Uno de los objetivos
prioritarios de la Unidad Clínica de Gestión de Urgencias (UGCU) para el año en
curso, según el correo que me envía su equipo directivo, es la “Humanización en
urgencias”. Esta brillante iniciativa se produce en una situación de colapso
permanente; una situación en la que los enfermos con orden de ingreso en planta
pueden permanecer hasta más de 72 horas en el área de urgencias, rodeados de
cables y secuestrados en una cama en la que están obligados a depurar su
organismo en diferentes recipientes de plástico o cartón reciclado. Solo gozan
de la compañía de sus seres queridos dos horas al día. Algunos tienen peor
suerte, no por ser ancianos nonagenarios y estar enfermos, sino porque además,
ante la escasez de camas, tienen que ser atendidos en un cómodo sillón hasta 24
horas. Seguro que los miembros de la ‘Comisión de Humanización’ no saben lo que
significa ese martirio.
Soy un animal.
Un saurio trasnochado que necesita ser humanizado. Un médico impío y despiadado.
Un sádico inmisericorde incapaz de empatizar con el dolor ajeno. Por todo ello,
los mandos intermedios que dirigen mi servicio de urgencias quieren hacerme humano,
significado literal de ‘humanizar’, según el DRAE.
El respeto a la dignidad
de las personas es un elemento encarnado en la civilización y en cualquier
sociedad realmente democrática. El respeto a la dignidad del ser postrado, el
trato afable y comprensivo, la paciencia cómplice y compasiva, la mirada limpia
de la esperanza y el gesto que gana su confianza, forman parte del ADN de la
Medicina y de una gran parte de sus profesionales médicos y de enfermería.
No concibo que un trato inhumano
sistemático pueda convivir felizmente con la cualidad de ‘buen profesional’ en
una misma persona. Los malos seguirán siéndolo y los buenos continuarán
trabajando como lo han hecho siempre, por mucha comisión humanizadora que
inventen, por muchos cursos ad hoc
que organicen y por muchos panfletos de recomendaciones que exhiban, incluso
donde puedan leerlos los familiares de los pacientes.
La iniciativa es innecesaria
para lo relevante porque no cambiará actitudes personales, ni siquiera las de
algún elemento de la misma comisión. Puede que sea imprescindible para cumplir
los objetivos de la UGCU, sacar una buena nota y obtener la compensación
económica pactada con los niveles superiores de la gestión sanitaria andaluza. Pero
esto nada tiene que ver con el trato humano en la asistencia sanitaria.
Es mucho más necesario y humano
trabajar para evitar el secuestro indigno de pacientes en el área de
observación de urgencias, a veces durante días, porque no hay camas disponibles
en el hospital, porque las altas diarias en las plantas se demoran
incomprensiblemente y porque la organización funcional de otras unidades de
gestión impide los nuevos ingresos que, con suerte, no se hacen hasta la siete
de la tarde. Y cuando en los entreactos hay que mantener en sillones, durante
muchas horas, a ancianos enfermos, nadie se rasga las vestiduras ni se habla de
humanización. ¿Quién humaniza a nuestros humanizadores?
Resulta ofensivo
que desde unos despachos sin corazón pretendan dar clases de trato humano a los
que llevan años ejerciéndolo y bregando con todo tipo de zancadillas
administrativas. Es más ofensivo aún cuando se sabe que ni el objeto ni la
finalidad de sus cursos y recomendaciones son el bienestar de las personas
enfermas, usadas por la administración, una vez más, como rehenes de su
política.
La Consejería de Salud,
a través de su fundación IAVANTE, organiza cursos de humanización para el
personal sanitario. Curiosamente, estos cursos están patrocinados por Janssen Pharmaceutica, conocida por su
vacuna para la COVID y filial de la poderosa corporación norteamericana, Johnson & Johnson. Es reconfortante
comprobar que el noble interés por la humanización de la asistencia sanitaria
en Andalucía traspasa nuestras fronteras.
Mi servicio no ha sido menos. Se
han organizado cursitos acreditados por la Agencia de Calidad Sanitaria de
Andalucía, que concede 0.2 créditos a los asistentes. La comisión de
humanización ha conseguido que podamos disponer de tapones para los oídos y
antifaces, para que los enfermos descansen mejor en el turno nocturno. No es
broma. Así, y con la mascarilla puesta, estarán bastante más aislados del
entorno.
