Personalmente
siempre he pensado que la jubilación no es motivo de fiesta. Lo es porque durante
los diez años anteriores no han querido aprovechar la experiencia y nos han
seguido machacando en las trincheras. Por otro lado, recientes desgracias
familiares invitan aún menos a dicha celebración.
Una
trayectoria profesional es como una ola, que nace un buen día, navega por mares
y océanos y, finalmente, se deshace en el rebalaje exhibiendo un blanco manto
de espuma.
Y como esa
ola, hasta aquí ha llegado la mía, en paz conmigo mismo.
Felipe VI de Borbón, 'El Resentido', no perdona el atrevimiento de la independencia
latinoamericana. Fue el único mandatario que el pasado día 8 de agosto
permaneció sentado ante el paso de la espada de Bolívar. Ocurrió durante los
actos de la toma de posesión del nuevo presidente colombiano, el izquierdista y
exguerrillero Gustavo Petro. Mientras el Borbón mostraba su desprecio a muchos
pueblos y a un símbolo de su libertad, los latinoamericanos vibraban con la
espada del Libertador. Los Borbones son malos perdedores.
Felipe VI: contraperfil
«El niño es un demonio. Disfruta tratándonos mal y poniéndonos en
evidencia». Así hablaba en 1980 un miembro de la escolta de la familia real, un
antiguo buen amigo. Se refería al entonces príncipe de Asturias, Felipe de
Borbón, que contaba con 12 años de edad en aquellos momentos. «Ninguno de
nosotros quiere ir con el niñato, preferimos seguir al padre a 200 km/h en sus
escapadas nocturnas, aunque acabemos derrapando en la M-30. Siempre nos da
esquinazo».
La periodista Pilar Eyre, especializada en dimes y diretes de la monarquía, afirma en la revista Lecturas que con 36 años, el Borbón
abrió una nevera por primera vez en su vida, en casa de la abuela de Letizia,
en Asturias. «No lo ha hecho en su vida
y le hace ilusión», dijo su prometida, según Eyre. Está mal
visto que la realeza pise las cocinas. Para eso disponen de una generosa servidumbre,
pagada por los contribuyentes.
Dicen que es el rey más preparado. Esto es relativo. Depende, elementalmente, de la preparación de sus
antecesores. Para superar a su padre ―cazador de elefantes―, a su bisabuelo ―Alfonso XIII― o a su trastatarabuela ―Isabel II― no precisaba
hacer carreras. Total, todos estos pasan siempre con nota y nunca necesitan
presentarse en septiembre. Igual es que la consanguinidad los hace más listos.
Su padre es franquista. Él también. En 1970, el emérito declaró para una televisión suiza que
Franco era un ejemplo viviente para él. Cinco años después, con el sátrapa frío
y seco, bajo mil coronas funerarias, juró lealtad a los principios del
Movimiento, para que lo proclamaran rey. «Su recuerdo [Franco]
constituirá para mí una exigencia de comportamiento […]», dijo en su primer discurso como monarca.
El hijo es lo mismo. ¿O alguien a estas alturas se traga que simpatizar con el Atleti y casarse con una periodista son
síntomas de amor por las libertades? En el discurso contra el Procés catalán o en el desplante a la
espada de Bolívar vimos su talante democrático. Tampoco hay que dar más vueltas
al asunto: rey y democracia son términos incompatibles. Podrán aparentar ser la
vanguardia de la libertad, pero solo por no perder la corona.
Borbones y
Latinoamérica
Fernando VII los mataba. Tras las declaraciones de independencia de las colonias, “el rey Felón”
apostó por un escarmiento y envió a criminales de guerra como el mariscal
Morillo a masacrar población civil y fusilar a los líderes independentistas.
Fue el “Régimen del Terror”. En España tampoco se contuvo. Mataba liberales por
vicio.
Se ha puesto muy de moda el chascarrillo de que “no se pueden mirar aquellos hechos con los ojos de hoy”. Lo dijeron
Pérez-Reverte y el traidor Vargas Llosa, y una legión de bobos lo repite cada
vez que quieren sacudir su patriótica conciencia histórica. Es la perfecta coartada
discursiva de los que, como los Borbones, añoran las gestas de Hernán Cortés,
Pizarro y compañía. Lo jocoso del asunto es que estos mismos, sí pueden mirar con los ojos de hoy las supuestas
atrocidades cometidas por los indígenas, para poder justificar después la
invasión, sometimiento y “reeducación”.
