sábado, 14 de marzo de 2020

Comentario: San Pantaleón (2ª parte)





La insólita peripecia del doctor Pantaleón  (y II)
Médico, mártir y santo.

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA. 2011 (reeditado 2020)
Escoltado por dos verracos con falda, casco y coraza, Pantaleón aparece al comienzo de un interminable pasillo. Al fondo se intuye la figura del emperador, antaño paciente suyo, ahora impaciente, nervioso y, sobre todo, muy cabreado. Sentado de soslayo, lo espera con una pose pretendidamente distinguida pero definitivamente afectada, la misma que aún, en nuestros tiempos, podemos observar en políticos, cátedros, jefes de cualquier cosa…
En realidad, Diocleciano le tenía aprecio al médico; de hecho, había intentado negociar su abjuración del Cristianismo para ahorrarle castigos. Por ello, pero de buen rollito, le sometió a cinco martirios con la esperanza, vana, de que al primero o al segundo entraría en razón. Como no fue así, y los leones, para colmo, se declararon en huelga, el galeno es cada vez más popular entre toda clase de ciudadanos, esclavos y libertos, corriendo el relato de su estoica resistencia y de su milagrosa inmunidad, de boca en boca, de casa en casa y de villa en villa. El purpúreo baranda, por el contrario, es objeto de mofa generalizada; cuentan que ordenó ejecutar a dos centuriones víctimas de un irreprimible ataque de risa.
Pantaleón camina despacio, debilitado por los disgustos; los esbirros se acoplan a su paso, sin agobiarlo, presos de un respeto instintivo y desproporcionado a su natural rudeza. A una prudente distancia de la escena imperial le hacen arrodillarse ante el César, ocupado en ese justo instante en comprobar la perfección de su manicura, evitando, cobardemente, la mirada de su antiguo médico y consejero.
«Matando no te comes un chusco Diocle, aquí me tienes, vivito y coleando», debió decirle el galeno con risita burlona. La ira del emperador no puede contenerse ante la chulería del futuro santo, ni frente a los gestos burlones de su propia guardia personal, así que, sin mediar más palabras, le aplica, él mismo, el sexto martirio; con un espadón del quince lo atraviesa hasta tres veces, por el pecho, el abdomen y la espalda. Las heridas de Pantaleón curan en segundos y el médico no palma. El careto del emperador hace época; sorprendido y aburrido, ordena que se lo lleven de nuevo a los calabozos; de camino, manda que capen a todos los que se han descojonado abiertamente.
Vuelve el doctor sobre sus pasos por el largo camino enlosado de mármol y ribeteado con columnas de alabastro; va escoltado por sus guardianes, que ya lo admiran en secreto. Cuentan que uno de ellos le consulta, por el camino, sobre una extraña enfermedad que padece la hermana de uno de los cuñados de su mujer. Sin pretenderlo estaba inventando la Medicina de pasillo, tan común en nuestro actual medio.
Reunido con su Consejo de Sabios, Diocleciano ordena que su cabeza sea separada del resto del cuerpo, para terminar con él y, sobre todo, con el mito. La decapitación será «inmediata, en lugar apartado y momento desconocido para la plebe ociosa». Obsérvese que antes de existir prensa, estos dictadores ya le profesaban pavor a la opinión pública, procurando facer o desfacer a la chita callando.
Los especialistas en la materia no se ponen de acuerdo en si fue decapitado bajo una higuera seca o un olivo muerto, donde, atado, se cargaron finalmente al mártir. Ya podían haber comenzado por ahí, ahorrando tiempo y disgustos innecesarios.
Al fin, el soberbio emperador pudo sentirse triunfador. Tres años después liquidó a Vicente, y sus hermanas, Sabina y Cristeta, santos de  Ávila. Se había venido arriba con el subidón de matar a Pantaleón. Poco le duró: no mucho tiempo después, la enfermedad y la depresión lo van minando inexorablemente. La cohorte de médicos que le atiende está compuesta, básicamente, por una manada de ignorantes charlatanes; los pocos galenos de verdad, discretos, acostumbran a callar por no molestar.
Murió Diocleciano con la certidumbre de haber acabado con Pantaleón, pero no podía estar más equivocado; cuenta la leyenda que la sangre del santo hizo brotar los frutos del árbol (brevas o aceitunas, ¿qué más da?). Sus reliquias fueron coleccionadas y repartidas por medio mundo conocido.
Su sangre, dicen, se conserva en una ampolla de cristal en el Monasterio de la Encarnación, en pleno centro de Madrid, cerca del Palacio Real. Todos los días 27 de Julio el incombustible San Pantaleón obra su milagro: su sangre, que durante el resto del año es costra milenaria, se licua para volver a coagular 24 horas después. Dicen los más agoreros que tan malo es que no ocurra lo primero como que no vuelva a cuajar pasadas las 24 horas de rigor. Relacionan acontecimientos históricos como la Primera Guerra Mundial o nuestra Guerra Civil, sin ir más lejos, con estos sacros caprichos. Mala onda, pues, si no se produce este milagro anual.