También han elaborado unas
recomendaciones para el personal sanitario, que
afecta a la enfermería en gran parte. De forma resumida, las más novedosas son sugerencias
para espaciar la toma de constantes, la administración de las medicaciones y las
extracciones de sangre. También recomiendan “ajustar las alarmas de monitores y
bombas de infusión”. Implícitamente están reconociendo que el área de
observación se ha convertido en el aparcamiento de los pacientes estabilizados
para los que el hospital no dispone de cama en planta. A un enfermo en
situación grave e inestable no se le puede espaciar nada ni ajustar (¿silenciar?)
las alarmas.
En este momento,
alguna persona con su ingreso cursado en planta, sufre por no poder ni siquiera
estirar las piernas. Podría estar sentadita en su habitación, viendo las
noticias con un familiar querido, pero está sola y atada innecesariamente a
unos cables que ya no precisa. Los tapones y el antifaz le parecen una befa
cruel.
Por fin han enseñado la patita. Mejor dicho, por fin la realidad ha
destapado la patita del Gobierno del Partido Popular en Andalucía. Disipada la
neblina de los 100 días de cortesía, y mientras la densa niebla de la pandemia
parece que empieza a aclararse, se van perfilando las fauces babeantes del lobo
neoliberal.
La Atención Primaria en Andalucía fue
una niña bonita de tez aterciopelada mientras duró el entusiasmo de un puñado
de profesionales bien formados, que se sentían protagonistas de un giro
histórico en la concepción de una asistencia sanitaria pública de calidad en su
primer escalón. La niña se estropeó con cientos de granos que afearon su rostro.
Abandonados presupuestariamente por los últimos gobiernos del PSOE, los centros
de salud solo mantienen la fachada de un contenido que se asemeja cada vez más
al de los antiguos ambulatorios.
La decepción de unos profesionales
progresivamente funcionarizados es la madre soltera de la desidia, esa energía
negativa que castra la iniciativa, invierte la sonrisa, impide la creatividad y
anula el sentimiento de pertenencia a una empresa común. Y es, justamente, en
esta fase del proceso cuando se producen dos hechos que determinarán el futuro
de la política sanitaria en Andalucía: la llegada de la derecha al poder y la
pandemia por el SARS-COV-2.
Con la ayuda de la ultraderecha de Voxy de la conocida promiscuidad
política de C’s, el PP se tragó a Caperucita Roja en las últimas elecciones
andaluzas. Si nefasta fue la gestión sanitaria del PSOE, sobre todo en las dos
últimas legislaturas, la del actual consejero de Salud, Jesús Aguirre, apunta
maneras y promete una postcrisis marcada por el “Síndrome del Pisuerga”.
Aprovechando la pandemia —el río que pasa por Valladolid—, el consejero Aguirre
parece dispuesto a convertir los centros de salud en consultorios telefónicos.
Cabe pues la sospecha
de que detrás de esta reconversión, aparentemente circunstancial, exista un
proyecto político para derribar el paradigma de la gestión cien por cien pública
de la atención primaria de salud. Recuerden la voracidad privatizadora del
Partido Popular en los años 90, de la mano del exministro y delincuente
convicto, Rodrigo Rato.
Con la oferta mermada
a golpes de citas “telemáticas”, llega el aburrimiento de la demanda; perdido
el miedo a contagiarse en los hospitales y cansados del teléfono, los usuarios
vuelven a dirigir sus pasos y sus quejas a los servicios hospitalarios de
urgencias. Es de cajón: van donde no tienen barrera alguna de accesibilidad y
donde creen que su problema de salud será resuelto en unas horas. Es la canción
de siempre, pero con nuevos arreglos del autor.
Antes de la pandemia,
los flujos asistenciales hacia las urgencias hospitalarias eran obligados por
la inoperancia de los centros de salud, por las inadmisibles demoras de los
especialistas y por las interminables listas de espera para pruebas
diagnósticas e intervenciones quirúrgicas. Tal inercia centrípeta se nutría —y
sigue nutriéndose— de la escasa conciencia ciudadana en una sociedad cuya
solidaridad acaba cuando comienza el problema de cada cual.
En la recta final de la pandemia
—si es que estamos en dicha fase— están siendo evidentes las prisas políticas
por retomar los rituales tradicionales de interacción social (movilidad,
fiestas, bares, espectáculos, etc.). Pero en los centros de salud siguen con el
teléfono, como si se hubiera congelado el tiempo.
