Un entrecortado «gracias, doctor»,
a pesar del lacerante dolor que le provoca la peor noticia de su vida. Un
suspiro de alivio al oír la melodía del «todo ha salido muy bien». Esas miradas
de reconocimiento. Una sana sonrisa de alegría. Un gesto sobrio, casi
reverencial, que delata un agradecimiento infinito. Un emocionado apretón de manos.
Una anciana que no está dispuesta a marcharse sin un beso.
Todos esos, y tantísimos más,
son momentos únicos que hacen de esta profesión la más bonita del mundo. Es tan
honda la emoción experimentada, que el profesional suele sentirse bien pagado. Y
lo es. Lo es en la vertiente humana, en el plano afectivo.
La actual pandemia por el
COVID-19, y las medidas decretadas por el Gobierno para contenerla, le están
proporcionando al personal sanitario de toda España momentos sublimes de
agradecimiento por parte de la población. Momentos diarios, absolutamente
nuevos, desconocidos, impensables hasta la fecha.
Los aplausos que suenan todos los días
en los balcones de este país reconocen el trabajo, adivinan el riesgo y
agradecen la dedicación de los profesionales. Son reconfortantes. Son
emocionantes.
Pero nadie olvida que se necesita
algo más para sobrevivir. Los hijos tienen la costumbre de comer a diario; sus
matrículas universitarias no se pagan con aliento. Los banqueros no aceptan ese
tipo de moneda. La enorme responsabilidad debe ser remunerada justamente. No es
lo mismo trabajar con personas que con cosas. No es igual.
Un enemigo invisible sitúa a
los trabajadores sanitarios, cara a cara, frente al vértigo de la parca y,
paradójicamente, convierte estos malos tiempos en días de vino y rosas con la
población a la que atienden, especialmente para los que llevan muchos años en
las trincheras. Hoy es el COVID-19. Antes fueron el SIDA, el SARS producido por
otro coronavirus, la Gripe Porcina o el Ébola, por citar unos cuantos.
Todo esto pasará.
Seguramente dejando graves secuelas personales, sociales, laborales y
económicas. Los más perjudicados, además de los muertos, serán los de siempre,
aquellos que ya contaban con pocos recursos para mantener una existencia digna.
Dicen que nada será como antes. En algunos aspectos sería deseable.
Esta reforma no contempla
como delito las amenazas, injurias, vejaciones y coacciones. Salen gratis. O
casi. Como mucho, amenazar de muerte a un médico puede costar 120 euros. Y
ello, suponiendo que pueda demostrarse un hecho que se produce en la intimidad
de la consulta. Y siempre que el trabajador no renuncie a denunciarlo por miedo
a encontrarse una desagradable sorpresa a la salida del centro asistencial.
No deja de ser preocupante
que una sociedad necesite ordenar jurídicamente la agresividad de la población
contra aquellos que trabajan para cuidar su salud. Por ello son aún más
sorprendentes los aplausos de hoy.
El reconocimiento de los ciudadanos
es justo y gratificante: refuerza el ego y nos sube la moral. Pero no es
conveniente llevarse a engaño. Lo mejor es que mañana no nos peguen.
Escoltado por dos verracos con
falda, casco y coraza, Pantaleón aparece al comienzo de un interminable
pasillo. Al fondo se intuye la figura del emperador, antaño paciente suyo,
ahora impaciente, nervioso y, sobre todo, muy cabreado. Sentado de soslayo, lo
espera con una pose pretendidamente distinguida pero definitivamente afectada, la
misma que aún, en nuestros tiempos, podemos observar en políticos, cátedros,
jefes de cualquier cosa…
En realidad, Diocleciano le tenía aprecio
al médico;
de hecho, había intentado negociar su abjuración del Cristianismo para
ahorrarle castigos. Por ello, pero de buen rollito, le sometió a cinco
martirios con la esperanza, vana, de que al primero o al segundo entraría en
razón. Como no fue así, y los leones, para colmo, se declararon en huelga, el
galeno es cada vez más popular entre toda clase de ciudadanos, esclavos y
libertos, corriendo el relato de su estoica resistencia y de su milagrosa
inmunidad, de boca en boca, de casa en casa y de villa en villa. El purpúreo baranda,
por el contrario, es objeto de mofa generalizada; cuentan que ordenó ejecutar a
dos centuriones víctimas de un irreprimible ataque de risa.
Pantaleón camina despacio,
debilitado por los disgustos; los esbirros se acoplan a su paso, sin agobiarlo,
presos de un respeto instintivo y desproporcionado a su natural rudeza. A una
prudente distancia de la escena imperial le hacen arrodillarse ante el César,
ocupado en ese justo instante en comprobar la perfección de su manicura,
evitando, cobardemente, la mirada de su antiguo médico y consejero.