Sangre de San Pantaleón. Monasterio de la Encarnación. Madrid

Acuciado por una insana curiosidad, decidí visitar el Real Monasterio de la Encarnación, una construcción renacentista auspiciada por Margarita de Austria, reina de España y consorte de Felipe III. Efectivamente, allí guardan el precioso fluido rojo del mártir en una pequeña urna que, paradójicamente, no goza de un lugar privilegiado en la colección de reliquias. Confundida entre mil objetos de culto, la sangre de San Pantaleón, médico y mártir, espera su particular protagonismo histórico cada 27 de julio.
Habrá personas que no crean el fenómeno Pantaleón. Nada que objetar. Uno duda también, y mucho. Como también dudo de esos profetas contemporáneos procedentes de cualquier máster impartido por interesados chamanes de la sanidad pública y de la política en general; liberales de corbata o silicona, modernos de pacotilla y escoria de la profesión más noble; mal que les pese, nunca podrán suplantar a los profesionales desde sus despachos, tan alejados de las trincheras y tan próximos a su propia incapacidad (a su ignorancia, al fin y al cabo), porque ni saben curar, ni sanar, ni mejorar, ni aliviar siquiera a aquellos a los que falsamente dicen defender. Porque ni les interesa, ni les importa. Hay demasiados Dioclecianos y pocos Pantaleones. Somos pocos, sí, pero con una mala hostia que te cagas



Comentario: San Pantaleón





La insólita peripecia del doctor Pantaleón  (I)
Médico, mártir y santo.

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA. 2011 (reeditado 2020)
Hijo de médico pagano y de madre cristiana, nace Pantaleón a finales del siglo III en una ciudad de la actual Turquía, aún bajo un Imperio Romano que ya en esos momentos, particularmente en nuestra Hispania, comienza a verle las orejillas al godo, que se remueve inquieto por aquí y por allá.



Turco, de buena familia y con posibles, se cultiva en letras y estudia Medicina, con gran éxito académico y aún más profesional, llegando a ser galeno personal del mismísimo César.
El doctor Pantaleón no es ajeno a la corriente del Cristianismo, que ya se extiende por el Imperio, imparable, alcanzando las capas más privilegiadas de la sociedad romana. Tras ciertas dudas y devaneos, decide finalmente abrazar como propia fe este culto religioso, que es el de su madre. Pantaleón está irremisiblemente resuelto a defender y mantener sus creencias, decisión que terminará dándole algún quebradero de cabeza, nunca mejor dicho porque será decapitado públicamente el 27 de julio del año 305 a sus 29 años de edad.
La leyenda dice que dedicó su atención preferentemente a los pobres (a los que incluso regaló la herencia de su padre) y que obtuvo curaciones milagrosas, algunas de ellas auténticas resucitaciones, como la de un niño fallecido tras la mordedura de una serpiente. A falta de antídoto, una de dos: o fue un médico pionero en técnicas de Reanimación, de gran pericia, o realmente se trató de un milagro, en cuyo caso nada hay que objetar, por una simple cuestión de respeto hacia aquellos que profesan cualquier tipo de fe religiosa. Otra cosa es que uno se lo crea o no, que para eso están la mitología y la épica, para disfrutarlas, y si es posible, con la distancia intelectual suficiente para poder maniobrar, de una forma crítica y en un momento dado, entre la ingenuidad y el escepticismo, entre la imaginación y la razón.
Sea como fuere, la cuestión es que alguien denuncia su condición de cristiano militante y de poco le van a servir su arte y sus dones. Resulta llamativa la idea de que, desde el Homo Habilis, encaramado a los árboles hace más de dos millones de años, siempre hayan existido chivatos y lengüetones; por uno de ellos (un médico envidioso, según alguna fuente histórica), lo trincan una calurosa mañana de verano y le dan a base de bien.
Seis martirios, seis, le infligen al bueno de Pantaleón, a saber: el primero, a modo de entremés, aplicarle plomo fundido, que debe quemar una barbaridad. Inmune a esta putada, vuelven a intentar achicharrarlo sin piedad con fuego directo —tonterías las precisas—, pero solo consiguen chamuscarlo un poco. Tampoco les resultan exitosos el ahogamiento por sumersión en agua salada ni los estiramientos forzados para descoyuntarlo en el potro. «A este no hay huevos de matarlo», exclama el jefe de los pretorianos, desesperado por la resistencia del galeno. «A las fieras», añade su lugarteniente, un odioso patricio venido a menos.
Días después, con el circo abarrotado y una enorme expectación, la plebe se acomoda para presenciar el descarnamiento del futuro santo a merced de los hambrientos leones traídos del Kalahari. Podemos imaginar el palco presidencial, con el emperador Diocleciano muy relajado y acompañado de su séquito. Bajo un ensordecedor ruido de trompetas, vuvuzelas, cornetas y tambores triunfales, sacan a la arena al pobre Pantaleón, debilitado por tanto castigo y deslumbrado por la luz del sol mediterráneo. Ya solo queda abrir las jaulas de los bichos para que comience el show; se podría decir que hace 18 siglos ya era costumbre de la administración exponer los médicos a las masas sedientas de sangre, en su propio beneficio.
Más recientemente, en el siglo pasado, un prócer llamado Alfonso, Guerra de apellido, prometió en un mitin que no descansaría hasta “verlos en alpargatas”. Aunque de origen egipcio, curiosamente este tipo de calzado fue particularmente desarrollado en Roma y perfeccionado en la Edad Media por los árabes (albarga o albargat). Ignoro si el político en cuestión se ocupó de documentarse sobre el término, pero me inclino a creer que se refería a esa humilde prenda de nuestros días, desgraciadamente asociada a la pobreza, a la miseria, al campo y a aquella puta guerra más lo que vino después de ella.
Retrocedamos de nuevo 1706 años: ese circo, ese calor, ese Pantaleón agobiado, esas jaulas que se abren… Sorpresa y decepción: ¡los felinos deciden no salir a la arena! Igual no les apetece, con la que está cayendo (42ºC a la sombra), o lo mismo estaban hartos de comer carne cristiana. La cuestión es que el hecho, insólito, de no querer papearse al mártir llama la atención de la chusma, ya conocedora de la tozuda resistencia a todo tipo de tormentos de este peculiar facultativo de la Edad Clásica. Un murmullo de admiración recorre la grada y no hacen la ola porque aún no está inventada.
El caso es que han de cerrar las jaulas con los felinos sin haberse estrenado. Un soldado se lleva al reo, que no da crédito: «me vais a matar, pero de un susto, cabrones», se le oye musitar entre dientes. El César Imperator, muy mosqueado, desesperado y celoso de la creciente fama que está adquiriendo nuestro estoico galeno, decide afrontar el asunto como una cuestión personal: «¿A esta rata ¿quién la mata?». De inmediato toma dos decisiones: la primera, cargarse a los leones de mierda que lo han dejado en tan incómoda tesitura ante miles de espectadores sedientos de morbo-gore, y de paso a sus cuidadores. La segunda, tomar el mando de la situación y asesinarlo del tirón, sin más miramientos; una ejecución ejemplar que disuada al populacho de cualquier idea revolucionaria.
Y así, el Dr. Pantaleón es llevado hasta Diocleciano.