A los elementos que determinaban
esas “migraciones dolientes” prepandémicas hacia los servicios hospitalarios de
urgencias, ahora cabe sumarles la pasividad, lentitud e indolencia política de
los responsables sanitarios para liberar a una atención primaria que ha quedado
secuestrada entre líneas telefónicas, víctima del Síndrome del Pisuerga■
Pelotas y
aduladores siguen existiendo. Pero ya quedaron atrás los tiempos del capataz,
del cómitre y de los galeotes, a pesar de que la nueva ola de autoritarismo que
recorre el planeta Tierra pretenda rescatarlos.
Decía uno de los miembros de
Les Luthiers que la esclavitud no se abolió, que en realidad la
cambiaron por ocho horas diarias de trabajo alienante. La afirmación, además de
sorprendente, podría ser acertada para el operario que coloca un tornillo
detrás de otro o para el trabajador cuya única misión es hacer churros en serie.
Sin embargo, no debería serlo para el acto médico,
en el que el profesional necesita el sosiego y la libertad suficientes para indagar,
pensar, razonar, deducir y decidir. Cuando el desastre para la integridad
física de una persona es factible en poco tiempo o es inminente, el médico de
urgencias, particularmente, tiene que completar el proceso a una velocidad muy superior
a la de crucero.
No es creíble esa patraña
que separa profesionalidad y competencia técnica, de humanidad y trato
empático. No es concebible la idea de ser buen médico y no saber ―o no querer―
ponerse en el pellejo de la persona enferma y de sus allegados. Es pensar,
sentir y actuar en consecuencia.
El médico de trinchera, el que atiende enfermos
―porque hay muchos que menos eso, hacen de casi todo― no trabaja con churros o
tornillos, trabaja con personas que ven amenazada su salud, el valor más
deseado. Es una idea simple que nuestros gestores siguen sin entender ni
valorar. Y además, les importa un ardite.
Pretender robotizar los actos médicos
y “homogeneizar la atención” ―¡cómo gusta esta frase entre los grises
habitantes de los despachos!― es atentar contra el pensamiento, la libertad y el
sano debate entre profesionales que mantienen diferencias de criterios.
A día de hoy y desde hace ya demasiado tiempo,
las normas de actuación vienen dictadas desde las zonas administrativas.
Algunos de los “expertos” que se dedican a tales menesteres, lo son, efectivamente,
en evitar manchar sus relucientes batas con los variados fluidos orgánicos que destilan
las miserias de la enfermedad.
«Quiero trasladaros mi
preocupación por los tiempos de espera». Cuando en plena pandemia un jefe de urgencias comunica y transfiere a
los médicos su pesar por el alargamiento de los tramos cronológicos en la
asistencia, es que el asunto goza de especial favor entre sus tareas de gestión.
Las demoras siempre han sido
la némesis de todos, o
casi todos, losservicios de urgencias. Es una disfunción con muchas patas que fallan al
mismo tiempo. En absoluto es únicamente atribuible a los médicos, como parece
pensar el jefe preocupado cuando dice a sus facultativos: «os
ruego que no demoréis la asistencia».
«Este tiempo es un indicador
de calidad de la asistencia a pacientes prioritarios» Esto no es un descubrimiento realizado
en cualquier despacho del Sistema Andaluz de Salud (SAS) ni se lo acaba de
inventar el jefe preocupado. El propio término ‘urgencia’ expresa un
significado íntimamente ligado al crono.
El estrepitoso fracaso en la gestión de la Atención Primaria en Andalucía,
las demoras para pruebas de imagen y para citas con los especialistas —que a su
vez se pelotean los pacientes entre
sí—, y los retrasos en las listas quirúrgicas, provocan una “migración” de
pacientes, masiva y continua, a los servicios de urgencias hospitalarios, cuyo
acceso es libre, el más libre de todos.
El resultado es
una mezcla informalde
enfermos que necesitan un adelanto del crono, y pacientes que no requieren
ningún tipo de asistencia urgente. Separar unos de otros era como purgar
lentejas para eliminar las piedras. ¿Cómo solventó el Sistema este dilema? Estableció
el triaje a través del programa informático del SAS, el famoso Diraya; desde entonces, de ser mayoría
los casos triados como poco o nada urgentes, muchos de ellos pasaron a ser
prioritarios. ¡Alehop!
Así, el servicio de urgencias del Hospital
Regional de Málaga pasó, de la noche a la mañana, de tener mayoría de pacientes
con problemas no urgentes (56% en 2011) a que casi todos fueran prioritarios.