Juan Carlos I los callaba. La Revolución Bolivariana de Hugo Chávez fue vendida por la propaganda
occidental como la loca mentira de un presidente choni. Se ridiculizaba a
Chávez, y aún peor: se ridiculizaba la esencia latinoamericana. Durante el
último gobierno de Aznar los ataques fueron furibundos y humillantes.
En la Cumbre Iberoamericana de 2007, Chávez se quejaba de ello y el rey de España trató chabacanamente de
callarlo, como hubiera hecho con cualquier indígena sometido. La diferencia es
que mientras uno era impuesto por decreto de Franco y herencia monárquica, el
otro era un presidente electo legítimamente. Que no es asunto baladí. ¿Con qué
ojos hay que mirar esto?
El emérito desapareció cuando amenazaba tormenta. A pesar de las evidencias de corrupción, la justicia archivó todas las
causas. Y el Borbón regresó hace unos meses, siendo incluso aclamado por cuatro
desocupados. “Vivan las caenas”. Se
largó pronto con sus amigos jeques al paraíso de los derechos humanos.
Felipe VI los desprecia. El desdén mostrado frente a un gran símbolo de la libertad de los
pueblos latinoamericanos viene a reforzar la idea de que este Borbón porta en
su ADN el colonialismo más rancio. En su última visita a Colombia, no solo hizo el feo a la espada de Bolívar; se reunió con el presidente saliente, el derechista
Iván Duque. Parecía más lógico que lo hiciera con el entrante, el único que, a
partir de ese momento, tendría capacidad de decidir. El problema es que es rojo
y exguerrillero. Como Mujica, que sí fue recibido como presidente de Uruguay
por Juan Carlos I en el Palacio Real. Vamos de mal en peor.
El asunto de
pedir perdón
No es un tema trascendental.
Pero sería un gesto noble.
Mucho más que tensar el pescuezo altivamente y seguir mirando a los hermanos de
Latinoamérica por encima del hombro. Motivos para disculparse de las
bellaquerías de nuestros antepasados españoles haylos de sobra, ya los miren los
ojos de Pérez-Reverte, los del acomodaticio Vargas Llosa o los del mismísimo sursuncorda.
La conquista y colonización española de América se hizo con la espada y con la cruz. El
Vaticano es poco proclive a dar su brazo a torcer, y sin embargo, Juan Pablo II
y Benedicto XVI ya pidieron perdón en su día. El papa Francisco ha ido más
lejos: «Pido humildemente perdón por los crímenes contra los pueblos
originarios durante la llamada Conquista de América».
Los inmigrantes
latinoamericanos siguen
siendo objeto de estereotipos, prejuicios, rechazo y discriminación en nuestro
país. Es lo que muchos españoles parecen haber aprendido de algunos de sus
políticos y de todos los Borbones. Ellos lo viven con la mayor alegría, incluso
en condiciones sociales de exclusión. Las secuelas del yugo español les obligan
a buscar el pan aquí. Vienen de repúblicas y si algo se grabó a fuego en
el inconsciente colectivo es que no quieren reyes en sus países. Saben muy bien que no hay rey bueno■
Uno de los objetivos
prioritarios de la Unidad Clínica de Gestión de Urgencias (UGCU) para el año en
curso, según el correo que me envía su equipo directivo, es la “Humanización en
urgencias”. Esta brillante iniciativa se produce en una situación de colapso
permanente; una situación en la que los enfermos con orden de ingreso en planta
pueden permanecer hasta más de 72 horas en el área de urgencias, rodeados de
cables y secuestrados en una cama en la que están obligados a depurar su
organismo en diferentes recipientes de plástico o cartón reciclado. Solo gozan
de la compañía de sus seres queridos dos horas al día. Algunos tienen peor
suerte, no por ser ancianos nonagenarios y estar enfermos, sino porque además,
ante la escasez de camas, tienen que ser atendidos en un cómodo sillón hasta 24
horas. Seguro que los miembros de la ‘Comisión de Humanización’ no saben lo que
significa ese martirio.
