abogado y licenciado en empresariales Francisco Vallejo, le asignan la Consejería de Salud.

El hospital, microcosmos y espejo social
Ajeno a este contexto político ―nuevo por los nombres que no por las intenciones― el Carlos Haya, como cualquier otro gran hospital, no para su sala de máquinas. El personal, en general, acostumbrado a la opacidad directiva, a rumores 'de buenas fuentes', a los hechos consumados y a solventar problemas propios y ajenos en una suerte de autogestión controlada, es incapaz de barruntar su destino, ni siquiera a corto plazo. Lo que sea, será. Los más espabilados aspiran a “que me dejen como estoy”. El gerente por aquella época, Francisco Juan Ruiz, no tiene grandes problemas en su dirección. Hábil negociador y buen embaucador, controla sindicatos y jefes de servicio ―salvo algún rebelde― con elegante porte y verbo diplomático. Un tipo agradable. Por ejemplo, conseguir un celador más para la puerta de urgencias resulta una tarea titánica. Médicos y enfermeros comienzan a lamentarse, en voz baja, por contratos de corta duración. Año 2000, días de aparente bonanza que oculta claros recortes bajo el eufemismo de la “contención y optimización del gasto sanitario garantizando una asistencia de calidad, gratuita y universal”, como el Servicio Andaluz de Salud prefiere llamarlos.
Catorce años han pasado. Catorce. Y siguen diciendo lo mismo.

La cultura del consumo con el mínimo esfuerzo
El siglo XXI llegaba pues, orondo, opulento, con una tasa de paro aceptable ―si se puede llamar así por comparación con la actual― y con media España en obras. Para muchos jóvenes estudiar era un crimen pudiendo trabajar en el mundo inmobiliario; un sueldecito decente, un buen coche a plazos y una hipoteca que no podrían terminar de pagar. Una fiebre hipnotizadora, a lo American way of life, mientras Bush juraba venganza sobre las ruinas del 11-S.
Aquellos otros, los que terminaban una carrera, no eran ajenos a esta corriente. Muchos recién licenciados en Medicina soñaban con lo mismo pero a un nivel económica y socialmente superior. Educados en sus casas para triunfar y en la facultad para obtener un puesto de privilegio en el examen MIR, no pocos llegaban al hospital ―y siguen llegando― con la lección bien aprendida y las ideas claras: terminar sin sobresaltos, responsabilidad la justa y una actitud más o menos servil, en función de un futuro hueco laboral dentro de su propio servicio. El trabajo en urgencias, un clásico de dureza pero una gran fuente de aprendizaje, mientras menos y durante menos tiempo, mejor. Aptitud y actitud son dos palabras que tienen muchas más diferencias que la segunda letra.

El entorno digital como herramienta de empoderamiento
Un fenómeno que no se puede obviar cuando se habla de la primera década de este siglo es la explosión definitiva del entorno digital y el acceso masivo al ordenador y a Internet. Desde el correo electrónico, el chat, los grupos de noticias, los foros virtuales y la blogosfera, hasta las más recientes redes sociales y los smartphones, la información ―no siempre fiel y veraz― y la comunicación no han parado de fluir atropelladamente.
Si para un antiguo MIR era complicado saber en qué condiciones trabajaban sus compañeros en el resto de hospitales, para un MEGFE actual no hay problema en conocer hasta los detalles más pequeños de lo que pasa en los centros más distantes. Un colectivo joven, amamantado digitalmente, ha encontrado en las nuevas tecnologías la forma de organizarse para reclamar sus derechos laborales y docentes. Más, mucho más, los primeros que los segundos. Y con ello han dado un giro al sistema y se han hecho mucho más visibles. Han descubierto el pastel al mostrar a la opinión pública cómo la administración suple mano de obra cualificada y especializada con médicos generales que aún no tienen otro título que éste.