«Matando no te comes un chusco Diocle, aquí me
tienes, vivito y coleando», debió decirle el galeno con risita burlona. La ira
del emperador no puede contenerse ante la chulería del futuro santo, ni frente
a los gestos burlones de su propia guardia personal, así que, sin mediar más palabras,
le aplica, él mismo, el sexto martirio; con un espadón del quince lo atraviesa
hasta tres veces, por el pecho, el abdomen y la espalda. Las heridas de
Pantaleón curan en segundos y el médico no palma. El careto del emperador hace
época; sorprendido y aburrido, ordena que se lo lleven de nuevo a los
calabozos; de camino, manda que capen a todos los que se han descojonado
abiertamente.
Vuelve el doctor sobre sus pasos por el
largo camino enlosado de mármol y ribeteado con columnas de alabastro; va escoltado
por sus guardianes, que ya lo admiran en secreto. Cuentan que uno de ellos le
consulta, por el camino, sobre una extraña enfermedad que padece la hermana de
uno de los cuñados de su mujer. Sin pretenderlo estaba inventando la Medicina
de pasillo, tan común en nuestro actual medio.
Reunido con su Consejo de Sabios, Diocleciano
ordena que su cabeza sea separada del resto del cuerpo, para terminar con él
y, sobre todo, con el mito. La decapitación será «inmediata, en lugar apartado
y momento desconocido para la plebe ociosa». Obsérvese que antes de existir
prensa, estos dictadores ya le profesaban pavor a la opinión pública, procurando
facer o desfacer a la chita callando.
Los especialistas en la materia no se ponen
de acuerdo
en si fue decapitado bajo una higuera seca o un olivo muerto, donde, atado, se
cargaron finalmente al mártir. Ya podían haber comenzado por ahí, ahorrando tiempo
y disgustos innecesarios.
Al fin, el soberbio emperador pudo sentirse
triunfador.
Tres años después liquidó a Vicente, y sus hermanas, Sabina y Cristeta, santos
de Ávila. Se había venido arriba con el
subidón de matar a Pantaleón. Poco le duró: no mucho tiempo después, la
enfermedad y la depresión lo van minando inexorablemente. La cohorte de médicos
que le atiende está compuesta, básicamente, por una manada de ignorantes charlatanes;
los pocos galenos de verdad, discretos, acostumbran a callar por no molestar.
Murió Diocleciano con la
certidumbre de haber acabado con Pantaleón, pero no podía estar más equivocado;
cuenta la leyenda que la sangre del santo hizo brotar los frutos del árbol
(brevas o aceitunas, ¿qué más da?). Sus reliquias fueron coleccionadas y
repartidas por medio mundo conocido.
Su sangre, dicen, se conserva en una
ampolla de cristal en el Monasterio de la Encarnación, en pleno centro de
Madrid, cerca del Palacio Real. Todos los días 27 de Julio el incombustible San
Pantaleón obra su milagro: su sangre, que durante el resto del año es costra
milenaria, se licua para volver a coagular 24 horas después. Dicen los más
agoreros que tan malo es que no ocurra lo primero como que no vuelva a cuajar
pasadas las 24 horas de rigor. Relacionan acontecimientos históricos como la Primera
Guerra Mundial o nuestra Guerra Civil, sin ir más lejos, con estos sacros
caprichos. Mala onda, pues, si no se produce este milagro anual.
Sangre de San Pantaleón. Monasterio de la Encarnación. Madrid
Acuciado por una insana curiosidad, decidí
visitar el Real Monasterio de la Encarnación, una construcción renacentista
auspiciada por Margarita de Austria, reina de España y consorte de Felipe III. Efectivamente,
allí guardan el precioso fluido rojo del mártir en una pequeña urna que,
paradójicamente, no goza de un lugar privilegiado en la colección de reliquias.
Confundida entre mil objetos de culto, la sangre de San Pantaleón, médico y
mártir, espera su particular protagonismo histórico cada 27 de julio.
Habrá personas que no crean el fenómeno
Pantaleón.
Nada que objetar. Uno duda también, y mucho. Como también dudo de esos profetas
contemporáneos procedentes de cualquier máster impartido por interesados chamanes
de la sanidad pública y de la política en general; liberales de corbata o
silicona, modernos de pacotilla y escoria de la profesión más noble; mal que
les pese, nunca podrán suplantar a los profesionales desde sus despachos, tan
alejados de las trincheras y tan próximos a su propia incapacidad (a su
ignorancia, al fin y al cabo), porque ni saben curar, ni sanar, ni mejorar, ni
aliviar siquiera a aquellos a los que falsamente dicen defender. Porque ni les
interesa, ni les importa. Hay demasiados Dioclecianos y pocos Pantaleones. Somos
pocos, sí, pero con una mala hostia que te cagas■
Hijo de médico pagano y de madre cristiana, nace Pantaleón a finales del siglo III en una ciudad de la actual Turquía, aún
bajo un Imperio Romano que ya en esos momentos, particularmente en nuestra
Hispania, comienza a verle las orejillas al godo, que se remueve inquieto por
aquí y por allá.