Este hecho tiene un enorme calado político. Poder demostrar,
a través de los datos recogidos por Diraya,
que en Andalucía solo acuden a urgencias casos justificados, y que tanto la
Atención Primaria como la especializada funcionan en niveles de excelencia,
podrían ser buenas bazas electorales. Dos pájaros de un tiro. Pero a Susana
Díaz no le sirvió para mantener el sillón, ahora sostenido por la extrema
derecha, entre otros.
Diraya es mágico, es Joker yGran Hermano al mismo tiempo. Diraya vigila a los médicos durante su
trabajo. En realidad no es un programa-espía; los que transgreden la intimidad profesional
del médico y de sus pacientes son los gestores, jefes y jefecillos, que lo tienen
instalado en el ordenador de sus casas. Todos los datos médicos de los andaluces están
a su merced.
«No es asumible que más del
30% de los pacientes P2 esperen más de 15 minutos a ser atendidos por el
facultativo» Los pacientes ‘P2’
(prioridad 2), a los que se refiere el jefe preocupado cuando se dirige a sus
médicos de urgencias, son aquellos que, sin tener una amenaza vital inmediata,
presentan un proceso patológico muy urgente que requiere la valoración de un
galeno en menos de 15 minutos, según los expertos del SAS. Dicha prioridad la
establece un Diraya programado para
dar prioridades altas, en base a los datos introducidos por un enfermero tras
preguntar al usuario e interpretar sus síntomas.
Por tanto, es plausible negar la mayor. Si la premisa
principal depende de un software manipulado ad
hoc para obtener determinados resultados, y la información introducida
depende de la interpretación de un factor humano, como es un enfermero agobiado
cuyos intereses personales, en un momento determinado, no coinciden con el
rigor necesario para una correcta clasificación, los resultados se antojan
espurios. Por ejemplo, es difícil asumir que un enfermo derivado desde la
consulta de un especialista, para la que ha estado toda una mañana esperando,
de repente sea una prioridad alta en el servicio de urgencias. Por mucho que lo
diga San Diraya.
«Este tiempo es uno de los objetivos
que tenemos para el próximo año, que más del 80% sea atendido en menos de 15
minutos» Por fin, el jefe
preocupado desvela la verdad de sus cuitas. Se trata de la Unidad de Gestión
Clínica (UGC), ese engendro ideado para, entre otras cosas, “homogeneizar
la atención”. Mediante el establecimiento de unos objetivos pactados con las
jerarquías sanitarias —en Málaga y en Sevilla—, y en función del
grado de cumplimiento de los mismos, existen unos incentivos económicos para el
personal del servicio, incluido el jefe preocupado, que suele ganar más. Para
este, además, es un buen trampolín de ascenso a puestos de mayor enjundia en el
futuro.
Duele pensar en el 20%
restante, los que no
entran en el objetivo del 80%, una vez cumplido. Dos de cada diez están
condenados por la UGC, al menos, a esperar más de lo que dice el famoso Plan
Andaluz de Urgencias y Emergencias (PAUE). ¿Qué será de ese 20%? ¿Está
justificado moral, ética y deontológicamente la participación de un médico en
esta ruleta rusa? El jefe preocupado y todos los gestores suelen enarbolar la
bandera de “lo primero es el bienestar del enfermo”. Uno sabe que esto es una
falacia, y lo sabe de ciencia propia en algún caso determinado.
«Os ruego que abráis la
historia de Diraya, realizando así el registro al inicio de la atención para
que quede constancia». Para quien necesite
muestra, he aquí un botón: el objetivo se cumple cuando hay constancia de que el
enfermo está registrado. El crono se detiene cuando el médico introduce una
frasecita que haga creer a Diraya que
está valorando al paciente de verdad. Puede que sí, puede que no. El jefe
preocupado respira aliviado. A partir de ahora da igual lo que pase con el ‘P2’,
ya está en el bote. Se trata de parecerlo,
no es imprescindible serlo. Queda muy
claro.
Mientras uno escucha
y lee el mismo discurso de los tecnócratas, de forma tan reiterada, sobre
objetivos, métrica del tiempo, circuitos diferenciados, prioridades y
estructuras funcionales, observa a un afortunado paciente que ingresó al borde
del abismo y ahora agradece al equipo de urgencias haberle salvado la vida.
Solo tiene una queja: lleva tres días
en el área de observación esperando cama en el hospital. Está lleno de cables, atado
a un maldito monitor que pita de forma desagradable cuando se mueve más de la
cuenta. No puede levantarse, orina y depone en recipientes de plástico, en la cama,
por supuesto. Su familia lo ve dos horas al día y su enfermedad necesita un
estudio que no comenzará hasta que no esté en su planta.
