Albert Rivera y Al Capone no son tan diferentes como podría
pensarse.
El mafioso se dedicaba, entre otras muchas fechorías, a
reventar huelgas y apalear a los futuros votantes del partido contrario a los intereses
de los corruptos para, digamos, reconducir sus intenciones. Capone llamaba jocosamente
a la jornada electoral “el día de los Inocentes”.
Rivera y su programa
neoliberal reventarán todas las huelgas contrarias a la reforma laboral del PP,
esa que el líder de Ciudadanos se niega a derogar, como ha declarado en varias
ocasiones. Como también reventará, si puede, cualquier manifestación de los
independentistas catalanes, su segunda gran obsesión, después de Podemos. Donde
sí parece más dispuesto a apoyar huelgas es en Caracas, donde tiene poco que
perder y no mucho que ganar, visto el ridículo papel que le ha tocado
interpretar en su reciente y patético viaje a Venezuela.
Tras ver el espantoso vídeo de propaganda electoral que ha
lanzado al aire, tampoco hay dudas del apaleamiento al que ya somete a sus
contrincantes políticos, particularmente a la figura de Pablo Iglesias y, lo que
es peor, a sus votantes. No lo hace con bates de béisbol como Capone y su banda,
claro está, lo hace con absoluta falta de respeto y una actitud pretendidamente
humillante hacia una coalición que le ganó sobradamente en las fallidas
elecciones del pasado 20 de diciembre.
El spot, como dice
un buen amigo, es, sencillamente, grotesco. Alimenta el estereotipo del ocioso español
en un bar, a media mañana o media tarde de un día laborable. Le ha faltado el
torito banderilleado y el flamenco de traje corto. Dos camareros y un
repartidor, cotillas en extremo, reparten juego entre los que están apalancados
en la barra, leyendo el diario del bar y mirando la tele de vez en cuando. La
más ocupada, la señora del teléfono móvil, no lo está tanto que no pueda hacer
una paradita para tomar algo y decirle al marido dónde está la merienda del
nene. Y, por supuesto, el pobre parado buscando curro apalancado en la barra,
tirando de smartphone y tomando café
de caridad por la inmensa generosidad del dueño del bar.
Esta es la España de Albert Rivera, a la que no le falta,
por cierto, el líder de opinión, un señor canoso, aunque no anciano, que da un
medio mitin en plena barra del bar, sugiriendo el voto para C’s y exaltando el indómito
y resiliente carácter nacional; solo le quedó cantar aquello de “Yo soy
español, español, español”. Y cómo no, la pantomima no podría estar completa si
no hay algún linchamiento moral, una costumbre auténticamente hispana que en
esta ocasión elige como víctima a un chaval con coleta que juega a las
tragaperras, mira el móvil (como los demás) y bebe cerveza. La alusión a Pablo
Iglesias es tan grosera, tan burda, tan chabacana, tan falta de ingenio, de
ideas, tan carente de clase y de categoría, que no merece la pena dedicarle más
que una media sonrisa de lástima, no solo por la birria de producción
audiovisual, sino por la vacuidad del mensaje, fiel reflejo de la aridez
ideológica y de la poca talla política de Ciudadanos —un partidito de corto
alcance—, y de su lidercillo de plastilina naranja.
Al Capone hablaba de “inocentes”; Al Rivera trata a los
ciudadanos de idiotas, lo cual es mucho más grave. En el fondo, ambos expresan
el mismo desprecio por la democracia, porque ambos están sujetos a intereses
que van mucho más allá de la misma: la mafia y el IBEX 35.
El encuadre informativo de los medios de comunicación occidentales hegemónicos ofrece la secuencia de un conflicto que se inicia en marzo de 2011 como una contestación popular al régimen de Bashar al-Asad, seguida de una violenta respuesta represiva de éste, que desencadena una guerra civil que ya dura cinco años. El cuadro mediático se completa con la repetida exposición de la crueldad de los grupos terroristas islamistas, que extienden sus crímenes al corazón de Europa, y la reacción del 'mundo libre' con una gran coalición militar que bombardea 'selectivamente' objetivos fundamentalistas; los esfuerzos de la comunidad internacional para procurar una solución pacífica y aliviar el problema de los refugiados, colocan el marco dorado.
¿Es esto, realmente, lo que está pasando? ¿Es la repetida historia de los malos contra los buenos? ¿Quiénes son los buenos? A través de más de 40 fuentes documentales, este reportaje pretende, al menos, contar la otra versión, la que nuestros telediarios y la mayoría de los periódicos occidentales de mayor tirada -los mass media- se resisten a explicar. Antes de leerlo, recomiendo que el lector se haga un par de preguntas: ¿Qué sé de la guerra en Siria? Si cree que está bien informado por los noticiarios televisivos y las crónicas de agencias y corresponsales, y que no necesita más para tener una idea clara del conflicto, idea que, por otro lado, es firme y no admite controversia, igual no necesita leer este reportaje. O igual sí, dependerá de su inquietud. La segunda pregunta es: ¿Qué carajo me importa a mí una guerra tan lejana? Si no entiende que en el Próximo Oriente nos la estamos jugando todos (petróleo, gas y, sobre todo, un alto riesgo de desenlace nuclear), y que la avalancha de refugiados e inmigrantes va a ser imparable y puede cambiar el curso de la Historia, como ya lo hicieron otras grandes migraciones, repito, si no lo entiende así y cree que es un videojuego, que no lea este trabajo y siga colgando fotos ocurrentes en las redes sociales.
El reportaje se completa con una presentación que lo resume, y que añade una serie de vídeos, editados y montados por el autor para ofrecer un apoyo audiovisual.
Los
muertos ya no entienden de solidaridad. Los muertos ya no pueden ver el
espectáculo luminoso de la bandera belga sobre la Fontana de Trevi, la torre
Eiffel o la puerta de Brandenburgo. Ni los ramos de flores o los cirios
encendidos en su memoria. Ni oyen los fúnebres compases del violonchelo. Los
muertos de los atentados de Nueva York, Madrid, Londres, Boston, París o
Bruselas no tienen entradas para asistir a la representación mediática
orquestada después de cada matanza.
La dramatización
del discurso
Estos
espectáculos de imagen y sonido no son otra cosa que la cara plañidera del
discurso único de los mismos que provocan, interesadamente siempre, tales
tragedias. Cada bomba, cada bala, cada cuchillada de estas bestias que se
autodenominan Estado Islámico (Daesh) son el fiel reflejo, la consecuencia
especular, del más de un siglo de atrocidades occidentales contra los pueblos
del llamado tercer mundo.