Turco, de buena familia y con posibles, se cultiva en letras y estudia Medicina, con gran éxito
académico y aún más profesional, llegando a ser galeno personal del mismísimo
César.
El doctor Pantaleón no es ajeno a la corriente del Cristianismo,
que ya se extiende por el Imperio,
imparable, alcanzando las capas más privilegiadas de la sociedad romana. Tras ciertas
dudas y devaneos, decide finalmente abrazar como propia fe este culto religioso,
que es el de su madre. Pantaleón está irremisiblemente resuelto a defender y
mantener sus creencias, decisión que terminará dándole algún quebradero de
cabeza, nunca mejor dicho porque será decapitado públicamente el 27 de julio
del año 305 a
sus 29 años de edad.
La leyenda dice que dedicó su atención preferentemente a los pobres (a los que incluso regaló
la herencia de su padre) y que obtuvo curaciones milagrosas, algunas de ellas
auténticas resucitaciones, como la de un niño fallecido tras la mordedura de
una serpiente. A falta de antídoto, una de dos: o fue un médico pionero en
técnicas de Reanimación, de gran pericia, o realmente se trató de un milagro,
en cuyo caso nada hay que objetar, por una simple cuestión de respeto hacia
aquellos que profesan cualquier tipo de fe religiosa. Otra cosa es que uno se
lo crea o no, que para eso están la mitología y la épica, para disfrutarlas, y si
es posible, con la distancia intelectual suficiente para poder maniobrar, de
una forma crítica y en un momento dado, entre la ingenuidad y el escepticismo,
entre la imaginación y la razón.
Sea como fuere, la cuestión es que alguien denuncia su condición de cristiano militante y de poco le van a
servir su arte y sus dones. Resulta llamativa la idea de que, desde el Homo
Habilis, encaramado a los árboles hace más de dos millones de años, siempre hayan
existido chivatos y lengüetones; por uno de ellos (un médico envidioso, según
alguna fuente histórica), lo trincan una calurosa mañana de verano y le dan a
base de bien.
Seis martirios, seis, le infligen al bueno de Pantaleón, a saber: el primero, a modo de entremés, aplicarle plomo
fundido, que debe quemar una barbaridad. Inmune a esta putada, vuelven a
intentar achicharrarlo sin piedad con fuego directo —tonterías las precisas—, pero
solo consiguen chamuscarlo un poco. Tampoco les resultan exitosos el
ahogamiento por sumersión en agua salada ni los estiramientos forzados para
descoyuntarlo en el potro. «A este no hay huevos de matarlo», exclama el jefe
de los pretorianos, desesperado por la resistencia del galeno. «A las fieras»,
añade su lugarteniente, un odioso patricio venido a menos.
Días después, con el circo abarrotado y una enorme expectación, la plebe se acomoda para
presenciar el descarnamiento del futuro santo a merced de los hambrientos leones
traídos del Kalahari. Podemos imaginar el palco presidencial, con el emperador
Diocleciano muy relajado y acompañado de su séquito. Bajo un ensordecedor ruido
de trompetas, vuvuzelas, cornetas y tambores triunfales, sacan a la arena al
pobre Pantaleón, debilitado por tanto castigo y deslumbrado por la luz del sol
mediterráneo. Ya solo queda abrir las jaulas de los bichos para que comience el
show; se podría decir que hace 18 siglos ya era costumbre de la administración
exponer los médicos a las masas sedientas de sangre, en su propio beneficio.
Más recientemente, en el siglo pasado, un prócer llamado Alfonso, Guerra de apellido, prometió
en un mitin que no descansaría hasta “verlos en alpargatas”. Aunque de origen
egipcio, curiosamente este tipo de calzado fue particularmente desarrollado en
Roma y perfeccionado en la
Edad Media por los árabes (albarga o albargat). Ignoro si el político en cuestión se ocupó de
documentarse sobre el término, pero me inclino a creer que se refería a esa
humilde prenda de nuestros días, desgraciadamente asociada a la pobreza, a la
miseria, al campo y a aquella puta guerra más lo que vino después de ella.
Retrocedamos de nuevo 1706 años: ese circo, ese calor, ese Pantaleón agobiado, esas
jaulas que se abren… Sorpresa y decepción: ¡los felinos deciden no salir a la
arena! Igual no les apetece, con la que está cayendo (42ºC a la sombra), o lo mismo estaban
hartos de comer carne cristiana. La cuestión es que el hecho, insólito, de no
querer papearse al mártir llama la atención de la chusma, ya conocedora de la tozuda
resistencia a todo tipo de tormentos de este peculiar facultativo de la Edad
Clásica. Un murmullo de admiración recorre la grada y no hacen la ola porque
aún no está inventada.