En este hospital
eso no tiene remedio, por eso el jefe preocupado se preocupa de
otras cosas; no le preocupan las demoras que sufren los pacientes y familiares
para subir a su habitación, ni las derivaciones inadmisibles que el servicio
sigue padeciendo, ni las relaciones con Atención Primaria; tampoco parece
preocuparle el trato y la actitud evasiva de una mayoría de especialistas, que
quieren bajar a urgencias las menos veces posibles. En este sentido sería mejor decir “residentes de
especialidades”, es decir, médicos generales que aún no tienen otro título. Repito:
médicos generales a los que les llaman cardiólogo, nefróloga o cirujana, lo
que, por cierto, es un tremendo fraude para los usuarios que piensan haber sido
atendidos por algún especialista titulado. Algunos —no todos— se permiten el lujo
de marear a los adjuntos de urgencias, pidiendo pruebas o sugiriendo otros especialistas:
la cuestión es no ver al enfermo. Y para colmo, suelen ser soberbios y pendencieros
cuando se les afea su actitud.
Todo esto se padece desde hace años y nadie ha hecho nada, salvo Antonio
Rodríguez, el primer jefe de este servicio tras la reorganización de finales
de los 80. Pero este nuevo jefe preocupado, que se dirige a sus médicos
diciéndoles «os ruego», no ruega nada, no pide nada. Es un “rogatorio
imperativo”. El fundamentalismo no es exclusivo de ciertas facciones de
terroristas islámicos. Ni mucho menos. Los fundamentalistas son gente de un
solo libro y creen ciegamente que lo que hacen es lo correcto.
El jefe preocupado podrá sustentar su gestión en una serie de
individuos acríticos, colaboracionistas —que no es lo mismo que colaboradores—
y aduladores. Enfrente va a tener a los que no están dispuestos a callarse por
costumbre. Si pensaba que después de dirigir el segundo hospital de Málaga esto
iba a ser un camino triunfal hacia las más altas cumbres de la dirección
sanitaria, errado anda.
Decía el filósofo renacentista Michel de Montaigne, que la cobardía
es la madre de la crueldad. El poder, en cualquiera de sus formas, huele el
miedo mejor que nadie; y ante el temor de los súbditos se empodera cada vez
más.
(Comentarios al debate político de dos nobles
ciudadanos)
HÉCTOR
MUÑOZ. MÁLAGA
Podría deciros aquello de que
estamos todos en el mismo barco y tal, o lo otro sobre tirar juntos del mismo
carro... Me gusta leer vuestras diferencias ideológicas, tan sanas, legítimas y
necesarias para construir sociedad. Sin embargo, en mi opinión, el actual
estado de cosas trasciende a la nobleza de vuestro debate.
Me explico: sin ánimo de ser
apocalíptico, la muda observación de lo que acontece me da suficientes motivos
para deciros que las catástrofes seminaturales, como la pandemia actual y
otras, asociadas a los cambios climáticos, unidas a los fenómenos sociales
derivados, como el estallido social que se avecina o las migraciones masivas
incontenibles, van a desensamblar todo el andamiaje ideológico creado históricamente
por unas élites minoritarias para su propio beneficio. Todo ello bajo el
disfraz grandilocuente de manidos eufemismos como democracia, estado de
derecho, del bienestar, etc.
Cuando una mayoría razonable
sea capaz de entender esto y de actuar en consecuencia para despojar sin piedad
a los causantes de las miserias, arrebatándoles en justicia todo lo que han
robado y los privilegios obtenidos a costa del dolor ajeno, la situación
comenzará a cambiar.
Mientras discutimos de asuntos
que un día consideraremos marginales, estamos proporcionando, inocente, noble,
pero irresponsablemente, la coartada perfecta de los miserables que se esconden
entre bambalinas. Sí, hablo de Revolución. Sin vértigo de ninguna clase. No nos
han dejado otra.
Y cuando llegue ese día,
los codiciosos desearán haber sido justos. Pero para ellos también será tarde.
«Bueno, pues el asunto de los recortes bellacos del SAS en
Málaga ya ha llegado a los medios de cobertura nacional. En el vídeo de los
informativos de Telecinco se puede ver al director Prieto, sonriente él,
recitando disciplinadamente la consigna aquella de “la asistencia está garantizada”.