Una realidad con
más de 100 años
Desde
los acuerdos de Sykes-Picot en 1916, por el que Inglaterra y Francia se
repartieron desvergonzadamente las tierras del Próximo y Medio Oriente —Siria y
Líbano para ti, Palestina, Jordania e Irak para mí, trazando fronteras a tiralíneas
sin respetar etnias, creencias, costumbres ni tribus ancestrales—, el bloque
occidental, con sus corporaciones industriales, comerciales y financieras, no
ha dejado de masacrar, humillar, expoliar, dividir y manipular al mundo árabe.
Por no hablar del sudeste asiático o el continente africano, en el que, por
cierto, el adorado genocida Leopoldo II de Bélgica se llevó por delante a diez
millones de congoleños y aquí no ha pasado nada. Eran muertos de tercera.
De vez en cuando
pasa todo lo malo que puede pasar
El
fundamentalismo islámico violento es un fenómeno que surge de una parte de la
base social musulmana, como lo fue el nazismo alemán, ese subproducto
genuinamente europeo, responsable del mayor genocidio de la historia de la
humanidad. Tras la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. se consolida de forma
hegemónica como gran jefe del club imperialista occidental, acentuando la
fragmentación del bloque árabe en una red de intereses y alianzas con el fin de
controlar la zona y asegurar el abastecimiento de petróleo que, en plena
ebullición de la sociedad del consumismo desaforado, es cada vez más necesario.
Aliados: el regreso
de Santiago Matamoros
La
creación de un potente Estado de Israel —fiel aliado y amigo inseparable de EE.
UU.— en el corazón del Islam provocó el éxodo de varios millones de árabes, que
hasta la presente solo han recibido a cambio buenas palabras. La legitimidad de
un Estado palestino sigue en el alero un siglo después de la promesa británica,
un embuste más de los del fair play. En
los 50 y los 60, mientras la República francesa, la de la liberté, la égalité y la fraternité mataba
argelinos en Argelia y en París, los británicos no cejaban en el empeño de
desestabilizar en Egipto, Yemen o Adén, para mantener su estatus colonial con
emires y jeques corruptos, bañados en oro a costa de su pueblo; por su parte,
Washington mantenía en Irán a su buen amigo el Shah, otro sangriento dictador
que tuvo que salir por piernas ante la llegada del Ayatolá y una riada de
chiíes muy, pero que muy malhumorados.
Sin guerras no se
fabrican armas
La
venta de armamento y la financiación preferente a países o facciones políticas,
en función de los intereses del momento, han dado lugar a curiosas alianzas y
divorcios espectaculares. Los norteamericanos armaron y entrenaron a los
talibanes, a Osama bin Laden y a sus muyahidines de Al Qaeda en Afganistán; años
después, se hartaron de bombardear las montañas afganas y en 2011 mataron al
saudí, o eso dicen. Lo mismo habían hecho con Irak y Sadam Husein entre 2003 y
2006, desencadenando una guerra civil de la que, finalmente, ha nacido el
Daesh. Franceses e ingleses no han ido a la zaga y siguen enredando todo lo que
pueden. La industria bélica no da abasto para tanto tiro y ahora está aún más de
enhorabuena: desde agosto de 2014, EE. UU. lidera una coalición de 60 países,
entre los que están las primeras potencias militares y tecnológicas del mundo, que
luchan contra el Daesh; ha pasado año y medio pero los terroristas siguen
matando tan ricamente. Sorprendente.
¿A quién puede
extrañar lo que está pasando?
La
opinión pública, la sociedad de a pie, ya no puede escudarse en estar
desinformada. Únicamente aquellos que solo acuden a los medios convencionales
de comunicación y son tan perezosos, o indolentes, que no buscan versiones
alternativas de los hechos, antecedentes de los acontecimientos y elementos de
contexto, pueden tragarse la bola que el establishment
trata de inocular contumazmente a la audiencia. La simplificación del mensaje
es una de las muchas técnicas de propaganda política: ellos los malos, nosotros
los buenos; ellos verdugos, nosotros víctimas. Los terroristas del Daesh son
crueles y sanguinarios, tan aborrecibles como todos los terroristas, sí. No hay
justificación posible para lo que hacen, también. Pero los gobiernos
occidentales, los del mundo opulento, no son víctimas inocentes; solo lo son todos
los ciudadanos que caen bajo las bombas y las balas, víctimas de los terroristas
y de sus propios gobernantes —títeres del poder real, el del dinero—, que
llevan décadas provocando, cuando no propiciando, esta situación.
Un patrón de
conducta que se repite sin descanso
Después
de cada matanza, estos nauseabundos políticos se lavan la cara y se visten de
dignos para ir a los funerales. Con gestos apenados pero con la firmeza que sus
rangos reclaman, recitan el mismo discurso cambiando los nombres con el
procesador de textos. Aúllan por la libertad, llaman a la 'unidad' (¡hay que
joderse!) y hacen lo que mejor se les da: prometer 'medidas'. Y esto es lo
peligroso, porque esas medidas van todas dirigidas a recortar las libertades
constitucionales de los ciudadanos, en nombre del miedo y la seguridad. Vigilancia,
controles, bases de datos y rastreo de la Red.
Propaganda, esa
vieja conocida
Están
preocupados porque son muy conscientes de que Internet es una fuente de
información alternativa y de comunicación en red que puede ayudar a destapar
sus fechorías ante la opinión pública a la que tratan de manipular, y a la que,
de hecho, manipulan. Sus equipos de propaganda y sus medios afines hacen el
resto con eslóganes solidarios, lágrimas, flores, velas y luces de colores.
Directo
al corazón de la gente para que el cerebro trabaje lo menos posible y no se
haga demasiadas preguntas.
Más de 10.000 refugiados, bloqueados en la frontera
entre Grecia y Macedonia
La
crisis humanitaria es inminente y amenaza la estabilidad europea
HÉCTOR MUÑOZ. Málaga. 10 marzo 2016.
Confundidos en la noche como espectros de la Santa Compaña,
surgen en oleadas de los bosques y linderos de matojales que crecen en las
tierras del norte de Grecia. No son fantasmas; son familias enteras, hombres,
mujeres y niños que huyen del horror de la guerra en Siria e Irak, y buscan en
Europa, en la vieja Europa, un refugio y una nueva vida lejos de las balas, las
bombas y la sangre.