El caso es que han de cerrar las jaulas con los felinos sin haberse estrenado. Un soldado se
lleva al reo, que no da crédito: «me vais a matar, pero de un susto, cabrones»,
se le oye musitar entre dientes. El César Imperator, muy mosqueado, desesperado
y celoso de la creciente fama que está adquiriendo nuestro estoico galeno, decide
afrontar el asunto como una cuestión personal: «¿A esta rata ¿quién la mata?».
De inmediato toma dos decisiones: la primera, cargarse a los leones de mierda que
lo han dejado en tan incómoda tesitura ante miles de espectadores sedientos de
morbo-gore, y de paso a sus cuidadores. La segunda, tomar el mando de la
situación y asesinarlo del tirón, sin más miramientos; una ejecución ejemplar
que disuada al populacho de cualquier idea revolucionaria.
Y así, el Dr. Pantaleón es llevado
hasta Diocleciano.
El post en Facebook
no tiene desperdicio y es digno de un análisis lo más desapasionado posible. Y
créanme que son mi intención y mi vocación las que me guían por la senda del
más profundo respeto a las diferentes ideologías y creencias.
La imagen que
preside la publicación, cuya fuente es la Fundación Nacional Francisco Franco,
es la del escudo preconstitucional —el que simbolizó la Dictadura militar franquista—
sobreimpreso al Decreto que lo legitimó, publicado en el Boletín Oficial del Estado del 3 de febrero de 1938, y por tanto en plena Guerra Civil española. La disposición
está firmada en Burgos por Francisco Franco y el entonces ministro de Interior,
Serrano Suñer.
Cuatro “me gusta”
apoyan el documento publicado: Victoria Páez Rodríguez, Lola Islam Islam, Antonio
Antonio España Valiente y Mónica González Pena, a los que no tengo el gusto —digámoslo
así— de conocer personalmente.
El hilo
discursivo esperado no podía ser otro que una encendida apología patriótica del
símbolo franquista y de la Guerra Civil durante la cual se decreta su validez y
posterior vigencia; una vigencia prolongada puesto que los firmantes de ladisposición resultaron ser, a la postre,
claros vencedores de una sangrienta contienda que duró casi tres años tras el
levantamiento militar que la desencadenó.
Pero ¡oh
sorpresa! Nada más lejos de lo esperable, a tenor de los comentarios generados:
Mónica González Pena, que dice residir en Vigo, según su propio perfil público,
muestra su grata sorpresa por una foto de Felipe VI en un despacho del Corte Inglés,
empresa privada de todos conocida. El titular de la página, Felipe Delgado Prieto,
no termina de entender la sorpresa de Mónica, ya que para él «en cualquier país
civilizado sería lo más normal del mundo tener una foto del Jefe del Estado».
Corte Inglés incluido.
Mónica debe ser
rica y se viene arriba en el siguiente comentario: «Pero España es así ..., hay
un odio visceral a la gente rica por parte de los no ricos». Da la impresión de que hasta le cuesta escribir el
término pobre. A partir de ahí, se
descuelga con un relato sobre la Universidad de Santiago de Compostela a la que
compara con un nido de rojos resentidos, enfermos de odio hacia los que
profesan idearios diferentes, y con una cantera de feministas radicales que portan
azadas en sus manifestaciones.
Lo que no me
termina de quedar claro después de este dislate intelectual es si estos son los
mismos que quieren cerrar las heridas de la Guerra Civil aboliendo la Ley de
Memoria Histórica y olvidándose de las fosas comunes y las cunetas de esta su
España. Todo ello en aras a conseguir la reconciliación definitiva de aquellos
dos bandos enfrentados.
Y qué mejor manera de plasmar estos nobles
deseos, que recordando toda la simbología franquista y falangista, y las
insignes rúbricas del dictador y del filonazi —a la par que ligerillo de cascos—
Serrano Suñer, cuñado de Carmen Polo.
Nuevo y tremendo
ridículo de la justicia del Estado español. El Tribunal de la UE reconoce la condición de eurodiputados
para Puigdemont, Comín y Junqueras, y por tanto su inmunidad. Vienen a decir
los magistrados de la UE que nuestros juececitos y fiscalitos, en su ciega cruzada
antiindependentista, han mantenido a Oriol encerrado injustamente porque, al
menos, debería haber salido para recoger su credencial como europarlamentario.
Era su derecho, un derecho sagrado, por cierto, en los países verdaderamente
democráticos, que no es el caso de Españñññña. Aquí todo eso es de boquilla.
Mucha patria y escasas luces.
Y si las hostias no
eran suficientes para Llarena y compañía, los jueces belgas acaban de dejar sin efecto las euroórdenes
que pesaban sobre los exiliados —sí, exiliados— Carles Puigdemont y Toni Comín
para trincarlos y ponerlos en manos del Supremo, que ahí les tienen ganas. Sobre
todo al expresident. De momento, ambos pueden ya viajar libremente por los
caminos de la UE. Y ambos estarán en Estrasburgo, en el pleno del día 13 de
enero, sentados en sus escaños. Tan ricamente.