Se ve que el gerente nuevo está un tanto quemado ya de
aparecer en la prensa (o está de vacaciones) y ha debido decirle: “Prieto, hoy
sales tú, que se te ve menos que a la mujer del teniente Colombo”. Y ahí tenéis
al hombre invisible, al fin».
Esto fue publicado en julio de 2016,
un caótico verano desde el punto de vista sanitario. De hecho, fue la punta de
lanza para sacar de San Telmo a los pésimos gestores del PSOE. El problema es
que los andaluces prefirieron virar a la derecha, a la extrema derecha y a la
ultraderecha.
El Vaso Canopo fue un elemento muy crítico
con la administración sanitaria local, particularmente en el hospital Regional,
y autonómica, como sabrán los que me hacen el honor de seguirlo.
Algún atravesadillo puede
estar pensando que el Vaso Canopo calla para no molestar a los reaccionarios
que hoy dirigen los destinos de Andalucía; algún iluso afín a estos creerá que el
silencio se debe a una magnífica gestión del Sistema Sanitario Público de
Andalucía.
Ni una, ni otra. Aparte asuntos
personales, la cuestión es que el actual Gobierno PP-C’s, con el inestimable apoyo
rottweileriano de la ultraderecha de Vox no lo está haciendo ni bien ni mejor
que los otros, que ya es decir. En su mascarón de proa están las privatizaciones
masivas. Estos no tienen complejos como sus antecesores.
¿Pero qué ha ocurrido?
Al año de estar gobernando llegó la plaga. La pandemia les ha servido, y les
sigue sirviendo, como un espeso manto que lo envuelve todo y torna borrosa la
capacidad de observación. La anestesia psicológica proporciona a la población el miedo que muestra ante la peste y frena cualquier amago de estallido social.
Por el momento.
Por tanto, semiocultos, sin fiscalización
y con gran parte de la actividad sanitaria relegada por el Covid-19, los
lacayos de Casado, los supervivientes de Rivera y los nostálgicos de Santiago
Matamoros creen vivir en una luna de miel eterna. Andan errados, algunos
herrados.
El hospital Regional de Málaga
sigue con la misma escasez de camas y los pacientes atrancados en el área de
urgencias. Como siempre. Un reciente mensaje enviado por un médico de guardia a
sus compañeros dice textualmente: «Necesitamos camas… Observación llena y sin
camas en el hospital… O eso nos dicen». Una llamada SOS en toda regla. Nada que
no conozcamos los viejos del lugar, pero el emoticono horrorizado que acompaña
al texto eriza la piel y no precisamente de gusto.
La atención primaria ya enseña la patita:
la han dejado sin uno de sus principales atributos en la propia concepción del
servicio: la accesibilidad. A este respecto es interesante el artículo en el
diario Sur, escrito por Rafael González —médico y alto cargo de CC.OO. en el sector sanitario— sobre
la “bunkerización” de los centros de salud.
Juan José Guerrero Castillo
es un enfermero de atención primaria muy dedicado a labores de gestión, a
juzgar por los numerosos trabajos que ha realizado en este sentido, y que yo he
podido encontrar en la red. Este señor afirma categóricamente en un articulito
del diario citado: «Las consultas telefónicas se van a quedar». Tal despliegue
de certeza solo tiene dos caminos: o se ha tirado un moco o está más cerca de
los jefes que de los indios, y sospecho que la opción buena es esta última.
Fuera de Andalucía, concretamente en Navarra,
los médicos de urgencias denuncian que la no atención presencial en centros de
salud hace que les lleguen los pacientes en peores situaciones clínicas. El
Gobierno de Navarra cuenta con mayoría del PSOE; la consejera de Salud es de
ese mismo partido, se tiñe el pelo en rojo y se apellida Induráin. Y hace lo
mismo que los otros.
El virus nos ha jodido bien,
los mercados se encargarán de la vaselina y los políticos andan prestos para el puntazo
final. O corremos más que todos ellos o no nos va a quedar ni para sangrar.
Un entrecortado «gracias, doctor»,
a pesar del lacerante dolor que le provoca la peor noticia de su vida. Un
suspiro de alivio al oír la melodía del «todo ha salido muy bien». Esas miradas
de reconocimiento. Una sana sonrisa de alegría. Un gesto sobrio, casi
reverencial, que delata un agradecimiento infinito. Un emocionado apretón de manos.
Una anciana que no está dispuesta a marcharse sin un beso.
Todos esos, y tantísimos más,
son momentos únicos que hacen de esta profesión la más bonita del mundo. Es tan
honda la emoción experimentada, que el profesional suele sentirse bien pagado. Y
lo es. Lo es en la vertiente humana, en el plano afectivo.