La mayoría son sirios, aunque
también hay afganos e iraquíes, principalmente. Muchos llegaron por mar a las
costas griegas y ahora se encuentran en Idomeni, en la frontera con Macedonia.
Viajan siguiendo las vías férreas, en una suerte de simbiosis con ellas, como
señales de libertad; se apilan en torno a los raíles, acampan junto a ellos, o
en sus márgenes, aprovechando la sombra de una hilera de árboles paralela. Los
que no tienen la suerte de una tienda de campaña, comen y duermen en los
carriles de metal, sin querer separarse de ellos, como si alejarse significara perder
el camino y una derrota peor que la de perecer arrollados en un descuido.
Las restricciones fronterizas han
provocado aquí un gigantesco cuello de botella en el que se hacinan los
refugiados. Muchos lo hacen en campamentos habilitados y otros deambulan
desperdigados por la zona cargando sus escasos enseres en bolsas de plástico,
en una marea que parece imparable. Las mujeres son muy numerosas y muchas de
ellas protegen celosamente con los brazos a sus niños de pecho, sin dejar de
caminar.
A pesar de los esfuerzos de ACNUR y
otras organizaciones humanitarias, la creciente masificación está generando una mayor escasez de alimentos, agua e instalaciones de saneamiento. Los
víveres son insuficientes y los refugiados tienen que buscarlos en el camino,
como el caso de unos niños que engañan al hambre desayunando las semillas de un
enorme girasol, al que desgranan pacientemente con la mirada perdida en el
tiempo. Solo algún detalle, como el alboroto de unos críos —ajenos por un
momento a la tragedia— correteando en sus juegos, el rezo de los creyentes,
orientados a La Meca, o el canto nostálgico de unos jóvenes alrededor de una
hoguera, les recuerdan lejanamente lo que es vivir en paz.
Esta migración, junto con la de los
países africanos, que tampoco cesa, está adoptando dimensiones bíblicas. Muchas
voces se están levantando para denunciar que las trabas que muchos países de la
UE están poniendo para acoger a los refugiados y asimilar a los inmigrantes colisionan
con la mismísima Declaración de los Derechos Humanos, particularmente en el
caso de los primeros.
Por otro lado, desde un prisma más pragmático, no son
pocos los analistas y expertos que estiman inasumible una 'solución europea'
por el riesgo de que una avalancha de esta envergadura, dejada a su libre
evolución, haga peligrar los valores y la propia existencia de una UE muy
tocada ya por la crisis económica y política. Las medidas tomadas hasta ahora —el
control de fronteras, la lucha contra las mafias y la subvención de un tapón
turco— solo suponen un arreglo precario para ir saliendo del paso, y además están
poniendo en evidencia una alarmante falta de cohesión comunitaria.
Para esta
corriente de pensamiento, el problema debe ser extirpado de cuajo en los
territorios de origen, un Medio Oriente que el Daesh, otros grupos terroristas
y la cerrazón —y sinrazón— de Bashar al-Ásad han convertido en un avispero
imposible de controlar si las potencias del Consejo de Seguridad de la ONU no
aparcan sus intereses cortoplacistas e intervienen todos a una para facilitar
el retorno de los exiliados.
Los más pesimistas no creen que los intereses geopolíticos y económicos de las grandes potencias sean compatibles con una solución solidaria y aseguran que la tercera guerra mundial está al caer.
Mientras, en Idomeni, la calamidad y la miseria se ensañan con los inocentes y se apoderan de la tierra que vio nacer a Alejandro Magno.
Hoy es seis de enero y Antonio puede perder la vida a
sus 47 años. Se ha estrellado contra un coche que no ha visto venir. O lo ha visto
demasiado tarde para poder esquivarlo con la moto. Hoy, sus reyes magos no
vienen de oriente ni lucen coronas; van vestidos de verde y trabajan para
salvarlo. A pocos metros, en la segunda sala de críticos, otro equipo atiende a
Teresa. Está consciente pero cada vez la ven más somnolienta. Le duele la
cabeza y no para de vomitar. Dos enfermeras vigilan sus constantes vitales y ponen
medicación intravenosa. Los médicos examinan el escáner en la pantalla del
ordenador. Uno de ellos señala una enorme mancha, blanca y redonda, que
contrasta sobre el gris del cerebro. Una grave hemorragia intracraneal amenaza
a esta mujer, con 77 años y una vida muy activa.
La puerta
Los servicios de urgencias de los hospitales públicos
de Andalucía registran más de tres millones de visitas al año, según el
Servicio Andaluz de Salud (SAS). La mayoría de los casos no presentan la
gravedad de Antonio o de Teresa. Contemplar desde dentro un mundo en el que a
unos metros de un señor con un dolor de muelas, en otra sala cercana, atienden a
otro con una parada cardiaca, provoca una extraña sensación de desdoblamiento.
En la jerga sanitaria, al servicio
de urgencias de cualquier hospital se le conoce como ‘la puerta’. Hay otras,
pero esta es la que nunca cierra. La del Carlos Haya de Málaga lleva 60 años
abierta. Para llegar hasta ella, desde la calle, hay que atravesar un corto y angosto
túnel, casi siempre ocupado por ambulancias o coches de particulares —en fila
de a uno cuando coinciden dos o más— que llevan o recogen pacientes en un goteo
casi permanente.
Cuando el visitante traspasa el dintel
de esa puerta, deja atrás los rayos del sol o las penumbras de la noche. De
pronto, todo lo envuelve una blanca luz artificial que no deja sombras. A la
izquierda, tras un mostrador, los administrativos atienden a los usuarios y
trabajan entre papeles, ordenadores y teléfonos. Al frente, la entrada que da
paso a las dependencias asistenciales está flanqueada a un lado por los
celadores, y al otro por un guardia de seguridad que se sienta detrás de una mesa
alta y estrecha. Algunos carritos de ruedas aguardan, arrinconados, el momento
de transportar a algún paciente que los necesite.
Los lunes y laPoli
A media mañana ya no cabe un alfiler en la pequeña sala
a la que van llegando aquellos pacientes que a primera vista no necesitan una actuación
inmediata, que son la mayoría. Acuden con un cierto ritmo, agrupados en oleadas
más o menos espaciadas en el tiempo. «Acaba de llegar un ‘autobús’ y nos esperan
muchos más porque hoy es lunes», dice la enfermera refiriéndose a una de esas
olas. La zona se llama Policlínica. Suele estar sobrecargada y puede llegar a
ser muy conflictiva cuando la gente pierde los nervios. El personal la conoce
como laPoli, y las quejas sobre las malas condiciones de trabajo allí son
moneda corriente.