Y todo ello, a pesar
de las escandalosas tretas de
las derechas europeas, incluida la patética cartita de C’s al presidente de la
Eurocámara, para impedir que los eurodiputados catalanes independentistas,
elegidos legítimamente, ocuparan sus escaños. De hecho, les impidieron la
entrada. Burdas maniobras de corte mafioso, con el expresidente del Parlamento
europeo, el italiano Antonio Tajani, en el centro de la conspiración. Este
personaje es muy amigo de Silvio Berlusconi, del que fue fiel correligionario
en el partido derechista Forza Italia. De casta le viene al galgo el ser
rabilargo.
Al sur de los Pirineos
también se cuecen habas.
Los ruidosos ladridos de la derecha pueden oírse desde el mismísimo Monte
Perdido. Y no lo digo por los de Vox, a los que no suelo dedicarle demasiadas
palabras, habida cuenta de la planitud que sufren sus ideas. Deben estar
relinchando en su particular neoreconquista.
El que sí ladra, y
mucho, es Pablo Casado.
Su incompetencia tiene ahora un duro rival para llegar a ser grandiosa: su
cinismo. Se ha dedicado estos últimos días a presionar sin mesura a la Abogacía
del Estado. Vierte sospechas sobre la institución, luego advierte que no trata
de insinuar nada y termina adulando a esos grandes «pofesionales». Lo más
sangrante del caso es que olvida que el pasado mes de junio, la Abogacía ya se
manifestó favorable a que Junqueras recogiera en Bruselas su acreditación.
Le viene largo todo
esto. No es igual ser
el pelota del jefe, que el jefe mismo. Le vendría bien desempolvar el uniforme
de la OJE y retomar las excursiones, con trote militar y al son de “Caminos de mi España”.
A ver si consigue ascender ahí, porque se quedó en flecha.
Se ha mimetizado tanto
con los que relinchan, que
su discurso es idéntico al de la extrema derecha. En realidad, el PP de Casado y
de la marquesa Cayetana es extrema derecha; un flecha y una aristócrata, juntos en la bancada Popular del
Congreso. Ni el matrimonio consigue formar una pareja tan pintoresca.
El caso más
sorprendente lo
protagoniza, sin embargo, Inés Arrimadas. Huérfana de su mentor, se la ve
desbocada. Aún no ha digerido la catástrofe del 10-N: En menos de 7 meses, C’s perdió
47 escaños y casi 2,5 millones de votantes. Ahora, con diez diputados sigue
creyéndose la reina del mambo. En su delirio presiona a la Abogacía del Estado
y propone pactos “de Estado” a Pedro Sánchez. Todavía no se percata de que con
lo que tiene no llena ni una tasca de mala muerte.
La portavoz de C’s en
el Congreso de los Diputados
padece una preocupante dolencia: antiindependentismo obsesivo. Roza lo
patológico. Su resentimiento está dibujado en su cara y en cada una de sus
poses. La nueva estrategia de esta singular política es sembrar la discordia
dentro de las filas del PSOE, llamando a la disidencia de sus militantes y dirigentes,
en nombre de una “reacción patriótica”.
Con ese popurrí de
desatinos que transitan
desordenadamente por su materia gris, debe figurarse una especie de rebelión
psoecialista que deponga a Pedro Sánchez. Tras el asalto, a lo Juana de Arco, Inés
lo llenará de esa gracia celestial que le ha sido concendida y será redimido de
esas tentaciones para pactar con Pablo Iglesias, Gabriel Rufián y esa
interminable horda de desalmados que solo quieren romper Españñññña.
Cuando despierte del
sueño, seguirá teniendo
nueve compañeros de escaños y comprobará que ni los “barones” autonómicos del PSOE,
a los que ha apelado compulsivamente todos estos días, le hacen puñetero caso.
Salvo Alfonso Guerra, que a la vejez, viruelas. En realidad, no es que a los
líderes del PSOE les caiga bien el coletas, no; es que entre el coletas y el flecha no hay color. Al menos, de
momento.
Además de ladrar, los
perros también saben morder.
Si el euroescándalo ocurrió hace unos meses, en tierras de herejes —que diría
Pérez-Reverte—, el de la Junta Electoral Central (JEC) lo perpetran en su sede
de la Carrera de San Jerónimo, el pasado día 3. Es la tarde previa a la primera
sesión de investidura, prevista para la mañana siguiente. A esas alturas ya es
público que Sánchez e Iglesias han firmado el acuerdo para un gobierno progresista
de coalición, que el PNV votará favorablemente la investidura del líder del
PSOE, que ERC se abstendrá para facilitarla y que es más que probable que EH
Bildu haga lo mismo.