(Continuará)





domingo, 2 de febrero de 2020

OPINIÓN: SOBRE UN CURIOSO POST EN FACEBOOK




¡Exquisit!
HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

El post en Facebook no tiene desperdicio y es digno de un análisis lo más desapasionado posible. Y créanme que son mi intención y mi vocación las que me guían por la senda del más profundo respeto a las diferentes ideologías y creencias.


La imagen que preside la publicación, cuya fuente es la Fundación Nacional Francisco Franco, es la del escudo preconstitucional —el que simbolizó la Dictadura militar franquista— sobreimpreso al Decreto que lo legitimó, publicado en el Boletín Oficial del Estado del 3 de febrero de 1938, y por tanto en plena Guerra Civil española. La disposición está firmada en Burgos por Francisco Franco y el entonces ministro de Interior, Serrano Suñer.
Cuatro “me gusta” apoyan el documento publicado: Victoria Páez Rodríguez, Lola Islam Islam, Antonio Antonio España Valiente y Mónica González Pena, a los que no tengo el gusto —digámoslo así— de conocer personalmente.
El hilo discursivo esperado no podía ser otro que una encendida apología patriótica del símbolo franquista y de la Guerra Civil durante la cual se decreta su validez y posterior vigencia; una vigencia prolongada puesto que los firmantes de la  disposición resultaron ser, a la postre, claros vencedores de una sangrienta contienda que duró casi tres años tras el levantamiento militar que la desencadenó.
Pero ¡oh sorpresa! Nada más lejos de lo esperable, a tenor de los comentarios generados: Mónica González Pena, que dice residir en Vigo, según su propio perfil público, muestra su grata sorpresa por una foto de Felipe VI en un despacho del Corte Inglés, empresa privada de todos conocida. El titular de la página, Felipe Delgado Prieto, no termina de entender la sorpresa de Mónica, ya que para él «en cualquier país civilizado sería lo más normal del mundo tener una foto del Jefe del Estado». Corte Inglés incluido.
Mónica debe ser rica y se viene arriba en el siguiente comentario: «Pero España es así ..., hay un odio visceral a la gente rica por parte de los no ricos». Da la impresión de que hasta le cuesta escribir el término pobre. A partir de ahí, se descuelga con un relato sobre la Universidad de Santiago de Compostela a la que compara con un nido de rojos resentidos, enfermos de odio hacia los que profesan idearios diferentes, y con una cantera de feministas radicales que portan azadas en sus manifestaciones.
Lo que no me termina de quedar claro después de este dislate intelectual es si estos son los mismos que quieren cerrar las heridas de la Guerra Civil aboliendo la Ley de Memoria Histórica y olvidándose de las fosas comunes y las cunetas de esta su España. Todo ello en aras a conseguir la reconciliación definitiva de aquellos dos bandos enfrentados.
Y qué mejor manera de plasmar estos nobles deseos, que recordando toda la simbología franquista y falangista, y las insignes rúbricas del dictador y del filonazi —a la par que ligerillo de cascos— Serrano Suñer, cuñado de Carmen Polo.

¡Exquisit!


lunes, 6 de enero de 2020

Opinión: Una sentencia y dos escándalos




Una sentencia y dos escándalos



HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Nuevo y tremendo ridículo de la justicia del Estado español. El Tribunal de la UE reconoce la condición de eurodiputados para Puigdemont, Comín y Junqueras, y por tanto su inmunidad. Vienen a decir los magistrados de la UE que nuestros juececitos y fiscalitos, en su ciega cruzada antiindependentista, han mantenido a Oriol encerrado injustamente porque, al menos, debería haber salido para recoger su credencial como europarlamentario. Era su derecho, un derecho sagrado, por cierto, en los países verdaderamente democráticos, que no es el caso de Españñññña. Aquí todo eso es de boquilla. Mucha patria y escasas luces.