¿Qué pasa los lunes? María y Juan,
enfermera y médico, ambos veteranos, aseguran que es el día de la semana en el
que, con diferencia, se registra la mayor afluencia de público. No es una leyenda
urbana: según la Junta, en las urgencias de todos los hospitales públicos de Andalucía,
se atienden anualmente cerca de cien mil casos más los lunes que los sábados. María
se pregunta irónicamente si es casualidad que los fines de semana la gente
tenga mejor salud que los lunes. Cree que lo que realmente ocurre «es que
aguantan el fin de semana y el lunes prefieren ir a urgencias, por tonterías,
para no tener que esperar cita con el médico de cabecera». Juan añade: «A
muchos solo les interesa conseguir un papel que les justifique faltar al
trabajo, y aquí se lo damos por no discutir». Recuerda que el mismo Guillermo
Quesada, anterior jefe de urgencias, declaró hace unos años a un diario
malagueño que la mitad de los casos que se atienden no tendrían que acudir a
este servicio.
«¿Cuándo me toca
a mí?»
La sala, llamada ‘recepción de enfermos’, es de planta
rectangular y mide unos 35 metros cuadrados. Tiene unas amplias ventanas de
cristales esmerilados que dan al exterior. A veces están abiertas para ventilar
la cargada atmósfera y algunos usuarios aprovechan para comunicar con sus
allegados que aguardan fuera.
A partir de las 11 o las 12
de la mañana
todo se
va demorando
Hay varios sillones azulones de un escay gastado
por el uso, y un par de filas de asientos metálicos, también azules, para los
pacientes y sus acompañantes. Al fondo, en una pequeña mesa en la que a duras
penas cabe el ordenador, María pregunta el motivo de consulta y clasifica a un
enfermo según la prioridad con la que debe ser atendido. Trabaja ante la mirada
y los oídos de todos los que esperan. No hay intimidad. Otro enfermero toma las
constantes y hace los electrocardiogramas en una camilla semioculta por una
cortina blanca. A partir de las 11 o las 12 de la mañana, la demanda va
creciendo tanto, y tan rápido, que ni María ni su compañero pueden mantener el
ritmo y todo se va demorando. Lo mismo les pasa a los médicos, que cada vez
tardan más en llamar al siguiente. Un señor, acomodado en uno de los sillones,
lee tranquilamente su libro electrónico mientras espera oír su nombre. De vez
en cuando, levanta la vista y otea el panorama. Una señora, menos paciente,
sale al pasillo, regresa a la sala, resopla cada vez que se cruza con una bata
blanca y pregunta reiterativamente: «¿Cuándo me toca a mí?».
Imagen de archivo de las urgencias de Carlos Haya. Sala de recepción de enfermos / Diario Sur
El pasillo se va llenando porque en
la sala ya no caben. Una celadora —mediana edad, bajita y regordeta— maniobra
con dificultad para no atropellar a alguien con la camilla, sin perder el ánimo
ni el buen humor: «Piii-piii, apartarse por favor». En su camino, se
cruza con un joven que llega con su mano izquierda envuelta en un paño de
cocina y va dejando, tras sus pasos, un reguero de goterones rojos en el suelo.
«Esto es un clásico en fiestas navideñas —dice Pedro, el enfermero que está hoy
en la sala de curas—; se compran un cuchillo jamonero y a las primeras de
cambio se rebanan un dedo».
El sonido de un monitor cardiaco y los
uniformes anaranjados anuncian la llegada del 061. Entran con paso ligero y van
directamente al área de Observación. Las dos enormes hojas metálicas de la
puerta que da a la zona en la que se atienden los casos más graves, se abaten
pesadamente para dar entrada al equipo de emergencias que traslada a una mujer
accidentada. El murmullo de la Poli
se pierde abruptamente allí dentro.
Demasiados
frentes abiertos
Eva tiene 27 años, se ha salido de la calzada y ha
colisionado frontalmente contra un rocoso talud. El médico del 061 muestra la
foto —tomada con su móvil— del escenario y del coche destrozado. Cuesta entender
cómo es posible que esté viva. Han sido necesarios los bomberos para sacarla de
esa cárcel de chapas aplastadas. Pregunta qué le ha pasado, no recuerda nada. Tiene
una aparatosa brecha en la cabeza pero los médicos no temen por su vida. Beatriz,
una joven médico residente (MIR), la tranquiliza con ternura mientras se
prepara el traslado a la sala de escáner.
Observación cuenta con
dos salas de
críticos,
23 camas y nueve sillones
Tendrán que recorrer 200 metros hasta
allí y todos los movimientos habrán de ser cuidadosos y calculados hasta que
puedan descartar lesiones en el cuello. Los sanitarios están listos en la sala
de críticos, esperando impacientes a que haya celadores disponibles para
llevarla. «Siempre es la misma historia», dice Victoria, una de las enfermeras,
con gesto resignado.
El área de Observación es un espacio
independiente de la Poli. Además de las
dos salas para enfermos críticos, dispone de nueve sillones y 23 camas para los
más graves. Ángel es uno de ellos. A una distancia de varios metros parece el
piloto de una nave interestelar, con una gran máscara de oxígeno, rodeado de
luces multicolor que parpadean al ritmo de sus maltrechas constantes vitales y
se acompañan de una sinfonía de bips,
pins y bings. Diego, su enfermero, dice que es un paciente «buenísimo, muy
colaborador». Le permite tener puestas sus queridas gafas de montura dorada que
a veces se enredan con uno de los muchos cables, gomas y catéteres que cruzan
su pecho y le impiden moverse libremente en la cama, en la que se hunde poco a
poco arrastrado por el sobrepeso. Ángel no pierde la paciencia ni la educación,
y en varias ocasiones manifiesta su agradecimiento «a la Seguridad Social». A
pesar de todos los cuidados y tratamientos, su castigado corazón no ayuda a
tanta ciencia y los riñones se han declarado en quiebra. Su médico tuerce el
gesto cada vez que revisa su evolución: «Esto tiene muy mal pronóstico».