Las cuentas salen y el
Gobierno de coalición de izquierdas
tiene todos los visos de realidad. Salvo catástrofe o… acontecimiento
inesperado. Sobre las 6 de la tarde aparecen los primeros titulares en los
diarios digitales: “la JEC inhabilita a Torra, a pesar de no tener condena
firme, y resuelve que Junqueras no puede ser eurodiputado”. Lo hacen sin
vaselina pero con una diligencia y una rapidez, que resultan inéditas en la larga
historia de la burocracia española, esa que tan brillantemente retrataba Larra
en sus artículos, y que a día de hoy sigue vigente a pesar de la Era digital.
Y todo ello a 15 horas
de un acontecimiento político crucial
y con media España de vacaciones. La JEC estima los recursos interpuestos diez
días antes por —¡cómo no!— PP, C’s y Vox para inhabilitar a Torra y despojar a
Junqueras de su legítimo escaño en Europa. ¿Tanta prisa había? Y si así era ¿por
qué no se hizo antes? Más pistas: de los 13 vocales de la JEC, 8 son
magistrados del Tribunal Supremo. Todo queda en casa. Todo va cuadrando.
Se teme la reacción de
ERC. La investidura
de Sánchez y el Gobierno progresista, vuelven a estar en el aire, pero los
republicanos mantienen decididamente su acuerdo, de manera noble y sin ambages.
Hoy, que tan de moda está llamar golpe de Estado a cualquier rifirrafe, el
president Torra no ha querido ser menos y ha denunciado «la puesta en marcha por
el Estado español de un nuevo golpe de Estado contra las instituciones catalanas».
Yo prefiero llamar a
estas acciones una felonía más
del nacionalismo español, y en este caso no solamente contra el independentismo.
Elefectobuscado es una carambola a tres bandas. La primera,
provocar un terremoto político en las filas soberanistas e inducirles a retirar
el apoyo a la investidura del candidato Sánchez. Sin presidente no hay coalición,
y sin gobierno no hay legislatura. Nos abocarían a unas nuevas elecciones en
las que la derecha esperaría recuperar escaños por su tendencia ascendente
entre mayo y noviembre, exceptuando la catástrofe de C’s. La segunda consiste
en joder más a los catalanes, impedir la acción política de Torra y Junqueras, y
desestabilizar aún más al Govern y a otras altas instituciones de Catalunya.
Con todo, la tercera
es el objetivo principal, el primum
movens. Se
trata de evitar a toda costa un gobierno progresista y valiente, que sea capaz
de reorganizar los tramos fiscales para que las grandes fortunas y los abultados
ingresos de ciertas actividades demasiado desreguladas, contribuyan de manera real,
proporcional y progresiva al bienestar común. La manada reaccionaria y todo un
aparato judicial que ya está claramente identificado como auténtico poder
fáctico, van mucho más allá: no quieren a Pablo Iglesias en el Gobierno de
España. Así de simple. Y desprecian con insultos a los representantes en el
Congreso de los más de 11 millones de españoles que apoyaron con sus papeletas
al PSOE, UNIDAS PODEMOS y a todos los partidos que quieren para este país un
gobierno de progreso, diálogo y políticas sociales.
No quieren ni pensar
en una derogación de la 'ley mordaza'
o de la reforma laboral. ¿Qué más les dará ellos que apaleen y encierren a los
jóvenes manifestantes? ¿Qué problema tienen con la esclavitud laboral de
millones de jóvenes? ¿Qué les importan las condiciones laborales de
profesionales hipercualificados en edades próximas a la jubilación?
De entre todos los
analistas políticos
que he podido leer, ver o escuchar estos días, ha sido uno de los comentarios del
director adjunto del diario La Vanguardia, Enric Juliana, el que define a la perfección el vergonzoso escándalo de la JEC:
«Grandes
maniobras contra la investidura de Pedro Sánchez: Mecanismos
profundos del Estado están intentando boicotear la candidatura de Pedro Sánchez
a la Presidencia del Gobierno».
Habrá más sentencias porque en realidad a la oronda
derechona no le interesa resolver el conflicto catalán y pretenderá eternizarlo
en las instancias judiciales. Habrá más escándalos porque llevan la palabra
trampa grabada en su ADN. Crucemos los dedos para que no pongan francotiradores
apostados cerca del Congreso. Mañana se despejaran todas estas dudas.
Cuando
la jugada no está clara, un ardid muy socorrido es el de apelar al “beneficio”
de los pacientes. Al comodín de los enfermos. Y si el alegato se acompaña de
sonoros golpes de pecho, el efecto pretendido puede resultar un hecho
irrefutable. Para los que se lo crean, claro está. El Carlos Haya es un
hospital «desvertebrado arquitectónicamente», como certeramente lo describe Juan de Dios Colmenero. Un hospital de referencia desgajado en pabellones distantes
físicamente —excepto los dos del edificio principal— y un lejano centro de
especialidades. Este es el origen del problema que plantea Francisco Dominguez,
jefe de urgencias del pabellón C (Hospital Civil), en un bando recientemente enviado
al personal facultativo, vía correo electrónico.