Una década de recortes y un desfile de gerentes
En 2004 aterriza en la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía María Jesús Montero, cargo que mantendrá durante los siguientes nueve años. Entre sus objetivos, impulsar definitivamente la sustitución de los antiguos servicios por unidades de gestión clínica (UGC), con la Medicina basada en la evidencia (MBE) como soporte 'científico' e instrumento homogeneizador de la práctica médica. Un entramado estructural e ideológico diseñado por tecnócratas, médicos agradecidos y una variopinta fauna de 'expertos' afines al aparato, llegados de agencias, fundaciones y escuelas de salud pública; todo ello con el fin último de contener el gasto sanitario, burocratizando la figura del médico a cambio de un sistema de incentivos económicos por objetivos ―pan para hoy y hambre para mañana― que ha conseguido amordazar y dividir a los profesionales. Si Maquiavelo viviera, haría lo que Susana Díaz hace un año: poner a la Montero en la Consejería de Hacienda.
El Carlos Haya, desde la dimisión de Francisco Juan en 2004, ha tenido que sufrir sucesivamente a cuatro gerentes: María Ángeles Prieto, cesada en 2008, Antonio Pérez Rielo, que dimitió en 2012, Carmen Cortés, destituida el mes pasado, y el actual José Luis Doña, subdirector del hospital durante los últimos nueve años. Sub-di-rec-tor. Nadie sabe si es el idóneo ni por qué. Y si lo es, nadie entiende cómo no se percataron antes. Los periódicos escriben sobre su buen talante, cualidad deseada pero insuficiente por sí sola.
Durante todo este tiempo, una década, se han hecho toda clase de perrerías. Años antes de que Zapatero verbalizara la palabra 'crisis', en Andalucía ya se abusaba de contratos indignos; en Andalucía ya se presionaba a los médicos de familia con las prescripciones, derivaciones y peticiones diagnósticas; en Andalucía, en sus hospitales, ya habían dejado de hacer guardias físicas especialistas como cardiólogos, neurólogos, digestivos, otorrinolaringólogos o cirujanos plásticos. En Andalucía, la crisis global es el salvavidas al que se aferra una casta de insípidos trepadores que, a modo de hiedra silvestre, colonizan hasta la última grieta del sistema. Con las coartadas del desplome financiero, la burbuja inmobiliaria y la llegada al Gobierno español de la derecha más sucia desde los tiempos del Movimiento, los aventajados 'socialistas' andaluces respiran aliviados porque pueden disimular sus maldades y su incompetencia.

Un nuevo paciente ante un médico perplejo
Los avances técnológicos y científicos han producido grandes cambios en el hábitat médico: hay un nuevo tipo de paciente, más viejo y con más problemas de salud. Se intenta mantener con interminables listas de fármacos y procedimientos que tienen distintos grados de invasividad; aquéllos y éstos, a su vez, crean nuevas enfermedades y favorecen otras. Es un enfermo con un altísimo nivel de complejidad, que necesita, solamente para él, tres o cuatro especialistas diferentes, incluso alguno más. Mucho se habló siempre de la 'deshumanización' del profesional sanitario; el problema es, en realidad, la del enfermo: para los burócratas es un número que padece códigos y que hay que 'manejar' en un 'proceso' establecido por ellos. Los médicos no se han deshumanizado. Han sido sometidos a un tratamiento de funcionariorobotización planificada; ésta es una idea central, porque es la única vía que tienen los políticos y sus bastardos para contrarrestar el poder del conocimiento adquirido con esfuerzo, estudio y experiencia. Con ese saber, con cierta bondad ―despojada de ñoñerías paternalistas―, con la enorme ―y mal pagada― responsabilidad y con una necesaria megadosis de humildad, los médicos son los que han de tomar las decisiones que mueven el sistema. Si aún no lo han derribado debe ser porque no permiten cargar en sus conciencias el estigma de provocar daños irreparables a personas cuyo 'único pecado' es el de enfermar.

En este contexto social, político, económico y tecnológico, un buen número de profesionales se han visto atrapados en trincheras tan diferentes como distantes. Los más veteranos ―25, 30, hasta 40 años de servicio―, normalmente con mucha experiencia y estabilidad laboral, están cada vez más cansados, gastados, quemados; sobreviven en el frente por una nómina congelada y por los restos de aquel impulso que un día les llevó a él: vocación y responsabilidad. El deterioro de la consideración institucional hacia ellos refleja el de sus condiciones laborales y salarios, los frustra y los convierte en una suerte de semillas hueras para la transmisión de sus conocimientos.
Más jóvenes, con una preparación excelente y un buen poso de experiencia, otros muchos están encadenados desde hace años por contratos cada vez más denigrantes; la incertidumbre llama al miedo, y éste tiene dos efectos: la sumisión y la conveniencia. No todo lo que se hace, o deja de hacerse, es “por el bien del paciente”.

El diseño de las plantillas: un puzle incompleto
La praxis clínica está contaminada por todo lo anterior pero también por la impotencia de no poder atender, de forma profesional y humana, la continua avalancha de tareas, merced a la política de mínima contratación que mantiene el SAS desde hace más de una década. Todos los servicios están infradotados de todo tipo de personal. La tensión asistencial puede palparse en el hospital. La 'cadena productiva' gira y gira, cada vez más rápida, pero las manos son las mismas. Las plantillas han sido planificadas, y lo siguen siendo, contando con los MEGFE como mano de obra ―no tan barata como ellos pretenden o, cuando menos, no mucho más que la de sus adjuntos―. Hay mucha más diferencia entre el peso de las decisiones y la responsabilidad, que entre las nóminas de unos y otros. Aún así, es evidente que los MEGFE son médicos sin experiencia que soportan más peso asistencial del que debieran.