La sala está casi completa. Además
de Ángel, hay otros pacientes inestables, como Concepción, una anciana con una
grave dolencia abdominal complicada con insuficiencia respiratoria. Requieren
atención continua y el personal no da abasto para tanto. Al mismo tiempo, van
entrando nuevos ingresos. El teléfono no para de sonar: llaman de laboratorio o
de radiología por cualquier problema que surge, del hospital de la Axarquía y
del Costa del Sol para anunciar algún traslado, del servicio de admisión para
comunicar una incidencia, del 061… Entremedias, el equipo que atiende a Eva
regresa de rayos. Buenas noticias: el escáner solo muestra una leve lesión
cervical. El cerebro está intacto. El cirujano plástico explora la enorme
herida, tan amplia que decide suturarla en quirófano, bajo anestesia general.
Le explica que toda la energía del impacto se ha agotado en desgarrar el cuero
cabelludo, y que eso ha evitado que tenga lesiones internas. Ella se sabe ya
fuera de peligro y ahora le preocupa la estética: «¿Quedará una cicatriz muy
fea, doctor?».
Durante las navidades
han inhabilitado
104 camas en el hospital
Y así van pasando las horas. Son
casi las 12 de la noche y las hijas de una paciente ingresada en Observación
reclaman en admisión una cama en planta para su madre: «No estamos dispuestas a
que se tire aquí abajo tres días, como las dos últimas veces». Quieren hablar
con Ruiz, el médico que hace la labor de jefe de guardia. Este les explica: «Su
madre necesita una habitación de aislamiento porque tiene una infección por una
bacteria resistente a casi todos los antibióticos. En este momento no hay camas
en el hospital, ni siquiera para los enfermos que pueden ir a una habitación
normal. Yo lo intentaré, pero no les prometo nada». El problema de camas en el
Carlos Haya es diario, dicen los trabajadores, y empeora en épocas vacacionales
por el cierre de plantas, como está ocurriendo en estos días navideños. Según
un documento interno que manejan los administrativos del servicio de admisión,
en ese mismo momento hay 104 camas inhabilitadas, solo en los pabellones A y B
del hospital, sin contar el materno-infantil ni el Civil.
No hay soluciones
para todo
Con las primeras claridades del día el personal desfila
por las puertas del hospital hacia sus puestos de trabajo. En la explanada
trasera del pabellón B, el más nuevo, varios gatos buscan su desayuno esperando
el descuido de alguno de los gorriones que picotean las migas de pan que
alguien les echa diariamente. El servicio de limpieza aprovecha la primera
hora, en la que casi no hay pacientes, para barrer, fregar, desinfectar y pulir
el suelo de la Policlínica.
Carmen espera una resonancia
y una cita con el traumatólogo
desde hace dos meses
Como cada mañana, los médicos de urgencias se
reúnen en una pequeña sala antes de ir al tajo. Allí se dan el relevo, comentan
los casos más complejos y las incidencias del día anterior. Últimamente, los
problemas que tiene el servicio para cubrir todos los puestos son motivo de
discusiones entre ellos y con el jefe. Aunque la puerta está cerrada, desde el
pasillo se oye alguna voz más alta que otra. Salen con caras de circunstancias,
atienden a los comerciales de los laboratorios farmacéuticos —que repiten lo
mismo todos los días— y ocupan sus puestos de trabajo.
Carmen tiene 53 años, los mismos que
lleva arrastrando una enfermedad muscular hereditaria, responsable de su
delgadez y de una expresión facial de profunda tristeza. Va bien vestida y
maquillada. Es una experta de los servicios sanitarios y dice que la mejor hora
para ir a urgencias, y no tener que aguardar mucho tiempo, es a las nueve de la
mañana. Le comenta al médico que los dolores de espalda no la dejan dormir, que
ya no puede más. Se queja de llevar casi dos meses esperando a que le hagan una
resonancia magnética y que la vea el traumatólogo: «A esto no hay derecho, es
inhumano». La lista de medicamentos que toma no cabe en la pantalla del
ordenador. Una inyección y algunas palabras de consuelo la conforman y se
marcha por donde llegó. Si el sistema tiene alguna solución para su problema
—que no sea la de tomar más fármacos—, no parece que ande muy cercana.
«Ascensión, hay que
dar una descarga eléctrica
para cortar la arritmia»
No es el caso de la señora Ascensión.
Su corazón marcha a 160 latidos por minuto, sin cadencia fija. El
electrocardiograma revela una arritmia completa y la ingresan en Observación.
Le canalizan una vena y empiezan a pasarle un suero con medicación
antiarrítmica. Bien entrada la tarde, el monitor sigue marcando entre 150 y
160. La paciente comienza a respirar con dificultad, está fría, muy pálida y un
sudor helado perla su frente. La enfermera avisa a Manuel, el médico de
guardia. Son síntomas de fracaso cardiaco, los fármacos no han servido y hay
que buscar otra solución: «Ascensión, tenemos que dar una descarga eléctrica
para intentar cortar la arritmia». Mientras preparan todo lo necesario en la
sala de críticos, la paciente firma el consentimiento informado y pide que
avisen a sus familiares. No hay demasiado tiempo. El potente hipnótico
administrado la duerme profundamente en dos minutos escasos. Todo parece muy
ritual, los pasos están perfectamente marcados. Un médico se encarga de vigilar
la respiración y el otro toma dos planchas metálicas, untadas con un pegajoso
gel conductor, y las aplica fuertemente sobre el tórax. Antes de pulsar el
botón avisa para que los demás se retiren y no toquen nada que les pueda
trasmitir la electricidad. El resultado es espectacular. El cuerpo de Ascensión
se contrae entero y se levanta un par de centímetros sobre la cama. Todos
vuelven la vista a la pantallita del monitor. Marca un ritmo pausado a 65 por
minuto, que arranca sonrisas y rebaja, de golpe, la enorme tensión del momento.
La paciente pasará una buena noche. No ha sido magia, tan solo una solución
eficaz.
Ansias de vivir
Un nuevo día comienza con altercado en la Poli. «¡Que tenéis mucha cara!». Así
increpa una señora a la enfermera porque entiende que ha dado trato de favor a
un chico —familiar del administrativo del hospital que lo acompaña— que llega
con un dolor en el pecho y lo atienden antes que a ella. Alertados por los
gritos, los curiosos se arremolinan en el pasillo y el personal de seguridad
intenta tranquilizarla y poner orden. La enfermera se siente violentada y los
compañeros se la llevan a otro lugar. El joven tiene un neumotórax —una fuga de
aire en un pulmón— y pasa a Observación porque necesita que le coloquen un tubo
en el pecho.