El asunto de las derivaciones urgentes desde el Civil al General colea
desde hace 30 años. Resultaría tedioso y fuera de lugar relatar los avatares
por los que ha pasado esta singular disfuncionalidad. Es más interesante y
operativo poner el foco en el presente y en el pasado más reciente.
Casa pobre, casa rica
La sección de urgencias del pabellón C es como una casa pobre. No
dispone de pruebas de imagen, como ecografía o TAC. Entre otras razones, porque
tampoco goza de la presencia de un radiólogo de guardia. Para tratar una
fractura con un yeso cerrado tienen que derivar al paciente al pabellón
general, a la casa rica. Entre otros motivos, porque no hay un traumatólogo de
guardia. Ni cardiólogo, ni neumólogo, ni cirujanos, ni digestivo, ni hematólogo…
Un cura sí debe haber, porque en 31 años no recuerdo un solo traslado
para administrar una extremaunción. También debe haber una UCI, aunque el
intensivista prefiere valorar los problemas en el área de urgencias para
después trasladar el enfermo crítico a la casa rica, concretamente a urgencias.
De oca a oca. Aseguran que es mucho más práctico que ingresarlo en su unidad.
El viaje de ida
La precariedad
asistencial y los más de dos kilómetros de distancia obligan a los médicos de
urgencias del Civil a trasladar al General todos aquellos enfermos que
necesitan cuidados, tratamientos, pruebas o procedimientos que no pueden ser proporcionados
allí.
Errores de
valoración tenemos todos. Momentos de debilidad, unos más que otros; aun así, en
la inmensa mayoría de los casos, esos traslados están plenamente justificados. Mi
afirmación es tan rotunda como categórica; los que deseen rebatirla tendrán que
lucir en sus hombreras los galones acumulados durante 31 años, 5 meses y 9 días,
como mínimo, en la puerta del infierno.
Un asunto bien
diferente es que la sobrecarga asistencial pese demasiado y se pretenda sacar
punta a muchas de las derivaciones del Hospital Civil, buscándoles el fallo
empecinadamente. Se podrá despotricar hasta la afonía, pero de ahí a la verdad,
caso por caso, hay un largo trecho. Ignoro si hay estadísticas o estudios al
respecto; lo mismo da, porque si existen no son dignos de crédito, habida
cuenta de que suelen ser obra de grises pensadores
de despacho, tan alérgicos a los enfermos como hábiles para manipular los datos
con el ánimo interesado en la obtención del resultado deseado.
No retorno
Nunca ha sido la
norma devolver pacientes al Hospital Civil. Hay circunstancias que pueden
justificar el retorno, pero son muchas más las que lo desaconsejan. Para los
que conocemos el paño, el bando electrónico del jefe de urgencias del pabellón
C debe obedecer a algún caso o casos concretos que han terminado enervando al
personal del Civil. Y Domínguez, en un rapto de contenida indignación ha
decretado que el que va, ya no vuelve. He dicho. Después edulcora un documento
sin membrete, introduciendo algunas salvedades que, dicho sea de paso, no son novedosas
ni originales.
El hoy mando
intermedio, fue medico raso durante muchos años en el servicio de urgencias del
pabellón general del hospital Carlos Haya. Siempre fue muy poco receptivo a los
traslados, y sus análisis de campo solían concluir negativamente para los
facultativos del Hospital Civil que decidían las derivaciones. Como dice la
canción, «ya no te acuerdas de cuando comías pescaíto frito con pan». A tenor
del reciente bando emitido, y en cuanto a los enfermos devueltos, podríamos
aventurar que ni entonces los quería aquí, ni ahora los quiere allí.
Si molestas
pueden resultar las formas del escrito, o los ramalazos autoritarios del tonito
empleado, lo que más puede irritar a muchos médicos, entre los que me incluyo, son
esas apelaciones al bienestar de los pacientes, como si fuera la exclusiva virtud
de un nuevo adalid que viene a defenderlos. Quizás ha olvidado que aquí estamos
todos para el beneficio y alivio de las personas enfermas. En los traslados y
en cada paso que dan dentro del hospital. Dice un refrán español: “Quien no te
conozca, que te compre”.
Cuando la jugada
es clara bastan las cartas que cada cual tiene. Por suerte, hay muchísimos
profesionales de la Medicina que no necesitan usar el comodín del paciente.