Soy un animal.
Un saurio trasnochado que necesita ser humanizado. Un médico impío y despiadado.
Un sádico inmisericorde incapaz de empatizar con el dolor ajeno. Por todo ello,
los mandos intermedios que dirigen mi servicio de urgencias quieren hacerme humano,
significado literal de ‘humanizar’, según el DRAE.
El respeto a la dignidad
de las personas es un elemento encarnado en la civilización y en cualquier
sociedad realmente democrática. El respeto a la dignidad del ser postrado, el
trato afable y comprensivo, la paciencia cómplice y compasiva, la mirada limpia
de la esperanza y el gesto que gana su confianza, forman parte del ADN de la
Medicina y de una gran parte de sus profesionales médicos y de enfermería.
No concibo que un trato inhumano
sistemático pueda convivir felizmente con la cualidad de ‘buen profesional’ en
una misma persona. Los malos seguirán siéndolo y los buenos continuarán
trabajando como lo han hecho siempre, por mucha comisión humanizadora que
inventen, por muchos cursos ad hoc
que organicen y por muchos panfletos de recomendaciones que exhiban, incluso
donde puedan leerlos los familiares de los pacientes.
La iniciativa es innecesaria
para lo relevante porque no cambiará actitudes personales, ni siquiera las de
algún elemento de la misma comisión. Puede que sea imprescindible para cumplir
los objetivos de la UGCU, sacar una buena nota y obtener la compensación
económica pactada con los niveles superiores de la gestión sanitaria andaluza. Pero
esto nada tiene que ver con el trato humano en la asistencia sanitaria.
Es mucho más necesario y humano
trabajar para evitar el secuestro indigno de pacientes en el área de
observación de urgencias, a veces durante días, porque no hay camas disponibles
en el hospital, porque las altas diarias en las plantas se demoran
incomprensiblemente y porque la organización funcional de otras unidades de
gestión impide los nuevos ingresos que, con suerte, no se hacen hasta la siete
de la tarde. Y cuando en los entreactos hay que mantener en sillones, durante
muchas horas, a ancianos enfermos, nadie se rasga las vestiduras ni se habla de
humanización. ¿Quién humaniza a nuestros humanizadores?
Resulta ofensivo
que desde unos despachos sin corazón pretendan dar clases de trato humano a los
que llevan años ejerciéndolo y bregando con todo tipo de zancadillas
administrativas. Es más ofensivo aún cuando se sabe que ni el objeto ni la
finalidad de sus cursos y recomendaciones son el bienestar de las personas
enfermas, usadas por la administración, una vez más, como rehenes de su
política.
La Consejería de Salud,
a través de su fundación IAVANTE, organiza cursos de humanización para el
personal sanitario. Curiosamente, estos cursos están patrocinados por Janssen Pharmaceutica, conocida por su
vacuna para la COVID y filial de la poderosa corporación norteamericana, Johnson & Johnson. Es reconfortante
comprobar que el noble interés por la humanización de la asistencia sanitaria
en Andalucía traspasa nuestras fronteras.
Mi servicio no ha sido menos. Se
han organizado cursitos acreditados por la Agencia de Calidad Sanitaria de
Andalucía, que concede 0.2 créditos a los asistentes. La comisión de
humanización ha conseguido que podamos disponer de tapones para los oídos y
antifaces, para que los enfermos descansen mejor en el turno nocturno. No es
broma. Así, y con la mascarilla puesta, estarán bastante más aislados del
entorno.
También han elaborado unas
recomendaciones para el personal sanitario, que
afecta a la enfermería en gran parte. De forma resumida, las más novedosas son sugerencias
para espaciar la toma de constantes, la administración de las medicaciones y las
extracciones de sangre. También recomiendan “ajustar las alarmas de monitores y
bombas de infusión”. Implícitamente están reconociendo que el área de
observación se ha convertido en el aparcamiento de los pacientes estabilizados
para los que el hospital no dispone de cama en planta. A un enfermo en
situación grave e inestable no se le puede espaciar nada ni ajustar (¿silenciar?)
las alarmas.
En este momento,
alguna persona con su ingreso cursado en planta, sufre por no poder ni siquiera
estirar las piernas. Podría estar sentadita en su habitación, viendo las
noticias con un familiar querido, pero está sola y atada innecesariamente a
unos cables que ya no precisa. Los tapones y el antifaz le parecen una befa
cruel.