Antonio tiene 58 años,
depende de una
máquina
y una botella de oxígeno
para vivir
También acaba de pasar Antonio, un
enfermo crónico que a sus 58 años de edad depende de una máquina y una botella
de oxígeno para poder respirar. En casa, su vida se limita a un sillón y a una
cama. Solamente sale en ambulancia para ir a urgencias cuando empeora. Trujillo
es la médico que lo atiende y teme el peor de los desenlaces. Habla con la
mujer y el hijo, que son muy conscientes de que cualquier día no regresará al
hogar. Saben que el corazón y los pulmones de Antonio son casi inservibles y
que no hay cura para ellos. Ruegan insistentemente a los médicos que le eviten
sufrimiento, mediante sedación, llegado el momento final. Pero Antonio lucha
sin descanso. Pide a Trujillo que aumente las presiones del respirador, o hace
gestos a la enfermera para avisar de que se escapa demasiado aire por la enorme
mascarilla que ocupa casi toda su cara. Un médico veterano lo observa a cierta
distancia: «Este hombre no está dispuesto a entregar la cuchara. Después de
tantos años en esto, aún me asombro de la condición humana», comenta con varios
compañeros.
Los problemas se multiplican
y los
ingresos se suceden
en cortos periodos de tiempo
La jornada está siendo intensa, los
problemas se multiplican y los ingresos se suceden en cortos periodos de
tiempo, como el de Ismael, un joven médico con un tumor cerebral de mal
pronóstico, a juicio del neurocirujano de guardia; o como Pat, una inmigrante
nigeriana que acaba de sufrir un ictus que le paraliza el lado derecho del
cuerpo y le impide hablar, lo que dificulta aún más su relación con el personal
sanitario porque ni siquiera en inglés es posible comunicarse con ella, ni sus
familiares les valen como intérpretes. En esas están cuando un equipo del 061
irrumpe en la sala de críticos con un enfermo en estado de agitación extrema.
Se llama Manuel, tiene 68 años, es ingeniero y ocupa un destacado cargo
público. Su presión arterial ha subido tanto esta mañana que ha afectado
seriamente al cerebro y el corazón. Quiere tirarse de la camilla, intenta
arrancarse la vía venosa; mira al personal con los ojos muy abiertos, con cara
de espanto y expresión de terror, como si estuviera ante un aquelarre que no
llega a comprender. Se necesitan varias personas para sujetarlo. Los potentes
sedantes solo sirven para calmarlo durante unos minutos. Cada vez respira con
mayor dificultad. Finalmente, los médicos no tienen más remedio que intubarlo y
conectarlo a ventilación mecánica. La tensión es máxima. No resulta fácil, y
durante el procedimiento sufre una parada cardiaca que consiguen reanimar. Dos
horas después ingresa, estabilizado, en la UCI. Su familia y sus compañeros aún
no pueden digerir ni entender cómo Manuel, que salió por la mañana de casa y
llegó a su oficina como todos los días, yace ahora sedado y rodeado de tubos y
máquinas.
María del Carmen espera
un trasplante
hepático
«como agua de mayo»
La asistencia de Manuel ha retrasado
la punción abdominal de María del Carmen. Le han diagnosticado recientemente un
raro tumor hepático y su hígado funciona bajo mínimos. Acumula líquido en el
abdomen y cada dos o tres semanas hay que extraerle varios litros para que
pueda moverse y respirar desahogadamente. Madrileña de 40 años y afincada en
Málaga con su madre y una hermana, María del Carmen está en lista de espera
para trasplante, la única solución posible que aguarda «como agua de mayo».
Hasta que ya no pudo seguir, trabajó como dependienta en una tienda de ropa. A
pesar de la delgadez y del color amarillento de la piel, sus vivos ojos y su
cara amable permiten entrever un fondo de dulzura y fortaleza al mismo tiempo.
Tanto ella como su madre no tienen suficientes palabras de agradecimiento: «En
Málaga nos acogieron muy bien y estamos muy contentas. Tenemos mucha confianza
en los médicos de este hospital y estamos muy agradecidas por el trato que nos
dan todos. Ojalá salga pronto lo del trasplante, porque vivir así es muy duro».
Una ola de emoción recorre la improvisada tertulia con los médicos, y madre e
hija no pueden contener algunas lágrimas que logran aflorar. María del Carmen
no teme a una intervención tan complicada como un trasplante de hígado; solo
piensa en vivir, vivir y vivir. En la muñeca izquierda tiene tatuada una pluma
india, «la que me da suerte», dice con una sonrisa de esperanza. La noche ya es
cerrada y es hora del tratamiento si quiere dormir en casa. El médico de
guardia, Valero, localiza la zona, pone anestesia local e inserta un catéter en
el abdomen, por el que comienza a fluir un líquido ambarino hasta completar
casi cinco litros. «¡Ya se me notan las costillas!», dice la paciente,
encantada por el alivio. Se marcha de alta con cinco kilos menos y la
determinación de luchar intacta.
A cama caliente
«Señorita, ¿aquí es que no dan ni un cafelito para
desayunar?». Con una voz ronca, cavernosa, la anciana de 86 años pide algo
caliente que echarse al estómago. María ha pasado toda la noche en Observación
por un problema respiratorio. En su hoja de tratamiento se indica que no se le
dé alimentación «hasta nueva orden». Silvia, su enfermera, explica que es una
medida de precaución muy usual, en previsión de que algún vómito pueda
ocasionar mayores complicaciones. Su evolución ha sido buena y el médico
levanta la prohibición. El pelo teñido de negro delata una coquetería que
tantos años no han podido vencer. Sus ojos claros y vivarachos parecen los de
una niña y contrastan con las profundas arrugas de la cara. A cualquiera que se
dirige a ella advierte: “Soy sorda total, tengo que verte los labios para
entenderte”. Con mímica y signos manuales, el médico le comunica que se va de
alta y María estalla de alegría. Vive en una residencia desde hace 15 años. La
recoge el director porque no tiene familia. Confiesa que el domingo votará «a
los socialistas». Su simpatía ha calado en el personal y se marcha entre besos
y abrazos.