Y si las hostias no eran suficientes para Llarena y compañía, los jueces belgas acaban de dejar sin efecto las euroórdenes que pesaban sobre los exiliados —sí, exiliados— Carles Puigdemont y Toni Comín para trincarlos y ponerlos en manos del Supremo, que ahí les tienen ganas. Sobre todo al expresident. De momento, ambos pueden ya viajar libremente por los caminos de la UE. Y ambos estarán en Estrasburgo, en el pleno del día 13 de enero, sentados en sus escaños. Tan ricamente.
Y todo ello, a pesar de las escandalosas tretas de las derechas europeas, incluida la patética cartita de C’s al presidente de la Eurocámara, para impedir que los eurodiputados catalanes independentistas, elegidos legítimamente, ocuparan sus escaños. De hecho, les impidieron la entrada. Burdas maniobras de corte mafioso, con el expresidente del Parlamento europeo, el italiano Antonio Tajani, en el centro de la conspiración. Este personaje es muy amigo de Silvio Berlusconi, del que fue fiel correligionario en el partido derechista Forza Italia. De casta le viene al galgo el ser rabilargo.
Al sur de los Pirineos también se cuecen habas. Los ruidosos ladridos de la derecha pueden oírse desde el mismísimo Monte Perdido. Y no lo digo por los de Vox, a los que no suelo dedicarle demasiadas palabras, habida cuenta de la planitud que sufren sus ideas. Deben estar relinchando en su particular neoreconquista.
El que sí ladra, y mucho, es Pablo Casado. Su incompetencia tiene ahora un duro rival para llegar a ser grandiosa: su cinismo. Se ha dedicado estos últimos días a presionar sin mesura a la Abogacía del Estado. Vierte sospechas sobre la institución, luego advierte que no trata de insinuar nada y termina adulando a esos grandes «pofesionales». Lo más sangrante del caso es que olvida que el pasado mes de junio, la Abogacía ya se manifestó favorable a que Junqueras recogiera en Bruselas su acreditación.
Le viene largo todo esto. No es igual ser el pelota del jefe, que el jefe mismo. Le vendría bien desempolvar el uniforme de la OJE y retomar las excursiones, con trote militar y al son de “Caminos de mi España”. A ver si consigue ascender ahí, porque se quedó en flecha.
Se ha mimetizado tanto con los que relinchan, que su discurso es idéntico al de la extrema derecha. En realidad, el PP de Casado y de la marquesa Cayetana es extrema derecha; un flecha y una aristócrata, juntos en la bancada Popular del Congreso. Ni el matrimonio consigue formar una pareja tan pintoresca.
El caso más sorprendente lo protagoniza, sin embargo, Inés Arrimadas. Huérfana de su mentor, se la ve desbocada. Aún no ha digerido la catástrofe del 10-N: En menos de 7 meses, C’s perdió 47 escaños y casi 2,5 millones de votantes. Ahora, con diez diputados sigue creyéndose la reina del mambo. En su delirio presiona a la Abogacía del Estado y propone pactos “de Estado” a Pedro Sánchez. Todavía no se percata de que con lo que tiene no llena ni una tasca de mala muerte.
La portavoz de C’s en el Congreso de los Diputados padece una preocupante dolencia: antiindependentismo obsesivo. Roza lo patológico. Su resentimiento está dibujado en su cara y en cada una de sus poses. La nueva estrategia de esta singular política es sembrar la discordia dentro de las filas del PSOE, llamando a la disidencia de sus militantes y dirigentes, en nombre de una “reacción patriótica”.
Con ese popurrí de desatinos que transitan desordenadamente por su materia gris, debe figurarse una especie de rebelión psoecialista que deponga a Pedro Sánchez. Tras el asalto, a lo Juana de Arco, Inés lo llenará de esa gracia celestial que le ha sido concendida y será redimido de esas tentaciones para pactar con Pablo Iglesias, Gabriel Rufián y esa interminable horda de desalmados que solo quieren romper Españñññña.
Cuando despierte del sueño, seguirá teniendo nueve compañeros de escaños y comprobará que ni los “barones” autonómicos del PSOE, a los que ha apelado compulsivamente todos estos días, le hacen puñetero caso. Salvo Alfonso Guerra, que a la vejez, viruelas. En realidad, no es que a los líderes del PSOE les caiga bien el coletas, no; es que entre el coletas y el flecha no hay color. Al menos, de momento.