La actual pandemia por el
COVID-19, y las medidas decretadas por el Gobierno para contenerla, le están
proporcionando al personal sanitario de toda España momentos sublimes de
agradecimiento por parte de la población. Momentos diarios, absolutamente
nuevos, desconocidos, impensables hasta la fecha.
Los aplausos que suenan todos los días
en los balcones de este país reconocen el trabajo, adivinan el riesgo y
agradecen la dedicación de los profesionales. Son reconfortantes. Son
emocionantes.
Pero nadie olvida que se necesita
algo más para sobrevivir. Los hijos tienen la costumbre de comer a diario; sus
matrículas universitarias no se pagan con aliento. Los banqueros no aceptan ese
tipo de moneda. La enorme responsabilidad debe ser remunerada justamente. No es
lo mismo trabajar con personas que con cosas. No es igual.
Un enemigo invisible sitúa a
los trabajadores sanitarios, cara a cara, frente al vértigo de la parca y,
paradójicamente, convierte estos malos tiempos en días de vino y rosas con la
población a la que atienden, especialmente para los que llevan muchos años en
las trincheras. Hoy es el COVID-19. Antes fueron el SIDA, el SARS producido por
otro coronavirus, la Gripe Porcina o el Ébola, por citar unos cuantos.
Todo esto pasará.
Seguramente dejando graves secuelas personales, sociales, laborales y
económicas. Los más perjudicados, además de los muertos, serán los de siempre,
aquellos que ya contaban con pocos recursos para mantener una existencia digna.
Dicen que nada será como antes. En algunos aspectos sería deseable.
Esta reforma no contempla
como delito las amenazas, injurias, vejaciones y coacciones. Salen gratis. O
casi. Como mucho, amenazar de muerte a un médico puede costar 120 euros. Y
ello, suponiendo que pueda demostrarse un hecho que se produce en la intimidad
de la consulta. Y siempre que el trabajador no renuncie a denunciarlo por miedo
a encontrarse una desagradable sorpresa a la salida del centro asistencial.
No deja de ser preocupante
que una sociedad necesite ordenar jurídicamente la agresividad de la población
contra aquellos que trabajan para cuidar su salud. Por ello son aún más
sorprendentes los aplausos de hoy.
El reconocimiento de los ciudadanos
es justo y gratificante: refuerza el ego y nos sube la moral. Pero no es
conveniente llevarse a engaño. Lo mejor es que mañana no nos peguen.
Escoltado por dos verracos con
falda, casco y coraza, Pantaleón aparece al comienzo de un interminable
pasillo. Al fondo se intuye la figura del emperador, antaño paciente suyo,
ahora impaciente, nervioso y, sobre todo, muy cabreado. Sentado de soslayo, lo
espera con una pose pretendidamente distinguida pero definitivamente afectada, la
misma que aún, en nuestros tiempos, podemos observar en políticos, cátedros,
jefes de cualquier cosa…
En realidad, Diocleciano le tenía aprecio
al médico;
de hecho, había intentado negociar su abjuración del Cristianismo para
ahorrarle castigos. Por ello, pero de buen rollito, le sometió a cinco
martirios con la esperanza, vana, de que al primero o al segundo entraría en
razón. Como no fue así, y los leones, para colmo, se declararon en huelga, el
galeno es cada vez más popular entre toda clase de ciudadanos, esclavos y
libertos, corriendo el relato de su estoica resistencia y de su milagrosa
inmunidad, de boca en boca, de casa en casa y de villa en villa. El purpúreo baranda,
por el contrario, es objeto de mofa generalizada; cuentan que ordenó ejecutar a
dos centuriones víctimas de un irreprimible ataque de risa.
Pantaleón camina despacio,
debilitado por los disgustos; los esbirros se acoplan a su paso, sin agobiarlo,
presos de un respeto instintivo y desproporcionado a su natural rudeza. A una
prudente distancia de la escena imperial le hacen arrodillarse ante el César,
ocupado en ese justo instante en comprobar la perfección de su manicura,
evitando, cobardemente, la mirada de su antiguo médico y consejero.