En tal malsano ambiente la chapuza es divisa corriente y el compañerismo se disfraza de microcorporativismos endogámicos y saludos cordiales. Aparece el 'sálvese quien pueda' y el salir del paso guardando las formas ―a veces ni eso―, pero sobre todo, guardando el trasero con una práctica médica ultradefensiva. La historia clínica, el alma de la Medicina, se copia y se pega, a veces en ordenadores ubicados varias plantas por encima o por debajo de la cama doliente. Sin tiempo ni sosiego para poder hacer una buena historia, lo inmediato es pedir todas las pruebas y todas las veces que se estimen oportunas. En no pocas ocasiones los pacientes son 'valorados' por teléfono; de esta forma se indican muchas pruebas complementarias, se recomienda consultar a otro especialista o incluso dar el alta de urgencias.

Quo Vadis, Domine?
Todo lo expuesto es solo un bosquejo contextual, general pero no generalizado, afortunadamente. A este confuso maremágnum llegan los MEGFE tras su periodo académico y un duro examen teórico. Llegan por tierra, avisados, a un puerto mal abrigado. Les espera un viaje de cuatro o cinco años. Unos temen navegar en galeras, otros esperan un cómodo yate. De una forma u otra tienen que aprender el oficio. Como los buenos grumetes. Según el DRAE, el grumete es ese “muchacho que aprende el oficio de marinero ayudando a la tripulación en sus faenas”. Aprende. Oficio. Ayuda. Faena. Podría añadirse, por lo que sabemos de la historia o de la literatura, que el grumete es, además, el único cuya relación con las órdenes se limita a recibirlas. Lo de acatarlas diligentemente es otro cantar, pero lo que es mandar, ni en las ratas de la bodega.
El símil puede servir, pero con diferencias sustanciales. No hay que olvidar que los MEGFE son médicos que aspiran a ser especialistas. Incluso pueden dar alguna orden que otra. Tienen la oportunidad de cumplir un sueño de bata blanca, suponiendo que lo tuvieren. Tal como discurren los tiempos, en una sociedad cada vez más pobre y malempleada, si todos ellos ganan lo que un MEGFE de segundo año a principios del 2012 en Valencia[1] ―casi 2.600 pavos limpios en un mes― es para que se sientieran más que satisfechos. Quizá haya que romper ya ese mito del último mono, tan sufrido y abnegado como entregado a la Ciencia. Mesura y sosiego. Conviene contar las cosas como se conocen y no como a algunos les interesa que se sepan. Pues no quedan losas para tanto mártir.

Entre los éxitos más reseñables de los MEGFE en sus reivindicaciones laborales de los últimos tiempos, están el de librar en el saliente de guardia, como el resto de personal, y conseguir la inhabilitación de los de primer año para firmar informes de alta sin la rúbrica acompañante de un médico supervisor con más experiencia. Fue esta última una sentencia que destapó las carencias estructurales y reconoció la insuficiente preparación de estos médicos para asumir responsabilidades que hasta ese momento venían desempeñando. Los servicios de urgencias que dependían en exceso de los MEGFE de primer año para sacar adelante una demanda cada vez más gruesa, más exigente y más alentada por la propaganda electoral permanente, se vieron en un brete. En vez de dotarlos adecuadamente con más profesionales formados para que pudiesen trabajar de forma digna en la atención de sus propios enfermos y en la supervisión de los otros, tiraron, principalmente, de los MEGFE de segundo año, como si éstos fueran profesionalmente autosuficientes.
Había caído la primera ficha en la hilera del dominó.

El MEGFE, moneda de cambio para jefes y tutores
Las salas del hospital Carlos Haya dependen de los MEGFE de segundo y superiores. Ellos, a su vez, prefieren y reclaman trabajar durante su horario laboral ordinario (normalmente el turno de mañanas) en las plantas por las que pasan. Los tutores y la Comisión de Docencia ―tanto monta cortar como desatar― apoyan sin reservas esta vieja aspiración de los aspirantes; bajo la bandera de la docencia, bien organizados y respaldados interesadamente por sus servicios, han conseguido retirarse de urgencias en labor asistencial por las mañanas. Primeramente, muchos años de presiones culminaron, hace más o menos un lustro, con una serie de negociaciones un tanto trileras, por las que solo tendrían que trabajar en la puerta de urgencias durante los meses de vacaciones; es decir, sustituyendo a los médicos adjuntos. Tras la huelga de finales de 2012, con su repercusión ante la opinión pública y el caos que supuso, era cuestión de poco tiempo que cayera la penúltima ficha en pie. Con un simple amago de cintura, los MEGFE y su amenaza de huelga a principios del pasado verano consiguieron en tiempo record lo que nadie había logrado: la contratación de médicos formados.