Además de ladrar, los perros también saben morder. Si el euroescándalo ocurrió hace unos meses, en tierras de herejes —que diría Pérez-Reverte—, el de la Junta Electoral Central (JEC) lo perpetran en su sede de la Carrera de San Jerónimo, el pasado día 3. Es la tarde previa a la primera sesión de investidura, prevista para la mañana siguiente. A esas alturas ya es público que Sánchez e Iglesias han firmado el acuerdo para un gobierno progresista de coalición, que el PNV votará favorablemente la investidura del líder del PSOE, que ERC se abstendrá para facilitarla y que es más que probable que EH Bildu haga lo mismo.
Las cuentas salen y el Gobierno de coalición de izquierdas tiene todos los visos de realidad. Salvo catástrofe o… acontecimiento inesperado. Sobre las 6 de la tarde aparecen los primeros titulares en los diarios digitales: “la JEC inhabilita a Torra, a pesar de no tener condena firme, y resuelve que Junqueras no puede ser eurodiputado”. Lo hacen sin vaselina pero con una diligencia y una rapidez, que resultan inéditas en la larga historia de la burocracia española, esa que tan brillantemente retrataba Larra en sus artículos, y que a día de hoy sigue vigente a pesar de la Era digital.
Y todo ello a 15 horas de un acontecimiento político crucial y con media España de vacaciones. La JEC estima los recursos interpuestos diez días antes por —¡cómo no!— PP, C’s y Vox para inhabilitar a Torra y despojar a Junqueras de su legítimo escaño en Europa. ¿Tanta prisa había? Y si así era ¿por qué no se hizo antes? Más pistas: de los 13 vocales de la JEC, 8 son magistrados del Tribunal Supremo. Todo queda en casa. Todo va cuadrando.
Se teme la reacción de ERC. La investidura de Sánchez y el Gobierno progresista, vuelven a estar en el aire, pero los republicanos mantienen decididamente su acuerdo, de manera noble y sin ambages. Hoy, que tan de moda está llamar golpe de Estado a cualquier rifirrafe, el president Torra no ha querido ser menos y ha denunciado «la puesta en marcha por el Estado español de un nuevo golpe de Estado contra las instituciones catalanas».
Yo prefiero llamar a estas acciones una felonía más del nacionalismo español, y en este caso no solamente contra el independentismo. El  efecto  buscado es una carambola a tres bandas. La primera, provocar un terremoto político en las filas soberanistas e inducirles a retirar el apoyo a la investidura del candidato Sánchez. Sin presidente no hay coalición, y sin gobierno no hay legislatura. Nos abocarían a unas nuevas elecciones en las que la derecha esperaría recuperar escaños por su tendencia ascendente entre mayo y noviembre, exceptuando la catástrofe de C’s. La segunda consiste en joder más a los catalanes, impedir la acción política de Torra y Junqueras, y desestabilizar aún más al Govern y a otras altas instituciones de Catalunya.
Con todo, la tercera es el objetivo principal, el primum movens. Se trata de evitar a toda costa un gobierno progresista y valiente, que sea capaz de reorganizar los tramos fiscales para que las grandes fortunas y los abultados ingresos de ciertas actividades demasiado desreguladas, contribuyan de manera real, proporcional y progresiva al bienestar común. La manada reaccionaria y todo un aparato judicial que ya está claramente identificado como auténtico poder fáctico, van mucho más allá: no quieren a Pablo Iglesias en el Gobierno de España. Así de simple. Y desprecian con insultos a los representantes en el Congreso de los más de 11 millones de españoles que apoyaron con sus papeletas al PSOE, UNIDAS PODEMOS y a todos los partidos que quieren para este país un gobierno de progreso, diálogo y políticas sociales.
No quieren ni pensar en una derogación de la 'ley mordaza' o de la reforma laboral. ¿Qué más les dará ellos que apaleen y encierren a los jóvenes manifestantes? ¿Qué problema tienen con la esclavitud laboral de millones de jóvenes? ¿Qué les importan las condiciones laborales de profesionales hipercualificados en edades próximas a la jubilación?
De entre todos los analistas políticos que he podido leer, ver o escuchar estos días, ha sido uno de los comentarios del director adjunto del diario La Vanguardia, Enric Juliana, el que define a la perfección el vergonzoso escándalo de la JEC: «Grandes maniobras contra la investidura de Pedro Sánchez: Mecanismos profundos del Estado están intentando boicotear la candidatura de Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno».