Por fin han enseñado la patita. Mejor dicho, por fin la realidad ha
destapado la patita del Gobierno del Partido Popular en Andalucía. Disipada la
neblina de los 100 días de cortesía, y mientras la densa niebla de la pandemia
parece que empieza a aclararse, se van perfilando las fauces babeantes del lobo
neoliberal.
La Atención Primaria en Andalucía fue
una niña bonita de tez aterciopelada mientras duró el entusiasmo de un puñado
de profesionales bien formados, que se sentían protagonistas de un giro
histórico en la concepción de una asistencia sanitaria pública de calidad en su
primer escalón. La niña se estropeó con cientos de granos que afearon su rostro.
Abandonados presupuestariamente por los últimos gobiernos del PSOE, los centros
de salud solo mantienen la fachada de un contenido que se asemeja cada vez más
al de los antiguos ambulatorios.
La decepción de unos profesionales
progresivamente funcionarizados es la madre soltera de la desidia, esa energía
negativa que castra la iniciativa, invierte la sonrisa, impide la creatividad y
anula el sentimiento de pertenencia a una empresa común. Y es, justamente, en
esta fase del proceso cuando se producen dos hechos que determinarán el futuro
de la política sanitaria en Andalucía: la llegada de la derecha al poder y la
pandemia por el SARS-COV-2.
Con la ayuda de la ultraderecha de Voxy de la conocida promiscuidad
política de C’s, el PP se tragó a Caperucita Roja en las últimas elecciones
andaluzas. Si nefasta fue la gestión sanitaria del PSOE, sobre todo en las dos
últimas legislaturas, la del actual consejero de Salud, Jesús Aguirre, apunta
maneras y promete una postcrisis marcada por el “Síndrome del Pisuerga”.
Aprovechando la pandemia —el río que pasa por Valladolid—, el consejero Aguirre
parece dispuesto a convertir los centros de salud en consultorios telefónicos.
Cabe pues la sospecha
de que detrás de esta reconversión, aparentemente circunstancial, exista un
proyecto político para derribar el paradigma de la gestión cien por cien pública
de la atención primaria de salud. Recuerden la voracidad privatizadora del
Partido Popular en los años 90, de la mano del exministro y delincuente
convicto, Rodrigo Rato.
Con la oferta mermada
a golpes de citas “telemáticas”, llega el aburrimiento de la demanda; perdido
el miedo a contagiarse en los hospitales y cansados del teléfono, los usuarios
vuelven a dirigir sus pasos y sus quejas a los servicios hospitalarios de
urgencias. Es de cajón: van donde no tienen barrera alguna de accesibilidad y
donde creen que su problema de salud será resuelto en unas horas. Es la canción
de siempre, pero con nuevos arreglos del autor.
Antes de la pandemia,
los flujos asistenciales hacia las urgencias hospitalarias eran obligados por
la inoperancia de los centros de salud, por las inadmisibles demoras de los
especialistas y por las interminables listas de espera para pruebas
diagnósticas e intervenciones quirúrgicas. Tal inercia centrípeta se nutría —y
sigue nutriéndose— de la escasa conciencia ciudadana en una sociedad cuya
solidaridad acaba cuando comienza el problema de cada cual.
En la recta final de la pandemia
—si es que estamos en dicha fase— están siendo evidentes las prisas políticas
por retomar los rituales tradicionales de interacción social (movilidad,
fiestas, bares, espectáculos, etc.). Pero en los centros de salud siguen con el
teléfono, como si se hubiera congelado el tiempo.
A los elementos que determinaban
esas “migraciones dolientes” prepandémicas hacia los servicios hospitalarios de
urgencias, ahora cabe sumarles la pasividad, lentitud e indolencia política de
los responsables sanitarios para liberar a una atención primaria que ha quedado
secuestrada entre líneas telefónicas, víctima del Síndrome del Pisuerga■
Pelotas y
aduladores siguen existiendo. Pero ya quedaron atrás los tiempos del capataz,
del cómitre y de los galeotes, a pesar de que la nueva ola de autoritarismo que
recorre el planeta Tierra pretenda rescatarlos.