En España, el rey es inviolable y no
está sujeto a responsabilidad. Eso es lo que dice la Constitución. El asunto no
es baladí porque lo que viene a decir nuestra Carta Magna es que no puede ser
juzgado aunque cometa el peor de los delitos. No es el derecho de pernada de
los antiguos señores feudales, pero se le parece mucho. Felipe VI, un fuera de la ley, ha presidido el acto
de inauguración del nuevo Año Judicial en la misma sala del Tribunal Supremo en
la que han sido juzgados los presos políticos catalanes.
En vísperas de una
sentencia —la del Procés— que
determinará el porvenir de las libertades en Catalunya y en España, el Poder
Judicial se ha dado un baño de gloria y autocomplacencia, plasmado en los
discursos de la Fiscal General del Estado, María José Segarra, y del presidente
del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes.
Si se comparan sus palabras con la realidad y la tozudez de los hechos, en este
país no hay ni justicia ni vergüenza.
Nuevo Año
Judicial 2019-2020. Está presente lo mejor de cada casa. Una ceremonia rancia,
desfasada y con un desagradable olor a naftalina decimonónica. Mujeres y hombres
vestidos de negro, luciendo ostentosos collares sobre sus pechos, asienten
complacientemente a las palabras de Segarra, primero, y de Lesmes, después.
Felipe VI preside la inauguración del nuevo Año Judicial. En la foto junto a Carlos Lesmes, presidente del TS y del CGPJ
Bailando al ritmo del Poder Ejecutivo
La jefa de los
fiscales no ahorra elogios para su ministerio. Olvida, por ejemplo, la inacción
de la Fiscalía ante las conspiraciones del exministro Fernández Díaz para
socavar la reputación de políticos catalanes, intentando atribuirles delitos
inventados. O la inhibición —cuando
no una clara obstrucción de las investigaciones— frente a las actividades manifiestamente
corruptas de otros muchos políticos del Partido Popular.
Aún debe resonar
en la Sala de Plenos del Tribunal Supremo la denuncia de Jordi Sànchez sobre la
extorsión de los fiscales para conseguir declaraciones de culpabilidad a cambio
de una rebaja de penas y del fin de la prisión provisional
Los jueces no llevan bien las críticas
Carlos Lesmes comienza su discurso con veladas referencias al Procés
y a las manifestaciones de protesta por las resoluciones judiciales. Ataviado
con el collar de San Raimundo de Peñafort, catalán por cierto, olvida el
magistrado que en este país es legal y legítimo salir a la calle para disentir
de las sentencias arbitrarias. Al encomiar la labor de todos sus jueces, Lesmes
también olvida el auto de Pablo Llarena denegando la libertad provisionala Joaquim Forn por mantener «su ideario soberanista».
Caso Puigdemont: las bofetadas llegan de Europa
El presidente del
TS y del CGPJ se queja en su discurso de «la grave incertidumbre que recientes decisiones judiciales, procedentes
de otros estados miembros de la UE, han generado». Lesmes se refiere, sin duda,
a los tribunales que, tanto en Bélgica como en Alemania, no han apreciado los elementos
suficientes para extraditar al exiliado Carles Puigdemont, entre otros, por un
delito —rebelión en
España, alta traición en Bélgica y Alemania— cuya esencia radica en el uso de
una violencia manifiesta para conseguir sus fines.
El “teorema de la violencia en Catalunya” es parte del relato
antiindependentista de los que quieren escarmentar, a toda costa, a los
políticos catalanes soberanistas. Y este no es el caso de los jueces belgas y
alemanes. El expresident y los otros fugados de la
justicia española siguen siendo libres en el resto del mundo, y esto escuece al
aparato judicial que preside Carlos Lesmes.
El sonrojante espectáculo de las hipotecas
Lesmes asegura en
su discurso que las sentencias de 2017 proporcionaron «seguridad y certeza
jurídica a los ciudadanos, eliminando los abusos en las relaciones privadas». Se
ve que el año 2018 no tocaba en esta solemne, rancia y trasnochada ceremonia,
una pantomima presidida por Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de
Borbón y Grecia, inviolable por la gracia de la Constitución Española.
De haber querido
hablar del pasado año judicial, Carlos Lesmes tendría que haber explicado qué clase
de presiones, políticas y financieras, lograron laxar tan poderosamente a sus
juececitos para que suspendieran su propia sentencia al día siguiente de haberla
dictado. Se trataba de una sentencia justa y valiente, que cargaba a los bancos
determinados gastos hipotecarios, considerados abusivos. Pues bien, 20 días
después de suspender el fallo original, los magistrados resolvieron lo
contrario: paga el ciudadano.
Así, los paganos seguiremos
cargando con gastos y comisiones mientras la banca gana, como siempre, y los
especuladores siguen trapicheando con los impagos y las vidas de la gente
honrada. Y ahora, que Lesmes vuelva a contarnos lo de la separación de poderes
y la independencia judicial en España. Que nos echaremos unas risas.
Reír por no
llorar, porque en este país ni hay justicia ni hay vergüenza.