Habrá más sentencias porque en realidad a la oronda derechona no le interesa resolver el conflicto catalán y pretenderá eternizarlo en las instancias judiciales. Habrá más escándalos porque llevan la palabra trampa grabada en su ADN. Crucemos los dedos para que no pongan francotiradores apostados cerca del Congreso. Mañana se despejaran todas estas dudas.

martes, 24 de septiembre de 2019

Opinión: traslados de enfermos





El comodín del paciente

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Cuando la jugada no está clara, un ardid muy socorrido es el de apelar al “beneficio” de los pacientes. Al comodín de los enfermos. Y si el alegato se acompaña de sonoros golpes de pecho, el efecto pretendido puede resultar un hecho irrefutable. Para los que se lo crean, claro está. El Carlos Haya es un hospital «desvertebrado arquitectónicamente», como certeramente lo describe Juan de Dios Colmenero. Un hospital de referencia desgajado en pabellones distantes físicamente —excepto los dos del edificio principal— y un lejano centro de especialidades. Este es el origen del problema que plantea Francisco Dominguez, jefe de urgencias del pabellón C (Hospital Civil), en un bando recientemente enviado al personal facultativo, vía correo electrónico.

El asunto de las derivaciones urgentes desde el Civil al General colea desde hace 30 años. Resultaría tedioso y fuera de lugar relatar los avatares por los que ha pasado esta singular disfuncionalidad. Es más interesante y operativo poner el foco en el presente y en el pasado más reciente.
Casa pobre, casa rica
La sección de urgencias del pabellón C es como una casa pobre. No dispone de pruebas de imagen, como ecografía o TAC. Entre otras razones, porque tampoco goza de la presencia de un radiólogo de guardia. Para tratar una fractura con un yeso cerrado tienen que derivar al paciente al pabellón general, a la casa rica. Entre otros motivos, porque no hay un traumatólogo de guardia. Ni cardiólogo, ni neumólogo, ni cirujanos, ni digestivo, ni hematólogo…
Un cura sí debe haber, porque en 31 años no recuerdo un solo traslado para administrar una extremaunción. También debe haber una UCI, aunque el intensivista prefiere valorar los problemas en el área de urgencias para después trasladar el enfermo crítico a la casa rica, concretamente a urgencias. De oca a oca. Aseguran que es mucho más práctico que ingresarlo en su unidad.
El viaje de ida
La precariedad asistencial y los más de dos kilómetros de distancia obligan a los médicos de urgencias del Civil a trasladar al General todos aquellos enfermos que necesitan cuidados, tratamientos, pruebas o procedimientos que no pueden ser proporcionados allí.
Errores de valoración tenemos todos. Momentos de debilidad, unos más que otros; aun así, en la inmensa mayoría de los casos, esos traslados están plenamente justificados. Mi afirmación es tan rotunda como categórica; los que deseen rebatirla tendrán que lucir en sus hombreras los galones acumulados durante 31 años, 5 meses y 9 días, como mínimo, en la puerta del infierno.
Un asunto bien diferente es que la sobrecarga asistencial pese demasiado y se pretenda sacar punta a muchas de las derivaciones del Hospital Civil, buscándoles el fallo empecinadamente. Se podrá despotricar hasta la afonía, pero de ahí a la verdad, caso por caso, hay un largo trecho. Ignoro si hay estadísticas o estudios al respecto; lo mismo da, porque si existen no son dignos de crédito, habida cuenta de que suelen ser obra de grises pensadores de despacho, tan alérgicos a los enfermos como hábiles para manipular los datos con el ánimo interesado en la obtención del resultado deseado.
No retorno
Nunca ha sido la norma devolver pacientes al Hospital Civil. Hay circunstancias que pueden justificar el retorno, pero son muchas más las que lo desaconsejan. Para los que conocemos el paño, el bando electrónico del jefe de urgencias del pabellón C debe obedecer a algún caso o casos concretos que han terminado enervando al personal del Civil. Y Domínguez, en un rapto de contenida indignación ha decretado que el que va, ya no vuelve. He dicho. Después edulcora un documento sin membrete, introduciendo algunas salvedades que, dicho sea de paso, no son novedosas ni originales.
El hoy mando intermedio, fue medico raso durante muchos años en el servicio de urgencias del pabellón general del hospital Carlos Haya. Siempre fue muy poco receptivo a los traslados, y sus análisis de campo solían concluir negativamente para los facultativos del Hospital Civil que decidían las derivaciones. Como dice la canción, «ya no te acuerdas de cuando comías pescaíto frito con pan». A tenor del reciente bando emitido, y en cuanto a los enfermos devueltos, podríamos aventurar que ni entonces los quería aquí, ni ahora los quiere allí.
Si molestas pueden resultar las formas del escrito, o los ramalazos autoritarios del tonito empleado, lo que más puede irritar a muchos médicos, entre los que me incluyo, son esas apelaciones al bienestar de los pacientes, como si fuera la exclusiva virtud de un nuevo adalid que viene a defenderlos. Quizás ha olvidado que aquí estamos todos para el beneficio y alivio de las personas enfermas. En los traslados y en cada paso que dan dentro del hospital. Dice un refrán español: “Quien no te conozca, que te compre”.
Cuando la jugada es clara bastan las cartas que cada cual tiene. Por suerte, hay muchísimos profesionales de la Medicina que no necesitan usar el comodín del paciente.


jueves, 12 de septiembre de 2019

Opinión: el nuevo año judicial





Ni justicia ni vergüenza

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA


En España, el rey es inviolable y no está sujeto a responsabilidad. Eso es lo que dice la Constitución. El asunto no es baladí porque lo que viene a decir nuestra Carta Magna es que no puede ser juzgado aunque cometa el peor de los delitos. No es el derecho de pernada de los antiguos señores feudales, pero se le parece mucho. Felipe VI, un fuera de la ley, ha presidido el acto de inauguración del nuevo Año Judicial en la misma sala del Tribunal Supremo en la que han sido juzgados los presos políticos catalanes.
En vísperas de una sentencia —la del Procés— que determinará el porvenir de las libertades en Catalunya y en España, el Poder Judicial se ha dado un baño de gloria y autocomplacencia, plasmado en los discursos de la Fiscal General del Estado, María José Segarra, y del presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes. Si se comparan sus palabras con la realidad y la tozudez de los hechos, en este país no hay ni justicia ni vergüenza.

Nuevo Año Judicial 2019-2020. Está presente lo mejor de cada casa. Una ceremonia rancia, desfasada y con un desagradable olor a naftalina decimonónica. Mujeres y hombres vestidos de negro, luciendo ostentosos collares sobre sus pechos, asienten complacientemente a las palabras de Segarra, primero, y de Lesmes, después.

Felipe VI preside la inauguración del nuevo Año Judicial. En la foto junto a Carlos Lesmes, presidente del TS y del CGPJ