Decía uno de los miembros de
Les Luthiers que la esclavitud no se abolió, que en realidad la
cambiaron por ocho horas diarias de trabajo alienante. La afirmación, además de
sorprendente, podría ser acertada para el operario que coloca un tornillo
detrás de otro o para el trabajador cuya única misión es hacer churros en serie.
Sin embargo, no debería serlo para el acto médico,
en el que el profesional necesita el sosiego y la libertad suficientes para indagar,
pensar, razonar, deducir y decidir. Cuando el desastre para la integridad
física de una persona es factible en poco tiempo o es inminente, el médico de
urgencias, particularmente, tiene que completar el proceso a una velocidad muy superior
a la de crucero.
No es creíble esa patraña
que separa profesionalidad y competencia técnica, de humanidad y trato
empático. No es concebible la idea de ser buen médico y no saber ―o no querer―
ponerse en el pellejo de la persona enferma y de sus allegados. Es pensar,
sentir y actuar en consecuencia.
El médico de trinchera, el que atiende enfermos
―porque hay muchos que menos eso, hacen de casi todo― no trabaja con churros o
tornillos, trabaja con personas que ven amenazada su salud, el valor más
deseado. Es una idea simple que nuestros gestores siguen sin entender ni
valorar. Y además, les importa un ardite.
Pretender robotizar los actos médicos
y “homogeneizar la atención” ―¡cómo gusta esta frase entre los grises
habitantes de los despachos!― es atentar contra el pensamiento, la libertad y el
sano debate entre profesionales que mantienen diferencias de criterios.
A día de hoy y desde hace ya demasiado tiempo,
las normas de actuación vienen dictadas desde las zonas administrativas.
Algunos de los “expertos” que se dedican a tales menesteres, lo son, efectivamente,
en evitar manchar sus relucientes batas con los variados fluidos orgánicos que destilan
las miserias de la enfermedad.
«Quiero trasladaros mi
preocupación por los tiempos de espera». Cuando en plena pandemia un jefe de urgencias comunica y transfiere a
los médicos su pesar por el alargamiento de los tramos cronológicos en la
asistencia, es que el asunto goza de especial favor entre sus tareas de gestión.
Las demoras siempre han sido
la némesis de todos, o
casi todos, losservicios de urgencias. Es una disfunción con muchas patas que fallan al
mismo tiempo. En absoluto es únicamente atribuible a los médicos, como parece
pensar el jefe preocupado cuando dice a sus facultativos: «os
ruego que no demoréis la asistencia».
«Este tiempo es un indicador
de calidad de la asistencia a pacientes prioritarios» Esto no es un descubrimiento realizado
en cualquier despacho del Sistema Andaluz de Salud (SAS) ni se lo acaba de
inventar el jefe preocupado. El propio término ‘urgencia’ expresa un
significado íntimamente ligado al crono.
El estrepitoso fracaso en la gestión de la Atención Primaria en Andalucía,
las demoras para pruebas de imagen y para citas con los especialistas —que a su
vez se pelotean los pacientes entre
sí—, y los retrasos en las listas quirúrgicas, provocan una “migración” de
pacientes, masiva y continua, a los servicios de urgencias hospitalarios, cuyo
acceso es libre, el más libre de todos.
El resultado es
una mezcla informalde
enfermos que necesitan un adelanto del crono, y pacientes que no requieren
ningún tipo de asistencia urgente. Separar unos de otros era como purgar
lentejas para eliminar las piedras. ¿Cómo solventó el Sistema este dilema? Estableció
el triaje a través del programa informático del SAS, el famoso Diraya; desde entonces, de ser mayoría
los casos triados como poco o nada urgentes, muchos de ellos pasaron a ser
prioritarios. ¡Alehop!
Así, el servicio de urgencias del Hospital
Regional de Málaga pasó, de la noche a la mañana, de tener mayoría de pacientes
con problemas no urgentes (56% en 2011) a que casi todos fueran prioritarios.
Este hecho tiene un enorme calado político. Poder demostrar,
a través de los datos recogidos por Diraya,
que en Andalucía solo acuden a urgencias casos justificados, y que tanto la
Atención Primaria como la especializada funcionan en niveles de excelencia,
podrían ser buenas bazas electorales. Dos pájaros de un tiro. Pero a Susana
Díaz no le sirvió para mantener el sillón, ahora sostenido por la extrema
derecha, entre otros.