Cuando no hay camas
en Observación, los
enfermos
permanecen en camillas
La cama que deja María es una de las
pocas que quedan libres para admitir nuevos pacientes. Una vez estabilizados, los
enfermos que esperan para pasar a planta permanecen demasiado tiempo en
Observación porque los ingresos se demoran muchas horas. «Así llevamos toda la
vida y la Dirección no asume el problema ni hace nada por darle solución»,
protesta Andrés, el médico de guardia. Bien entrada la tarde, las 23 camas
están ocupadas y hay varios enfermos que se mantienen en camillas porque no hay
otro remedio. Uno de ellos tiene una perforación intestinal y necesita cuidados
especiales hasta que vaya a quirófano. «Estas cosas son las que nos provocan un
estrés innecesario porque nos vemos impotentes ante asuntos cuyo arreglo no
está en nuestras manos», dice Andrés. Reme, una de las enfermeras más antiguas
en el servicio, comenta que está habituada a trabajar «a cama caliente, uno
tras otro», y que eso no le afecta mientras haya una para cada paciente, «pero cuando
hay que tenerlos en camillas sufro por ellos y porque ya no somos suficientes
para atenderlos a todos como es debido, es imposible», añade indignada.
Han pasado las 12 de la noche y aún
están llevando enfermos a las plantas del hospital. Aquellos para los que no se
ha podido conseguir cama pasarán a Observación en espera de alguna, al día
siguiente, y así la rueda nunca cesa de girar. Un celador regresa de uno de
esos traslados visiblemente alterado: «Los familiares de un paciente de la
cuarta planta se han puesto como unos basiliscos conmigo porque dicen que estas
no son horas de llevar a ningún enfermo, ¡como si yo tuviera la culpa!».
Cena de sábado
«Aquí, 24 horas se hacen muy largas —dice Marta, MIR de
segundo año—. Salvo una hora para el almuerzo y otra para la cena, se trabaja
sin descanso. Puede que en algunos momentos del día haya algún tiempo de
respiro, pero son los menos».
La cafetería-restaurante es de una
empresa privada contratada por el hospital, que es el que cubre el importe del
menú que se ofrece a los médicos de guardia y al personal que tenga algún turno
especial, para el almuerzo y la cena. Es un amplio recinto ubicado en el
pabellón A, que da a la calle a través de unas modernas cristaleras verdes que
producen un extraño contraste con el viejo edificio de mediados del siglo XX.
Aunque está dividida en dos zonas, una para el público y otra para los
trabajadores, en épocas vacacionales, sábados, domingos y festivos, solo
funciona una —común para todos— porque no contratan personal suficiente para
atenderlas por separado, a pesar de que funciona como un bufet. Este hecho
resulta desagradable para algunos médicos, como Eduardo: «No me hace ninguna
gracia comer al lado de una familia a la que acabo de dar una mala noticia o
con la que he podido tener cualquier desencuentro, o simplemente que vengan a
preguntarme algo mientras ceno. ¡Ni en la mesa vamos a poder desconectar!».
Los turnos de cena son dos, cada uno
de una hora, entre las nueve y las once de la noche. Los médicos se reparten en
dos grupos iguales para no dejar desasistido el servicio de urgencias. Algunos
prefieren salir a algún establecimiento cercano, pero son los menos. La satisfacción,
en general, con respecto a la calidad de la cocina, es baja. Se quejan de que
ponen demasiados fritos, platos muy aceitosos y poca variedad. «Bueno, al menos
en Nochebuena nos pusieron un menú especial que no estuvo nada mal», recuerda
Marta. Más que la comida en sí, el significado de esos sesenta minutos es el de
un descanso después de seis o siete horas de trabajo casi ininterrumpido y bajo
presión. Es una hora de escape, de evasión. Sentados a la mesa en pequeños
grupos, junto a la gran cristalera que les muestra la calle, los médicos se
cuentan las anécdotas del día, comentan las incidencias de la guardia o,
simplemente mantienen conversaciones triviales. Aprovechan también esos
momentos para telefonear a sus parejas y familias. Cuando terminan, se levantan
perezosamente y emprenden el regreso al tajo con paso cansado. Aún les queda toda
la noche.
«Rodeada de
ángeles»
Josefa es una mujer muy religiosa. Tiene 85 años pero
se conserva muy bien. Vive sola y presume de tener muy buenas amigas que la
cuidan como si fueran sus hijas. Esta mañana salió con dos de ellas para
asistir a un acto litúrgico en la catedral, pero un inoportuno bordillo se ha
interpuesto en su camino, dando un traspié que le ha provocado una aparatosa
caída, un golpe en la cabeza y una pequeña herida. Le cuenta a Raquel, la MIR
que la atiende, que a esas tempranas horas del domingo no había casi nadie en
las calles, pero cuando se recuperó del aturdimiento se vio rodeada de personas
que querían ayudarla. «Yo tengo algo que me ampara», dice con convencimiento.
Josefa se siente muy agradecida por el trato del equipo que la ha atendido en
la calle y que después la ha trasladado al hospital. «El escáner de cráneo no
muestra ninguna alteración y el golpe no tendría mayor trascendencia si no
fuera porque usted toma un tratamiento anticoagulante, que puede ocasionarle
una hemorragia en las horas siguientes. Por eso es necesario que se quede
ingresada en observación hasta mañana, en que le repetiremos la prueba», le
explica Raquel. La anciana arranca a llorar porque todo esto le pilla de sorpresa,
pero entiende las explicaciones y acepta la indicación. Rosa, la enfermera, y
Raquel tratan de consolarla. «Estoy rodeada de ángeles», exclama Josefa con un
profundo suspiro.
Regalos de Reyes
«Iba sin casco y se ha comido el coche», dice el médico
del 061. Antonio tiene un fuerte trauma craneal, está inconsciente y respira de
forma jadeante. La sala de críticos es un hervidero, demasiadas voces. El
médico más veterano impone silencio y da órdenes. Intuba al paciente y lo
conecta el respirador. El equipo sale con el paciente hacia la sala de
radiología. El estudio revela graves lesiones craneales, un trauma torácico
severo y una rotura del bazo. Le ponen sangre para recuperar la que ha perdido
y la que sigue perdiendo. Los cirujanos deciden que hay que intervenirlo. Va a
quirófano, la cirugía es exitosa, sale sin complicaciones y después ingresa en
UCI para continuar los muchos cuidados que requiere.
Teresa se estabiliza, sigue
consciente, deja de vomitar y el dolor de cabeza es más suave. Un escáner de
control muestra que la hemorragia cerebral no ha aumentado de tamaño y, de
momento, no se plantean operarla. Pasa la noche aceptablemente, en espera de
ingresar en planta al día siguiente.