Saber ganar
Detrás de esta lectura victoriosa y de la legitimidad de las reivindicaciones, hay una realidad constatada y constatable que a pocos les interesa que se conozca. Ya durante la citada huelga de 2012 se les vio el plumero a unos pocos: llegaban como esquiroles a las ocho de la mañana, para trabajar en sus servicios, y se declaraban en huelga cuando se les comunicaba que tenían que hacer guardia en urgencias. Hay registradas numerosas incidencias con MEGFE que por las mañanas tienen que atender las urgencias, la planta y lo que surja, sin tutorización alguna; ellos mismos se confiesan solos y desbordados. ¿Acaso abandonados? Se ha llegado a ver a un aspirante de segundo año valorando un caso grave en la sala de críticos, acompañado de dos o tres de primer año, atentos a las enseñanzas de alguien que lleva en el hospital la friolera de 365 días más que ellos. ¿Dónde estaba su referente? En el mejor de los casos, cerca de algún teléfono, igualmente sin poder dar abasto a tanta sobrecarga asistencial. Sin embargo, esto lo toleran y no claman a sus jefes. Ni siquiera se atreven a reconocerlo en público. Están tan explotados como antes pero ahora hacen méritos para un futuro contrato, lo cual no es en absoluto criticable, siempre y cuando se respeten ciertas reglas del juego.

Nadie dice nada, antes al contrario: defienden a capa y espada lo indefendible, en el seno de un corporativismo que puede resultar hasta patético. Tienen la fea costumbre de presentarse a los enfermos como especialistas, y no como lo que son: aprendices de ellos. No obstante, es cierto que generar un clima de desconfianza enturbia la relación médico-paciente en detrimento de este último. Es por ello que el resto del personal sanitario suele contribuir a mantener esta norma tácita de suplantación. Lo que menos se necesita es un problema innecesario. Pero si el nivel cultural medio de la población fuera mayor, y la información no se le birlara descaradamente, el sistema podría tener serios problemas cuando los ciudadanos reclamasen ver las tarjetas identificativas y solicitaran un experto para su enfermedad. De cualquiera de las maneras, con todos los matices y excepciones que admiten estas ideas, lo que no parece coherente por parte de un MEGFE es la adopción de actitudes y comportamientos diferentes según el lugar y el día que toque, o en función de a quién deba rendir cuentas. No se puede ser hoy un mandado sin experiencia y mañana autodenominarse pomposamente “consultor” del mismo adjunto, sobre todo porque éste ya lucía fonendo al cuello mientras al otro se le caía la baba con Oliver y Benji.

El crujir de los cimientos
Para muchos de los que han contemplado el paso de decenas de promociones de aprendices, el deterioro experimentado en los últimos años es palmario, si bien reconocen que no hay más cera que la que arde: si el staff no dispone de tiempo material para hacer todo lo que se le pide, difícilmente lo tendrá para enseñar con tranquilidad. Además de ello, si los referentes ―por experiencia y capacidad― tienen que seguir en la cadena de producción hasta el día de su jubilación, el cansancio y la frustración entorpecerán la transmisión de su conocimiento. Así, el aspirante, lo primero que aprende es a despejar balones, el “de lo mío nada”, cuatro maniobras dilatorias para salir del paso y un puñado de sagrados protocolos que aplicar con más devoción que seso.
Es tan humano sentirse orgulloso de lo conseguido con el propio esfuerzo, como traspasar la línea hacia la soberbia y la arrogancia vana. Si ya es cuestionable la docencia que están recibiendo en el plano técnico, la transmisión de valores pudiera encontrarse en vía muerta; en este punto no sería justo obviar el destacado papel que juega el contexto social de partida, expuesto con anterioridad, como tampoco lo es generalizar las malas mañas de unos pocos frente a un colectivo que supone el futuro de la profesión médica. Nada más y nada menos.
Es cierto que en los últimos tiempos se han comunicado conductas antaño impensables e inapropiadas en cualquier momento. Y no pasa nada. Ni pasará mientras la calificación de los aspirantes dependa de unos pocos, instalados dentro de un círculo de intereses, y no del conjunto de profesionales, tanto médicos como enfermeros, que son, realmente, los que más saben de la pasta que se cuece. De la misma forma, sería un interesante ejercicio de transparencia dar a conocer la valoración que hacen los MEGFE de los adjuntos, de la enfermería y del hospital en general.

En los dos últimos años, se han convocado casi 140 plazas menos de MIR.

La última ficha está a punto de caer.