Diraya es mágico, es Joker yGran Hermano al mismo tiempo. Diraya vigila a los médicos durante su
trabajo. En realidad no es un programa-espía; los que transgreden la intimidad profesional
del médico y de sus pacientes son los gestores, jefes y jefecillos, que lo tienen
instalado en el ordenador de sus casas. Todos los datos médicos de los andaluces están
a su merced.
«No es asumible que más del
30% de los pacientes P2 esperen más de 15 minutos a ser atendidos por el
facultativo» Los pacientes ‘P2’
(prioridad 2), a los que se refiere el jefe preocupado cuando se dirige a sus
médicos de urgencias, son aquellos que, sin tener una amenaza vital inmediata,
presentan un proceso patológico muy urgente que requiere la valoración de un
galeno en menos de 15 minutos, según los expertos del SAS. Dicha prioridad la
establece un Diraya programado para
dar prioridades altas, en base a los datos introducidos por un enfermero tras
preguntar al usuario e interpretar sus síntomas.
Por tanto, es plausible negar la mayor. Si la premisa
principal depende de un software manipulado ad
hoc para obtener determinados resultados, y la información introducida
depende de la interpretación de un factor humano, como es un enfermero agobiado
cuyos intereses personales, en un momento determinado, no coinciden con el
rigor necesario para una correcta clasificación, los resultados se antojan
espurios. Por ejemplo, es difícil asumir que un enfermo derivado desde la
consulta de un especialista, para la que ha estado toda una mañana esperando,
de repente sea una prioridad alta en el servicio de urgencias. Por mucho que lo
diga San Diraya.
«Este tiempo es uno de los objetivos
que tenemos para el próximo año, que más del 80% sea atendido en menos de 15
minutos» Por fin, el jefe
preocupado desvela la verdad de sus cuitas. Se trata de la Unidad de Gestión
Clínica (UGC), ese engendro ideado para, entre otras cosas, “homogeneizar
la atención”. Mediante el establecimiento de unos objetivos pactados con las
jerarquías sanitarias —en Málaga y en Sevilla—, y en función del
grado de cumplimiento de los mismos, existen unos incentivos económicos para el
personal del servicio, incluido el jefe preocupado, que suele ganar más. Para
este, además, es un buen trampolín de ascenso a puestos de mayor enjundia en el
futuro.
Duele pensar en el 20%
restante, los que no
entran en el objetivo del 80%, una vez cumplido. Dos de cada diez están
condenados por la UGC, al menos, a esperar más de lo que dice el famoso Plan
Andaluz de Urgencias y Emergencias (PAUE). ¿Qué será de ese 20%? ¿Está
justificado moral, ética y deontológicamente la participación de un médico en
esta ruleta rusa? El jefe preocupado y todos los gestores suelen enarbolar la
bandera de “lo primero es el bienestar del enfermo”. Uno sabe que esto es una
falacia, y lo sabe de ciencia propia en algún caso determinado.
«Os ruego que abráis la
historia de Diraya, realizando así el registro al inicio de la atención para
que quede constancia». Para quien necesite
muestra, he aquí un botón: el objetivo se cumple cuando hay constancia de que el
enfermo está registrado. El crono se detiene cuando el médico introduce una
frasecita que haga creer a Diraya que
está valorando al paciente de verdad. Puede que sí, puede que no. El jefe
preocupado respira aliviado. A partir de ahora da igual lo que pase con el ‘P2’,
ya está en el bote. Se trata de parecerlo,
no es imprescindible serlo. Queda muy
claro.
Mientras uno escucha
y lee el mismo discurso de los tecnócratas, de forma tan reiterada, sobre
objetivos, métrica del tiempo, circuitos diferenciados, prioridades y
estructuras funcionales, observa a un afortunado paciente que ingresó al borde
del abismo y ahora agradece al equipo de urgencias haberle salvado la vida.
Solo tiene una queja: lleva tres días
en el área de observación esperando cama en el hospital. Está lleno de cables, atado
a un maldito monitor que pita de forma desagradable cuando se mueve más de la
cuenta. No puede levantarse, orina y depone en recipientes de plástico, en la cama,
por supuesto. Su familia lo ve dos horas al día y su enfermedad necesita un
estudio que no comenzará hasta que no esté en su planta.