Quince días después, ambos se
recuperan, ya fuera de peligro. Han tenido un buen regalo de Reyes.
Han sido siete días en urgencias, un lugar en el
que el tiempo parece que se enseñorea sobre todos y se declara independiente
hasta de las manecillas del reloj. Un tiempo demasiado veloz para unos y para
según qué cosas, un tiempo insoportablemente lento para otros y otras. Muchos
corren para poder hacer diligentemente su trabajo, pero les faltan horas; otros
protestan airadamente porque les sobran. En urgencias, la palabra ‘cuándo’ es
un adverbio interrogativo cuya respuesta suele ser desconocida. En urgencias se
vive con intensidad bajo una blanca luz que no deja ni una sola sombra.■ ...
Este reportaje fue presentado como examen final de la asignatura Géneros Periodísticos de Interpretación y Opinión (3º de Periodismo-UMA), obteniendo la máxima calificación y matrícula de honor.
Que
no, doña Susana, que no representa a los andaluces. Que de los casi 6,5 millones de
electores del pasado mes de marzo, a usted solo le votaron 1,4. Y sin las
matemáticas, doña Susana, tampoco los representa porque la mayoría no están afiliados a su partido, que es lo único que le importa políticamente, desde que
ingresó en él a los 17 años. Es devota del PSOE como otros lo son de cualquier
cofradía o de una hermandad rociera. Y si representa a su partido es porque
entre la mediocridad de sus líderes usted ha sabido maniobrar como buena
profesional del tejemaneje y ha tenido buenos padrinos, ahora venidos a menos.
Y lo sabe.
De
su discurso de fin de año, lo que menos sorprende ya es que use la televisión y
las instituciones públicas para su particular propaganda. Va de suyo. Tampoco
extraña la elección del barroco rectorado de la Universidad de Sevilla, porque
le pilla a tiro de piedra y porque debe conocerlo bien después de 10 años de
licenciatura. Entre tanto arte, tanta ilustración y tanta historia, usted
encajaba allí como un torero vestido de luces en la Filarmónica de Viena. ¿Cómo
puede usted decir que la elección del lugar de rodaje es una muestra de su
compromiso con las universidades públicas? ¿Compromiso de qué? Usted y su
demagogia insultan a la inteligencia de muchos andaluces y de muchos
universitarios.
Al
menos, la universidad es de las pocas —si no la única— instituciones públicas
que eligen democráticamente a sus dirigentes, los rectores; podrá debatirse el
reparto de cuotas, pero salen de las papeletas en las urnas. En la sanidad, la
enseñanza no universitaria y en otros servicios públicos (políticas sociales,
cultura, hacienda, justicia, empleo, etc.) no ocurre algo que se le parezca ni
de lejos. Por debajo de la cúspide más visible, en la que están usted y su Gobierno,
la Administración que preside se pierde de vista. Es un conjunto de encomiendas,
más allá de los océanos conocidos, regidas por encomenderos y encomenderas de
libre designación —maldita, sea mil veces maldita esta forma de gestionar el
bien general— que solo rinden cuentas a sus amos y señores en provecho de sus
propias carreras. Y el encomendado les importa lo que un sami lapón. Todo vale mientras se venda bien y no haya ruido
mediático. Por cierto, el hecho de que en otros lugares hagan lo mismo que
aquí, ni la justifica ni la exime.
¿Por
qué regla de tres no ha de ser elegido el gerente de un gran hospital por
trabajadores y pacientes? ¿O el director de un centro educativo? ¿O los
gerentes de tanta agencia y empresa pública? Porque son encomenderos que
reciben y dan tratos de favor. Y esto, en el mejor de los casos, se llama
opacidad; y en el peor, corrupción latente de bajo grado institucionalizada. Si
fuera capaz de acabar con esto, los servicios públicos esenciales cambiarían
radicalmente en manos de gente decente, y usted sería una política valiente e
independiente de los poderes fácticos y, sobre todo, de su secta partidaria. Y
entonces sí representaría a los gobernados.
¿Seguro
que no fue Comunicación Audiovisual lo que estudió durante 10 años? Tablas
tiene como para una boda: usted sabe mirar a cámara, fruncir el ceño para
transmitir determinación y honradez, hablar con aplomo disimulando el acento
trianero y sin un gesto que la delate. Porque hay que tener poco pudor y mucho
arrojo —obsérvese el prudente y oportuno eufemismo empleado en el giro— para
decir que Andalucía “ha tirado del carro de la creación de empleo” y “hemos
blindado los servicios públicos esenciales”.
Lo
del carro que se lo pregunten a los gaditanos, con una tasa de paro mayor del
40% en la región con más parados de España y de Europa. Y lo del blindaje… ¿En qué consiste exactamente
eso, doña Susana? Queda muy bien, contundente, sí, mas ¿se refiere a no
sustituir a los maestros enfermos? ¿O a agarrarse a mil subterfugios legales
para denegar o demorar las resoluciones de dependencia hasta que ya es tarde?
¿Acaso significa cerrar más de 250 camas públicas durante 19 días en la capital
de Málaga dentro del marco del ‘Plan Navidad año 2015’, ideado por sus
encomenderos, mientras se derivan pacientes a hospitales privados concertados?
Los
resultados de las últimas elecciones generales inquietan a doña Susana porque
estima que han abierto “un periodo de incertidumbre para nuestra estabilidad
como país y es lógico que todos estemos preocupados”. Hable por usted y deje
que los demás zozobren por lo que les de la gana. Lo suyo es pánico a que la
adelanten por los tres o cuatro carriles que deja expeditos a su izquierda,
porque en el fondo estaba más cómoda a solas con los reaccionarios de Madrid.
Algunos, para hablar de socialismo y de Pablo Iglesias deberían antes lavarse
los dientes y hacer gárgaras con vinagre.
A
doña Susana, el que la trae por la calle de la amargura es otro Pablo Iglesias
—caprichoso azar—, al que dedica en su discurso una frase lapidaria: “Gobernar
es más difícil que protestar”. Pues según como, señora Díaz. Desde luego, no
con arengas como la de “tenemos que combatir a aquellos que intentan dividir
España territorialmente”, que suena a campaña por la Presidencia del Gobierno
español y recuerda inevitablemente la intolerancia de los que dieron un golpe
de estado hace poco menos de 80 años. Le va mejor recurrir a la Transición o al
28 de febrero, cuando a usted aún le quedaban dientes de leche.
Intente
dar la talla como política y deje de dar la murga.