Bailando al ritmo del Poder Ejecutivo
La jefa de los fiscales no ahorra elogios para su ministerio. Olvida, por ejemplo, la inacción de la Fiscalía ante las conspiraciones del exministro Fernández Díaz para socavar la reputación de políticos catalanes, intentando atribuirles delitos inventados. O la inhibición cuando no una clara obstrucción de las investigaciones frente a las actividades manifiestamente corruptas de otros muchos políticos del Partido Popular.
Aún debe resonar en la Sala de Plenos del Tribunal Supremo la denuncia de Jordi Sànchez sobre la extorsión de los fiscales para conseguir declaraciones de culpabilidad a cambio de una rebaja de penas y del fin de la prisión provisional
Los jueces no llevan bien las críticas
Carlos Lesmes comienza su discurso con veladas referencias al Procés y a las manifestaciones de protesta por las resoluciones judiciales. Ataviado con el collar de San Raimundo de Peñafort, catalán por cierto, olvida el magistrado que en este país es legal y legítimo salir a la calle para disentir de las sentencias arbitrarias. Al encomiar la labor de todos sus jueces, Lesmes también olvida el auto de Pablo Llarena denegando la libertad provisional a Joaquim Forn por mantener «su ideario soberanista».
Caso Puigdemont: las bofetadas llegan de Europa
El presidente del TS y del CGPJ se queja en su discurso de «la grave incertidumbre que recientes decisiones judiciales, procedentes de otros estados miembros de la UE, han generado». Lesmes se refiere, sin duda, a los tribunales que, tanto en Bélgica como en Alemania, no han apreciado los elementos suficientes para extraditar al exiliado Carles Puigdemont, entre otros, por un delito —rebelión en España, alta traición en Bélgica y Alemania— cuya esencia radica en el uso de una violencia manifiesta para conseguir sus fines.
El “teorema de la violencia en Catalunya” es parte del relato antiindependentista de los que quieren escarmentar, a toda costa, a los políticos catalanes soberanistas. Y este no es el caso de los jueces belgas y alemanes. El expresident y los otros fugados de la justicia española siguen siendo libres en el resto del mundo, y esto escuece al aparato judicial que preside Carlos Lesmes.
El sonrojante espectáculo de las hipotecas
Lesmes asegura en su discurso que las sentencias de 2017 proporcionaron «seguridad y certeza jurídica a los ciudadanos, eliminando los abusos en las relaciones privadas». Se ve que el año 2018 no tocaba en esta solemne, rancia y trasnochada ceremonia, una pantomima presidida por Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia, inviolable por la gracia de la Constitución Española.
De haber querido hablar del pasado año judicial, Carlos Lesmes tendría que haber explicado qué clase de presiones, políticas y financieras, lograron laxar tan poderosamente a sus juececitos para que suspendieran su propia sentencia al día siguiente de haberla dictado. Se trataba de una sentencia justa y valiente, que cargaba a los bancos determinados gastos hipotecarios, considerados abusivos. Pues bien, 20 días después de suspender el fallo original, los magistrados resolvieron lo contrario: paga el ciudadano.
Así, los paganos seguiremos cargando con gastos y comisiones mientras la banca gana, como siempre, y los especuladores siguen trapicheando con los impagos y las vidas de la gente honrada. Y ahora, que Lesmes vuelva a contarnos lo de la separación de poderes y la independencia judicial en España. Que nos echaremos unas risas.
Reír por no llorar, porque en este país ni hay justicia ni hay vergüenza.


domingo, 8 de septiembre de 2019

Opinión: alegato final de los acusados por el Procés




Valientes y sin complejos

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA


Son dos millones de ciudadanos catalanes. Independentistas, pacíficos e irreductibles. En algo menos de dos años han ganado cuatro elecciones consecutivas. Sí, cuatro. La primera fue en pleno incendio del 155, con Catalunya despojada de su autonomía y en manos del aparato estatal español, representado por la virreina Soraya Sáenz de Santamaría. Las dos últimas, tres semanas antes de que los presos independentistas, elegidos democráticamente y despojados por los jueces, cerraran el juicio del Procés con sus alegatos finales. Ganan por goleada.

Varias ideas recurrentes vuelven a sobrevolar la sala del Tribunal Supremo durante la última sesión del juicio montado para decapitar el independentismo catalán. Valientes y sin complejos, los presos políticos soberanistas consiguen emocionar a los que sueñan con una España democrática, sonrojar a los que aún tenían dudas, e irritar a sus propios verdugos.




21 de diciembre de 2017: no estaban muertos
En unas elecciones impuestas por el Gobierno central, mediante la aplicación del artículo 155 de la Constitución, todos los políticos acusados en libertad, fugados o encarcelados son elegidos y obtienen sus escaños. Gana la opción independentista. Uno a cero.

En menos de tres meses
28 de abril de 2019: por primera vez en la historia, el independentismo gana unas elecciones generales en Catalunya y obtiene cinco escaños más de los 17 que ya tenían en el Congreso de los Diputados. Dos a cero.
Tres semanas después, 21 de mayo, Junqueras, Rull, Turull y Jordi Sànchez abandonan sus celdas por unas horas para entrar en el Congreso de los Diputados. Acatan la Constitución «por imperativo legal», «como preso político y por compromiso republicano» (Oriol Junqueras), y «por lealtad al mandato democrático del 1 de octubre y al pueblo de Catalunya» (los otros tres). La bancada conservadora intenta silenciarlos con ruidosos pataleos, en la enésima muestra vergonzante de odio e intolerancia política.
Todo ello le vale al líder de Ciudadanos, Albert Rivera, para buscar el liderazgo de la derecha y «el título de azote del independentismo» (El País). La nueva presidenta de la Cámara, Meritxel Batet, pone en su sitio al niñato consentido del IBEX 35.
Cinco días más tarde, el 26 de mayo de 2019, el soberanismo gana en Catalunya las municipales y las europeas, con Esquerra Republicana victoriosa en Barcelona y un Puigdemont triunfador, exiliado en Bélgica. Cuatro a cero.