En este hospital
eso no tiene remedio, por eso el jefe preocupado se preocupa de
otras cosas; no le preocupan las demoras que sufren los pacientes y familiares
para subir a su habitación, ni las derivaciones inadmisibles que el servicio
sigue padeciendo, ni las relaciones con Atención Primaria; tampoco parece
preocuparle el trato y la actitud evasiva de una mayoría de especialistas, que
quieren bajar a urgencias las menos veces posibles. En este sentido sería mejor decir “residentes de
especialidades”, es decir, médicos generales que aún no tienen otro título. Repito:
médicos generales a los que les llaman cardiólogo, nefróloga o cirujana, lo
que, por cierto, es un tremendo fraude para los usuarios que piensan haber sido
atendidos por algún especialista titulado. Algunos —no todos— se permiten el lujo
de marear a los adjuntos de urgencias, pidiendo pruebas o sugiriendo otros especialistas:
la cuestión es no ver al enfermo. Y para colmo, suelen ser soberbios y pendencieros
cuando se les afea su actitud.
Todo esto se padece desde hace años y nadie ha hecho nada, salvo Antonio
Rodríguez, el primer jefe de este servicio tras la reorganización de finales
de los 80. Pero este nuevo jefe preocupado, que se dirige a sus médicos
diciéndoles «os ruego», no ruega nada, no pide nada. Es un “rogatorio
imperativo”. El fundamentalismo no es exclusivo de ciertas facciones de
terroristas islámicos. Ni mucho menos. Los fundamentalistas son gente de un
solo libro y creen ciegamente que lo que hacen es lo correcto.
El jefe preocupado podrá sustentar su gestión en una serie de
individuos acríticos, colaboracionistas —que no es lo mismo que colaboradores—
y aduladores. Enfrente va a tener a los que no están dispuestos a callarse por
costumbre. Si pensaba que después de dirigir el segundo hospital de Málaga esto
iba a ser un camino triunfal hacia las más altas cumbres de la dirección
sanitaria, errado anda.
Decía el filósofo renacentista Michel de Montaigne, que la cobardía
es la madre de la crueldad. El poder, en cualquiera de sus formas, huele el
miedo mejor que nadie; y ante el temor de los súbditos se empodera cada vez
más.
(Comentarios al debate político de dos nobles
ciudadanos)
HÉCTOR
MUÑOZ. MÁLAGA
Podría deciros aquello de que
estamos todos en el mismo barco y tal, o lo otro sobre tirar juntos del mismo
carro... Me gusta leer vuestras diferencias ideológicas, tan sanas, legítimas y
necesarias para construir sociedad. Sin embargo, en mi opinión, el actual
estado de cosas trasciende a la nobleza de vuestro debate.
Me explico: sin ánimo de ser
apocalíptico, la muda observación de lo que acontece me da suficientes motivos
para deciros que las catástrofes seminaturales, como la pandemia actual y
otras, asociadas a los cambios climáticos, unidas a los fenómenos sociales
derivados, como el estallido social que se avecina o las migraciones masivas
incontenibles, van a desensamblar todo el andamiaje ideológico creado históricamente
por unas élites minoritarias para su propio beneficio. Todo ello bajo el
disfraz grandilocuente de manidos eufemismos como democracia, estado de
derecho, del bienestar, etc.
Cuando una mayoría razonable
sea capaz de entender esto y de actuar en consecuencia para despojar sin piedad
a los causantes de las miserias, arrebatándoles en justicia todo lo que han
robado y los privilegios obtenidos a costa del dolor ajeno, la situación
comenzará a cambiar.
Mientras discutimos de asuntos
que un día consideraremos marginales, estamos proporcionando, inocente, noble,
pero irresponsablemente, la coartada perfecta de los miserables que se esconden
entre bambalinas. Sí, hablo de Revolución. Sin vértigo de ninguna clase. No nos
han dejado otra.
Y cuando llegue ese día,
los codiciosos desearán haber sido justos. Pero para ellos también será tarde.