«Matando no te comes un chusco Diocle, aquí me
tienes, vivito y coleando», debió decirle el galeno con risita burlona. La ira
del emperador no puede contenerse ante la chulería del futuro santo, ni frente
a los gestos burlones de su propia guardia personal, así que, sin mediar más palabras,
le aplica, él mismo, el sexto martirio; con un espadón del quince lo atraviesa
hasta tres veces, por el pecho, el abdomen y la espalda. Las heridas de
Pantaleón curan en segundos y el médico no palma. El careto del emperador hace
época; sorprendido y aburrido, ordena que se lo lleven de nuevo a los
calabozos; de camino, manda que capen a todos los que se han descojonado
abiertamente.
Vuelve el doctor sobre sus pasos por el
largo camino enlosado de mármol y ribeteado con columnas de alabastro; va escoltado
por sus guardianes, que ya lo admiran en secreto. Cuentan que uno de ellos le
consulta, por el camino, sobre una extraña enfermedad que padece la hermana de
uno de los cuñados de su mujer. Sin pretenderlo estaba inventando la Medicina
de pasillo, tan común en nuestro actual medio.
Reunido con su Consejo de Sabios, Diocleciano
ordena que su cabeza sea separada del resto del cuerpo, para terminar con él
y, sobre todo, con el mito. La decapitación será «inmediata, en lugar apartado
y momento desconocido para la plebe ociosa». Obsérvese que antes de existir
prensa, estos dictadores ya le profesaban pavor a la opinión pública, procurando
facer o desfacer a la chita callando.
Los especialistas en la materia no se ponen
de acuerdo
en si fue decapitado bajo una higuera seca o un olivo muerto, donde, atado, se
cargaron finalmente al mártir. Ya podían haber comenzado por ahí, ahorrando tiempo
y disgustos innecesarios.
Al fin, el soberbio emperador pudo sentirse
triunfador.
Tres años después liquidó a Vicente, y sus hermanas, Sabina y Cristeta, santos
de Ávila. Se había venido arriba con el
subidón de matar a Pantaleón. Poco le duró: no mucho tiempo después, la
enfermedad y la depresión lo van minando inexorablemente. La cohorte de médicos
que le atiende está compuesta, básicamente, por una manada de ignorantes charlatanes;
los pocos galenos de verdad, discretos, acostumbran a callar por no molestar.
Murió Diocleciano con la
certidumbre de haber acabado con Pantaleón, pero no podía estar más equivocado;
cuenta la leyenda que la sangre del santo hizo brotar los frutos del árbol
(brevas o aceitunas, ¿qué más da?). Sus reliquias fueron coleccionadas y
repartidas por medio mundo conocido.
Su sangre, dicen, se conserva en una
ampolla de cristal en el Monasterio de la Encarnación, en pleno centro de
Madrid, cerca del Palacio Real. Todos los días 27 de Julio el incombustible San
Pantaleón obra su milagro: su sangre, que durante el resto del año es costra
milenaria, se licua para volver a coagular 24 horas después. Dicen los más
agoreros que tan malo es que no ocurra lo primero como que no vuelva a cuajar
pasadas las 24 horas de rigor. Relacionan acontecimientos históricos como la Primera
Guerra Mundial o nuestra Guerra Civil, sin ir más lejos, con estos sacros
caprichos. Mala onda, pues, si no se produce este milagro anual.
Sangre de San Pantaleón. Monasterio de la Encarnación. Madrid
Acuciado por una insana curiosidad, decidí
visitar el Real Monasterio de la Encarnación, una construcción renacentista
auspiciada por Margarita de Austria, reina de España y consorte de Felipe III. Efectivamente,
allí guardan el precioso fluido rojo del mártir en una pequeña urna que,
paradójicamente, no goza de un lugar privilegiado en la colección de reliquias.
Confundida entre mil objetos de culto, la sangre de San Pantaleón, médico y
mártir, espera su particular protagonismo histórico cada 27 de julio.
Habrá personas que no crean el fenómeno
Pantaleón.
Nada que objetar. Uno duda también, y mucho. Como también dudo de esos profetas
contemporáneos procedentes de cualquier máster impartido por interesados chamanes
de la sanidad pública y de la política en general; liberales de corbata o
silicona, modernos de pacotilla y escoria de la profesión más noble; mal que
les pese, nunca podrán suplantar a los profesionales desde sus despachos, tan
alejados de las trincheras y tan próximos a su propia incapacidad (a su
ignorancia, al fin y al cabo), porque ni saben curar, ni sanar, ni mejorar, ni
aliviar siquiera a aquellos a los que falsamente dicen defender. Porque ni les
interesa, ni les importa. Hay demasiados Dioclecianos y pocos Pantaleones. Somos
pocos, sí, pero con una mala hostia que te cagas■