No serán sus últimas palabras
Con tales antecedentes, los reos de conciencia manifiestan sus ideas ante el tribunal que los va a juzgar, los fiscales que los acusan con saña, la Abogacía del Estado que los tilda de sediciosos, la acusación particular de los fascistas de Vox, sus propios abogados defensores y el escaso público que cabe en la sala. Hacen uso de su “derecho a la última palabra” aunque todos sabemos que no callarán defendiendo a ese casi 80% de ciudadanos que anhelan la oportunidad de poder expresar su derecho a decidir el futuro de Catalunya.
El “efecto Pilatos”
Todos los acusados coinciden en la idea de que el problema de fondo, el que los ha llevado al Supremo, es una cuestión política judicializada por el “efecto Pilatos”: las fuerzas conservadoras del nacionalismo español se lavan las manos y dejan la solución en las de los tribunales. Una solución penal en lugar de un acuerdo político.
Una vez más, los soberanistas se quejan amargamente de la cerrazón, de esa permanente negativa del Estado español al diálogo, a buscar soluciones pactadas y a trabajar para propiciar los cambios legislativos necesarios que permitan una consulta popular en Catalunya.
¿Justicia? No. Venganza y escarmiento, sí
No solo es patente la torpeza política del nacionalismo español, que ha conseguido enquistar el asunto catalán. Mucho más inquietante resulta esa ceguera intelectual disfrazada de patriotismo, que pretende —nada más y nada menos— borrar una ideología arraigada desde hace siglos en la memoria colectiva del pueblo catalán.
Todas las miradas apuntan en dos direcciones: al Ministerio Fiscal del Estado español y al juez instructor del caso, Pablo Llarena, magistrado del Supremo. Raül Romeva es claro cuando declara que en este juicio las acusaciones solo han buscado «escarmentar y castigar una ideología», lo que lo convierte en un juicio político, y a sus reos en presos políticos.
Juez Llarena: el regreso de Torquemada
La inquina del juez Llarena, el nuevo Torquemada, babea de sus propios autos judiciales. El magistrado relaciona la ideología independentista de Forn con la previsión de que reincida en los supuestos delitos que se le imputan. Afirma en un auto (en el que le deniega la libertad provisional) que el exconseller «mantiene lógicamente su ideario soberanista», y que «el convencimiento que mantiene posibilita una reiteración del delito que resultaría absurda en quien profese la ideología contraria». Ni siquiera la renuncia de Joaquim Forn a su acta de diputado del Parlament facilita su libertad provisional. ¿Y aún hay quienes dudan de que sean presos políticos, y que están siendo juzgados por sus ideas?
Joaquín Urías, exletrado del Tribunal Constitucional y profesor de Derecho Constitucional, escribe en eldiario.es: «Lo que mantiene a Forn en prisión, según declara expresamente el Tribunal Supremo, es su ideología. Si eso no es un preso de conciencia, se le parece muchísimo».
Llarena se ha cargado a tres candidatos para presidir la Generalitat: a Carles Puigdemont —con la ayuda del Constitucional—, no autorizando su investidura a distancia; a Jordi Sánchez, no permitiéndole salir de la cárcel para asistir al Parlament; y a Jordi Turull, encarcelándolo por segunda vez antes del segundo pleno de investidura, en el que solo necesitaba mayoría simple para su elección.
Prisión preventiva: recurso para la extorsión
Los dos líderes sociales del movimiento independentista, Jordi Cuixart y Jordi Sànchez, llevan casi dos años en prisión preventiva, los que más. El segundo denuncia en su alegato el «uso y abuso» de la prisión preventiva en España. Y aún va más lejos al afirmar que los fiscales extorsionan a los presos prometiéndoles la puesta en libertad y una rebaja de penas si se declaran culpables. Ni una película sobre mafiosos da para tanto. El diputado electo en el Congreso, actualmente suspendido para sus funciones, cita las numerosas llamadas de Amnistía Internacional en favor de su libertad y la de Cuixart, pero ni este hecho sonroja a Torquemada y compañía.
Reclamaciones y advertencias
La sentencia, prevista para finales de septiembre, va a tener importantes consecuencias políticas. No solo está en juego la libertad de los presos políticos independentistas; están en juego muchos derechos fundamentales para el resto de los ciudadanos, en Catalunya y en España, como la libertad de expresión y la de manifestación. Es más, un fallo acorde al falso relato oficialista de rebelión y sedición puede desencadenar una respuesta ciudadana de vertiginosas consecuencias.
«En este banquillo están sentadas más de dos millones de personas», dice Romeva. Y a tenor de los resultados de las cuatro últimas elecciones en Catalunya, no le falta razón.
Los acusados reclaman al tribunal un trato justo y ecuánime, al tiempo que advierten de la enorme responsabilidad que estos jueces han adquirido tras la judicialización del conflicto, responsabilidad que no es otra que la de no agravar un conflicto político de Estado.
Políticos de un nivel superior
Si se analiza la participación de Zoido, Nieto o Rajoy como testigos de la acusación, la conclusión desapasionada es que los acusados tienen un nivel político, intelectual, de compromiso y de coherencia con sus ideas, que se sitúa a años luz del de la banda nacionalista española. Y además, le echan redaños al asunto. En pleno alegato, que se supone debería pretender la comprensión de los jueces, con un mínimo grado de sumisión o de disculpa, Jordi Turull se reafirma sin medias tintas: «Soy independentista, no lo voy a esconder, lo soy y lo seré».
Pero si alguno de ellos debería tener asegurada la pena máxima, a juzgar solo por su alegato, ese es Jordi Cuixart: «No hay ningún tipo de arrepentimiento. Todo lo que hice, lo volvería a hacer». El presidente de Omnium Cultural hace un valeroso esfuerzo de rebeldía y lealtad a la lucha soberanista, llamando a los catalanes —ante la mismísima cara de jueces y fiscales— para la movilización permanente. Y en esta línea, Jordi Cuixart acaba su intervención con una promesa: «Ho tornarem a fer» («Lo volveremos a hacer»).
Frente a las temerosas evasivas de Rajoy o Soraya, la insultante mediocridad de Zoido o la manifiesta incompetencia de Nieto, estos líderes —políticos y sociales—, encarcelados desde hace casi dos años, lo son de verdad.
Porque, entre otras muchas razones, son valientes y sin complejos.