«Bueno, pues el asunto de los recortes bellacos del SAS en
Málaga ya ha llegado a los medios de cobertura nacional. En el vídeo de los
informativos de Telecinco se puede ver al director Prieto, sonriente él,
recitando disciplinadamente la consigna aquella de “la asistencia está garantizada”.
Se ve que el gerente nuevo está un tanto quemado ya de
aparecer en la prensa (o está de vacaciones) y ha debido decirle: “Prieto, hoy
sales tú, que se te ve menos que a la mujer del teniente Colombo”. Y ahí tenéis
al hombre invisible, al fin».
Esto fue publicado en julio de 2016,
un caótico verano desde el punto de vista sanitario. De hecho, fue la punta de
lanza para sacar de San Telmo a los pésimos gestores del PSOE. El problema es
que los andaluces prefirieron virar a la derecha, a la extrema derecha y a la
ultraderecha.
El Vaso Canopo fue un elemento muy crítico
con la administración sanitaria local, particularmente en el hospital Regional,
y autonómica, como sabrán los que me hacen el honor de seguirlo.
Algún atravesadillo puede
estar pensando que el Vaso Canopo calla para no molestar a los reaccionarios
que hoy dirigen los destinos de Andalucía; algún iluso afín a estos creerá que el
silencio se debe a una magnífica gestión del Sistema Sanitario Público de
Andalucía.
Ni una, ni otra. Aparte asuntos
personales, la cuestión es que el actual Gobierno PP-C’s, con el inestimable apoyo
rottweileriano de la ultraderecha de Vox no lo está haciendo ni bien ni mejor
que los otros, que ya es decir. En su mascarón de proa están las privatizaciones
masivas. Estos no tienen complejos como sus antecesores.
¿Pero qué ha ocurrido?
Al año de estar gobernando llegó la plaga. La pandemia les ha servido, y les
sigue sirviendo, como un espeso manto que lo envuelve todo y torna borrosa la
capacidad de observación. La anestesia psicológica proporciona a la población el miedo que muestra ante la peste y frena cualquier amago de estallido social.
Por el momento.
Por tanto, semiocultos, sin fiscalización
y con gran parte de la actividad sanitaria relegada por el Covid-19, los
lacayos de Casado, los supervivientes de Rivera y los nostálgicos de Santiago
Matamoros creen vivir en una luna de miel eterna. Andan errados, algunos
herrados.
El hospital Regional de Málaga
sigue con la misma escasez de camas y los pacientes atrancados en el área de
urgencias. Como siempre. Un reciente mensaje enviado por un médico de guardia a
sus compañeros dice textualmente: «Necesitamos camas… Observación llena y sin
camas en el hospital… O eso nos dicen». Una llamada SOS en toda regla. Nada que
no conozcamos los viejos del lugar, pero el emoticono horrorizado que acompaña
al texto eriza la piel y no precisamente de gusto.
La atención primaria ya enseña la patita:
la han dejado sin uno de sus principales atributos en la propia concepción del
servicio: la accesibilidad. A este respecto es interesante el artículo en el
diario Sur, escrito por Rafael González —médico y alto cargo de CC.OO. en el sector sanitario— sobre
la “bunkerización” de los centros de salud.
Juan José Guerrero Castillo
es un enfermero de atención primaria muy dedicado a labores de gestión, a
juzgar por los numerosos trabajos que ha realizado en este sentido, y que yo he
podido encontrar en la red. Este señor afirma categóricamente en un articulito
del diario citado: «Las consultas telefónicas se van a quedar». Tal despliegue
de certeza solo tiene dos caminos: o se ha tirado un moco o está más cerca de
los jefes que de los indios, y sospecho que la opción buena es esta última.
Fuera de Andalucía, concretamente en Navarra,
los médicos de urgencias denuncian que la no atención presencial en centros de
salud hace que les lleguen los pacientes en peores situaciones clínicas. El
Gobierno de Navarra cuenta con mayoría del PSOE; la consejera de Salud es de
ese mismo partido, se tiñe el pelo en rojo y se apellida Induráin. Y hace lo
mismo que los otros.
El virus nos ha jodido bien,
los mercados se encargarán de la vaselina y los políticos andan prestos para el puntazo
final. O corremos más que todos ellos o no nos va a quedar ni para sangrar.